Herbert von Eberhardt #2
—¿Siempre habla así con desconocidos? —preguntó él, con una ceja alzada.
—No. Solo con los que saben leer entre líneas.
Él me hizo girar con un movimiento más firme, acercándome a su pecho un poco más de lo necesario.
—Está jugando con fuego —susurró muy cerca de mi boca.
—No —susurré—. Estoy observando cómo arde.
El comentario lo tomó por sorpresa y volvió a reír.
—Tiene una manera peculiar de ver las cosas, condesa.
—Es la única que me permite sobrevivir a ciertos entornos. Imagino que usted también ha tenido que aprender eso.
Me acerqué tanto que pensé que iba a besarme allí en medio, pero se contuvo.
Después de todo, yo era una aristócrata y, sobre todo, una mujer casada.
Él también. Por muy fascinado que estuviera, no era estúpido.
Sin embargo, me iba muy bien tenerlo en ese estado para lograr meterle la mano en el bolsillo.
Tenía la firme intención no solo de conocer sus próximos pasos, sino de robar también la nota que se había guardado tan apresuradamente en cuanto me había visto; como si ocultara algo.
Me apreté contra su pecho y fui capaz de notar los latidos nerviosos de su corazón y su respiración entrecortada, no solo por los movimientos rápidos del swing .
—He aprendido a no confiar en casi nadie —dijo de pronto.
Me detuve en mi camino hacia su bolsillo, temerosa de que hubiera descubierto mis intenciones.
—«Casi» es una palabra interesante —atiné a contestar.
—¿Por qué?
—Porque deja una puerta abierta —repliqué, deslizando los dedos por su hombro, hacia su nuca rapada.
Él me estudió con más detenimiento, parecía estar decidiendo hasta dónde me permitiría avanzar.
Tuve la sensación de que podríamos seguir con ese juego el resto de la noche y no llegar a ningún sitio; el tipo era inteligente e iba con pies de plomo.
Decidí pasar a la acción. Lo agarré de la mano antes de que terminara el swing y me lo llevé a uno de los reservados, donde nos aguardaban un par de sillones y una mesa con una botella de champán que Gérard Lemêtre había dejado preparada en cuanto le había contado sobre mi cita mediante una carta.
Era una locura llevar allí a herr von Eberhardt y sentí que el miedo me crecía en las entrañas. Temí que, en cuanto estuviésemos a solas, se abalanzara sobre mí como un animal. Por suerte, no lo hizo. Me miró desconcertado.
—Aquí podremos hablar más tranquilos —afirmé mientras tomaba asiento en una de las butacas.
Le hice un gesto para que se sentara en la de al lado. Necesitaba acercarme lo suficiente a su bolsillo. Tomé aire y me aproximé hasta que nuestros brazos se tocaron.
—Tal vez me equivoqué —dijo—. Improvisar no es tan malo, aunque debo admitir que este sitio no me resulta tranquilizador.
Miró a un lado y al otro, quizá quería asegurarse de que nadie armado con un revólver le iba a volar los sesos allí mismo; era desconfiado y eso me generó más inquietud todavía.
—No pretendo tranquilizarlo trayéndolo aquí —repliqué con una sonrisa provocadora—. Intento despertar su interés.
Hubo un silencio breve, pero cargado de tensión. La música descendía en intensidad, aplacada por las cortinas que nos resguardaban de miradas ajenas.
—Lo ha conseguido —admitió él—. Pero el interés es un arma de doble filo y es usted peligrosa.
—No más que usted —susurré, acercando mi boca hasta la suya con toda la intención.
No pudo resistirse. Me besó con fuerza; parecía llevar mucho rato conteniéndose.
Cerré los ojos para imaginarme que era otro hombre y me centré en cumplir con mi misión.
Llevé mi mano hacia su bolsillo y extraje el papel con sumo cuidado.
Él estaba tan absorto en nuestro intercambio que ni siquiera se percató del movimiento.
Después, me lo guardé en un bolsillo oculto del vestido, me separé y fingí azoramiento. Bajé la mirada.
—No crea que hago esto a menudo —murmuré, demostrando ser una perfecta dama—. Es la primera vez que…
Me puse en pie atropelladamente y él me miró como si de verdad lamentara haber sido tan brusco.
—Lo siento —dije muy metida en mi papel—. No sé qué me ha pasado…
Herr von Eberhardt trató de cogerme la mano para calmarme, pero salí corriendo antes de que lo consiguiera.
Retiré la cortina del reservado y me zambullí de nuevo en la pista de baile.
Sentí unos ojos sobre mí y, por un instante, pensé que era von Eberdhart; sin embargo, pronto me di cuenta de que se trataba de Lawrence, que me observaba desde la barra.
Negó con la cabeza casi de forma imperceptible y, si las miradas mataran, no te estaría contando ahora esta historia.
Me marché antes de que pudiera reprocharme nada, sin saber siquiera si sabía lo que acababa de ocurrir tras las cortinas.
Cuando llegué a casa, me percaté de que mi carmín estaba emborronado. Cerré los ojos y maldije entre dientes.
Me encontré con monsieur Lemêtre unos días más tarde, en un salón del Hôtel du Léman para mayor discreción. Arthur seguía manifestando su desaprobación por mis actividades, pero yo insistía en que era por un bien común y continuaba acudiendo a las citas de monsieur Lemêtre cuando era necesario.
Él me esperaba en una de las mesitas del salón que habíamos acondicionado para los huéspedes en la parte trasera, fumando. Me aseguré de que no hubiera nadie cerca y accedí a la estancia. Me senté frente a él.
—He conseguido esto. —Le tendí el papel que había sustraído del bolsillo de herr von Eberhardt.
Monsieur Lemêtre lo estudió con atención mientras yo sonreía con orgullo.
