La medida del tiempo El amor
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El amor

Carlota se había inclinado hacia delante para escuchar a su bisabuela con mayor atención; cada una de sus palabras escondía un tesoro.

—¿Entonces el bisabuelo Arthur tenía Le Nocturne Astronomique?

Alana asintió y le pareció que su sonrisa era más triste de lo habitual, como si anhelara volver a aquel momento en los corredores y, quizá, haber tomado otra decisión. Carlota no se atrevió a preguntarle si se arrepentía, ni qué pasó después.

—Ahora entiendo la importancia de ese reloj —murmuró, incapaz de contenerse.

—Y todavía no lo sabes todo.

Carlota se mordió la lengua para no impacientarse. A veces la desquiciaba la calma de Alana, aunque a juzgar por su historia, no era de extrañar que se tomara la vida de otra forma. Decidió que era un buen momento para contarle los avances que había hecho con Maxine.

—He estado investigando.

Alana torció la cabeza y alzó las cejas, interesada. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba; sabía que no la decepcionaría. En esa ocasión fue ella quien se inclinó hacia adelante en su butaca de damasco. Enlazó las manos, que en ocasiones le costaba mover por culpa de la artrosis.

—He conocido a alguien que sabe bastante sobre Le Nocturne Astronomique.

Alana se mostró sorprendida, debía parecerle que eso era imposible.

—No hay muchos expertos en el tema —replicó su bisabuela—. La mayoría de la gente cree que es una simple leyenda.

—Ella no —replicó Carlota con cierto orgullo—. Es una mujer increíble. Incluso ha sido capaz de encontrar el libro de encargos de Auguste Favre con la fecha en la que el bisabuelo Arthur le mandó construirlo.

Alana resopló.

—Pobre Arthur —dijo con una mezcla de ironía y decepción—.

Quería mantener en secreto esa parte tan vergonzosa de su vida y, al parecer, ni siquiera eso hizo bien.

Me consta que durante años se esforzó por enterrar su historia con Émilie.

La Primera Guerra Mundial le favoreció, en cierto modo.

Tan solo habían pasado un par de años desde la muerte de la chica y, para cuando Arthur regresó del frente, la mayoría había olvidado lo ocurrido, ocupados como estaban en acoger a gente de otros países de Europa y escuchando las calamidades que habían ocurrido en esos lugares no tan lejanos.

Así que la desgracia de los Favre se diluyó.

El tiempo también hace eso, convierte en legendarias incluso las historias más desdichadas.

» La hija del relojero es un cuento anónimo, pero no me cuesta imaginar que alguien, tal vez un amigo de Auguste o un conocido de la familia, decidiera que no podía caer en el olvido y entonces escribió la fábula que ya conoces.

—¿Y por qué hay tan pocas copias?

Alana se echó a reír sin ganas.

—Tu bisabuelo, a pesar de sus extravagancias, era bastante inteligente. No deseaba que se corriera la voz, así que en cuanto se publicó, compró casi todos los ejemplares y los destruyó. La leyenda se transmitió entonces de manera oral y se fue desdibujando.

—¿Y la copia que había en el Hôtel du Léman?

—Arthur era listo, pero también un sentimental. No quiso, o no pudo, deshacerse de ella. Igual que guardó el reloj en esa especie de tumba subterránea, como si así tuviese acceso a Émilie.

—¿Crees que la quería?

Alana soltó un bufido.

—La amaba, pero sin duda fue un cobarde.

Y cuando ella murió, sola y traicionada, él no pudo soportar la carga.

Supongo que se casó conmigo para enmendar su error.

Debió pensar que, salvándome a mí, ella lo perdonaría desde el más allá.

Los caminos de la mente son difíciles de comprender, y Arthur era de todo menos un hombre sencillo.

A pesar de los muchos años que estuvimos casados, hubo partes de él que siguieron siendo un misterio para mí hasta el día de su muerte —le explicó.

Luego tomó aire; hablar de eso la agotaba—.

Y cuéntame, esa mujer que dices, ¿ha encontrado algo más?

Carlota asintió y le mostró las tres fotografías que Maxine le había entregado. Alana las estudió con curiosidad; no podía creer que alguien hubiera inmortalizado Le Nocturne Astronomique con tanto detalle.

