Mensajes
Me gustaba ayudar a la señora Friedrich en el hotel, me daba sensación de normalidad en un momento en el que mi vida había tomado un rumbo extraordinario.
Es difícil explicarte la magnitud de la incertidumbre que sentía.
Lo cierto es que tras la entrega del listado de herr von Eberdhart no tuve más noticias de monsieur Lemêtre durante un tiempo.
Tampoco supe nada de Lawrence, que había desaparecido con la misma facilidad de siempre.
Intentaba no sumirme en un estado de melancolía y me mantenía ocupada con los huéspedes.
La mayoría eran hombres y mujeres con profesiones artísticas perseguidos por los alemanes, pero también estaba Edith, una madre judía con dos niños.
Les ponía especial atención, para qué mentirte.
Esos pequeños lucían delgados y tenían una mirada triste que me rompía el corazón; a su corta edad habían visto cómo los nazis se llevaban a su padre sin más motivo que sus orígenes.
Nunca hablaban de ello, trataban de olvidar algo demasiado doloroso.
Yo no me atrevía a preguntar y me limitaba a jugar con ellos al escondite para escucharlos reír.
La inquietante verdad es que los estaba entrenando.
No tenía muy claro hasta qué punto llegarían los nazis con tal de perseguir a los que no consideraban ciudadanos dignos y prefería prepararlos sin que se dieran cuenta.
Su madre nos observaba siempre en silencio desde un rincón.
No solíamos conversar; ella solamente hablaba alemán y, si queríamos comunicarnos, debíamos hacerlo a través de la señora Friedrich.
Una tarde, Edith se acercó a mí cuando me encontraba sola en una de las mesas del porche.
Me gustaba sentarme allí y perderme en unos recuerdos que no hacían otra cosa que atormentarme.
Rememoraba una y otra vez aquella noche de dos años atrás en la que Lawrence me había consolado, cuando me había estrechado entre sus brazos hasta calentarme el alma, como si no hubiera existido nada más que nosotros.
Hubiera dado cualquier cosa por regresar a él, por volver el tiempo atrás; incluso por pedirle que huyera conmigo a cualquier rincón del mundo.
Qué tonta había sido aquel día en los pasillos de Wetherby Hall, qué cobarde.
Ojalá hubiera tenido la valentía de tomar la mano que me había tendido.
En el fondo sabía que era una utopía. Arthur nos hubiera perseguido.
Ni siquiera me atrevía a imaginar qué pasaría si descubría que había visto a Lawrence en el Grand Café Léman.
Edith me dedicó una sonrisa apagada y se sentó a mi lado. Habían caído las primeras nieves, y el jardín estaba cubierto de una fina capa blanca que ya no se desharía en meses. Desvié mi atención hacia la mujer, que sacó un papel de entre sus dedos. Me miró y asintió.
—Gracias —dijo en inglés con un marcado acento alemán.
Entonces me tendió la hoja y la desplegué pensando que se trataría de una carta de agradecimiento, algo que tal vez la señora Friedrich le había ayudado a redactar en mi idioma. Sin embargo, me encontré con algo muy distinto.
Querida Lalune,
Necesito que siga investigando al sujeto del que le hablé.
Sospechamos de un envío de oro en las próximas semanas para comprar wolframio en la Península Ibérica.
Es posible que nuestro hombre negocie con españoles.
Dados sus orígenes, considero que nadie mejor que usted para ayudarme en esta misión.
Si no desea arriesgarse tanto, lo entiendo, pero le rogaría que me lo hiciese saber a través de la mujer que le ha entregado esta nota. Ella es de total confianza.
G.L.
Alcé la mirada hasta Edith con los ojos muy abiertos.
Jamás hubiera imaginado que estuviera metida en los asuntos de monsieur Lemêtre.
Ella asintió quedamente, confirmándome que era tan espía como yo; tomé aire.
Una cosa era servir de forma puntual a la causa y otra, meterse en la boca del lobo, que es lo que me estaba pidiendo monsieur Lemêtre en realidad.
Llevé la vista hacia los abetos que rodeaban el refugio alpino, uno que se parecía mucho a lo que suponía mi vida de condesa: un oasis, un lugar seguro donde yo era intocable.
Miré a los hijos de Edith, que jugaban con la nieve y hacían un muñeco, emocionados.
Cerré los ojos, pensando en cuántos niños habrían dejado de serlo demasiado pronto por culpa de la guerra, en cuántos vagarían por la calle hambrientos y solos, a merced de un mundo que se había vuelto cruel con los más débiles.
Yo tenía el poder de cambiar eso o, por lo menos, de tratar de mejorar sus destinos.
Puse la palma sobre la carta y miré a Edith. Asentí.
—Lo haré.
Ella me dedicó una sonrisa, quería insuflarme ánimos. Me levanté y me marché a mi habitación con la nota entre los dedos.
En cuanto entré, me acerqué a la chimenea y lancé el papel al fuego que la señora Friedrich se empeñaba en mantener vivo siempre, a pesar de contar con un moderno sistema de calefacción tras la reforma.
Miré el reloj que colgaba de una de las paredes.
Si me daba prisa, llegaría a tiempo al baile del sábado en el Grand Café Léman.
