La venganza
Siempre me he considerado una mujer despierta, pero reconozco que aquel momento superó mi entendimiento.
Recuerdo mirar a Lawrence como si me estuviera confirmando que acabábamos de encontrar un unicornio, aunque supongo que en cierta forma lo era, ¿no crees?
Nadie sabía si había existido en realidad y, al parecer, yo lo había tocado.
Volví a mirar hacia la mesa, donde reposaba Le Nocturne Astronomique, dormido sobre su cuna de terciopelo.
Se escuchaba su incesante tictac en medio del silencio que nos gobernó durante los segundos que me llevó procesar la información.
Intenté ordenar mis pensamientos. Aunque le había hablado a Lawrence del cuento que había encontrado en el Hôtel du Léman, no se lo había dejado en ningún momento.
La hija del relojero se había convertido en uno de mis bienes más preciados y me lo había traído a Inglaterra escondido en mi equipaje.
¿Acaso él se había colado en mi habitación alguna noche para leerlo? No tenía sentido.
—¿Qué sabes tú de Le Nocturne Astronomique? —Mi tono fue bastante hostil.
Me di cuenta de que, aunque él lo sabía casi todo de mí, yo todavía desconocía muchas facetas de él.
Me había hablado de un tal señor Black, pero no me había revelado nada acerca de sus enseñanzas.
¿Lo había tratado bien? ¿O lo había convertido en el mejor criminal de todos los tiempos y yo seguía obnubilada por su atractivo, enamorada como una tonta? Ya no sabía qué creer.
—Al parecer, más que tú —replicó a la defensiva.
Di un paso atrás, en dirección al reloj, como si quisiera protegerlo.
Lawrence se acercó más a mí y yo contuve la respiración.
La luz del candil alargaba las sombras en su rostro.
Fruncí el ceño y traté de no amilanarme.
Era el mismo hombre que me había estado ayudando toda mi vida, no tenía sentido estar asustada, ¿verdad?
—Creí que era una leyenda —confesé. Torció el gesto; mi comentario le había molestado—. ¿Leíste el cuento que encontré en el hotel? ¿Es eso?
—No me ha hecho falta.
Lo miré desconcertada mientras él se acercaba cada vez más a mí, o al reloj; era difícil decirlo porque mi cuerpo se interponía en su camino.
Puso una mano en mi cintura y me apartó con más cuidado del que esperaba.
No me había dado cuenta del frío que hacía allí abajo hasta ese momento, en el que la humedad se coló bajo mi piel.
El fino camisón de seda era del todo inadecuado.
Me esforcé por no echarme a temblar, ya bastante vulnerable me sentía.
Lawrence se olvidó de mí por un momento y se inclinó sobre el altar.
Observó el reloj durante mucho rato; quizá él sí que era capaz de apreciar los mecanismos.
Alargó una mano hasta Le Nocturne Astronomique y lo sostuvo con el ceño fruncido.
Me pareció la imagen digna de una escultura, la de un dios apresando el tiempo en un objeto tan diminuto; uno que quería darle a la humanidad la medida de los minutos, de las horas, del transcurrir de la vida. La medida del tiempo.
—Lo ha tenido aquí todos estos años… —murmuró, más para él que para mí.
Manipuló un poco el reloj y me dio la sensación de que abría un pequeño compartimento; de él, sacó un papel diminuto, lo desdobló y lo introdujo de nuevo casi tan rápido como lo había sacado; daba la sensación de que le hubiera quemado los dedos.
Devolvió el reloj a la caja con sumo cuidado y luego la cogió del altar.
—¿Qué haces? —lo increpé—. No pretenderás llevártelo…
Él inclinó la cabeza hacia un lado, como si de pronto hubiera recordado mi presencia. Me costaba reconocerlo esa noche; parecía estar bajo el influjo de algún hechizo.
—Por supuesto que sí.
—No puedo permitirlo —advertí, cerrándole el paso y subiendo a la escalera de piedra.
Él alargó la mano hacia mí y pensé que iba a golpearme. Me habían pegado demasiadas veces en mi vida. Pero Lawrence solo me retiró un cabello que se había escapado de mi recogido y me acarició la piel sensible de la mandíbula.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
Se acercó más a mí. Yo seguía subida al primer escalón y sus ojos quedaban a la altura de los míos. En aquel momento, la que pareció entrar en trance fui yo; me había apresado con esa mirada de la que quería averiguarlo todo. Jamás me hubiera cansado de mirarlo.
—Podemos llevarnos el reloj —susurró muy cerca de mi boca. Cerró los ojos y puso su frente contra la mía sin dejar de acariciarme la mejilla—. Huiremos con todo lo que encontremos de valor.
Me separé de él con el ceño fruncido. No podía decirlo en serio. Ya había vivido demasiado tiempo en los márgenes de la ilegalidad; no quería convertirme en una fugitiva, en una delincuente.
—Pensé que ahora eras un hombre honrado.
Dejó caer la mano que tenía en mi rostro con un gesto de decepción.
—¿Crees que él se merece estas riquezas más que nosotros?
Fruncí el ceño.
—Jamás traicionaría a Arthur —repliqué.
