La medida del tiempo Espionaje #2
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Espionaje #2

—¿Para que puedas robarme más?

Maxine frunció el ceño y decidió entrar sin su permiso. Cerró la puerta a su espalda y la miró con intensidad.

—No te entiendo.

—Que no me entiende, dice —farfulló—. ¿Cómo tienes la cara de venir aquí después de llevarte el reloj?

Maxine tenía la piel nívea y, aun así, Carlota la vio palidecer a través de la penumbra que inundaba su salón.

—¿Qué?

—No te hagas la tonta —atacó—. He ido al hospital a ver a Alana y cuando he vuelto…

—¿Alguien se ha llevado Le Nocturne Astronomique?

Carlota negó, incrédula, incluso soltó una risa que daba bastante miedo.

—No disimules, Maxine. Solo tú sabías que yo lo tenía y has aprovechado que estaba en el hospital para sacarlo de mi propia casa.

—Yo jamás haría eso —replicó; parecía que su acusación le doliera.

—¿Quién si no?

—¿Crees que sería tan estúpida de venir a tu casa de ser así?

—Quizá estás intentando demostrar tu inocencia para que no te denuncie a la policía —insistió—. Después de todo, eres experta en confundir a la gente. Incluso me has hecho pensar que me gustabas. Qué tontería, ¿verdad?

Maxine resopló, sulfurada. Siempre había demostrado ser una mujer tranquila, pero Carlota vio que la furia le cruzaba los ojos; el dorado se había convertido en lava fundida.

—Mira, Carlota, puedo entender que te resulte nuevo sentirte así con una mujer —espetó, acercándose mucho a ella, hasta tal punto que pudo oler la colonia floral que tanto la caracterizaba—.

Pero no toleraré que me acuses de manipuladora y ladrona.

Si estoy aquí es porque estaba preocupada por ti y tu bisabuela, y porque las cosas entre nosotras terminaron abruptamente. Quería…

Se interrumpió y apretó los puños. Carlota la continuó mirando, sin saber muy bien qué creer ni qué decir. Ya no se fiaba ni de sí misma. ¿Y si la estaba enredando más para que no la denunciara, para que su robo quedara impune?

—Tu bisabuelo fue un criminal de guerra —dijo de pronto, transportada a la historia de Alana.

—Lo sé de sobra. —Maxine suspiró—. Y por eso mismo quiero intentar reparar el daño que hizo de algún modo, ayudar a las familias que destruyó.

Ese era mi único objetivo para encontrar Le Nocturne Astronomique, el de obtener ese último listado.

Jamás he aspirado a tenerlo ni a venderlo. No me pertenece.

Carlota la estudió con fijeza, tratando de discernir si estaba siendo sincera, pero sus dudas parecieron molestarle todavía más. Negó, rendida.

—Me alojo en el Gran Hotel Miramar, por si decides enviar a la policía. —Carlota se mordió el labio, temiendo haber sido demasiado dura con ella. ¿Y si no era culpable?—. Supongo que es más fácil acusarme de algo horrible que admitir lo que ocurre entre nosotras.

Maxine se marchó dando un portazo y ella se derrumbó de nuevo en el salón de su habitación.

El amanecer llegó con una luz cegadora, casi dolorosa para sus ojos irritados por el llanto.

Carlota se duchó y se maquilló para tratar de ocultar su mala cara, pero apenas lo consiguió.

Se vistió deprisa y se miró en el espejo como si el reflejo de sí misma pudiese otorgarle la fuerza que necesitaba para acudir al hospital y confesarle a Alana que había perdido Le Nocturne Astronomique.

Condujo distraída hasta el aparcamiento y subió a la habitación de su bisabuela con la sensación de que aquel no era su cuerpo, tal vez se hubiese disociado de una realidad demasiado complicada. ¿Era una cobarde? ¿Tenía razón Maxine y no se atrevía a admitir que se sentía atraída por una mujer?

Abrió la puerta de la estancia con pesos en los pies y pensó en Alana, ahí tumbada en ese anodino camisón, tan pequeña en una cama que era de todos y de nadie.

Se preparó para el golpe de verla enchufada a todas esas máquinas cuando, de pronto, se percató de que no se escuchaba el sonido de ningún monitor.

Casi se abalanzó hacia el interior, horrorizada ante la idea de que hubiera muerto sola.

Sin embargo, se la encontró sentada al borde de la cama, vestida de calle y atándose los zapatos; estos apenas llevaban tacón, pero eran sumamente elegantes.

Alana alzó la mirada hacia ella, como si la hubiera sorprendido cometiendo una fechoría.

—¿Qué estás haciendo? —Carlota tuvo la sensación que su propia voz sonaba ronca, como acabada de salir de una caverna.

—He pedido el alta voluntaria, estoy harta de que no me dejen dormir. ¿Por qué diablos vienen a las tres de la mañana a tomarme la tensión?

Carlota se escandalizó.

—Pero, Lalune … Has sufrido un infarto —trató de razonar, pero Alana movió la mano frente a ella para interrumpir un discurso que podía adivinar.

—Si me tengo que morir, que sea en mi casa.

Se puso en pie y se acercó a su bisnieta, que seguía mirándola horrorizada. Era una mujer adulta y en plenas facultades; no había nada que pudiera hacer por evitarlo.

— Lalune … —insistió.

—Vamos —dijo Alana, enlazando su brazo con el de Carlota. Sabía que no lo hacía solo por familiaridad, sino porque en el fondo estaba delicada—. Llévame a la Torre de Ravenshire, te contaré el resto de la historia, y así me enseñas Le Nocturne Astronomique. Tanto tiempo esperando…

Carlota sintió que le entraban ganas de llorar. Detuvo sus pasos. Alana frunció el ceño y la miró sin comprender.

—¿Qué ocurre, niña?

—Lo he perdido.

—¿Qué?

—Alguien me lo ha robado en mi propia casa —susurró avergonzada.

Por algún motivo omitió a Maxine de la historia. Alana cerró los ojos y se llevó la mano al pecho. Carlota se amonestó por habérselo soltado a bocajarro. Notó que se tambaleaba sobre sus piernas, todavía débiles, y la sostuvo con más fuerza.

—¿Estás bien? —quiso saber, nerviosa—. ¿Volvemos a la habitación?

Alana cerró los ojos, inspiró profundamente y soltó el aire con lentitud. Negó de manera casi imperceptible.

—Llévame a casa —le pidió con cierta urgencia—. Odio este sitio.

Carlota terminó asintiendo y la acompañó hasta el coche. La sentó a su lado con cuidado y le puso el cinturón. Alana se resignó a recibir unos cuidados que jamás había necesitado hasta ese momento. Cuando el automóvil se puso en marcha, miró por la ventanilla y suspiró.

—Quizá sea su destino —susurró—, estar perdido. Como aquella vez…