Espionaje
El sonido de los monitores del hospital se había difuminado en los ecos de su historia. Carlota observaba a su bisabuela con un brillo emocionado en la mirada. Siempre había sabido que se trataba de una mujer excepcional, pero nunca había imaginado que ocultara tantas cosas tras sus ojos negros.
—¿Por eso te haces llamar Lalune en vez de abuela?
Alana se encogió de hombros.
—Me hace recordar viejos tiempos. Si alguien sigue llamándome así, siento que, de algún modo, sigo ahí con… —Tosió, puede que lo que fuese a decir le doliera demasiado en el pecho.
Hubo un largo silencio, solo interrumpido por el incesante pitido de las máquinas.
—Jamás pensé que los rumores de espionaje fueran ciertos —musitó Carlota, tan bajo que Alana estuvo a punto de perderse el comentario.
—Y espero que sigan siendo solo eso, Carlota —replicó—: rumores.
Ella asintió y notó una punzada de culpa por haber compartido parte de su historia con Maxine.
Maxine von Eberdhart.
El apellido de Herbert no le había pasado por alto, por supuesto. Era su bisabuelo; ella misma le había reconocido que había sido un ladrón de guante blanco para los nazis.
—¿Por eso no querías que investigara con Maxine? ¿Porque está emparentada con Herbert? —Su bisabuela entrecerró los ojos, como si fuese capaz de leer en su mirada que no le había contado toda la verdad. Carlota tragó saliva—. ¿O acaso la conoces?
Hizo la última pregunta con la voz temblorosa.
Temía que Alana descubriera que había estado investigando con ella, que habían viajado juntas, pero aún le daba más miedo que le dijera que Maxine era igual de despiadada que su bisabuelo; que hubiera intentado acercarse a ella para robarle información, el reloj, lo que fuese.
Sin embargo, Alana negó y miró por la ventana.
—No —confirmó—, pero nadie con su sangre puede ser buena persona.
—Eso es un prejuicio muy…
Alana la fulminó con la mirada y la máquina que monitorizaba su pulso se alteró. Carlota calló y decidió tragarse sus protestas por el bien de la salud de su bisabuela. Ya tendrían tiempo de discutir.
—Guarda bien ese reloj, Carlota. Es un tesoro invaluable y necesito volver a verlo.
Carlota asintió con solemnidad y se recolocó en la silla, con el trasero dolorido tras horas sentada en la butaca. Alana se percató de su movimiento.
—Vete a casa, voy a dormir un rato, a ver si me recupero y esta gente me deja salir de aquí. Esto es un aburrimiento. —Carlota fue a hablar, pero Alana movió la mano en su dirección—. Deja de llevarme la contraria de una vez y descansa un poco. No serviremos de nada si enfermamos las dos.
Carlota abrió la puerta de su casa con las piernas entumecidas y la espalda agarrotada.
No había tocado una cama en veinticuatro horas, desde su infructuosa última noche en Ginebra.
Estaba tan cansada que abrió la puerta como un autómata y, tras cerrarla, se tiró boca abajo en el sofá —ni se molestó en llegar hasta la cama—, dispuesta a rendirse al sueño que la acechaba.
Entreabrió los ojos un instante y recorrió el comedor con la mirada agotada.
Entonces se percató de que algo estaba fuera de lugar.
Nada más llegar de Suiza había dejado sus cosas de cualquier manera junto a la puerta para correr hacia el hospital. Sin embargo, tenía la sensación de que no se encontraban exactamente en la misma posición.
—No te emparanoies —se dijo, y se obligó a cerrar los ojos.
Al cabo de unos minutos, soltó un bufido.
Sería incapaz de dormirse si no comprobaba primero que todo estaba bien.
Se levantó del sofá con el cuerpo pesado y avanzó hasta el bolso.
Metió la mano con cara de hastío, convencida de que todo estaría donde lo había dejado.
Respiró aliviada cuando dio con la carta y la fotografía de Lawrence y Alana; sin embargo, contuvo el aliento al no encontrar Le Nocturne Astronomique.
Sintió una desagradable sensación recorriendo su cuerpo como una descarga eléctrica; comenzó a mover la mano con desesperación: las llaves, el monedero, unos caramelos, un coletero que nunca utilizaba, un par de pintalabios pasados de moda…
Terminó por agarrar el bolso y correr hacia la mesa del salón. Le dio la vuelta con nerviosismo y todo el contenido quedó desparramado sobre la madera de fresno.
—No puede ser —masculló, pasando la vista por la decena de objetos inútiles que parecían reírse de ella.
No había ni rastro del reloj. Carlota se llevó la mano al pelo y quiso tirarse de él hasta arrancárselo. Se cubrió la boca, la cara, incapaz de hacer otra cosa que dar vueltas por su salón como un lobo enjaulado. ¿Cómo había podido perderlo?
Se sentó en medio del comedor, con una presión tan grande en el pecho que a punto estuvo de llamar a una ambulancia.
No era la primera vez que le daba un ataque de ansiedad.
Gracias a Yago había tenido unos cuantos; sobre todo, cuando lo había descubierto entre las sábanas con su amante, en su propia cama.
