La caja #2
Carlota metió el brazo para acceder primero al diminuto baúl y contuvo la respiración. Hizo clic en una simple cerradura y aspiró un aire que no llegó a sus pulmones cuando se encontró frente a ella un reloj de bolsillo dormido sobre una cama de terciopelo rojo.
Tenía que serlo.
Le Nocturne Astronomique.
Lo tocó con cuidado, pero no se atrevió a sacarlo de la caja.
¿Y si lo rompía? ¿Y si era tan delicado que se quebraba entre sus dedos?
Maxine sabría qué hacer. Estaba tan emocionada por su hallazgo que a punto estuvo de olvidar los papeles de al lado del reloj, que habían esperado durante décadas a que alguien los encontrara.
Uno era un sobre, posiblemente una carta.
No había nada más en el envoltorio que un par de palabras, manuscritas con elegancia: Para Alana .
Se le encogió el corazón al pensar que Lawrence había querido decirle algo a su bisabuela.
¿De qué se trataría? Le quemó en las manos, pero no lo abrió.
Era algo íntimo y la única con derecho a leerlo era Alana.
Bajo el sobre halló otro papel, más grueso, y pronto se dio cuenta de que se trataba de una fotografía.
No le costó reconocer a su bisabuela; había visto cientos de imágenes de su juventud en revistas de moda y del corazón a lo largo de las décadas, aunque en esa se la veía más joven incluso y con un brillo en la mirada que se había ido apagando con los años.
Aunque parecía tensa, su cuerpo se curvaba hacia el hombre que permanecía a su lado, mucho más alto que ella; él se ocupaba de estrecharla contra su costado y tenía una sonrisa pícara en los labios.
Alana lo miraba con el ceño ligeramente fruncido, los labios entreabiertos en una protesta silenciosa.
—Pues sí que era guapo, sí… —dijo Carlota para sí misma.
Debía de ser Lawrence. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y, a pesar de que la instantánea era en blanco y negro, saltaba a la vista que su cabello era oscuro y sus ojos, claros, tal y como su bisabuela lo había descrito.
Cogió la carta, la fotografía y la caja y las guardó en su bolso, inquieta por llevar semejante tesoro bajo el brazo a plena luz del día.
No tenía claro qué valía más, si las palabras de ese hombre dedicadas a Alana, la imagen o el reloj.
La cuestión es que se aferró a su bolsa como si le fuera la vida en ello.
Cuando salió, miró a Maxine con una sonrisa. Ella no pudo ocultar su nerviosismo y acudió a su encuentro.
—¿Qué?
—Lo tengo. Vamos a tu despacho.
Ya estaba anocheciendo cuando llegaron al Museo Patek Philippe.
La luz del ocaso entraba por los ventanales del edificio y otorgaba un brillo especial, casi mágico, a las joyas de la relojería que se exponían en sus vitrinas.
Carlota, sin embargo, no se fijó. Estaba demasiado nerviosa por mostrarle a Maxine lo que llevaba en el bolso.
Lo dejó con cuidado sobre la mesa y sacó el cofre.
Por primera vez, tuvo la sensación de que Maxine estaba inquieta, incluso impaciente.
Sus ojos recorrieron la caja de arriba abajo, como si quisiera estudiar las filigranas que surcaban la madera.
—¿Quieres un poco de champán? —preguntó de pronto. Carlota arqueó las cejas, sorprendida por su arrebato—. Para celebrar nuestro pequeño triunfo.
—¿Tienes alcohol en tu despacho?
Maxine se echó a reír.
—Me lo regaló un proveedor estas Navidades y no se me ocurre un momento mejor para probarlo.
Maxine sacó el champán de una pequeña nevera que se encontraba bajo el escritorio.
Abrió la botella con algunas dificultades y sirvió el líquido burbujeante en un par de copas que sacó del armario.
Le tendió una a Carlota y esta la aceptó con una sonrisa.
Maxine dio algunos tragos y cerró los ojos con fuerza; no estaba acostumbrada a beber.
¿Por qué lo hacía entonces? Carlota se percató de que sus movimientos, por lo general tan suaves, se habían vuelto algo torpes. ¿Estaba nerviosa?
Carlota probó el champán y lo degustó; luego, abrió el pequeño baúl.
Miró de cerca las esferas del reloj y los mecanismos, que le parecían tan difíciles de comprender como en las instantáneas que había visto.
No obstante, al tenerlo delante, le resultó evidente el exquisito trabajo de orfebrería tras los acabados de la joya y la maestría con la que Favre la había forjado.
Maxine se inclinó hacia adelante para ver mejor el tesoro que descansaba en su interior.
—Es magnífico —murmuró—. ¿Puedo?
Miró a Carlota, pidiéndole permiso para revisar el objeto. ¿Pertenecía a Alana? ¿A Arthur? Lawrence lo había robado, sí, pero en realidad, todo quedaba en familia.
—Claro, yo no me he atrevido a tocarlo, por si se rompe.
Maxine cogió una lupa para estudiarlo más de cerca.
—Está muy bien conservado —le explicó—, puedes cogerlo, si quieres.
