La medida del tiempo La caja
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La caja

—No me puedo creer que hayamos llegado hasta aquí y estemos en un callejón sin salida —resopló Maxine, sentándose frente a un chocolate con nata que habían pedido en una de las cafeterías del centro de la ciudad, bastante cercano al Museo Patek Philippe.

Carlota removió su batido sin levantar la vista.

¿Era una gran traición a Alana contarle la verdad a Maxine?

Después de todo, su objetivo era encontrar Le Nocturne Astronomique y, si no era sincera con su compañera, no darían nunca con él.

Se había planteado visitar los bancos en solitario, sin contarle nada a Maxine, pero le parecía incluso peor.

Lo cierto es que si había llegado hasta ese punto era gracias a ella.

Se aclaró la garganta y alzó la vista hasta Maxine, que miraba por la ventana con aire rendido.

—Creo que sé a quién corresponden las iniciales L.B. —soltó, como quien se quita una tirita de golpe. Maxine torció la cabeza y la miró con desconcierto, pero no dijo nada—. A Lawrence Blackmore.

Maxine parpadeó y abrió la boca unas cuantas veces, en busca de unas palabras que no acudían a su garganta. Frunció el ceño y resopló.

—¿Sabías quién era el misterioso señor Blackmore todo este tiempo?

Carlota bajó la mirada, avergonzada, y apretó los labios. Asintió.

—Lo siento. Mi bisabuela me hizo prometerle que… —se interrumpió. No quería exponer más a Alana, pero fue demasiado tarde.

—¿Tu bisabuela? ¿La condesa?

Carlota se pinzó el puente de la nariz y cerró los ojos. Ya había hablado más de la cuenta y Maxine la estudiaba con una mezcla de enfado y decepción en la mirada que le dolió más de lo que esperaba. Había conectado con esa mujer y detestaba haber quebrantado su confianza.

—No quería mentirte —terminó diciendo—, pero es una historia familiar y me daba reparo contársela a una desconocida.

Maxine suspiró.

—Ya me imagino —replicó, mostrándose mucho más comprensiva de lo que Carlota hubiera sido—. La mía también lo es.

—¿Una historia familiar?

Maxine asintió. No le había contado mucho sobre sus motivos para buscar el reloj, solo que su bisabuelo lo había tenido durante una temporada y que le había hecho algunas fotos a la esfera. Nada más.

—¿Qué clase de historia? —quiso saber, dando un sorbo del batido, mucho más tranquila por haberle confesado la verdad.

—Una truculenta —contestó con resignación—. Mejor hablemos de la tuya. ¿Cómo sabes quién es el señor Blackmore?

Carlota miró a Maxine a los ojos. Confiaba en ella casi desde el primer momento.

Parecía una mujer íntegra y dudaba que fuera a irle a la prensa con la historia de Alana.

Tampoco es que pudieran llegar mucho más lejos en la búsqueda del reloj si no se sinceraban la una con la otra.

Así que terminó contándole todo lo que sabía de Lawrence Blackmore.

—Qué tipo más fascinante —concluyó Maxine un rato más tarde mientras observaba a Carlota con atención.

—¿Crees que con esta información podemos volver a los bancos?

Maxine se encogió de hombros.

—No tenemos nada que perder.

Probaron de nuevo en las entidades que habían visitado días atrás y fue en Mirabaud las miraba con cierta desconfianza.

Después de todo, ya era la segunda vez que acudían a ese banco sin mucha de la información que se requería para acceder a la cuenta en cuestión.

Por suerte, Maxine y su presencia delicada parecieron calmarlo.

Su compañera le explicó al tipo unas cuantas cosas en francés.

Carlota no entendió nada y agradeció que ella cambiara al inglés en cuanto se percató de su gesto descolocado.

—Aunque tengan el nombre del señor Blackmore, solamente pueden acceder a su caja sus herederos —replicó el hombre con un tono bastante repelente.

Carlota cerró los ojos, agotada por tantos impedimentos.

—Es importante que podamos acceder a esa caja —insistió.

El hombre se cruzó de brazos y miró a los dos guardias de seguridad que custodiaban la puerta.

—¿Es usted pariente del señor Blackmore?

Carlota frunció los labios. Si Arthur era su bisabuelo y Lawrence era el hijo de Arthur, eso lo convertía en… ¿Su tío-abuelo?

—Sí.

Maxine la miró con las cejas arqueadas. Aunque le hubiera contado toda la historia, no parecía haber llegado a esa misma conclusión. El banquero frunció el ceño y entornó los ojos, como si no terminara de creerla.

—¿Puedo ver su pasaporte?

Carlota suspiró nerviosa, temiendo que los apellidos, tan diferentes, no le confirmaran nada a ese hombre.

Por supuesto, no tenía ningún certificado de nacimiento que avalara su parentesco.

Puso el documento sobre la mesa y lo acercó al hombre, reticente.

El tipo se lo arrebató. Miró la fotografía, la miró a ella y después estudió su nombre.