Se trataba de un listado con bienes expropiados de familias judías.
Al principio me había costado entender las abreviaturas, pero enseguida lo había descifrado.
Al parecer, los nazis estaban guardando esas joyas y el oro robados en bancos suizos, amparados en la neutralidad del país.
—Esto es de un valor incalculable, condesa —admitió—. ¿Cómo la ha conseguido?
—Tengo mis métodos. ¿Qué debo hacer ahora?
—Me haría un favor si se lo entregase usted a mi contacto. —Me devolvió la nota—. Si lo hago yo, resultará sospechoso.
—¿Dónde puedo encontrarme con ese contacto?
—La esperará frente a la Torre du Molard mañana a las ocho de la noche en punto. Pregúntele la palabra segura, debe responderle Aurora non hora . No hable con nadie más que él.
Asentí, emocionada por esa nueva misión. Lo cierto es que el espionaje tenía algo que me mantenía viva.
Arthur puso el grito en el cielo por mis salidas nocturnas y amenazó con no volver a dejar entrar a monsieur Lemêtre en nuestro hotel si seguía arriesgando mi vida de ese modo.
Lo calmé diciéndole que era algo que yo quería hacer, que me sentía útil y satisfecha cumpliendo con mi deber.
Aunque farfulló por lo bajo, me limité a subir en mi automóvil y acudir al encuentro de mi misterioso contacto en Ginebra.
Dejé el coche aparcado en un lateral de la plaza y acudí al lugar del encuentro.
Las calles estaban desiertas; comenzaba a hacer frío y el viento era muy desapacible.
No me costó encontrar al contacto de monsieur Lemêtre, aguardando bajo el famoso reloj de sol, resguardado entre las sombras de la noche.
Me arrebujé en mi abrigo y avancé hacia esa silueta oscura con el corazón en la garganta.
Abrí la boca, molesta, cuando reconocí a Lawrence. Los dos nos estudiamos desconcertados, como si no comprendiéramos qué hacíamos ahí.
—Palabra segura —dije con la poca entereza que me quedaba.
— Aurora non hora.
—¿Eres su contacto? —solté incrédula.
—¿De qué conoces a monsieur Lemêtre? —preguntó.
—Trabajo con él —dijimos los dos al unísono.
—¿Eres Lalune ? —Lawrence se llevó la mano a la cara y resopló—. Sígueme, aquí podrían vernos.
Lo dudaba mucho. Las calles estaban vacías y nuestra única compañía eran las farolas y el viento helado, pero no dije nada y me limité a caminar tras él mientras se perdía entre las calles del centro histórico de Ginebra.
Llegamos a un edificio de apartamentos bastante discreto.
Lawrence metió la llave en la cerradura y me sostuvo la puerta para que accediera al interior.
Hacía frío en la entrada, así que me apresuré a seguirlo al ascensor que nos llevó al último piso.
Abrió la puerta de un ático pequeño pero acogedor.
No constaba más que de una sala de estar, un aseo, una cocina diminuta y un dormitorio sencillo que adiviné al fondo.
El lugar estaba desangelado, nadie se había tomado el tiempo o la molestia de convertirlo en un hogar.
Los únicos objetos mínimamente decorativos eran un gramófono, una radio y un teléfono; y algo me decía que estaban ahí más por su utilidad que por otra cosa.
El techo abuhardillado obligaba a Lawrence a caminar con cuidado para no darse un golpe con las lámparas o con alguna de las vigas de madera.
—¿Vives aquí?
—Algo así. —Se encogió de hombros y se dejó caer en una de las sillas de la cocina.
Lo seguí y me senté frente a él, mientras continuaba mirándome con enfado.
—¿Quieres tomar algo?
—No.
Suspiró, cansado. Me di cuenta de que tenía ojeras, quizá estaba durmiendo tan mal como yo esas noches. Saqué el listado y lo moví hasta él arrastrándolo por la mesa. El ruido del papel rasgó el silencio.
— Monsieur Lemêtre me ha pedido que te entregue esto.
Lawrence desdobló la lista y paseó los ojos por la tinta; de vez en cuando me miraba de reojo. Cuando terminó, la dejó sobre la mesa y puso la palma sobre ella, como si quisiera aplastarla; o como si quisiera aplastarme a mí.
—¿Cómo la has conseguido?
—No importa.
—¿Fue antes o después de enredarte con él en el reservado?
Cerré los ojos y resoplé.
—Cada uno tiene sus métodos.
Lawrence dio un golpe sobre la mesa. Últimamente parecía más frustrado de lo que recordaba; esa chispa de diversión que lo había caracterizado se había apagado con la guerra.
—Esto no es un juego, Alana. Ese hombre ha hecho cosas terribles, que ni siquiera eres capaz de imaginar. ¿Qué crees que te haría si descubriese que andas espiándolo para la Resistencia?
—Lo mismo que a ti —repliqué.
Se mesó el cabello, exasperado, y pensé que terminaría por arrancárselo si seguía así.
—Con esta lista conseguirás bloquear los bienes que le han robado a gente honesta y ayudar a inocentes.
Soy buena en esto, igual que lo eres tú.
Los dos somos farsantes, mentirosos y traicioneros, Lawrence.
Está en nuestra naturaleza y, por una vez, lo estamos usando para una buena causa.
Colaboremos y dejemos nuestras rencillas a un lado.
Él se echó a reír.
—Llamarlo rencillas es quedarse corto.
Ignoré su ataque.
—Voy a seguir viendo a herr von Eberdhart y conseguiré más información útil para vosotros. No trates de impedírmelo.
Me puse en pie y salí de la cocina. Él no me siguió, pero lo escuché gruñir una sarta de palabrotas de lo más variopintas antes de cerrar la puerta.