El viaje
La lluvia en Málaga no era frecuente, pero al parecer el clima había querido transportarlas a la historia.
Carlota miró por la ventana y observó cómo unas finas lenguas de agua se escurrían por el cristal.
El cielo estaba gris y la casa de su bisabuela se le antojó de pronto oscura y vacía de un modo inquietante.
Alana también observó el cambio de tiempo.
—Como si estuviéramos en Suiza —murmuró la anciana.
Carlota devolvió la atención a su bisabuela.
—Entonces, ¿os fuisteis a vivir a Rochers de Naye?
Alana suspiró.
—Eso me temo, y fue una de las etapas más tristes de mi vida.
—Dio un sorbo del té que había en la mesa auxiliar, con la intención de calentarse el alma—.
Me atormentaba no haber podido hablar con Lawrence una última vez, preguntarle si sentía algo por mí o si en realidad todo había sido una estratagema para conseguir el reloj.
Lo peor, sin duda, fue la guerra. No sabía dónde estaría él, y las noticias que llegaban de Londres eran estremecedoras.
¿Y si Lawrence había muerto en uno de los bombardeos del Blitz?
¿Y si estaba en el frente? Él tenía edad para combatir, seguramente lo habrían reclutado.
En ese punto, él comenzó a compartir espacio con madame Beatrice en mis pesadillas, y algunas noches me levantaba llorando su nombre.
—¿Y el bisabuelo Arthur?
—Él no se encontraba mucho mejor que yo —replicó con pena—.
Haber perdido Le Nocturne Astronomique lo apagó; dejó de hablar de arte y su círculo social comenzó a reducirse, y no solo porque viviéramos en un país distinto.
Ya no se relacionaba con nadie, ni siquiera conmigo, y terminó pasándose gran parte de los días encerrado en el despacho donde yo había encontrado La hija del relojero .
Fui lo suficientemente inteligente como para dejar el cuento en el lugar original; no quería que se enterase de que sabía lo de Émilie, como si eso, en lugar de avergonzarlo a él, me avergonzara a mí.
Tenía miedo de que me repudiara y verme de pronto sin mi tan preciada posición, aunque cada vez comenzaba a importarme menos ser condesa.
De hecho, lo aborrecí. Ese título me había dado muchas cosas, pero también me lo había arrebatado a él.
—¿Por eso quieres el reloj? —tanteó Carlota—. ¿Por si te lleva a Lawrence?
Alana se echó a reír sin ganas; era evidente que sabía mucho más de lo que le estaba contando, y le entraron ganas de zarandearla para que le explicara por fin cómo terminaba esa historia.
—No, mi niña. Lo quiero porque no me queda nada de él y lo necesito… Necesito estar más cerca, aunque sea una última vez antes de morir.
Carlota frunció los labios. Detestaba cuando mencionaba la muerte, por mucho que supiera que algún día llegaría.
—Lo conseguiré, Lalune —le dijo con una sonrisa más convencida de lo que realmente se sentía—. La semana que viene estaré en Suiza; he encontrado algunas pistas.
Los ojos de su bisabuela brillaron con interés, pero no le hizo preguntas; quizá no quería interferir en su investigación, como le había dicho al principio.
—¿Vas a ir hasta allí? —terminó preguntando Alana.
—Claro, por ti adonde haga falta —le aseguró.
—No seas zalamera.
Carlota se echó a reír, pero lo hizo con un nuevo sentimiento de culpa en el pecho. No le había confesado que allí se encontraría con Maxine.
Carlota llevaba diez minutos mirando la pantalla sin pestañear, como si el cursor parpadeante pudiera moverse por sí solo hacia la mejor opción.
La página de la aerolínea mostraba varias combinaciones de vuelos hacia Ginebra, todas con escalas absurdas o precios que parecían castigarla por su indecisión.
Suspiró y apoyó la frente en la palma de la mano.
—Vamos, no es tan complicado —murmuró para sí misma.
No era solo el vuelo lo que la tenía tan intranquila. La imagen de Maxine se coló en su mente sin permiso: su forma de inclinarse sobre la mesa, el gesto concentrado mientras charlaban sobre Le Nocturne Astronomique, ese acento suave cuando pronunciaba su nombre…
Se enderezó en la silla.
