La medida del tiempo Cuenta atrás
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Cuenta atrás

Carlota no pudo dormir en toda la noche.

Tenía la sensación de que el perfume floral de Maxine seguía con ella en la habitación.

No podía quitársela de la cabeza y se preguntaba qué clase de locura se había apoderado de ella.

Jamás se había sentido atraída por una mujer; de hecho, nunca se había sentido atraída así por nadie, ni siquiera por Yago.

«No teníamos ni idea de nada y, si quisieras, te darías cuenta de que nosotros no estábamos enamorados», recordaba las palabras de su ex y le hervía la sangre al pensar que tal vez él tuviera razón.

¿Se había engañado a sí misma durante años?

Puede que hubiera estado tan ocupada viviendo la vida que se esperaba de ella, que no se había dejado el espacio necesario para conocerse y comprender lo que deseaba.

Resopló y dio otra vuelta entre unas sábanas que, de pronto, no le parecían tan suaves como las noches anteriores, sino rasposas, como si tuvieran pinchos y se le clavaran en la piel.

Puede que la tela tratara de decirle que reconociera lo que pasaba, pero no se sentía capaz.

¿Qué iba a pensar la gente? ¿O su bisabuela?

¿Y Mina? Lo sentía como un fracaso. No porque fuese una antigua y no entendiera el concepto, sino porque se sentía estúpida por no haberse dado cuenta antes.

¿Le gustaban las mujeres? No. ¿O sí? La cuestión era que deseaba estar con Maxine, que la abrazara, que la besara.

¿Eso era malo? No quería ni imaginar lo que ella estaría pensando: puede que creyera que se había equivocado al interpretar sus movimientos o, peor aún, que era una cobarde.

Y puede que lo fuera, porque se moría de vergüenza tan solo de imaginar volver a mirarla a esos ojos tan hermosos.

¿La juzgaría por tener miedo? ¿Por su desorientación?

A sus veinticuatro años, se había dado cuenta de que no era quien creía y esa base que se tambaleaba bajo sus pies lo había sido todo: ella era una chica responsable, que se había casado joven, que gestionaba su legado familiar y llevaba una inmobiliaria.

Ella no daba volantazos. Masculló contra la almohada al pensar en los titulares de la prensa rosa, siempre al acecho.

«La futura condesa de Ravenshire pillada con una mujer».

«¿Amigas o algo más?». «Carlota Montrose pasa página en compañía de una dama misteriosa».

Aunque no ocupaba cada día las portadas de las revistas, estaba medianamente acostumbrada a que los medios se cebaran con sus caídas, como habían hecho tras su divorcio.

Sin embargo, se ponía enferma solo de pensar en exponer a Maxine a algo así.

Todavía no había decidido lo que haría al día siguiente.

Lo único que sabía era que por fin tenía Le Nocturne Astronomique en su poder, una fotografía y una carta que debía llevarle a Alana cuanto antes.

Quizá podía enviarle un mensaje a Maxine y avisarla de que regresaba a España.

No obstante, le parecía precipitado, daría la impresión de que huía de ella y de sus propios sentimientos.

El destino decidió en su lugar. Eran las cinco de la mañana cuando su teléfono tronó entre las paredes de su habitación.

Carlota se sobresaltó y se le subió el corazón a la garganta.

¿Quién en su sano juicio llamaba a esas horas?

Miró la pantalla con los ojos entrecerrados por el cansancio; era uno de esos números largos.

Estuvo a punto de colgar creyendo que se trataba de spam , pero al final apretó el botón verde.

—¿Diga? —La voz brotó de su garganta como si acabara de salir de una cueva.

—¿Hablo con Carlota Montrose?

—Sí.

—Le llamo del Hospital Quirónsalud de Málaga. —Su pulso se detuvo un instante—. ¿Es pariente de la señora Alana Montrose?

—Sí. —Sonó ronca.

Las paredes de la estancia se cernieron sobre ella; todo a su alrededor le parecía oscuro y tambaleante.

—Está hospitalizada —le dijo la mujer al otro lado de la línea con cierto tacto—. Le acaba de dar un infarto y la situación es delicada. Por suerte, la ambulancia ha llegado a tiempo.