Carlota acarició Le Nocturne Astronomique y tuvo la sensación de que una descarga eléctrica le recorría los dedos, la palma de la mano, la piel; como si se reconocieran mutuamente. Sonrió y lo sopesó; era más ligero de lo que había esperado.
—Increíble, ¿verdad? —apuntó Maxine, al ver que se había quedado sin habla.
Carlota asintió y le tendió el reloj, para que también pudiera verlo.
Maxine lo sostuvo con delicadeza. Mientras su compañera lo analizaba y le daba cuerda para hacerlo funcionar de nuevo, aprovechó para beber otra copa de champán, que le pareció exquisito.
Notó que se le estaba subiendo a la cabeza, pero qué más daba.
Maxine tenía razón, había que celebrarlo.
Vio cómo su compañera trasteaba un poco en un lateral de la esfera y, de pronto, algo hizo clic.
Ella sonrió y Carlota se acercó para ver lo que había hecho, con la sensación de estar flotando un poco.
¿Tan pronto se emborrachaba? Trató de ignorar el aroma floral que la envolvía; siempre le removía algo en el pecho.
Maxine, ajena a sus pensamientos, cogió un papel que había aparecido dentro de un diminuto compartimento secreto.
Lo desenroscó y tomó aire, como si se le hubiera atascado la garganta.
Carlota entornó los ojos para leer la letra, apretada y pequeña, de una especie de carta, ajada por los años, pero todavía legible.
CH — GE / 45
L. Goldstein — Bln
Rj oro “L.G.”, cad. + estrella
UBS GE — caja 214
M. Klein — Krk
Pint. niña, caja cartas
Pictet la noche ya se había apoderado de las calles de Suiza y las había dejado sumidas en la penumbra.
Se movió hacia el escritorio y encendió la lámpara otomana. Maxine seguía absorta en la lista.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó al cabo de un rato, tratando de sonar calmada.
Entonces fue Maxine la que se tensó.
—Aquí están sus iniciales —Maxine señaló la pequeña firma al final de la lista—: Herbert von Eberhardt.
Debía ser duro enterarse así de que un pariente había tomado parte activa en crímenes de guerra.
—Lo siento.
—En realidad, ya lo sabía —apuntó con una sonrisa triste—.
Es un tema tabú en mi familia, pero empecé a sospechar cuando encontré en un despacho las fotos de Le Nocturne Astronomique y varias listas con un montón de joyas y obras de arte robadas.
Al parecer, mi bisabuela, que también era alemana, lo había guardado todo cuando se había trasladado a Ginebra al terminar la guerra y nadie se había atrevido a tocarlo desde entonces.
Allí había pruebas de que se hizo millonario durante el conflicto.
Cuando se lo pregunté a mi padre, me dijo que el pasado es pasado, y que es mejor no cuestionar lo que ocurrió entonces; solo me haría daño.
Pero no pude quedarme de brazos cruzados, así que llevo años tratando de enmendar lo que hizo Herbert, buscando esos bienes personales para devolverlos a las familias a las que pertenecían.
—¿Por eso me ayudaste? —Maxine asintió—. ¿Y por qué no me lo contaste antes?
—No es algo de lo que me sienta orgullosa. —Resopló—. No quería decepcionarte.
Carlota la miró sorprendida. ¿Tanto le importaba lo que pensara sobre ella? Se le ocurrió que quizá Maxine se sentía igual, en esa nube de confusión y calor cuando la tenía cerca.
—Tú no eres él.
Carlota alargó la mano hasta su hombro y, sin saber muy bien por qué, sus dedos comenzaron a ascender por su cuello, en una caricia dubitativa, y se detuvo en su mejilla. Se había preguntado muchas veces cómo sería el tacto de esa piel perfecta; era tan suave que se estremeció.
Maxine la miró a los ojos y Carlota se sintió perdida en ese color dorado, como si el mismo sol la hubiera absorbido.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, conducida por algo que escapaba a su entendimiento.
Se detuvo a un suspiro de sus labios. Entonces fue Maxine la que recorrió la distancia que las separaba.
El beso empezó con cautela, como una pregunta.
Un roce leve. Una pausa. No podía coordinar sus pensamientos, tan solo deseaba más de aquella extraña sensación que burbujeaba en su estómago.
¿Acaso era el champán? Carlota no se apartó.
Su mano encontró el borde de la mesa, en busca de apoyo, mientras el beso se volvía más firme.
La duda inicial se disolvió en algo más intenso; ese sentimiento buscaba una salida.
Maxine llevó la mano hasta su cabello y jugueteó con unos mechones.
Luego la agarró por la nuca con una pasión que le había pasado desapercibida hasta ese momento.
El tiempo pareció comprimirse.
Y entonces Carlota se separó de golpe.
—Espera.
Maxine la miró con esos ojos cálidos llenos de preguntas, de necesidad.
—Yo no… —Carlota balbuceó.
Maxine frunció el ceño. Carlota se alejó, cogió el reloj de la mesa y lo metió en su bolso con torpeza. Tenía que ser el alcohol, que le había nublado el entendimiento.
—Yo no soy lesbiana.
Maxine soltó una risa baja, tan leve, que Carlota pensó que lo había imaginado.
—No. Claro que no. Vamos, te llevaré al hotel.