La medida del tiempo Gérard Lemêtre
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Gérard Lemêtre

Habían pasado dos años y podríamos decir que me había acostumbrado a la vida en Suiza.

Las noticias que nos llegaban del resto de Europa me encogían el corazón, pero por lo menos me sentía útil: Arthur y yo alojábamos en el Hôtel du Léman a escritores, artistas y familias judías que habían conseguido escapar de los nazis.

Los protegíamos con bastante discreción, a pesar de estar en un territorio supuestamente neutral.

Sabíamos que nuestros enemigos eran más que capaces de encontrar la forma de asesinarlos sin que nadie se diera cuenta.

Quizá le prendieran fuego al hotel con todos nosotros dentro o cualquier otra barbaridad.

Eran bastante creativos con su crueldad.

Tras esos dos años de colaboración, Arthur y yo nos habíamos vuelto a acercar.

La sombra de Émilie y de Lawrence seguía planeando entre nosotros, pero los dos nos esforzamos en fingir que nuestro matrimonio era feliz.

Y cuando finges durante mucho tiempo, al final acabas convenciéndote de que es así.

Por las mañanas, la señora Friedrich nos preparaba el desayuno y yo la ayudaba a servírselo a los huéspedes.

Aunque al principio se había quejado de que una condesa hiciera ese tipo de labores, había tenido que conformarse.

No podíamos permitirnos meter más servicio en el hotel.

No por temas económicos —tras la partida de Lawrence y la rescisión de su contrato, nuestra fortuna ya no estaba en peligro—, sino porque no podíamos arriesgarnos a que más gente supiera que ayudábamos a nuestros huéspedes a huir de los nazis.

Suiza era neutral, pero todos los bandos tenían ojos y oídos allí, y se convirtió en un nido de espías y traidores. Sobre todo, Ginebra. Lo cierto es que no solía bajar a la ciudad más que para reunirme con el contacto francés que me enviaba a los huéspedes.

Gérard Lemêtre era un hombre discreto que solía operar en la frontera de Suiza con Francia.

Pertenecía a la Resistencia, pero sabía poco más sobre él.

Por lo que había podido escuchar, se movía por Hamburgo, Canfranc, incluso Londres, sin que nadie se enterase de mucho.

Era uno de esos hombres elegantemente escurridizos, con soluciones para cualquier problema que se presentara.

Rara vez se alteraba y eso me generaba mucha paz, porque lo que Arthur y yo estábamos haciendo no era del todo legal, según quién lo mirase.

Monsieur Lemêtre y yo nos veíamos el tercer viernes de cada mes en el Grand Café Léman.

Solía llevar un traje de color gris marengo con un chaleco entallado y una impoluta camisa blanca, como la mayoría de caballeros que ocupaban las mesas de esa cafetería que, en realidad, era una tapadera para espías de ambos bandos y donde se gestaban todo tipo de tratos.

Arthur y yo habíamos estado de acuerdo en que era mejor que fuese yo quien acudiera a los encuentros con monsieur Lemêtre. La gente siempre sospecha menos de una mujer y, más aún, si es guapa y rica. Supongo que asumían que estaba en ese café solo porque servían el mejor chocolate de Ginebra.

Para llegar a esas reuniones, no me quedó más remedio que aprender a conducir.

Al principio me pareció una tarea odiosa, pero con el tiempo me aficioné a recorrer el lago Lemán de una punta a otra, con la brisa asomando por la ventana en verano y con los paisajes nevados a mi alrededor en los meses más fríos.

Esas horas de viaje me ayudaban a despejar la mente, a dejar atrás un pasado que me perseguía cada vez que cerraba los ojos.

Lo cierto es que la presencia de madame Beatrice había perdido fuerza y era el fantasma de Lawrence el que atormentaba.

Seguía sin saber nada de él y muchas mañanas me descubría recorriendo las listas de fallecidos en el frente en busca de una aciaga noticia.

Contenía el aliento mientras leía los nombres de los caídos y me sentía muy mala persona cuando me aliviaba no descubrir el suyo entre los muertos.

«Eso significa que sigue vivo», me decía, aunque no podía estar segura de eso.

Tal vez estaba desaparecido y nadie había reclamado su cuerpo; era huérfano, después de todo.

Esa tarde, cuando llegué al Grand Café Léman, el sitio se encontraba atestado y lleno de humo.

He aborrecido siempre el tabaco, aunque en esa época lo raro era no fumar.

Monsieur Lemêtre solía esperarme en una de las mesas más apartadas para no levantar sospechas.

El dueño del local se la guardaba, sospecho que a cambio de una propina adicional.

En cuanto me acerqué, apagó el cigarrillo.

Era un hombre observador y se había dado cuenta de que detestaba el olor acre de la nicotina.

Se puso en pie y me dedicó una leve reverencia a modo de saludo.

Le sonreí. Me resultaba simpático. Es extraño, porque cualquier dama hubiera perdido el sentido por él.

Era atractivo, con un tupido cabello castaño claro y unos hermosos ojos verdes tras los que yo sabía que se escondía una buena persona.