Nada más entrar, localicé a mi objetivo en el mismo rincón que la otra vez.
Me alisé el vestido y me recoloqué el cabello.
Di unos cuantos pasos firmes hacia él y, de pronto, me di cuenta de que estaba hablando con otro hombre al que una inoportuna columna me había ocultado hasta el momento.
Apreté los dientes cuando reconocí a Lawrence.
Miré a mi alrededor sin saber muy bien qué hacer.
Si me acercaba, lo interrumpiría, y me constaba que él trabajaba también con monsieur Lemêtre; no quería interferir.
Caminé con sigilo hacia un lateral del local, donde se encontraban los reservados, y me fui deslizando entre las cortinas hasta llegar a ellos sin ser vista. Me escondí tras una de terciopelo verde, que apenas dejaba pasar el aire. Sin embargo, era capaz de escucharlos con claridad.
—Entonces, monsieur , ¿podríamos acceder a su banco en caso de que, digamos, tuviéramos una importante entrega en los próximos días? —le preguntó herr von Eberhardt.
No podía verlos, pero me imaginé la sonrisa descarada de Lawrence, la que sacaba a relucir cuando ejecutaba sus estafas.
—Por supuesto —le aseguró—. Les guardaré espacio en una cuenta.
Von Eberdhart carraspeó.
—Necesitaremos cuatro cajas, grandes.
Hubo una pausa, en la que se coló la música de la fiesta. Tocaban un foxtrot bastante animado, que lo único que hizo fue ponerme nerviosa.
—¿Asumo entonces que se trata de algo muy voluminoso?
Otro silencio.
Contuve la respiración.
Podía escuchar a herr von Eberdhart dudar sobre si confiarle la información. Lawrence se estaba arriesgando demasiado.
—¿Conoce usted a herr Fischer? —preguntó de pronto—. También trabaja en su banco.
Cerré los ojos con fuerza. Era la misma trampa que le había tendido yo hacía años, en aquella primera cena en Wetherby Hall. Si decía conocerlo y ese tal herr Fischer no existía, estaba perdido. Pero si era un hombre de carne y hueso y no lo conocía…
Salí de mi escondite fingiendo un tropiezo que me llevó directa a los brazos de herr von Eberdhart. Él se sobresaltó, pero me cogió de la cintura para evitar que me rompiera un tobillo sobre los tacones de vértigo que me había puesto aquella noche.
—Lo lamento tanto —me excusé, recuperando el equilibrio. Él no se mostró contrariado; más bien parecía contento de verme después de tanto tiempo—. Qué torpe soy, debe ser que tenerlo cerca me pone nerviosa.
Herr von Eberdhart soltó una leve carcajada. Su mano seguía en mi cintura; no deseaba dejarme escapar.
—Lo he visto y simplemente quería saludarlo, pero ahora veo que está usted ocupado —continué, mirando de reojo en dirección a Lawrence.
—No se preocupe —se apresuró a decir—. Ya habíamos terminado, ¿verdad, monsieur Dubois?
Lawrence me fulminó un instante con la mirada, pero acabó asintiendo, se caló su sombrero y se marchó, oculto bajo su larga gabardina.
Suspiré aliviada y me concentré de nuevo en mi interlocutor.
Herr von Eberdhart me miraba con una sonrisa seductora que me heló la sangre, pero me esforcé por devolvérsela.
—Pensaba que no volvería a verla —me susurró al oído.
Me lamí los labios con toda la intención, para hacerle rememorar el beso en el reservado. Se aflojó la corbata.
—He estado algo ocupada últimamente, pero lo cierto es que… —bajé la mirada presa de una fingida timidez— no he podido quitarme ese momento de la cabeza.
Él asintió, muy serio. Reforzó su agarre en mi cintura y se acercó a mi boca de forma un tanto imprudente.
Puede que estuviésemos en el rincón más oscuro del local, salvaguardados por una columna, pero no dejábamos de estar a la vista de cualquiera que quisiera mirar.
Sonreí y me eché ligeramente hacia atrás.
—Podrían vernos —susurré contra sus labios.
Él se alejó y sus ojos de dirigieron a los reservados. Me puse nerviosa, sabía muy bien lo que significaba aquello; había reconocido el mismo deseo en la mirada de decenas de hombres. Tomé aire, como si su cercanía me impidiera respirar con normalidad.
—Debería marcharme —dije, recolocándole la corbata. También sabía que cuanto más difícil era conseguir algo, más deseable se volvía—. Si me ven con usted…
Él miró hacia un lado y al otro, incómodo, y se alejó un poco más.
—Por supuesto, su marido me pegaría un tiro.
Me eché a reír tan solo de imaginarme al bueno de Arthur con un arma.
—No es su estilo, pero odia a los alemanes.
Herr von Eberdhart me dedicó una sonrisa de lado.
—¿Y usted no? También es inglesa.
—Sí, aunque mi padre era alemán —mentí con todo mi aplomo—. Los ingleses lo mataron en la Primera Guerra Mundial. Es difícil ser neutral en mi caso, ¿no cree?
Entonces fue él quien se lamió los labios, viendo todas las posibilidades que se abrían a su paso.