La medida del tiempo Aurora non hora
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Aurora non hora

Carlota se maldijo por no haber previsto una ropa más adecuada para meter en su maleta; los pantalones se habían arrugado y las camisas parecían telas deformadas.

Resopló y terminó decantándose por una camiseta de poliéster medianamente digna y una de las chaquetas tipo Chanel que habían sobrevivido al viaje.

Lo conjuntó con unos pantalones negros. Se miró en el espejo y ladeó la cabeza.

Tal vez no era tan elegante como Maxine, pero por lo menos no se avergonzaría de ir a su lado.

¿Cómo lo hacía esa mujer para ir siempre impecable?

Bajó a desayunar y, en cuanto terminó, se dirigió al vestíbulo del hotel cinco minutos antes de la hora acordada para no hacerla esperar.

Pero Maxine ya estaba allí. Se encontraba sentada en una de las distinguidas butacas de la recepción, ojeando una revista de relojes de lujo, como era de esperar.

Ese día llevaba el cabello suelto en vez de recogido en una coleta, y Carlota se sorprendió pensando que le quedaba incluso mejor; los mechones dorados brillaban bajo los rayos de sol que se colaban por la cristalera.

En cuanto escuchó sus pasos, Maxine alzó sus ojos color miel de las páginas y los puso sobre ella.

Le sonrió. Carlota carraspeó y esperó a que su compañera se levantase para darle dos besos, como si cada vez que hacía ese gesto fuese de lo más natural; en realidad, se ponía inexplicablemente nerviosa y el aroma floral de Maxine no ayudaba en absoluto. No se reconocía a sí misma.

—¿Vamos?

Carlota la siguió hacia el aparcamiento, donde las aguardaba ese lujoso coche que parecía burlarse de los secretos que ambas ocultaban.

Recorrieron unas cuantas carreteras con curvas hasta llegar al barrio de Plainpalais, donde Maxine estacionó el coche en un aparcamiento en el que parecía tener plaza fija.

Carlota se preguntó si eso significaba que trabajaba o vivía cerca de allí, pero no se atrevió a preguntarle.

Prefería no ser demasiado indiscreta; ella tampoco podía explicárselo todo sobre Lawrence, Alana y su historia a medio contar.

Cuando salieron a la calle, Carlota miró fascinada a su alrededor.

Saltaba a la vista que, a pesar de ser primera hora de la mañana, era uno de esos lugares llenos de vida, con un ambiente que mezclaba talleres, cafés y vida estudiantil.

Avanzaron un par de manzanas en silencio.

Carlota estaba demasiado absorta en los detalles como para entablar una conversación y Maxine respetó su espacio con una sonrisa comprensiva.

Se detuvieron en el número siete de la Rue des Vieux-Grenadiers.

Carlota alzó la vista para observar una fachada art déco cuya entrada se encontraba resguardada bajo un arco circular. El Patek Philippe Museum. Arqueó las cejas. ¿Maxine la llevaba a un museo? En realidad, tenía sentido, quizá allí estuvieran los archivos de los que le había hablado.

—Aquí se custodia una de las colecciones de relojes más importantes del mundo —le explicó Maxine con orgullo—; recorre varios siglos de historia.

El edificio fue adquirido por Patek Philippe en 1975 para alojar Les Ateliers Réunis, un conjunto de cajas y brazaletes.

Tras la mudanza de esas actividades a Plan-les-Ouates en 1996, se restauró y se amplió para abrir al público como museo en noviembre de 2001.

Accedieron al edificio y la recepcionista las acogió con una enorme sonrisa. Les dio los buenos días, pero ni siquiera mencionó que debían adquirir una entrada.

—Buenos días, señorita von Eberhardt —dijo para rematar la extrañeza del momento.

¿De qué conocía a Maxine? Carlota comenzó a darle vueltas al asunto; quizá al ser historiadora especializada en relojes era una visitante asidua, puede que incluso realizara investigaciones en los archivos de ese museo.

Continuaron avanzando entre las vitrinas, mientras Carlota se detenía de vez en cuando para observar alguna de aquellas joyas.

—La visita se divide en dos grandes colecciones —le explicó Maxine, casi divertida al ver su curiosidad—: La Antique Collection , que reúne relojes, autómatas, objetos preciosos y miniaturas esmaltadas y muestra la evolución europea del siglo XVI al XIX .

Después tenemos la Patek Philippe Collection, que sigue a partir de 1839 con creaciones de la marca; desde las primeras referencias a las complejidades modernas, pasando por cajas, esferas y acabados para mostrar el oficio.

En total, hay alrededor de 2.500 piezas.