Sola. Estaba sola cuando había sufrido un ataque de corazón y seguía sola en una cama de hospital. Y mientras, ella pensando en estupideces.

—Me encuentro en Suiza —respondió con voz temblorosa—. Voy ahora mismo al aeropuerto para coger el primer vuelo a España.

—De acuerdo. Por el momento está estable.

Cuando colgó, lanzó el móvil contra el colchón con rabia. Se llevó las manos a la cara en un vano intento de contener unas lágrimas llenas de frustración y miedo a partes iguales. Salió de entre las sábanas y se puso la primera ropa que encontró sobre la silla. Arrugada y del revés. Le daba igual.

Apelotonó el resto de sus enseres en la maleta, cogió su bolso con un tesoro de la relojería suiza valorado en millones de euros y salió corriendo hacia la recepción.

Hizo el check-out como una autómata y pidió un taxi con la urgencia en la garganta.

La recepcionista la debió de ver muy mal, porque le ofreció una tisana mientras esperaba.

Ella la rechazó y miró la pantalla de su móvil con los ojos inyectados en sangre por culpa del insomnio y las malas noticias.

Buscó el nombre de Maxine en la agenda. Era demasiado tarde —o demasiado temprano— como para una llamada, así que le escribió un mensaje.

Han hospitalizado a mi bisabuela. Me vuelvo a España. Siento marcharme así.

Para su sorpresa, Maxine contestó al instante; también debía de ser presa de una mala noche.

Lo siento mucho. Si necesitas cualquier cosa,

cuenta conmigo, por favor.

El taxi llegó en ese momento y Carlota salió corriendo hacia el vehículo. Abrazó su bolso durante todo el camino, incluso cuando se abalanzó sobre el mostrador de la única aerolínea que contaba con un vuelo de Ginebra a Málaga a las seis de la mañana.

—Necesito subirme a ese avión —le pidió suplicante.

—Están cerrando las puertas… —le advirtió la agente de facturación—. Igualmente, solo quedan asientos en primera.

—Por favor. Es una emergencia, un asunto de salud.

La muchacha arrugó la nariz, pero agarró el telefonillo y dijo algo en francés. Asintió, colgó y luego miró a Carlota con aire de heroína.

—La esperan en la puerta ocho. Dese prisa.

Carlota le dio las gracias atropelladamente, agarró el billete y salió corriendo con su maleta traqueteando a su paso.

Durante el vuelo, Carlota aprovechó para poner al día a Mina de la situación tan grave en la que se encontraba Alana y, de paso, informarla sobre las novedades de Le Nocturne Astronomique.

El mensaje era extenso y estaba lleno de incertidumbre.

La emoción de haber dado con semejante leyenda se había visto empañada y era incapaz de sentir ningún tipo de alegría.

En cuanto aterrizó, Carlota cogió el primer taxi que encontró para que la llevara a casa y así dejar todo su equipaje, Le Nocturne Astronomique, la carta y la fotografía.

Ya tendría tiempo de mostrárselo a Alana; estaba segura de que tras sufrir un infarto no era un buen momento para emociones fuertes.

Mientras el paisaje todavía nocturno de Málaga le daba una bienvenida gris y sin color a través de la ventanilla, vio que tenía un par de llamadas perdidas de Mina. Suspiró y marcó su número. Su amiga descolgó al instante.

—Siento haberte despertado —se disculpó Carlota, con la voz quebrada por el miedo a perder a Alana.

—No digas tonterías. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?

—Yendo para casa. Voy a dejarlo todo allí e iré corriendo al hospital a ver qué me dicen.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias de todos modos.

—Si me necesitas, aquí estoy. Ya lo sabes.

—Gracias, Mina.

El taxi se detuvo frente a su lujoso bloque de apartamentos. Carlota colgó y miró hacia arriba; de pronto no reconocía su propia vida y se sentía protagonista de una realidad paralela que se asemejaba bastante a una pesadilla.

—Espere aquí un momento, enseguida bajo —le pidió al conductor—. Necesitaré que me lleve al hospital.

El tipo asintió y se puso a mirar el móvil.

Carlota corrió hacia su portal y subió por las escaleras para no perder ni un segundo de más.