Tu bisabuelo me acogió en el peor momento de mi vida, cuando no tenía nada y estaba a punto de caer en el abismo de la locura.
Me dio un hogar, el espacio necesario para recuperarme y me dejó ser su condesa, a pesar de la posición en la que eso lo había colocado al principio.
¿Cómo iba a fugarme con su asesor? Convertiría a Arthur en el hazmerreír de la sociedad; la gente murmuraría a su paso: «ya le dijimos que esa mujer no era de noble cuna», «era cuestión de tiempo», «se veía que era una fresca», «se llevaban demasiados años». ¿Así iba a pagarle su generosidad?
Lawrence apretó las mandíbulas.
—Arthur es como todos los desgraciados que se aprovecharon de ti en ese antro —exclamó, preso de un fuego que ni siquiera había visto venir.
—Eso no es cierto —lo defendí con firmeza—. Él jamás me tocó cuando vivía en The Silver Swan. Me enseñó a leer, me introdujo en el arte, en la literatura… No toleraré que lo insultes. Es un hombre de principios y me respeta.
Me dedicó una sonrisa carente de diversión.
—¿Que te respeta? —replicó con acidez—. ¿Que tiene principios?
Lawrence se acercó mucho a mí, la punta de mi nariz se encontraba muy cerca de la suya. Podía oler su suave aroma a menta, mezclado con jabón.
—Ese hombre solo mira por sí mismo, Alana. ¿Quieres saber por qué nunca te puso la mano encima cuando estabas en el club?
Me lo había preguntado muchas veces. La verdad es que Arthur no se acostó conmigo hasta que nos casamos.
Al principio creía que se debía a que era un hombre temeroso de Dios que respetaba la institución del matrimonio, pero enseguida me di cuenta de que era tan poco religioso como yo.
Llegué a la conclusión de que había sido su forma de honrarme, por todo lo que había sufrido en manos de otros hombres.
Pasaron los meses, los años y, al final, me resultó absurdo preguntarle: se había casado conmigo, me había dado una vida digna, y eso era lo único que importaba.
—Arthur se casó contigo porque le recuerdas a ella.
Tragué saliva y noté que mis piernas flaqueaban. Cuando celebramos la boda, Arthur ya tenía más de cuarenta años. Era absurdo pensar que yo había sido la única mujer en su vida, pero nunca me había hablado de ninguna otra.
—¿A ella?
Lawrence movió la cabeza, cada vez más enfadado. Quizá estaba siendo obtusa, pero me daba la sensación de que las paredes de la sala se habían ido acercando, como si quisieran cernirse sobre mí. Me esforcé por no desmayarme en un momento así.
—A Émilie —terminó aclarándome.
Parpadeé unas cuantas veces, tratando de comprender la magnitud de sus palabras.
Lawrence se acercó de nuevo al altar, agarró el candil y, cuando llegó hasta mí, metió una mano en su bolsillo.
Sacó su billetera y rebuscó hasta que dio con una cartulina muy pequeña.
Me iluminó con la lámpara para que pudiese estudiarla mejor: era un retrato antiguo.
En él se veía a una joven de cabello oscuro y ojos negros.
Tenía la piel más blanca que yo, la mandíbula un poco más cuadrada y los ojos más pequeños; pero había cierto parecido entre nosotras.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Era el mismo rostro que había visto en los cuadros de Arthur.
—¿Émilie? —repetí, incapaz de articular otra cosa que no fuese su nombre.
Lawrence se había calmado, como si mi desconcierto lo hubiera ablandado, y asintió para que pudiera procesar la información. Yo no dejaba de mirar el retrato. Le di la vuelta en busca de la pista irrefutable que necesitaba para terminar de colapsar.
—Émilie Favre —leí su nombre tras la imagen y reconocí la caligrafía de Arthur.
¿Él había escrito aquello? ¿Conocía a la hija del relojero?
Entrecerré los ojos a medida que la realidad calaba en mi conciencia.
El noble inglés que había hecho el encargo, el que se había enamorado de Émilie, el que la había dejado embarazada y había huido, el mismo que había recibido el reloj que Auguste Favre terminó antes de quitarse la vida…
había sido Arthur. Debía ser él. Cómo, si no, ¿tenía Le Nocturne Astronomique? Miré a Lawrence horrorizada.
—Lo siento —susurró al ver cómo me afectaba la noticia—. Encontré el retrato en un cajón de su despacho.
Ni siquiera atiné a preguntarle qué diantres hacía registrando el despacho de Arthur.
Me apoyé en la pared y las piedras arañaron la palma de mi mano.
Aun así, me aferré a ella para no derrumbarme.
Ya te he dicho que tenía a tu bisabuelo en un pedestal y, en ese instante, la columna de mármol sobre la que lo había puesto se resquebrajó de arriba abajo.
Arthur había hecho como el señor Strauss con Astrid.
Cuando las cosas se habían complicado, la había abandonado.
Entonces, ¿yo era su chivo expiatorio? Salvar de su miserable destino a una muchacha que le recordaba a la difunta Émilie debía de haberle hecho sentir mejor consigo mismo.