Sin embargo, era como si mi corazón tan solo fuese capaz de latir bajo la mirada de un hombre en concreto.

No es que el pobre monsieur Lemêtre viera en mí más que a una aliada; ante todo, respetaba a Arthur y nuestra posición, así que nuestra relación era cordial, sin más pretensiones.

—Buenas tardes, monsieur Lemêtre —lo saludé, sentándome en la silla frente a él.

Las mesas eran diminutas y, en cierta forma, estaban apelotonadas para que cupieran más. En el salón de atrás, por las noches, se celebraban fiestas, donde yo sabía que se intercambiaba la información más confidencial.

—¿Ha leído el último capítulo de la novela que le dejé? —le pregunté.

Hablábamos en clave, por supuesto. Ni yo le había prestado ninguna novela, ni él había leído ningún capítulo. Pero era la forma de preguntarle si debía alojar a algún huésped más en nuestro hotel.

—No. —Me sorprendió. Su respuesta habitual solía ser que el capítulo había llegado a su punto más interesante—. Me temo que prefiero otra trama durante las próximas semanas.

Fruncí el ceño. Me estaba hablando de alguna misión secreta para la que necesitaba mi ayuda.

—¿Qué tipo de trama?

Se inclinó hacia adelante hasta quedar a escasos centímetros de mí y bajó la voz hasta el punto en que tuve que acercarme más para lograr discernir sus palabras.

—Herbert von Eberhardt pasará una temporada en Ginebra. Dicen que es muy hermético pero que… — Monsieur Lemêtre carraspeó, incómodo por lo que iba a decir a continuación— tiene predilección por las mujeres morenas.

Lo miré con el gesto torcido, entre indignada y divertida.

—¿Y dónde queda la raza aria?

—Él no presume de ello, claro —replicó, abochornado por pedirme algo así—. Tiene una esposa rubia de ojos azules, incluso un hermoso bebé, pero se habla mucho de sus gustos en Berlín.

—Tiene usted oídos en todas partes, al parecer.

Monsieur Lemêtre sonrió de medio lado.

—Es mi trabajo, Lalune —dijo, usando el nombre en clave que me había puesto para las misiones.

—Entonces, ¿qué quiere que haga?

—Sedúzcalo.

Lo miré con la boca abierta y se puso rojo.

—No me malinterprete —se apresuró a aclarar moviendo la mano frente a su cara, como si quisiera sacudirse la vergüenza de encima—.

Me refiero a que se acerque a él. Es usted una mujer guapa, ya lo sabe, y no fingiré no haberme dado cuenta.

Estoy seguro de que von Eberhardt bajará la guardia en cuanto la vea y quizá consiga usted arrancarle alguna información.

Me eché hacia atrás y me crucé de brazos.

No estaba muy emocionada con esa petición.

De hecho, me recordaba demasiado a mi labor en The Silver Swan.

Suspiré y cerré los ojos. Esa vez, por lo menos, lo haría por una buena causa.

Claro que no pensaba acostarme con ningún nazi.

Simplemente usaría mis encantos para atontarlo, tal y como me había enseñado madame Beatrice.

—¿Qué información necesita?

—Es el cabecilla de una red que expolia los bienes de familias judías: relojes, collares, oro, obras de arte… cualquier cosa de valor. Se comunica con sus agentes en Berlín a través de listas con todo lo que han robado para llevar un inventario.

—Quiere el acceso a esas listas.

Monsieur Lemêtre asintió.

—Lamento no poder darle más información sobre su modus operandi . Como le decía, es un tipo muy desconfiado y se guarda mucho de los desconocidos.

—Menos de las mujeres guapas —repliqué.

Se echó a reír y me di cuenta entonces de que no podía ser mucho mayor que yo, pero seguía siendo un misterio.

—Menos de las mujeres guapas —concluyó.

—¿Cuándo llega a Ginebra?

—Creemos que el sábado que viene. Se ha citado aquí con uno de sus contactos por la noche. Imagino que cree que la fiesta y la música encubrirán bien sus conversaciones.

—Sí, pero también será una oportunidad única para acercarme a él.

Se metió una mano en la americana y de ahí sacó una fotografía. Me la tendió. Estaba algo borrosa y saltaba a la vista que la habían hecho con prisas en plena calle. Por el estilo de los edificios que se veían al fondo, deduje que se trataba de Berlín.

—Es este.

Señaló a Herbert von Eberhardt, que miraba distraído hacia un lado, ajeno a que alguien le espiaba.

Era robusto, con ese porte altivo que da el poder desmedido.

Aunque sus facciones equilibradas deberían haber resultado agradables a la vista, tenían algo de cruel.

Sus ojos parecían de hielo y su cabello, muy corto, se crispaba ante el mundo.

La mandíbula, cuadrada, mostraba un rictus tenso.

Sentí un miedo visceral en las entrañas, uno muy similar al que me había provocado madame Beatrice.

—¿Qué me dice?

—Parece peligroso.

—Lo es. No voy a mentirle: no le pediría algo así si no estuviera desesperado. Si en algún momento se siente amenazada, puede retirarse de la misión y…

—No voy a retirarme —repliqué más por orgullo que por valentía.