La medida del tiempo Herbert von Eberhardt
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Herbert von Eberhardt

A veces peco de optimista y esa noche lo fui.

Tras mi primer encuentro con herr von Eberhardt subí a mi automóvil con la clara intención de regresar al hotel sin que nadie más se percatara de que había estado tonteando con un oficial nazi.

Encendí el motor, coloqué la palanca de marcha en posición y puse el pie en el acelerador.

Me disponía a arrancar cuando alguien golpeó con las dos manos en el capó.

Grité sobresaltada y casi atropellé al individuo que acababa de asaltarme en el aparcamiento.

Era noche cerrada y la única luz que me alumbraba era la de los faros del coche; no había nadie a mi alrededor que pudiera ayudarme.

Estaba a punto de echar mano del revólver que solía llevar en la guantera cuando reconocí las facciones de mi supuesto asaltante.

—¿Lawrence?

Él se acercó y se subió a mi lado.

—No digas mi nombre —replicó entre dientes— y arranca.

Lo miré indignada.

—¿Y si no qué? ¿Vas a obligarme a conducir a punta de pistola?

Puso una mano en mi muslo para que apretara el pedal y lo único que se me aceleró fue el corazón. Lo miré con rabia.

—¿Qué diablos estás haciendo?

—Eso debería preguntártelo yo a ti —masculló—. ¿Quieres hacer el favor de mover el coche? Si nos ven…

—No hay nadie aquí.

—Nunca te fíes de las apariencias. Vamos, Alana.

Tragué saliva cuando escuché mi nombre brotar de sus labios después de tanto tiempo. Nadie lo decía como él. Suspiré y al fin decidí conducir hasta un lateral del lago Lemán, donde nadie, ni el mejor de los avistadores, podría encontrarnos.

Hicimos el corto trayecto en silencio; yo tenía los nudillos blancos de la fuerza con la que apretaba el volante y, aunque no me atrevía a mirarlo, notaba el movimiento nervioso de su pierna contra el suelo del coche.

Detuve el motor, apagué las luces y fue como viajar en una cápsula del tiempo dentro de ese automóvil.

No se oía ni el viento ni el arrullo del lago cerca de nosotros, ni siquiera los animales nocturnos.

Estábamos solos él y yo. Por un instante, deseé olvidarme de pedirle tantas explicaciones y lanzarme a sus brazos.

Él me miró un segundo como si estuviera barajando la misma posibilidad.

Sin embargo, la realidad se impuso entre nosotros cuando Lawrence dijo:

—¿Qué estabas haciendo con Herbert von Eberhardt?

Arqueé las cejas.

—¿Estás celoso?

—No seas ridícula. Ni un niño de tres años caería en tus absurdos intentos de seducción.

Solté una risa de irritación.

—Antes no decías lo mismo.

Lo escuché apretar los dientes.

—Eso fue distinto.

Tomé aire para no reconocer que me había enamorado de él; que, en el fondo, lo seguía estando.

—¿Y tú? ¿Desde cuándo colaboras con los nazis?

Aunque había muy poca luz, fui capaz de percibir su ceño fruncido.

—Escúchame bien. Vas a mantenerte alejada del maldito Herbert von Eberhardt —gruñó—, es un tipo peligroso.

—¿Y para ti no lo es?

—Sé muy bien lo que hago, pero no puedo estar pendiente de ti. ¿Lo entiendes? No vuelvas a acercarte a él.

—Haré lo que considere. ¿Tienes miedo de que se sepa tu colaboración con esos desalmados?

Lawrence dio un puñetazo contra la guantera y me sobresalté.

—¿Tan poco me conoces?

—No lo sé. Te marchaste de mi casa con un reloj robado, sin ni siquiera dar la cara. ¿Qué quieres que espere de ti?

—Ese reloj era de mi familia —gruñó.

—¡Me dejaste hecha pedazos! —No tenía sentido ocultarlo.

—¿Cómo crees que me quedé yo? —replicó él, igual de alterado. Se pasó la mano por el pelo—. ¿Acaso crees que fue fácil? ¡Lo elegiste a él!

—No elegí a nadie, Lawrence. No me diste tiempo…

—¿Tiempo? —masculló indignado—. Hubiera quemado el mundo por ti, Alana, sin importarme nada más. Pero tú necesitabas tiempo, valorar si era prudente dejar tu cómoda vida al lado de Arthur… Esa fue toda la respuesta que necesité.

Apreté los labios con una mezcla de rabia e indignación. No supe qué decirle, porque llevaba un poco de razón; quizá había sido una cobarde.

—No vuelvas a acercarte a él —repitió, dando por zanjada nuestra discusión.

—Haré lo que crea oportuno para ganar esta guerra. ¿De verdad piensas que estás en el bando correcto?

Lawrence farfulló.

—Siempre lo he estado, y si tanto dices amar Inglaterra, apártate.

—¿Y dejar que colabores con los nazis?

—No colaboro con ellos —susurró furioso—, y vas a dar al traste con mi tapadera si sigues metiendo la nariz.

—¿Para quién trabajas?

Lawrence se pasó la mano por la cara.

—Vas a durar dos días en esto si haces tantas preguntas.

—¿Crees que le hablaría así a todo el mundo?

—No, claro, solo a mí, qué gran privilegio —dijo exasperado—. Lo único que quiero es que te mantengas lejos de los nazis; deja que yo me ocupe de ese hombre. No quiero que te usen en mi contra.

