La medida del tiempo Gérard Lemêtre #2
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Gérard Lemêtre #2

Me levanté de la mesa, sin haber probado siquiera el chocolate que el camarero me había traído hacía un rato; siempre pedía lo mismo.

—El sábado me pondré mi mejor vestido, monsieur Lemêtre.

Él sonrió, aliviado de poder contar conmigo, y yo me marché con el miedo acechando en mi pecho.

Arthur me miró con desaprobación. Estaba cruzado de brazos en la puerta del hotel y, por primera vez en nuestro matrimonio, me pareció realmente preocupado.

Tenía la mandíbula tan apretada que incluso podía darme cuenta a través de su barba plateada.

Sus ojos estudiaron con aprensión mi vestido de fiesta, rojo como la sangre que bañaba los ríos de Europa.

Si quería llamar la atención de aquel alemán no podía ser discreta.

—Este no era el trato —farfulló.

—No va a pasar nada. Solo voy a engatusarlo un poco.

—Debo estar loco por dejarte ir a semejante majadería.

Me acerqué a él y deposité un suave beso en sus labios, con cuidado de no estropearme el carmín.

—No podrías detenerme aunque quisieras, querido.

Arthur masculló por lo bajo.

—Lo sé muy bien.

Le sonreí con picardía y me subí al automóvil que habíamos comprado para nuestras escapadas a Ginebra, un exclusivo Bugatti porque Arthur no había tolerado que llevase algo modesto.

Era un trayecto bastante largo, pero no podíamos vivir aislados en Rochers de Naye si queríamos ayudar en algo.

Arranqué el motor y, cuando apreté el acelerador, me pareció escuchar sus palabras a lo lejos, perdiéndose con el viento.

—Ten mucho cuidado.

El local estaba incluso más lleno que por las tardes.

A pesar de haberme mostrado tan segura frente a Arthur, me temblaban las manos.

Las apreté con fuerza en un vano intento de estabilizarme.

Tomé aire y entré. Me golpeó una ola de calor, humo y risas amortiguadas por la música que sonaba en el salón de fiestas.

Entrecerré los ojos para aclimatarme a la luz tenue de los negocios clandestinos y me fijé en la gente que había apiñada en la pista de baile: unas cuantas muchachas jóvenes bailaban a un lado, junto a varios soldados que pretendían llamar su atención; más allá, docenas de parejas se movían al son de foxtrots , swings y cabarets ; más apartados, había pequeños grupos de hombres que, aunque trataran de ocultarlo bajo trajes elegantes, se notaba por sus hechuras que eran militares de alto rango.

Me dije que mi objetivo debía estar por allí.

Revisé las facciones de varios caballeros.

Para mi desgracia, muchos de ellos eran rubios y tuve que entretenerme en encontrar similitudes con aquella foto.

Tardé unos minutos en localizarlo. Herbert von Eberhardt se había situado a un lado de la barra, bastante alejado del bullicio, como si buscara cierta intimidad para lo que estuviese haciendo allí.

Henchí el pecho, me erguí y caminé con decisión sobre mis tacones, también rojos.

Me había vestido para matar, se dice así, ¿no?

Cuando me acerqué, vi que mi objetivo estaba hablando con otro hombre, que se encontraba de espaldas a mí, más sumido en la penumbra que su interlocutor todavía. Asumí que sería el contacto del que me había hablado monsieur Lemêtre.

Me acerqué al punto de la barra donde estaban, llamé la atención del camarero y le pedí una copa de champán mientras observaba a mi presa de reojo.

Me sirvieron enseguida, di un par de sorbos para disimular y me giré precipitadamente sobre Herbert von Eberhardt.

Le tiré la bebida encima con toda la intención, pero puse mi mejor cara de inocencia. Creo que incluso me tapé la boca.

Mi víctima farfulló algo en alemán, casi con total seguridad una palabrota, y alzó la mirada enfurecida hacia mí. Tenía los ojos del mismo color que el oro que robaba y habrían sido bonitos de no ser por el acero despiadado que se adivinaba tras ellos.

—¡No me lo puedo creer! —exclamé en mi perfeccionado francés tras años de práctica—. Lo lamento mucho, señor, no sé en qué estaba yo pensando.

Herr von Eberhardt sacó un pañuelo de delicada tela de batista de su bolsillo y se secó el hombro sobre el que le había derramado media copa. Luego me miró con fijeza y sus ojos, antes tan fríos, parecieron despertar.

—Discúlpeme, de verdad —continué, cual damisela abochornada.

—No se preocupe, señora… —Me tendió una mano y supe que quería que me presentara.

Le dediqué mi mejor sonrisa, la que usaba para encandilar a mis clientes en The Silver Swan. Noté que contenía la respiración y se le dilataban las pupilas. Le gusté.

—Soy la condesa de Ravenshire.

Se puso tenso de pronto. Supongo que no pensaba encontrarse con una persona de la nobleza inglesa en esa fiesta, ni que tuviese mi aspecto.

