Mensajes #2
—Soy la contradicción de una Europa que parece empeñada en destruirse a sí misma.
Él me observaba fascinado.
—Venga a mi casa mañana.
Arqueé las cejas, espantada por el rumbo que acababa de tomar la conversación. Tal vez él se percató del pánico que me recorrió las entrañas.
—No me malinterprete —se apresuró en aclarar, temiendo que su presa escapara entre sus dedos—. Vendrán unos amigos a cenar, hombres de negocios. Creo que es usted una mujer inteligente y me gustaría escuchar su punto de vista.
Traté de respirar con normalidad. Eso era justo lo que necesitaba, inmiscuirme en su vida hasta saberlo todo de él. Sin embargo, los riesgos eran inimaginables. No se atrevería a matar a una condesa, ¿verdad?
—Estaré encantada, pero Arthur…
—Dígale que viene aquí. Estoy seguro de que sabrá manejarlo. Me he instalado en el Château des Ombres Alpines. La espero a las siete.
Me tomó la mano y me besó el dorso sin quitarme los ojos de encima. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
Cuando se marchó, me quedé unos minutos apoyada en la barra, con el corazón repiqueteando con fuerza en mi garganta. Acababa de meterme en un buen lío. De pronto, un camarero colocó frente a mí una copa de champán. Alcé la mirada, desconcertada.
—No he pedido nada.
El tipo me sonrió.
—Usted no. Monsieur Dubois la invita. Me ha pedido que se reúna con él —carraspeó, incómodo— en su apartamento.
Maldije a Lawrence entre dientes. Ese camarero debía de haberse formado una imagen pésima de mí: primero tonteaba con un nazi y luego me iba a casa de otro hombre. Resoplé y me marché del local, dejando la copa sobre la barra, intacta.
Me serví de uno de mis sombreros para tapar mi rostro, aunque ni siquiera hubiera sido necesario.
No había nadie en las calles a esas horas.
Estaba oscuro, hacía frío y me castañeteaban los dientes.
Llamé al timbre del ático de ese discreto edificio y aguardé unos segundos a que Lawrence me abriera.
Me sentía tan furiosa que decidí subir a pie en vez de tomar el ascensor.
Mis tacones resonaban entre las paredes como una sentencia de muerte.
¿Cómo se atrevía a poner mi reputación en juego de esa forma?
Una cosa era que yo la arriesgara por una buena causa con tal de conseguir información de von Eberdhart, y otra muy distinta que él le fuera haciendo peticiones de ese tipo a los camareros.
Cuando llegué a la última planta, resollaba.
La puerta estaba entreabierta. Le di un leve golpe, entré y cerré tras de mí con más fuerza de la necesaria.
Lawrence me esperaba sentado en el sofá de su diminuto salón, con una copa de brandy en la mano.
Me sorprendió que se hubiera bebido buena parte del contenido.
En la otra mano tenía Le Nocturne Astronomique.
Hacía años que no lo veía. Estaba metiendo algo en su pequeño compartimento y lo cerró en cuanto me acerqué. Lo guardó en su bolsillo.
—¿Se puede saber qué haces? —lo increpé—. ¿Acaso quieres que todo el mundo piense que la condesa de Ravenshire es una fresca?
Él apretó la copa con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
—Te dije que te alejaras de él.
Caminé hasta Lawrence y me dejé caer a su lado.
—Si no fuera por mí, hoy te hubiera descubierto.
Bufó y se echó a reír sin ganas.
—¿Te crees que soy estúpido? Llevo semanas preparándome para esto, he sacado informes sobre todos los trabajadores del maldito banco.
Sabía perfectamente que herr Fischer no existía.
Pero claro, has tenido que venir a rescatarme.
—Se pasó la mano por el pelo, exasperado—.
Escúchame bien, Alana, Lalune , como quieras llamarte ahora.
No te necesito en esta misión. Trabajo mejor solo.
—Pero monsieur Lemêtre…
Se cubrió la cara con la mano, como si estuviese hablando con una niña de tres años.
— Monsieur Lemêtre es solo un colaborador, yo no trabajo para él.
Fruncí el ceño.
—¿Para quién si no?
—Si te lo dijera, tendría que matarte.
—Déjate de imbecilidades y cuéntamelo de una vez.
Lawrence resopló, frustrado por mi insistencia.
—Para el MI6. —Parpadeé unas cuantas veces. Había creído que Lawrence, como yo, simplemente ayudaba a monsieur Lemêtre porque sentía que debía hacer algo para inclinar la balanza en favor de los Aliados. Jamás me había planteado que fuese un espía de verdad, con todas sus letras—. No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si fuese otra persona. Sigo siendo el mismo farsante, Alana, el mismo chico que engañaba para sobrevivir; solo que ahora mis mentiras tienen una magnitud de otro calibre.
—¿Cómo llegaste a trabajar para ellos? —Mi enfado se había aplacado de momento.