—Maxine dice que tanto esas fotografías como la que tú tienes están tomadas en el mismo sitio, en el Grand Café Léman, un pequeño restaurante de los Alpes Suizos.

Alana palideció, como si esa información, lejos de aliviarla, la inquietase.

—Por la carta celeste, dedujo que se habían hecho con años de diferencia. Descubrió que el reloj había tenido dos propietarios: su bisabuelo y el señor Blackmore.

Carlota frunció el ceño cuando Alana apretó el reposabrazos de su butaca con demasiada fuerza; daba la sensación de que quisiera romperlo.

—¿Quién es esa mujer?

—¿Qué? —Carlota seguía mirando sus nudillos blancos, desconcertada.

—¿Cómo se apellida esa tal Maxine?

Carlota se esforzó por pronunciarlo con precisión:

—Maxine von Eberhardt. ¿Qué más de eso?

Alana la miró a los ojos, horrorizada, parecía que acabara de ver a un fantasma frente a ella, uno que tenía intención de arrastrarla al infierno.

—Aléjate de ella —siseó Alana.

Carlota se echó hacia atrás y arqueó las cejas ante su arrebato.

—¿Por qué?

—No es de fiar. Ha sido muy mala idea pedirte localizar ese reloj… —continuó farfullando.

—Pero, Lalune …

—¿Qué le has contado?

Carlota balbuceaba, descolocada.

—¡Qué le has contado!

—Nada —se apresuró a contestar.

Alana tenía temperamento, pero hacía años que no la veía tan enfadada.

—¿Le has hablado de él? ¿De Lawrence?

—No —respondió deprisa—. No.

Su bisabuela pareció calmarse. Asintió con lentitud.

—Bien. Estoy cansada —dijo de pronto, aunque Carlota sabía que no era cierto.

Alana se levantó y ella se puso en pie al mismo tiempo. Su bisabuela le puso una mano en el brazo, como si lamentara haberse alterado tanto.

—Vuelve en una semana.

Carlota se pasó todo el camino de vuelta a casa dándole vueltas a las últimas palabras de Alana.

¿Qué problema tenía con Maxine? Era imposible que se conocieran, al menos no de forma directa.

¿O quizá sí? ¿A qué había venido tanta inquina?

Resopló y maldijo una vez más el hermetismo de su bisabuela.

Entró en su apartamento y lanzó el bolso sobre el sofá, algo impropio de ella, que solía colgarlo en el perchero que había junto a la entrada, igual que la chaqueta.

Le gustaba el orden. Sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y lo dejó sobre la mesa del comedor, dispuesta a ignorarlo mientras se distraía con una serie.

Entonces vio un mensaje de Mina. Sí, tal vez sería una buena idea quedar con ella para airearse un poco.

Siempre la hacía reír. Le dijo que necesitaba hablar y, en menos de una hora, Mina estaba llamando a su puerta.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber.

Solía ser Mina la que la contactaba a deshoras para contarle sus dramas, no al revés.

—No me digas que Yago ha vuelto a hacer de las suyas —masculló horrorizada.

—Nada de eso. Es Maxine.

Mina se sentó en el sofá, se quitó los zapatos y se puso cómoda. Carlota se acomodó a su lado.

—¿Qué ocurre con ella? ¿Es algo sobre el reloj?

Carlota movió la mano como para apartar lo que su amiga acababa de decir.

—No, pero a mi bisabuela no le ha hecho mucha gracia cuando le he contado que estoy en contacto con ella.

Mina se extrañó.

—¿Por qué no? Por lo que me has contado es bastante maja.

—Ya. No lo sé.

—Está mayor —dijo Mina, poniendo una mano sobre el brazo de Carlota—. No le hagas mucho caso.

La cuestión era que Alana no había desvariado nunca y era la persona más lúcida que conocía, a pesar de su avanzada edad.

—¿La has vuelto a ver?

Carlota sonrió de forma inconsciente.

—El otro día comimos juntas. Es una mujer muy inteligente.

Le contó a Mina todo lo que Maxine había averiguado sobre Le Nocturne Astronomique y su amiga la escuchó con atención.

—Me alegra que estés ilusionada con algo, aunque sea una extraña búsqueda del tesoro —replicó—. Llevabas una temporada demasiado encerrada en ti misma.