—Este mismo servirá —concluyó.
Seleccionó un vuelo directo Málaga-Ginebra, con llegada por la tarde. El botón para confirmar la compra brillaba en amarillo. Dudó un segundo más y luego hizo clic.
Recibió el correo de confirmación al instante. Carlota accedió al email , repasó los detalles —hora de salida, número de vuelo, llegada— y lo dejó abierto mientras cogía el móvil. Buscó el nombre de Maxine en la aplicación de mensajería:
Ya tengo los vuelos.
Llego el jueves a las 16:35 a Ginebra. Vuel o EZY7027.
Si sigue en pie lo de recogerme, es en la terminal 1.
Se quedó mirando el texto y le pareció demasiado seco, así que borró la última línea y la reescribió.
Ya tengo los vuelos.
Llego el jueves a las 16:35 a Ginebra. Vuel o EZY7027.
Si sigue en pie lo de recogerme, me hará mucha ilusión verte allí.
Se mordió el labio.
—¿Ilusión? —masculló—. ¿En serio?
Antes de que pudiera arrepentirse, adjuntó la captura del billete y pulsó el botón de enviar. El mensaje desapareció hacia el universo digital mientras Carlota dejaba el móvil sobre la mesa.
Durante unos segundos, no pasó nada. El silencio de su apartamento se le hizo extraño, demasiado presente.
Seguro que si ponía Las tardes con Lucrecia se le haría más llevadero.
Así lo hizo, pero el murmullo de los presentadores no era suficiente.
Se levantó, fue a la cocina, abrió la nevera sin saber qué buscaba y la cerró otra vez.
El móvil vibró y Carlota regresó al salón casi corriendo; incluso estuvo a punto de saltar por encima del sofá para alcanzar antes el teléfono.
Maxine había respondido:
Sigue en pie.
Estaré allí antes de que aterrices.
Carlota sonrió sin darse cuenta y se quedó mirando el chat abierto, luego añadió:
Gracias por recogerme, Maxine.
Los tres puntos de escritura aparecieron en la pantalla casi de inmediato y se detuvieron un momento después. Volvieron a hacer acto de presencia y otra vez desaparecieron. Carlota notó un leve vuelco en el estómago. Finalmente, llegó el mensaje:
No es ninguna molestia.
Me alegra que vengas.
El avión rozó la pista con un leve estremecimiento y Carlota se agarró al reposabrazos.
Jamás le habían gustado los aviones y suspiró aliviada cuando se supo en tierra.
Miró por la ventanilla y descubrió que el cielo estaba un poco encapotado, aunque en el horizonte se recortaban unas preciosas montañas nevadas.
Carlota avanzó por la terminal del aeropuerto de Ginebra arrastrando la maleta, con esa mezcla de cansancio y alerta que provocan los viajes a países desconocidos.
La gente se movía con una eficiencia casi coreografiada a su alrededor; nadie parecía dudar hacia dónde iba.
Excepto ella. Se maldijo por no haber sido más concreta con Maxine.
¿La esperaría a la salida? ¿En un café? ¿En la parada de taxis?
Cruzó las puertas automáticas de la zona de llegadas resoplando. «Debe de estar donde espera todo el mundo, es lo lógico, ¿no?», se dijo, tratando de sacudirse unos nervios que se le antojaban absurdos. Entonces la vio.
Maxine descansaba contra una columna. Llevaba un abrigo oscuro, sencillo, y el pelo recogido de una manera descuidada que, en su caso, quedaba incluso elegante. Cuando sus miradas se encontraron, Maxine sonrió con tanta intensidad que pareció iluminar el vestíbulo.
Carlota notó un extraño desajuste interno; sin embargo, se acercó hasta ella y balbuceó un saludo. Maxine le dio un breve abrazo y ese perfume floral que tanto la distinguía continuó flotando en el aire incluso cuando se separaron.
—¿Qué tal el vuelo?
—Bien, tranquilo.
Maxine asintió, hizo un gesto con la cabeza en dirección al aparcamiento y Carlota comenzó a andar detrás con su maleta. Se sentía tan tensa que no sabía dónde habían quedado esas conversaciones distendidas que habían mantenido en La Carabela Azul.