Aquel día, por supuesto, no usé polvos para aclarar mi tez olivácea.

Era la viva imagen de una mujer española y pude ver durante unos instantes bastante largos cómo el desconcierto cruzaba por sus ojos.

—¿Y usted es…? —dije para animarlo a seguir conversando.

Se puso tieso, puede que hubiera recordado que allí le convenía ser discreto.

—Herbert von Eberdhart. —Por lo menos no me mintió. Me tendió la mano y aproveché para dársela—. Es un placer conocerla.

—El placer es mío. —Lo toqué con cierta sensualidad, acariciando con el pulgar el dorso de su mano, y lo escuché tragar saliva.

De pronto noté un movimiento a mi lado. Al parecer, el hombre con el que herr von Eberhardt estaba hablando se había cansado de tanta palabrería y había decidido marcharse. Quizá tenía miedo de que averiguara su identidad.

—Espere, monsieur Dubois —dijo mi interlocutor.

Herr von Eberhardt puso su enorme mano sobre el hombro de su acompañante, que seguía dándonos la espalda. Se giró muy poco a poco, como si quisiera fundirse con el suelo de mármol del Grand Café Léman.

Habían pasado dos años.

Una guerra de por medio.

Y cuando volví a perderme en esos ojos azules, tuve la sensación de que el tiempo se detenía.

Mi corazón comenzó a latir desbocado, parecía querer salírseme por la boca.

Lawrence no había cambiado demasiado. Llevaba el cabello más corto, estaba más delgado y su mirada transmitía una tristeza resignada, pero no me cabía ninguna duda de que era él.

La primera vez que te encuentras con alguien es un evento fortuito, la segunda, casualidad; pero la tercera es cosa del destino. Y lo nuestro debía serlo.

Nos quedamos el uno frente al otro en un silencio incómodo; incluso herr von Eberhardt tuvo que percatarse de que ocurría algo extraño entre nosotros.

—Discúlpeme, señora —dijo Lawrence dando entonces un paso hacia mí—. Me he quedado sin habla ante tanta belleza.

Él jamás hubiera dicho algo tan cursi, así que debía de estar metido en el papel de monsieur Dubois.

Tomó mi mano para llevársela a los labios, y me hirvió la sangre cuando sentí su aliento sobre mi piel; tuve que esforzarme porque mi tapadera no quedara al descubierto en ese mismo instante.

Quería hacerle un millón de preguntas: ¿qué hacía del lado de los alemanes?

¿Por qué era el contacto de von Eberhardt?

¿Por cuántas cosas había pasado en esos dos años?

—Es un placer conocerlo. ¿Dubois, ha dicho?

Lawrence sonrió, pero pude ver tensión en la comisura de sus labios. Asintió.

—No he podido evitar escuchar que es usted de la nobleza —dijo de pronto. Lo conocía lo suficiente como para saber que me iba a atacar—. ¿Qué hace una condesa en una fiesta como esta?

Alcé la barbilla y lo miré con dureza.

—Me gusta mezclarme con todo tipo de gente. Creo que a usted también, ¿me equivoco?

Von Eberdhart apenas seguía nuestro intercambio, ocupado como estaba en mirar un reloj de bolsillo.

Se le debía estar haciendo tarde. Decidí usar todas mis armas antes de retirarme y puse una mano sobre el hombro del alemán, a riesgo de parecer descarada.

Él se sobresaltó y guardó el reloj en su chaleco antes de volver a mirarme.

En su mirada seguía viendo curiosidad por mí; y deseo. Le sonreí.

—Ya me marcho —dije con tal de escapar de esa incómoda situación cuanto antes—, quizá podamos charlar un poco más en otra ocasión, herr von Eberhardt; o incluso bailar un vals.

En el Grand Café Léman solían poner más swing , foxtrot y jazz , pero la idea de un vals era más romántica. Lawrence frunció el ceño; él sabía de sobra que detestaba bailar. El alemán, en cambio, pareció encantado con mi sugerencia.

—Debo marcharme ya, pero la semana que viene volveré. La estaré esperando aquí, condesa.

Le dediqué una sonrisa seductora y fingí comérmelo con los ojos.

Él se mordió el labio y Lawrence se removió incómodo a su lado.

Me fulminó con la mirada y yo le devolví el gesto con la misma intensidad.

Después de todo, se había marchado sin despedirse, con un reloj que valía millones y sin dejarme saber siquiera si estaba vivo.

Y de pronto me lo encontraba en tratos con los nazis.

—Que pasen una buena noche, señores —dije antes de perderme entre el gentío.

Dejé que las parejas que bailaban en la pista de baile me rodearan, ajenas a la desazón que sentía en el pecho. Estaba vivo. Nos habíamos vuelto a encontrar. Y, aun así, notaba que él no era exactamente el mismo. Tampoco lo era yo.