La medida del tiempo Château des Ombres Alpines
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Château des Ombres Alpines

Nada más llegar tuve la horrible sensación de estar metiéndome en la boca del lobo.

Las palabras de Lawrence se repetían en mi cabeza como un eco: «No te hagas eso a ti misma, por favor».

Sin embargo, me esforzaba por apartarlas.

No había tenido elección cuando me había quedado atrapada en The Silver Swan, pero ahora era una adulta y yo decidía qué hacer con mi vida, aunque eso supusiera arriesgarla.

Me sentía en la obligación de hacer algo por frenar el avance de los nazis y, si eso implicaba acercarme a un hombre al que en realidad detestaba, lo haría.

«Ya lo he hecho antes», me repetía con amargura, y había sobrevivido.

Tomé aire y subí una enorme escalinata de piedra oscura.

Ese lugar se asemejaba más a uno de los castillos bávaros que aparecían en las postales de la Selva Negra que a un château francés, por mucha pretensión que tuviera su nombre.

Alcé la mirada hacia los imponentes torreones y traté de no imaginar lo que me haría von Eberhardt si se enteraba de que trabajaba para la Resistencia.

¿Me tiraría desde lo alto? ¿Era dado a la tortura?

Tragué saliva. Lawrence me había advertido de que era peligroso, pero no había concretado hasta qué punto.

¿Cuál era su punto débil? ¿Le gustaba hacer sufrir a sus víctimas?

¿Era un asesino o solo un ladrón de guante blanco?

Algo me decía que, a pesar de su elegancia, tenía las manos tan manchadas de sangre como yo.

Cuando llegué a lo alto de la escalera, me recibió un mayordomo con librea, parecía que todavía estuviéramos en el siglo XIX . Alcé la barbilla y me recoloqué el abrigo como la condesa que era; ni siquiera el servicio debía dudar de mis intenciones.

—Soy la condesa de Ravenshire.

El hombre miró una pequeña lista y alcé la vista con disimulo para leer los nombres que figuraban en ella: cuatro generales nazis, un par de ministros españoles, varios terratenientes mineros de mi país de origen —supuse que para hablar del famoso wolframio—, agentes de aduanas y banqueros suizos.

Todos estaban metidos en ese asunto y se me removió el estómago al imaginarlos en su torre de marfil, decidiendo sobre miles de vidas inocentes y truncando destinos a punta de plumas y falsa palabrería.

Noté que se me enrojecían las mejillas de rabia; por suerte, el mayordomo lo achacó al frío.

—Adelante, condesa. —Hizo un gesto grandilocuente con la mano derecha muy parecido a una reverencia—. En el salón gris están encendidas todas las chimeneas y logrará entrar en calor; una de las doncellas la acompañará.

Le dediqué una sonrisa tirante y accedí al recinto.

Una joven vestida con la misma pomposidad que el mayordomo —cofia incluida— me recogió en la entrada y me condujo al salón.

Por la pericia con la que se ocupó de mí, deduje que von Eberhardt había dado órdenes explícitas al servicio de que nadie que no fuese él circulara por el château .

¿Qué estaba escondiendo? ¿Tal vez listados de bienes similares al que le había sustraído del bolsillo?

¿Informes de minas? Estaba segura de que ese tipo tenía todo tipo de información confidencial.

La doncella me abrió la puerta del salón y reconozco que me quedé impresionada cuando me topé con todos esos hombres con pinta de ser capaces de matar a alguien con un chasquido de dedos.

Allí no trataban de ocultar sus ideales: la mayoría vestía el uniforme militar de su país, y la visión de esvásticas y águilas me produjo un profundo disgusto.

Los únicos que llevaban traje eran los banqueros y los terratenientes, que se movían entre los militares con tanta facilidad que estuve segura de que esa no era su primera reunión.

Los estudié con detenimiento. Eran muy distintos los unos de los otros: los españoles, algo más bajos y morenos; los suizos, con las mejillas sonrosadas y ropa cara; y los alemanes, con esos uniformes que me erizaban la piel.

Sin embargo, todos tenían algo en común: la avaricia en los ojos y la falsedad en sus sonrisas.

En ese instante fui plenamente consciente de que acababa de entrar en un campo de minas y que cualquier paso en falso me haría volar por los aires.

Carraspeé, incómoda, y lo único que conseguí fue llamar la atención de herr von Eberdhart antes de lo que pretendía.

Él se acercó a mí con gestos efusivos; parecía estar esperándome desde hacía rato.

—Condesa. —Me tomó la mano para besarla a la vieja usanza, como solía hacer siempre, y me tensé—. Venga conmigo, le presentaré a mis socios.

Me paseó por el salón como si fuese un trofeo. Era consciente de que todos los allí presentes creyeron que yo era su amante, una condesa inglesa, ni mucho menos. Y eso le otorgaba todavía más estatus.

Tras el impacto de mi llegada, los hombres comenzaron a hablar, rodeados de puros y alcohol.