Llegó a su apartamento con la respiración agitada, soltó la maleta de cualquier manera en la entrada y se aseguró de que el reloj seguía en su bolso.

Decidió dejarlo allí. Luego salió a toda prisa de nuevo hacia abajo, sin más compañía que su monedero y un teléfono móvil que empezaba a agonizar.

¿Por qué no había cogido el maldito cargador?

El camino hacia el hospital se le hizo eterno, como si el tiempo se hubiera ralentizado para atormentarla o como si, en realidad, hubiera entrado en una cuenta atrás que tocaba a su fin.

Alana la esperaba en una de esas habitaciones blancas y desangeladas, tumbada en una cama.

Allí se la veía diminuta, tuvo la sensación de que sus ciento diez años habían decidido abalanzarse sobre su cuerpo y empequeñecerla.

«Si es que no somos nada», decían las viejas de los pueblos. Y cuánta razón tenían.

— Lalune … —Carlota se acercó con cuidado.

Parecía dormida y se encontraba conectada a un sinfín de máquinas que llenaban el silencio de pitidos incesantes; el tictac de un reloj que se extinguía.

Alana giró la cabeza en su dirección y la vio.

Su cabello, normalmente peinado con suma destreza, lucía alborotado y sus ojos, siempre centelleantes, se habían apagado un poco.

Le sonrió con lentitud, como si ese pequeño gesto le supusiera un esfuerzo enorme.

Carlota contuvo las ganas de llorar y se acercó.

Le agarró la mano, aunque la vía le estorbaba.

—¿Qué haces aquí? —le dijo en tono de reproche—. ¿No se suponía que estabas en Suiza?

Carlota rio por lo bajo; incluso en esa situación la estaba regañando.

—Al parecer, alguien ha querido interrumpir mis vacaciones de esquí —replicó con sorna—. ¿Cómo estás?

—Pues ya me ves, hecha un trapo. Me temo que mi tiempo se acaba.

—No digas eso —la amonestó.

Alana se echó a reír y eso le provocó una tos ajada que hizo volverse loco al monitor por un instante. Carlota se puso nerviosa, pero los latidos del corazón de su bisabuela volvieron a un ritmo normal instantes después.

—¿Encontraste algo en Suiza?

Carlota dudó. Había pensado que era más prudente dejar su hallazgo a un lado hasta que su bisabuela se recuperara, pero no contaba con que le preguntase. Debería haberlo supuesto, Alana nunca se andaba con rodeos.

—Eso es que sí —añadió con una sonrisa traviesa.

Carlota resopló.

—Tengo Le Nocturne Astronomique.

Alana abrió mucho los ojos y el monitor se alteró de nuevo, aunque muy fugazmente. Sus ojos, antes apagados, refulgieron de emoción por un instante.

—¿No se te habrá ocurrido traerlo aquí? —masculló entre dientes su bisabuela.

—No —aclaró Carlota, deprisa—. Lo he dejado en casa, no te preocupes.

Alana se relajó.

—Muy sabia decisión.

—¿Quieres que te lo traiga?

—No, por Dios. —Alana miró a un lado y al otro, como si hubiera montones de ojos observándolas, cuando en realidad estaban solas—. No puedes fiarte de nadie.

Se sintió mal con sus mentiras. No le había comentado nada más sobre Maxine. ¿Cómo se tomaría que hubiera viajado con ella? ¿Que también hubiera visto y tocado el reloj? Fatal. Así que optó por seguir manteniendo ese pequeño detalle en secreto.

—Es un aliciente para salir de aquí, niña —dijo tras una pausa—. Espero que mi cuerpo aguante un poco más.

Carlota sonrió y asintió con un peso en el pecho. Era consciente de su edad, de que Alana no sería eterna y, aun así, saberla tan delicada le provocaba un inmenso desasosiego.

—Vamos, no pongas esa cara de virgen gótica desmayada —le reprochó su bisabuela—, que aún no me he muerto.

—¡ Lalune !

—Me apetece contarte un poco más de mi historia.

—Pero no deberías hacer esfuerzos, los médicos dicen…

—Que digan lo que quieran —replicó—. He vivido ciento diez años sin hacerles caso, no me van a enseñar nada nuevo a estas alturas. Venga, ponte cómoda y escucha.