No sabía si era por los avances en la búsqueda del reloj o por su nueva compañera de aventuras, pero llevaba unos cuantos días sin pensar en Yago ni en todo el daño que le había hecho.

Aun así, las palabras de Alana le habían dejado un poso de duda en la boca del estómago. ¿Qué problema tenía con Maxine?

El sonido atronador de su móvil interrumpió la conversación.

Lo cogió tan nerviosa que casi lo lanzó por los aires.

Mina la miró extrañada: Carlota no acostumbraba a hacerle caso al teléfono cuando se encontraba con alguien.

Miró por encima del hombro de su amiga para averiguar quién la estaba llamando y se echó a reír.

—Cógelo —la incitó—. Por mí no te cortes.

Carlota observó la pantalla durante unos segundos, como si no pudiera creer que el nombre de Maxine estuviera en ella. Descolgó con un impulso que no supo muy bien de dónde salía, con las palabras de Alana haciendo eco en su mente. «No es de fiar».

—¿Diga?

—Hola, Carlota. —Maxine la saludó en español, aunque cambió deprisa al inglés—. ¿Cómo estás?

Carlota se aclaró la garganta.

—Bien. ¿Ocurre algo? —No sabía muy bien qué decirle y se sentía cohibida con Mina a su lado.

Evidentemente su amiga la escuchaba con atención.

—He descubierto algo que puede llevarnos al reloj —explicó Maxine—, pero necesito que vengas.

—¿Cómo? —Su petición la había pillado desprevenida.

—¿Vendrías a Suiza?

Carlota abrió la boca. «Aléjate de ella».

—Sí, claro. —Se sorprendió de lo convincente y adulta que había sonado cuando por dentro estaba hecha un manojo de nervios.

—Perfecto, vivo en Ginebra —le explicó—. Cuando tengas los billetes de avión, si quieres me avisas y así puedo ir a buscarte al aeropuerto.

Carlota comenzó a notar que se le resbalaba el móvil de las manos; tenía las palmas sudadas.

—Genial. —La voz le salió aguda—. Te lo enviaré por WhatsApp.

Cuando Maxine se despidió al otro lado, Carlota estuvo a punto de lanzar el teléfono por la ventana, como si le quemara entre los dedos. Se sentó en el sofá, con la mirada perdida por la locura a la que acababa de acceder.

—¿Qué pasa? —quiso saber Mina, preocupada por el cambio en su gesto—. ¿Qué vas a enviarle por WhatsApp?

—La hora a la que llego al aeropuerto. Me voy a Suiza con ella.

Mina abrió mucho los ojos y Carlota enterró la cara entre sus manos.

—A ver cómo le cuento esto a mi bisabuela… Si es que soy imbécil.

—No te hables mal —replicó Mina, dándole una palmada en la espalda—. No hace falta que le digas con quién vas de viaje. A veces una mentira piadosa puede ahorrarte muchos disgustos.

Carlota suspiró.

—Tienes razón.

Tal y como le había indicado Alana, Carlota regresó a la Torre de Ravenshire una semana más tarde.

Su bisabuela la esperaba de nuevo en el salón rosa y había vuelto a preparar las pastas de té.

No le costó adivinar que las habría horneado esa misma mañana; la casa todavía olía a almendras.

Alana no era dada a pedir disculpas, así que asumió que ese pequeño detalle era su forma de enmendar el encontronazo de la última vez: sabía que a su bisnieta le encantaban esos dulces.

Carlota la saludó con un beso y sonrió al ver que estaba perfectamente.

Se había peinado con su eterna melena con ondas al agua y llevaba un vestido elegante.

Parecía más tranquila, así que prefirió no contarle nada sobre su viaje a Suiza hasta que terminara su narración de ese día.

Tampoco es que tuviera intención de decirle que se marchaba con Maxine.

Eso la alteraría demasiado, y su edad era un factor a tener en cuenta.

—Qué rico —dijo Carlota mientras daba un bocado al pequeño dulce casero, aunque acababa de comer.

Alana sonrió.

—¿Lista?

—Siempre.

—Mejor. Porque me temo que hoy, en vez de amor, voy a hablarte de guerra.