—Lo conoces muy bien —replicó Carlota, impresionada como siempre por su forma de hablar.

Maxine sonrió.

—Más me vale —replicó—: soy la directora.

Carlota arqueó las cejas y se echó a reír.

—Ahora me encaja más ese coche.

Maxine soltó una carcajada. Después, le pidió que se acercara a la parte trasera del museo y la llevó hasta lo que dedujo que era su despacho.

Tenía el mismo aspecto solemne que el resto del edificio, con una moqueta de motivos vegetales y muebles de madera antigua.

Parecía que hubieran viajado un par de siglos atrás en el tiempo.

Carlota tuvo que contenerse para no pasar la mano por encima de una lámpara otomana; siempre le habían gustado, pero no hacían juego con el estilo minimalista de su apartamento.

Quizá tenían más cabida en la Torre de Ravenshire, aunque estaba segura de que su bisabuela la habría amonestado por llenar esa mansión con más trastos decimonónicos.

«Para antigüedad, ya estoy yo», solía decirle Alana cuando le sugería añadir algo a la decoración.

Maxine rebuscó en un armario lleno de carpetas y dosieres y terminó sacando uno.

—Aquí. —Le hizo un gesto para que se acercara y Carlota miró por encima de su hombro hacia el lugar donde señalaba con su perfecta manicura.

—¿Este no es el libro de encargos de Auguste Favre?

Reconocía la caligrafía atormentada del maestro relojero y se fijó con intensidad, pero no vio más que lo que Maxine le había mostrado la vez anterior: el pedido de Le Nocturne Astronomique y el nombre del noble borrado por completo.

Carlota se mordió el labio para no confesarle que ese conde inglés era en realidad su bisabuelo y que el señor Blackmore era el hijo de Arthur.

No estaba segura de hasta qué punto podía confiar en ella y, aunque fuese una poderosa historiadora especializada en relojería, podía tener objetivos ocultos tras su investigación.

La verdad es que nunca habían hablado de sus motivaciones para encontrar el famoso reloj.

—Sí, pero fíjate en esto.

Carlota entrecerró los ojos y miró el pie de página que le indicaba.

Había una anotación que no terminaba de entender, pero saltaba a la vista que era posterior.

Estaba hecha con bolígrafo y, por lo tanto, debía haberse realizado como mínimo en los años cincuenta, cuando se popularizó ese instrumento.

Aurora non hora.

Ginebra.

L.B.

Carlota miró a Maxine en busca de respuestas. No tenía ni idea de latín y, en cuanto a las iniciales, prefería ignorar el nudo de sospecha que acababa de formarse en la boca de su estómago. L.B. ¿Lawrence Blackmore?

—¿Qué significa Aurora non hora ?

Maxine suspiró.

—No es la hora, es el amanecer.

—Sigo sin entender nada —confesó.

Maxine le dedicó una mueca, comprendía bien su desconcierto.

—Estos días le he estado dando muchas vueltas a lo que puede significar y solo se me ha ocurrido una cosa. Tal vez he leído demasiados libros de Dan Brown, pero el hecho de que ese tal L.B. nos indique una ciudad me hace sospechar que se refiere a un lugar.

—¿Un lugar al amanecer? —tanteó Carlota.

—Sí, pero uno relacionado con las horas.

—Un reloj —dedujo.

Maxine asintió y le mostró un mapa de Ginebra que tenía tras la fotocopia del libro de encargos de Auguste. Señaló distintos puntos, que había marcado con un rotulador.

—En Ginebra hay varios relojes famosos, por supuesto.

Tenemos la Place du Molard, una torre construida en 1591 que funcionaba como puesto de defensa y embarcadero del lago Lemán.

Hoy en día ya no queda nada de agua y se ha convertido en una zona comercial concurrida; los guías suelen señalar curiosidades en sus fachadas, incluyendo elementos relacionados con el tiempo, como el reloj de sol que corona la torre.

—¿Crees que esa anotación querrá dirigirnos a ese sitio?

Maxine se encogió de hombros.

—Es mi apuesta inicial —confirmó—, aunque puede que se refiera al Horloge Fleurie, o reloj de las flores.

Aunque no es de sol, es el más famoso de la ciudad y consiste en una enorme esfera de cinco metros de diámetro hecha de flores que cambia según la estación.

Me cuesta ver que tenga alguna relación con el amanecer.

—¿No hay más posibilidades? —preguntó Carlota, inquieta.

No quería equivocarse, deseaba con todas sus fuerzas encontrar Le Nocturne Astronomique para Alana.