Pero esto era mucho peor.
Había perdido un tesoro, un objeto que su bisabuela llevaba décadas buscando; uno que había encontrado para perder después.
—Piensa, piensa —se repetía en voz alta.
Tras unos minutos, logró calmarse lo suficiente como para recordar lo que había hecho justo antes de cerrar esa puerta e irse al hospital.
Estaba segura de haberlo tenido al aterrizar y también cuando había cogido el taxi.
Frunció el ceño. Incluso justo antes de marcharse a ver a Alana había comprobado que el reloj seguía en su bolso.
Abrió los ojos con horror cuando comprendió lo que había pasado: alguien había entrado en su casa para llevarse Le Nocturne Astronomique.
Se levantó y casi se abalanzó sobre la cerradura de la puerta; la inspeccionó sin saber muy bien qué buscaba.
Puede que un golpe, una incisión en el metal que le indicara que la habían forzado, pero no había nada.
Quienquiera que hubiera entrado era un experto ladrón, o tal vez alguien que había visto un buen tutorial de Youtube para forzar la maldita puerta.
Dio un puñetazo de frustración contra la madera.
¿Cómo iba a contárselo a Alana? Se masajeó las sienes, como si así pudiera hacer que brotaran nuevas ideas. ¿Quién podía haber sido? La lista de gente que conocía la existencia del reloj era muy limitada, pero solamente había una persona que supiera que estaba en su poder.
Agarró el teléfono móvil y marcó el número de Maxine, sin saber exactamente qué iba a decirle.
«Devuélvemelo». «Bruja». «Embustera». Se le ocurrían mil formas de hacerle conocer su indignación, pero ninguna le parecía lo suficientemente potente para la gravedad de lo que había hecho.
La había seducido con el peor de los objetivos.
Sí, esa era la palabra. Ella, que nunca se había sentido atraída por una mujer, había caído rendida a los pies de una que era la viva imagen de una femme fatale .
Por supuesto, tendría que haberse dado cuenta: tan inteligente, tan hermosa, tan perfecta.
La había engañado todo el tiempo, lo único que había querido desde el principio era conseguir Le Nocturne Astronomique; ella había sido, simplemente, un medio para llegar a su fin.
¿Ese beso había formado parte de la farsa?
¿Y las miradas? ¿Y la complicidad? Soltó un grito de frustración. ¿Cómo había sido tan obtusa?
El teléfono dio tono unas cuantas veces, pero nadie cogió la llamada. Carlota miró la pantalla, indignada. Maxine le había robado un objeto que valía millones de euros, era evidente que no iba a contestar. Se sintió todavía más estúpida.
Aun así, probó una y otra vez, hasta que una voz de robot contestó en francés al otro lado:
—El número que ha marcado está apagado o fuera de cobertura, vuelva a intentarlo pasados unos minutos.
Carlota lanzó el teléfono sobre el sofá para no tirarlo por la ventana.
—Si es que eres una ingenua —se amonestó—, ¿de verdad pensabas que alguien así iba a fijarse en ti?
Se cubrió el rostro con las manos e hizo lo único que se le ocurrió: llorar.
Pasó más de tres horas tumbada en el sofá, bañada en un mar de lágrimas.
El sol ya estaba poniéndose en el horizonte y se avecinaba una noche complicada.
Estaba tan absorta en su desgracia que ni siquiera encendió la luz.
Las sombras se recortaban en las paredes de su apartamento minimalista con formas perturbadoras, culpándola del robo.
Había sido imprudente. No había cerrado la puerta con llave.
Tendría que haber escondido el reloj en una caja fuerte, aunque dudaba que eso hubiera impedido que Maxine se lo robase.
Llamaron al timbre. Estaba desaliñada, con el rímel corrido por el viaje, el disgusto y las lágrimas.
Tenía el pelo enmarañado y los ojos y la nariz rojos e hinchados de tanto llorar.
No le importó. Con toda seguridad, sería Mina, que venía a ver cómo estaba.
Hacía un rato le había escrito un mensaje para decirle que ya había llegado a Málaga.
Sin embargo, no se había atrevido a confesarle que ya había perdido Le Nocturne Astronomique. Se avergonzaba de sí misma.
Abrió con un resoplido, dispuesta a contarle la verdad a su amiga. Pero no era Mina quien la observaba descolocada desde la entrada de su apartamento.
—¿Maxine?
Miró a la mujer como si se tratara de una aparición, tan elegante y pulida como siempre, con esos ojos dorados que parecían dos faros en mitad de la tormenta en la que se había convertido su vida. Le impactó tanto verla allí, en la puerta de su casa, que se quedó muda.
—Carlota, ¿qué ha pasado? —quiso saber, como si estuviese realmente preocupada por ella, como si temiera que su bisabuela hubiese muerto en esas horas.
Qué gran actriz era. Carlota la miró con desprecio.
—¿Cómo te atreves a venir aquí? —masculló entre dientes.
Maxine se mostró desconcertada ante su hostilidad.
—¿Puedo pasar?
Carlota le dedicó una sonrisa sardónica.