La guerra
Me desperté cerca del mediodía y, aun así, tenía la sensación de estar agotada.
Sabes que me gusta madrugar y no es nada propio de mí dormir hasta tarde, pero los acontecimientos de esa noche me habían mantenido en vela hasta el amanecer.
No podía quitarme de la cabeza esa especie de mausoleo para Émilie que Arthur había escondido durante años en Wetherby Hall, ni la verdadera identidad de Lawrence.
Me levanté de la cama y me vestí sin avisar a Maisie.
Quería estar sola. Ni siquiera sabía cómo iba a mirar a Arthur a los ojos ahora que sabía la verdad: yo no era más que una copia barata de su gran amor.
Tampoco tenía ni idea de cómo iba a enfrentarme a Lawrence, me dolía esa última mirada de decepción que me había lanzado.
«Lo eliges a él». Como si hubiera tenido elección alguna vez en toda mi vida.
Suspiré y me las apañé para esconderme en uno de los salones el resto de la tarde.
Nadie me molestó. Supongo que Maisie advirtió al resto del servicio de que era mejor dejarme sola; si me escondía así de la humanidad era por algo y nadie quería escuchar mis gritos ni mis impertinencias cuando estaba de tan mal humor.
Por la noche volví a meterme en la cama y traté de concentrarme en la lectura de una novela, sabía que me sería imposible conciliar el sueño.
Mi mente no paraba de atormentarme con los recuerdos de mi último intercambio con Lawrence, con sus besos, con su insólita declaración de amor.
Porque había sido una declaración, a su manera.
Y yo había sido incapaz de responderle, a pesar de que en ese momento ya tenía claro que me había enamorado de él irremediablemente.
Hubiera seguido suspirando entre las mantas el resto de la noche si no me hubieran alertado los gritos.
Me levanté de la cama como un resorte y miré el reloj que colgaba de la pared de mi habitación.
Era la una de la mañana. Me llevé la mano al pecho para apaciguar el mal presentimiento que me recorrió la espalda.
Ya se había declarado la guerra en Europa y se estaban llamando a muchos hombres a filas.
Quizá era uno de mis lacayos, aterrado ante la idea de morir en el frente; me resultaba evidente que quien gritaba era un hombre.
Salí deprisa de mi habitación y en el pasillo los gritos se volvieron aún más desgarradores.
Corrí en busca de su procedencia, con el corazón en la garganta.
Mis pasos me llevaron hasta la biblioteca.
Tragué saliva. No quería toparme con Lawrence —que seguía en la casa— ni con Arthur, pero no podía dejar a quien fuera sin asistencia.
Estaba claro que a alguien le estaba dando un ataque de pánico.
Entré en la biblioteca sin más dilación y abrí mucho los ojos cuando me encontré con la pared de al lado de la chimenea abierta de par en par.
Alguien había entrado en los pasadizos y, a tenor de la gravedad del tono, bien podría haberse roto una pierna.
No me lo pensé; agarré una lámpara de gas y me colé por el hueco en dirección a los gritos, que no tardaron en conducirme hasta la escalinata de la extraña cámara que había descubierto la noche anterior.
No era posible. ¿Quién más podría saber de su existencia?
«Nadie», me dije, a la vez que bajaba los escalones con cuidado de no resbalar.
La imagen que me encontré fue desoladora.
Arthur se encontraba arrodillado frente al altar, presa de una mezcla de rabia y llanto. Los hombros le temblaban con tanta intensidad que incluso dudé si acercarme era una buena idea. Jamás lo había visto así.
—¿Arthur?
Di un par de pasos indecisos hacia él y me percaté de que tenía un papel arrugado entre los dedos.
Sobre la mesa no había nada, así que busqué la caja de Le Nocturne Astronomique, pero no la vi por ninguna parte.
Tragué saliva y esa terrible corazonada no hizo más que acrecentarse en mi pecho. «No puedo perdonarle».
—¿Arthur? —repetí, y se me quebró un poco la voz al comprender lo que había pasado.
—Se lo ha llevado… —masculló, aferrándose con las manos a la tela de su pantalón, quizá para anclarse a la realidad.
Fingí no saber de lo que hablaba.
—¿El qué? ¿Quién?
Arthur alzó la mirada del suelo y la posó sobre mí. Sus ojos, tan cristalinos, estaban rojos por culpa de las lágrimas que caían por sus mejillas hasta su barba plateada.
—El señor Blackmore —atinó a decir, haciendo un esfuerzo por ordenar sus pensamientos. Yo contuve el aliento—. Se ha llevado algo muy preciado para mí.
—¿De qué se trata? —lo incité a sincerarse conmigo.
Por supuesto, no lo hizo, o por lo menos, no del todo.
—Es un reloj, uno invaluable.
Intenté romper una lanza en favor de Lawrence, pero estaba tan segura como Arthur de que él se lo había llevado.
—¿Por qué crees que ha sido el señor Blackmore?
Arthur cerró los ojos.