—Nos quedaría el Sablier du Millénaire, un reloj de arena, pero como te decía, mi primer pensamiento se fue a la torre de Molar d .

—¿Y qué sugieres?

Maxine sonrió y Carlota se dio cuenta de que si la había hecho viajar hasta allí era porque ya contaba con un plan.

—Mañana al amanecer iremos a la plaza de Molard y veremos dónde apuntan exactamente las manecillas del reloj a esa hora.

—¿Crees que habrá algo en esa dirección?

Maxine se encogió de hombros.

—Lo sabremos mañana.

Carlota se puso una de sus camisas arrugadas porque no tenía otra cosa y era demasiado temprano para plantearse planchar.

Todavía no había amanecido, no se podría tomar ni un café y, con toda seguridad, Maxine ya estaría esperándola en el vestíbulo.

Qué más daba si no iba perfecta, tampoco creía que nadie la viera aparte de su compañera de investigación.

Aun así, antes de salir se acicaló un poco: se pintó los ojos y se peinó el cabello con cuidado; se puso colorete y asintió frente al espejo.

Tenía la sensación de que ese sería un día importante.

Maxine condujo en silencio, como si estuviera tan dormida como ella; o quizá estaba dándole vueltas a lo que podrían encontrar allí. A pesar de unas ligeras ojeras, olía a jabón y tenía el cabello perfectamente peinado; además, llevaba la ropa impecable.

Tardaron apenas unos minutos en llegar a la plaza.

No había tráfico a aquellas horas y no estaba demasiado lejos del aparcamiento de Maxine.

Ese paseo de veinte minutos le vino bien para desperezarse y afrontar la búsqueda algo más despierta.

Cuando llegaron a la plaza, seguía siendo de noche y el silencio ocupaba cada rincón de las calles desiertas.

—En cuanto encontremos lo que sea que estamos buscando —murmuró Maxine—, necesito un café.

Carlota soltó una risa floja.

—Yo quiero uno doble.

—Esto es horrible —farfulló, mirando su carísimo reloj de pulsera.

Faltaban quince minutos para el amanecer y, aun así, las dos no podían quitar la vista de las manecillas doradas del reloj de Molard, que parecía sentirse superior a ellas desde su torre.

Pronto fueron moviéndose y, cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte con su luz anaranjada, Maxine observó con mucha atención: las cinco y treinta y siete.

Señaló con el dedo hacia el edificio de enfrente, que tenía también una fachada bastante antigua.

—¿Apunta a una pared? —preguntó Carlota con cierta desilusión—. Tal vez no lo hayamos interpretado bien.

Maxine se aproximó a la fachada para inspeccionarla. Se pasó unos buenos treinta minutos sin dar con nada. Carlota percibió que sus hombros, por lo general tan orgullosos, estaban algo caídos. Se acercó a ella para animarla y pedirle que desestimara la búsqueda.

—Quizá deberíamos ir a por ese café —sugirió con una sonrisa triste—, ya se nos ocurrirá al…

Se interrumpió cuando sus ojos se posaron sobre una piedra ligeramente más oscura que las demás.

En la zona más baja, casi oculta a la vista, había algo tallado, diminuto.

Puso la cara tan cerca del muro que pudo oler la humedad que desprendía la fachada, empapada por la escarcha matutina y congelada por el frío de Ginebra.

—¿Qué es esto…?

Maxine se colocó tras ella, mientras Carlota paseaba el dedo índice sobre unos números.

25546 .

Se miraron unos instantes.

—¿Piensas que L.B. quería que encontrásemos esta anotación? —preguntó Carlota y Maxine asintió—. ¿Y qué significa? ¿Son unas coordenadas? ¿Un desfase horario?

—Una fecha.

Carlota la estudió, desconcertada por su seguridad.

—¿Cómo lo sabes?

—25546 . 25 de mayo de 1946. Es la fecha exacta en la que se firmó el Acuerdo de Washington, en el que Suiza acordó pagar 250 millones de francos suizos a los Aliados para la reconstrucción de Europa y para cerrar las reclamaciones sobre el oro saqueado por los nazis, que Suiza había adquirido durante la guerra.

Carlota se quedó unos segundos pensando en lo que eso significaba. ¿Qué tenía que ver Lawrence Blackmore con todo eso? ¿Y qué pintaba Le Nocturne Astronomique?

—¿Por qué crees que puso esa fecha ahí? —quiso saber Carlota; al parecer, Maxine no andaba tan perdida como ella.

—Puede que ese tal L.B. quisiera guiarnos hasta los bancos suizos. Me temo que Le Nocturne Astronomique puede estar en una de las cajas bloqueadas tras la guerra.