—Cuando me marché de Wetherby Hall, me alisté en el ejército.
Pensé que sería la mejor forma de desaparecer sin dejar rastro: un uniforme nuevo, un nombre limpio y nadie que hiciera demasiadas preguntas.
Durante meses fui un soldado más. No me resultó difícil fingir disciplina tras años simulando ser otra persona, así que me metí muy bien en el papel.
Hasta que mataron a mi superior enfrente de mis narices.
—Dio un buen sorbo del brandy , intentando borrar esa memoria, y me miró. Alzó la copa hacia mí—. ¿Quieres?
Negué con la cabeza, incapaz de hablar de lo atrapada que me tenía su historia. Mientras yo andaba llorando su ausencia por los rincones, él había estado luchando por su vida, por Inglaterra.
—Entró un nuevo capitán, un hombre seco, de esos que parecen oler la mentira —continuó explicándome—. Empezó a hacer preguntas: de dónde venía, por qué no había registros claros de mi procedencia, por qué cambiaba detalles sobre mi propia historia sin darme cuenta.
Se detuvo un instante y miró el brandy que quedaba en su copa, quizá ya no reconocía su propio reflejo en el líquido dorado. La suya era un alma tan atormentada como la mía. Deseé abrazarlo, susurrarle que no estaba solo, pero no me moví.
—Una noche el capitán me llamó a su tienda.
Pensé que todo había terminado, que me habían descubierto y que la denuncia de Arthur sobre mí había salido a la luz.
Efectivamente, ese hombre lo sabía todo.
Pero, en lugar de arrestarme, me ofreció algo distinto a cambio de borrar mis antecedentes.
Dijo que hombres como yo eran más útiles en otros lugares y así fue como terminé vinculado al MI6.
Me entrenaron durante meses hasta convertirme en lo que soy ahora.
He memorizado identidades completas y he cruzado fronteras donde un error podía significar desaparecer sin dejar rastro.
Ya no engaño a nadie por dinero, sino por información.
Igual que tú. ¿No te resulta curioso que, por primera vez, alguien encuentre útil lo único que se nos da bien?
No pude hacer otra cosa que asentir.
—La guerra no me ha cambiado, Alana. —Me tomó la mano con cuidado, pero el contacto me pilló desprevenida y estuve a punto de soltar un ridículo grito—. Pero me ha colocado en el lugar adecuado. No lo estropees, por favor.
Fruncí el ceño y, por mucho que me gustara su tacto, saqué mi mano de entre las suyas.
—¿Por qué iba a estropearlo?
—Debo pasar información a mis superiores pronto. —Sacó el reloj de su bolsillo y extrajo el papel que le había visto ocultar. Me lo mostró y me percaté de que estaba en blanco—. Todavía no tengo nada y, si te interpones, no voy a lograrlo.
—¿Usas Le Nocturne Astronomique para pasar mensajes cifrados?
Se encogió de hombros.
—Nadie sabe qué reloj es en realidad y me siento menos solo cuando lo llevo encima.
—Negué, sin poder creer que estuviera usando una joya como esa para algo tan mundano, pero no podía culparlo, dada su historia—.
La cuestión es que estaba a punto de obtener una información muy importante de Herbert von Eberdhart cuando has decidido intervenir.
Necesito que te apartes de mi camino. No me puedo concentrar si andas cerca.
Mi corazón se saltó un latido ante su confesión y me perdí en sus ojos índigo, tan misteriosos, tan oscuros.
—Eso no va a ser posible —repliqué y después, tragué saliva—. Herbert von Eberdhart me ha invitado a cenar mañana.
Lawrence se echó hacia atrás; parecía que acabase de abofetearlo.
—Envíale una nota, dile que no puedes ir —me ordenó, volviendo a nuestra discusión.
—¿No lo entiendes? Me ha dado acceso a una fiesta llena de nazis. Lemêtre me advirtió de que está negociando con españoles para comprar wolframio.
—Lo sé, por eso quiere acceso a las cajas del supuesto banco de monsieur Dubois —replicó enfadado—. Lo tengo todo controlado.
—No es verdad, y lo sabes. —Lawrence apretó las mandíbulas—.
Si me convierto en su amiga, amante o como quieras llamarlo, podré usar mi estatus para sonsacarle información, a él y a sus socios: quién mueve el oro, quién certifica su neutralidad, quién cobra comisiones y a quién le compran el wolframio.
Te daré todo lo que descubra y podrás reportarlo a tus superiores para detenerlos.
—No quiero que seas su amante —soltó entre dientes—. No te hagas eso a ti misma, por favor.
Apreté los labios para contener las lágrimas. Volvió a agarrarme de la mano con fuerza y me miró a los ojos.
—Por favor, Alana.
Me solté de su agarre y me puse en pie. Me alisé el abrigo, que ni siquiera me había quitado.
—Te informaré pronto.
Me marché sin mirar atrás.