—¿Montrose?

Carlota carraspeó.

—Sí, bueno, no tenemos el mismo apellido porque…

—El señor Blackmore nos dejó directrices muy claras cuando vino por última vez en 1980.

Así que Lawrence no murió en la guerra, pensó Carlota con esperanza. Aunque ese dichoso hombre no le diera acceso a la caja, por lo menos podría regresar a Alana con esa información.

—Ya, lamento que… —Carlota sentía un nuevo peso sobre su espalda.

—El señor Blackmore nombró a una única heredera de esa caja antes de morir —apuntó el hombre—. Alana Montrose.

Carlota estuvo a punto de dar saltos de alegría.

—Es mi bisabuela —apuntó, emocionada.

—¿Y tiene usted un certificado testamentario que la nombre como heredera de los bienes de la señora Alana Montrose y, por lo tanto, de esa caja?

—No. —El hombre arqueó las cejas—. Mi bisabuela está viva.

—Oh. En ese caso, deberá venir ella en persona.

Carlota resopló.

—Tiene ciento diez años y está muy delicada de salud —mintió—, no puede viajar tan lejos. Es muy importante para ella saber lo que hay en esa caja. No querrá que muera sin poder acceder a lo que el señor Blackmore le legó, ¿verdad?

El hombre apretó los labios.

—Le aconsejo que consiga poderes notariales de parte de su bisabuela. Solo así podré abrir esa caja para usted, señorita.

Carlota quiso gritar de frustración, pero Maxine le puso una mano en el brazo para indicarle con la cabeza que acudieran a la salida. Mientras avanzaban, no podía dejar de farfullar insultos en español por lo bajo.

Le llevó casi una semana y muchas explicaciones por teléfono lograr que Alana acudiera a un notario para conseguir los poderes que la nombraban como su representante.

Por supuesto, su bisabuela entró en un estado de nervios y expectación que Carlota había querido evitar.

«¿Pero esa caja es de Lawrence?», «¿Qué crees que habrá dentro?

», «¿Por qué me la dejó a mí?», «¿En 1980, dices?

». Carlota no contaba con nada más que las escuetas respuestas que le había dado el banquero, que había entrado en su lista de personas non grata .

Por mucho que Alana se hiciera la valiente y por muy orgullosa que fuera, no dejaba de tener la edad que tenía y estaba segura de que ese tipo de sobresaltos no le hacían bien.

Cuando regresaron al banco unos cuantos días más tarde, lo hicieron casi a la carrera. Las oficinas estaban ya a punto de cerrar al público y Carlota no podía esperar ni un segundo más para resolver ese misterio.

Puso los poderes notariales sobre el mostrador del hombre que las había atendido la otra vez con una fuerza innecesaria; de hecho, deseaba restregárselos por la cara, pero se contuvo para no hacerle pasar vergüenza a Maxine, que se había dedicado a aplacar sus nervios con su presencia serena; incluso le había ofrecido palabras de consuelo durante toda la semana.

No sabía muy bien por qué estar con ella la calmaba tanto.

Maxine la hacía sentirse a gusto y le costaba ignorar los extraños sobresaltos que le producía encontrarse con su mirada y los roces accidentales de sus manos cuando trabajaban juntas en su despacho del museo, donde la había acogido para que pudiese seguir con su negocio inmobiliario mientras esperaban a Alana y al notario.

—Bien —dijo el banquero tras estudiar el documento con detenimiento, como si quisiera demostrar que era falso—. Puede acceder a la caja, entonces.

Carlota suspiró aliviada. El tipo le hizo un gesto para que lo siguiera y ambas avanzaron detrás de él. Sin embargo, de pronto se paró y las miró por encima del hombro.

—Usted no puede pasar.

Maxine se detuvo al instante. Carlota quiso insultar de nuevo a ese hombre tan impertinente, pero ella asintió para darle ánimos y movió la mano para que siguiera adelante.

Terminó por obedecer y caminó tras él por un amplio pasillo.

A su alrededor, en ambas paredes, se encontraban cientos de cajas fuertes, que se asemejaban a viejas taquillas con números en las puertas.

¿Cuánta gente escondía allí sus secretos?

Le pareció fascinante y aterrador al mismo tiempo.

El hombre se detuvo ante una de las filas colocadas al final.

—Aquí es: caja 747. —Le tendió una llave—. La dejaré a solas para darle privacidad.

Desapareció sin esperar a que contestara y Carlota se quedó parada frente a la caja con el aliento contenido. Estaba un poco elevada, a la altura de sus ojos. No sabía qué iba a encontrar allí y un nudo de nervios le atenazaba la garganta.

Puso la llave en la cerradura y esta giró con facilidad; debían engrasarlas periódicamente.

La pequeña puerta se abrió con reverencia y, en un primer instante, le pareció que estaba vacía.

Se puso de puntillas para ver el fondo y entonces descubrió un viejo cofre que podía caber en la palma de una mano.

También había un par de papeles a su lado.