Detesto las charlas superficiales, ya lo sabes, pero en ese momento deseé con todas mis fuerzas que en la sala hubiera alguna de las esposas de esos señores con la que poder hablar de galletas de té, de la última moda o de cualquier insustancialidad por el estilo.

Sin embargo, estaba sola. Nadie había traído a sus mujeres, quizá aquello que iba a tratarse allí no fuese de su incumbencia; puede que no quisieran exponerlas demasiado.

Podía notar las miradas desconfiadas de algunos invitados e incluso llegué a escuchar una conversación entre dos de los hombres españoles.

—¿Por qué está aquí? —le dijo un ministro a otro.

—Será su amante.

—Yo también tengo una, pero no se me ocurriría traerla. Y menos si es inglesa.

Di un sorbo de champán mientras simulaba estar muy interesada en una de las obras de arte que colgaban de la pared. Pocas veces en mi vida me he sentido tan fuera de lugar y no pude dejar de preguntarme lo mismo que esos dos tipos: ¿por qué me había invitado von Eberhardt?

—Qué más da —concluyó uno de ellos—. Vamos a venderles el wolframio a los alemanes de una vez y salgamos de aquí; este sitio me da escalofríos. Si esto sale a la luz…

—No digas bobadas —replicó el otro—. Lo que pase aquí se queda aquí.

Brindaron con sus copas de coñac y dieron un par de caladas a unos puros que apestaban tanto que estuve a punto de marearme.

Cuando ya me dolía el cuello de tanto observar el cuadro, devolví mi atención a la sala.

Me fui paseando entre los invitados, fingiendo interés en los canapés, en las vasijas, en cualquier cosa que me acercara a ellos.

Escuché de todo: información reservada en su gran mayoría, que ayudaría a monsieur Lemêtre y a Lawrence a desbaratar toda aquella operación.

Aunque tenía miedo, por dentro me sentía satisfecha; incluso notaba un torrente de adrenalina corriendo por mis venas.

Pensaba que la noche iba a terminar pronto, que conseguiría valiosa información y volvería a mi refugio alpino como la gran salvadora de Inglaterra. Pero todo tiene un precio.

Tras una elegante cena que fue del todo insustancial para mí, sirvieron los postres mientras una pequeña banda tocaba música típica bávara; deduje que von Eberhardt debía de proceder de esa región.

Me recluí en un rincón, agotada tras retener tantos datos.

Sin embargo, él se acercó con esa sonrisa amigable que, en el fondo, me inquietaba.

—¿Lo está pasando bien, condesa?

—Es una fiesta maravillosa —respondí, alzando hacia él la copa que llevaba paseando toda la noche; el champán ya estaba caliente.

—Me gustaría enseñarle algo. —Me tendió la mano y no tuve más remedio que aceptarla.

Tenía la palma algo húmeda, como si las negociaciones de aquella noche le hubiesen provocado sudores.

Lo cierto es que el salón se encontraba demasiado caldeado.

Me percaté de que tenía las sienes ligeramente perladas y, aun así, no se quitó la chaqueta, seguro que llevar ese uniforme era su mayor orgullo.

Pensé que querría enseñarme una danza típica o cualquier otra nimiedad.

Sin embargo, me condujo fuera del salón.

El corazón comenzó a repiquetearme. Estaba más asustada de lo que había estado incluso en The Silver Swan.

Si von Eberdhart me llevaba a su habitación, no podría negarme a acostarme con él.

Intenté pensar en excusas que resultaran creíbles, pero me quedé bloqueada.

Comenzaron a acecharme imágenes de mi pasado: de todas aquellas noches, de los abusos, de los golpes.

Contuve las lágrimas a duras penas, mientras él continuaba arrastrándome por los corredores del Château des Ombres Alpines.

Se detuvo frente a una puerta y apreté los labios, temiendo que pudiese escuchar los latidos descontrolados de mi corazón entre esos muros de piedra.

Sacó una llave del bolsillo de su traje y abrió.

Estuve a punto de soltar un suspiro de alivio cuando comprobé que von Eberdhart no me había llevado a su alcoba, sino a un despacho plagado de carpetas.

Apenas reparé en los muebles de roble antiguo, demasiado ocupada en observar la cantidad de información que debía acumular ahí dentro.

Todo estaba meticulosamente ordenado, alineado de una forma casi enfermiza, y me di cuenta de que cada archivo tenía una etiqueta con su nombre correspondiente.

Su caligrafía era perfecta; era evidente que no se permitía a sí mismo ningún error.

Eso me asustó más que si hubiese visto un revólver sobre el escritorio.

Ojeé de lejos las estanterías, llenas de tratados de medicina, economía y todo tipo de disciplinas.

—La he visto muy callada esta noche —me dijo, pasando un dedo por su escritorio, como si estuviera supervisando su limpieza. Ni una mota de polvo—. Lamento haberla hecho sentir incómoda.