La venganza #2
—¿Por qué? —susurré con los ojos llorosos, alzando la mirada hacia Lawrence—. ¿Por qué me haces esto?
—Yo no he hecho nada, Alana, más que contarte la verdad.
—¿La verdad? —Lloré—. Lo único que quieres es manipularme para llevarte el maldito reloj.
Lawrence negó y pude ver en sus pupilas lo furioso que estaba.
—¡Este reloj me pertenece tanto como a él! —Se le quebró la voz.
Lo miré sin comprender. Estaba apretando la caja con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. De pronto, me la tendió; la cogí más por reflejo que porque supiera lo que hacía.
—Mira en el compartimento secreto.
Fruncí el ceño y le hice caso. La situación me había sobrepasado hacía rato y ni siquiera sabía a quién obedecía ya.
Abrí la caja y cogí el reloj. Apreté un pequeño botón y apareció una rendija, en la que vi un papel tan doblado que no era mayor que el tamaño de mi uña. Lo desdoblé con los dedos temblorosos.
Laurent Favre.
—Una vez me preguntaste por mi nombre. —Abrí mucho los ojos y miré al hombre que tenía delante—. Ahí lo tienes.
—¿Eres…? —balbuceé—. Eres el hijo de Émilie…
Me quedé blanca al comprenderlo todo.
—Y de Arthur.
Él soltó un suspiró, como si ese secreto le hubiera perseguido durante años. Recuperó la caja con el reloj antes de que se cayera de mis manos.
—Lo descubrí cuando conocí al señor Black —me explicó, mientras yo intentaba asimilarlo—.
Ni siquiera recordaba haber nacido en Suiza.
Al parecer, cerraron el hospicio cuando yo tenía unos tres o cuatro años y a muchos niños nos llevaron a Londres.
En el nuevo orfanato no se molestaron en enseñarnos a leer y durante mis primeros años me dediqué a trapichear y meterme en problemas, ya lo sabes.
Pero el señor Black me hizo el hombre que soy ahora: viajé por todo el mundo y aprendí idiomas, cultura.
Cuando tuve la capacidad de hacerlo, leí la carta que mi abuelo había dejado entre las mantas al abandonarme tras la muerte de mi madre.
En ella lo explicaba todo, Alana. Auguste Favre quería que supiera de dónde venía, lo que Arthur le había hecho a mi familia.
¿Sabes lo que se siente al descubrir que tu propio abandono se ha convertido en un cuento popular?
—Lo lamento tanto, Lawrence… —No sabía qué otra cosa decir.
Él se encogió de hombros; parecía que el dolor fuese una parte de sí mismo que había aceptado hacía mucho.
—Me prometí a mí mismo que llegaría hasta él, Alana, que le arrancaría de las manos lo que me correspondía por derecho: Le Nocturne Astronomique, sus riquezas, Wetherby Hall.
Todo. Mi único propósito en los últimos cinco años ha sido vengarme de él, arruinarlo para que sepa lo que es revolcarse en el lodo. Me dejó solo, y yo haré lo mismo.
Lo miré espantada por la rabia con la que hablaba.
—¿Eso soy yo, Lawrence? ¿Parte de tu venganza?
Él frunció el ceño y resopló.
—Reconozco que esa era mi intención al principio: seducir a su esposa para hacer el mayor daño posible.
Pero entonces te reconocí —se interrumpió para calmarse—.
No podía creer que tuviera tan mala suerte.
De todas las mujeres del mundo, había tenido que casarse con la única a la que no podía olvidar.
Me temblaron los labios y me acerqué a él. Dos almas dañadas se reconocen con facilidad y las nuestras estaban rotas casi desde el nacimiento. Tomé su rostro entre mis manos, su dolor se reflejaba en mis ojos.
—Tú has sido un fallo de cálculo —continuó contra mi boca—. No esperaba encontrarte aquí.
Me bebí su aliento cálido, incapaz de contenerme.
Lawrence me besó con dulzura y una nota de desesperación, tan consciente como yo de que seguir adelante con lo nuestro era perseguir un imposible; no huiríamos a ningún sitio juntos, no habría un felices para siempre .
Me aferré a sus hombros con fuerza, porque temía caer por las escaleras resbaladizas sobre las que nos había colocado la vida.
Él enterró los dedos en mi recogido y profundizó el beso apoyándome contra la pared.
Noté la rugosidad de la piedra a través del fino camisón con el que había bajado a los pasadizos, pero no me importó.
Me apretó contra el muro y sentí su pecho cubriendo el mío; tenía la respiración agitada y hubiera jurado que su corazón latía igual de desbocado que el mío.
Se separó un instante y frunció el ceño, como si le doliera la distancia.
—No vas a venir conmigo, ¿verdad?
Me mordí el labio inferior, con la congoja atrapada en la garganta. No pude contestarle.
—Lo eliges a él, a pesar de todo.
Algo se rompió dentro de mí.
—Elijo salvarnos —murmuré contra su boca; hacía rato que hablábamos entre susurros—. La justicia nos perseguiría y no quiero que te conviertas en un criminal, Lawrence. Te mereces una vida mejor: la del señor Blackmore, un hombre inteligente y respetable; el hombre que en el fondo siempre has sido.
Él se separó de mí. Tenía los hombros en tensión. Regresó al centro de la estancia y depositó la caja con Le Nocturne Astronomique sobre el altar para devolverlo a su lugar.
—No puedo perdonarlo. Lo siento, Alana.
Se marchó con las manos vacías y me dejó allí sola y temblorosa, incapaz de descifrar el alcance que tendrían sus últimas palabras.