—Se ha ido a la hora de cenar —me contó—. Me ha puesto una excusa barata: que había trabajo urgente que hacer en su finca. Lo he dejado marchar como un imbécil y, cuando he ido a mi despacho para escribir un rato, me he encontrado con esto.
Arthur me tendió la carta que tenía arrugada entre los dedos.
Me esperaba una declaración de culpabilidad, una nota furiosa de manos de Lawrence.
Sin embargo, no era nada de eso. Entrecerré los ojos para distinguir algo en la oscuridad y acerqué el candil al papel.
Era el acuerdo que Arthur había firmado sobre los ferrocarriles y los astilleros de Brooklyn. Lawrence lo había cancelado.
Miré a mi marido sin comprender muy bien lo que significaba.
—Ha revertido nuestra inversión y le ha devuelto el dinero al banco —susurró—. Nunca lo invirtió, Alana.
Tragué saliva. Lawrence de verdad había intentado arruinar a Arthur, pero al final se había echado atrás y se había marchado solo con el reloj.
Como si eso fuera poco. En aquella época Le Nocturne Astronomique no tenía la dimensión legendaria que tiene hoy en día, pero ya era conocido y su valor ascendía a millones de libras.
—Tenías razón —masculló avergonzado—. Pretendía estafarnos.
Lo observé con una mezcla de pena y rencor.
Él no me había creído cuando le había advertido sobre Lawrence y, ahora que me creía, no me sentía mejor.
Me había enamorado del hombre que casi nos lo había arrebatado todo y en esos momentos solo me quedaban las dudas.
¿Lawrence había sido sincero conmigo? ¿De verdad sentía lo mismo que yo?
Quizá simplemente yo había sido un peón más entre sus magistrales manos; puede que solo fuese un timador, después de todo.
Cabía la posibilidad de que me hubiera utilizado para llegar hasta el reloj.
—Es un cobarde —gruñó Arthur. Tuve la sensación de que iba a ponerse a gritar de nuevo—. Un cobarde y un ladrón. Lo buscaré, lo encontraré y lo llevaré ante la justicia, aunque sea lo último que haga.
Se me hizo un nudo en el estómago. Era su hijo. Y él no lo sabía. Comenzaba a sentirme mareada entre esas paredes húmedas. Me atreví a acercar la mano hasta Arthur, que no reaccionó ante mi contacto. Tiré de la manga de su camisa.
—Subamos —le pedí—. El servicio debe de estar preguntándose qué pasa.
—Pasa que me han engañado, que me han quitado lo que más quería.
Se echó a llorar de nuevo y sentí lástima por ese hombre roto. Casi estuve a punto de olvidar que nuestro matrimonio había sido una enfermiza forma de saldar una deuda consigo mismo, de sentirse mejor por lo que le había hecho a Émilie.
—Vamos, querido —terminé diciéndole. Lo ayudé a ponerse de pie—. Te prepararé un té.
Arthur me siguió por las escaleras como un autómata, mientras yo trataba de contener mis propias lágrimas.
Lawrence se había marchado y estaba segura de que no volvería.
No después de haberse expuesto así. Había dado al traste con su fachada con tal de conseguir el reloj.
No le había importado nada más. Quise enfadarme con él; sin embargo, yo misma lo había rechazado.
Sé que no estaba siendo justa, pero sus actos estuvieron a punto de volverme loca.
Cuando llegamos a la biblioteca, un par de lacayos y varias doncellas miraban hacia la abertura, atemorizados por los gritos que habían escuchado.
Se quedaron atónitos cuando nos vieron aparecer: a Arthur apoyado en mi hombro, deshecho en un mar de lágrimas; y a mí, amarilla como el papel que se encontraba en los libros de esa biblioteca.
Fui capaz de localizar a Maisie en un rincón.
—Maisie —dije con la voz queda.
Ella se acercó rápido.
—Manda a todos a sus habitaciones —le pedí—. Y esto se queda aquí; no quiero habladurías en mi servicio. Si escucho a alguien cuchichear sobre lo que ha pasado esta noche, lo despediré al instante. ¿Queda claro?
—Sí, condesa. ¿Necesita algo más?
—Lleva una bandeja con té al salón verde.
La pobre muchacha asintió y salió corriendo a cumplir con mi encargo.
Acomodé a Arthur en el sofá del salón. Se había quedado exhausto, con los brazos caídos al lado de las piernas, y yo estaba temblando.
El frío parecía haber llegado a Wetherby Hall y tuve la sensación de que no nos abandonaría en mucho tiempo.
—Espérame aquí —le ordené, pero él ni siquiera contestó. Había entrado en una especie de trance y tenía la mirada perdida en la ventana, en la oscuridad de la noche—. Voy en busca de algo de abrigo.
Salí corriendo de la estancia, a pesar de que sabía que Arthur no se movería de allí. Subí las escaleras y me dirigí a mi habitación con la excusa de encontrar una bata. Sin embargo, en cuanto cerré la puerta, me derrumbé contra ella. Caí de rodillas y comencé a llorar.
Lawrence se había marchado.
Me había abandonado.