El aire del exterior era más frío aún de lo que esperaba; se le coló por el cuello del abrigo y la despejó de golpe. Alrededor se extendía un paisaje nevado y saltaba a la vista que las quitanieves habían despejado las carreteras. Carlota tuvo la impresión de encontrarse en medio de una postal.
Maxine se detuvo frente a un automóvil y Carlota parpadeó.
—¿Este es tu coche?
—Sí —respondió Maxine, con naturalidad, desbloqueándolo con el mando a distancia—. ¿Te gusta?
Carlota dejó escapar una risa breve. Era uno de esos carísimos coches eléctricos que casi nadie que no fuese millonario se podía permitir. Se parecía bastante al suyo.
—«Gustar» se queda un poco corto.
El coche era silencioso incluso al abrir las puertas, como si no quisiera interrumpirlas.
Se deslizó en el asiento del copiloto y el interior la envolvió con su impecable tecnología.
Carlota cerró la puerta. Maxine se colocó en su asiento, arrancó y apoyó las manos en el volante con un movimiento suave. Luego la miró.
—¿Tienes hotel?
—Sí, he reservado uno en el centro.
—Te llevo, ¿no? —preguntó Maxine con una sonrisa.
—Claro, claro. —Para eso la había recogido. Carlota se sintió estúpida—. Es el Ritz-Carlton.
Maxine arqueó sus cejas, tan rubias.
—Por supuesto, digno de una condesa.
—No soy condesa, ni nada presuntuosa —se defendió Carlota, avergonzada. Tenía contactos gracias a su inmobiliaria y le dejaban alojarse allí cuando quisiera, pero no hacía falta que le contase todo eso a Maxine. Empeoraría la imagen de snob que al parecer ya tenía de ella.
—No te enfades —Maxine puso una mano en su brazo y Carlota se enderezó—. Solo era una broma.
Carlota miró el perfil de Maxine mientras salían del aeropuerto, con una pregunta suspendida entre ambas.
¿Quién era en realidad? Una historiadora que rastreaba relojes legendarios, pero que conducía un coche que no encajaba con esa imagen, uno que nadie podría pagar con el sueldo de profesor o investigador.
Por no hablar del Rolex que había visto asomar bajo la manga de su camisa aquella tarde en Málaga.
Carlota cruzó los brazos, intentando sonar ligera:
—Quizá yo me aloje en el Ritz, pero este no es el coche que esperaba para una historiadora.
Maxine sonrió, sin apartar la vista de la carretera.
—¿Ah, no?
—No sé. Pensaba en algo más… —Carlota hizo un gesto vago—. Utilitario.
—¿Más viejo? ¿Más ruidoso?
—Más coherente —respondió, mirándola.
Maxine soltó una pequeña risa.
—La coherencia está sobrevalorada.
Se produjo un silencio mientras el coche avanzaba suave por la carretera, con las montañas abriéndose poco a poco al fondo.
—¿Y el reloj? —añadió Carlota, casi sin pensarlo—. El que llevabas la otra vez.
Maxine giró la muñeca sobre el volante y el Rolex apareció debajo de la manga, como si quisiera sacarle la lengua.
—¿Este? ¿Tampoco lo debería llevar una historiadora?
—Creo que hay cosas que no me has contado —afirmó tras dudar un segundo.
Maxine no respondió de inmediato.
—Puede ser, pero tú tampoco.
El estómago de Carlota dio un pequeño vuelco. Apretó los labios.
El automóvil continuó su camino, sigiloso, y ella se removió incómoda en su asiento.
—Vale —dijo al fin con tal de romper el hielo—. Este es oficialmente el coche más silencioso en el que he estado.
Maxine se echó a reír.
—Esa era la idea cuando me lo compré.
Comenzaron a hablar de temas más banales y la tensión se disipó un poco; el vehículo avanzó con decisión por las curvas que las llevaron al Ritz. Carlota le agradeció que la hubiera recogido y Maxine le restó importancia.
—¿Voy a buscarte mañana a primera hora y te muestro lo que encontré en los archivos?
Carlota asintió, tratando de ignorar la sensación de que el ambiente se había enrarecido entre ellas.