La medida del tiempo La guerra #2
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La guerra #2

Sabía que no tenía sentido que lo interpretara así, pero no podía evitarlo.

Éramos dos caras de una misma moneda y sin él me sentía vacía.

Llevaba meses formando parte de mi vida.

Al principio, una simple molestia; luego, una amenaza; y, al final, una parte imprescindible de mí misma.

Me cubrí la boca para aplacar el sonido de mi llanto.

¿Adónde había ido? ¿Al frente? ¿A Suiza?

¿Quizá a América? El mundo era demasiado grande como para encontrarlo si no quería que volviera a verlo.

Puse los brazos alrededor de mis rodillas en un triste intento de abrazarme, de no sentirme tan desamparada, traicionada.

Fue entonces cuando me percaté de que había un pequeño papel en el suelo.

Alguien lo debía de haber colado por debajo de la puerta.

Lo cogí y lo desdoblé con el ceño fruncido y la respiración contenida.

Si lo arruino a él, te arruino a ti.

Acepta esta vida de lujos como mi último regalo.

No me busques.

L.

Me cubrí los labios con la mano y las lágrimas calientes me empaparon los dedos.

Por eso le había devuelto el dinero a Arthur antes de marcharse.

Por mí. Fue incluso peor saber que yo le importaba hasta el punto de minimizar su venganza.

Tal vez sentía lo mismo que yo. No me consoló pensar que, estuviera donde estuviese, también tendría el corazón roto.

Las semanas siguientes fueron extrañas. La gente estaba muy nerviosa.

Muchos de nuestros mozos, lacayos y jardineros fueron llamados a filas y se notaba la ausencia en las paredes de Wetherby Hall.

Arthur se había recluido más que nunca en su despacho, en sus lecturas de ensayos y novelas, en su arte.

Casi no hablábamos. Me di cuenta de que antes de la llegada de Lawrence era yo quien había sostenido ese matrimonio; me había esforzado por acercarme a tu bisabuelo, a sus intereses y a su incesante vida social y cultural.

Sin embargo, de pronto todo eso dejó de importarme. Vagaba por los pasillos de la casa como un fantasma, incluso Maisie parecía preocupada porque no le gritara cada dos por tres. Era como si la llama de mi vida se hubiera extinguido, ya no le encontraba sentido a nada.

Las noticias que escuchaba cada mañana no ayudaban a levantarme el ánimo.

Winston Churchill pronunció su primer discurso de guerra emitido por radio, evaluando el primer mes de hostilidades: Polonia había sido invadida por Alemania y Rusia, y la Marina Real británica daba caza a submarinos U- boat ; al parecer, estaba ganando la batalla de suministros.

El tono pretendía generar confianza, incluso afirmaba que el poder de la Royal Navy bloquearía a Alemania y que la seguridad del Imperio Británico estaba garantizada.

No obstante, cada noche nos obligaban a cubrir todas las luces y comenzaron a evacuar a los niños de las grandes ciudades para trasladarlos a zonas rurales y salvarlos de posibles bombardeos. Estaba claro que la guerra no sería tan ligera como nos querían hacer creer.

Una noche, Arthur me pidió que compartiéramos un té. Me sorprendió. Como te decía, nos habíamos alejado, cada uno absorto en su propio dolor, separados por secretos inconfesables; por unas mentiras tan grandes como la mansión en la que vivíamos.

Maisie me dijo que me esperaba en el salón turquesa, así que caminé hasta allí algo desganada, sin la ilusión que antes sentía al compartir algo de tiempo con mi esposo. Lawrence se había llevado incluso eso.

Cuando vi a Arthur sentado en una de las butacas de damasco, me di cuenta de que sus ojos también se habían vuelto opacos, como si el hecho de haber perdido lo único que le quedaba de Émilie lo estuviese atormentando.

—Querida. —Alzó el brazo para que me acercara a él.

Me senté a su lado y dejé que sostuviera mi mano entre las suyas. Llevábamos semanas sin tocarnos, sin siquiera mirarnos, y la sensación me resultó ajena; parecía que ya no nos correspondiera esa cercanía.

—He recibido una carta del gobierno —me explicó—. Me han pedido que ceda el espacio de Wetherby Hall para alojar a unas cuantas decenas de niños. Quieren sacarlos de la ciudad para, ya sabes…

Le costaba mucho hablar de la guerra. Era consciente de lo mal que lo había pasado en su juventud, en el frente, cuando la muerte de Émilie todavía era reciente. Supongo que la culpa no le dejó dormir en las trincheras, si es que estuvo en alguna. No hablaba nunca de esos años.

—Para protegerlos de posibles bombardeos —terminé por él.

Arthur asintió.

—Les dejaremos la casa, pero nosotros no vamos a quedarnos —dijo de pronto—. Inglaterra ya no es un lugar seguro.

Fruncí el ceño, descolocada, pero él continuó sosteniéndome las manos; sabía lo poco que me gustaría lo que iba a decirme a continuación.

—Viajaremos a Rochers de Naye. Ahora que hemos terminando la reforma del Hôtel du Léman, será un buen lugar en el que refugiarnos de esta locura.

—No —me negué. Sería una tortura para mis sentidos vivir bajo el mismo techo donde me había enamorado de Lawrence; todo me recordaría a él—. Nuestro deber es quedarnos y…

—¡No! —Arthur me miró furioso; nunca me había mirado así.

Tomó aire unos segundos, como si se hubiese dado cuenta de su desatino, y cerró los ojos.

—No quiero volver a ver ese nivel de destrucción, a la gente muriendo de hambre, las calles vacías… Simplemente no podría resistirlo. No es una pregunta, Alana. Nos marchamos a Suiza.