—¿Por qué iban a usarme en tu contra?

Me miró con fijeza.

—Lo sabes de sobra.

Se bajó del coche en ese instante.

—¿Qué haces? El Grand Café Léman queda lejos.

—Me irá bien un paseo. Adiós, Alana.

Por supuesto, no le hice caso. El sábado siguiente acudí al Grand Café Léman con otro vestido que, aunque no era indecente, mostraba muy bien las formas de mi cuerpo. Mi único objetivo era atolondrar lo suficiente a herr von Eberhardt como para que me contara en qué andaba trabajando.

Lo encontré en el mismo rincón de la barra del bar.

Por suerte, estaba solo, y no tuve que enfrentarme a ninguna mirada acusatoria por parte de Lawrence.

Lo observé unos instantes antes de que se percatara de mi presencia.

Estaba ojeando un papel bastante pequeño, pero no atiné a ver qué era.

Me acerqué a él y, en cuanto me vio, se lo guardó apresuradamente en el bolsillo.

Paseó sus ojos dorados sobre mi vestido de lentejuelas azul marino, y supe que le resultaba irresistible.

Hasta ese momento, mi aspecto había sido mi condena, pero por primera vez me sentí poderosa: podía usarlo en mi favor, para un propósito mayor que ayudara a la gente que tanto estaba sufriendo en esa guerra.

Era un grano de arena, pero para mí era importante.

—Buenas noches, condesa —dijo, tomándome la mano con sumo cuidado para alguien con la sangre tan fría. Sonreí con coquetería y dejé que se recreara en el tacto de mi piel un instante más antes de apartarla con falso rubor en las mejillas—. ¿Me concederá hoy ese vals?

—Por supuesto —asentí—, aunque me temo que en este local son más dados al swing .

Arrugó la nariz con complicidad. Me constaba que a los nazis no les apasionaba ese tipo de música y preferían ritmos más típicos de su país.

Como si me hubiera puesto de acuerdo con los músicos del local, variaron el ritmo hacia un vals que, aunque algo rápido, podríamos bailar sin que a ese hombre le saliera un sarpullido.

—Parece que la suerte está de nuestro lado —comenté con picardía.

Él sonrió y me tendió la mano. La agarré y noté que tenía la palma sudada; ese traje era demasiado para las temperaturas cálidas del Grand Café Léman.

Me llevó a la pista de baile y me puso una mano en la espalda, algo más baja de donde debía colocarla para un vals.

Ladeé el rostro y alcé la mirada hacia él, fingiendo que me encantaba ese pequeño descaro.

Él sonrió de lado y comenzamos a movernos al ritmo de la música.

Era un avezado bailarín y tuve que esforzarme para seguir sus pasos.

Sin embargo, no dejó que me perdiera; con sus manos, bastante grandes, me conducía a un lado y al otro de la pista.

Yo solo me concentraba en sus ojos, como si no existiera nada más.

Me imaginé que era otro rostro muy distinto, uno más castigado por la vida, con una sonrisa más cínica y la mirada más intensa.

Me acerqué a su oído y susurré:

—Baila usted con mucha precisión.

—En mi mundo, es necesario —replicó él—. La improvisación es para los torpes.

—Yo siempre he pensado que las cosas más interesantes ocurren fuera del guion. ¿De verdad nunca deja que la vida lo sorprenda? —Él esbozó una leve sonrisa—. A veces uno descubre más de una persona en un traspié que en cien pasos ejecutados a la perfección.

—¿Y qué ha descubierto de mí hasta ahora? —quiso saber él, sosteniendo mi mirada. Mi coqueteo le había llamado la atención.

—Que no le gusta perder el control. —El corazón me bombeaba en la garganta; un paso en falso y estaría fuera del juego—. Pero tampoco le gusta aburrirse.

Hubo un breve silencio mientras girábamos entre otras parejas y temí haberme propasado.

—Es una observación atrevida.

—Pero no me he equivocado, ¿verdad? —respondí con una leve sonrisa, acercándome un poco más a su rostro.

Él no contestó de inmediato, pero ajustó la presión de su mano en la mía.

—No —admitió finalmente, y bajó la mirada hasta mis labios.

—Entonces es mejor que no todo esté tan ensayado —susurré, acercando mi boca en dirección a la suya para aturdirlo un poco—, ni siquiera para alguien como usted.

—¿Y qué propone?

—Una conversación más… íntima, para conocernos mejor —remarqué la última palabra con el objetivo de darle a entender otra cosa y me observó con todavía más interés.

—Tiene usted valor.

—No. Tengo curiosidad por alguien tan fascinante como usted —solté, desatada por mi farsa.

—La curiosidad puede ser peligrosa.

—Solo si uno tiene algo que ocultar.

Soltó una pequeña risa que me pareció genuina. El vals terminó y comenzó un swing . Él se detuvo y ahogué una maldición porque titubeó, como si sus principios no le dejaran seguir bailando una canción de origen estadounidense. Apreté mi cuerpo contra el suyo y dejó de respirar un instante.

—Tal vez debería seguir bailando conmigo un poco más —dije entreabriendo mis labios hacia los suyos—. Apenas estamos empezando a improvisar…

Tragó saliva y, al contrario de lo que pensaba que iba a hacer, comenzó a moverse de nuevo, en contra de sus supuestos valores, si es que tenía alguno. Me felicité por esa pequeña victoria y me sentí más cómoda en mi papel. Me lo estaba ganando.