La medida del tiempo El tesoro escondido #2
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El tesoro escondido #2

La luz del candil tintineó y él se movió para comprobar que seguía encendido. Me quedé congelada al verle la cara, llena de lágrimas.

No era Lawrence.

El hombre al que había estado siguiendo no era otro que mi marido.

Arthur continuó gimoteando, aferrado a aquel objeto que me había sido imposible ver.

Una piedra crujió bajo mi pie y él alzó la mirada.

Me escabullí entre las sombras hasta que Arthur devolvió la atención hacia lo que tenía entre manos, y entonces eché a correr, vigilando no hacer ningún ruido que delatara mi presencia.

No recuerdo cómo llegué a mi habitación, pero me metí bajo las sábanas y me hice un ovillo, con el corazón latiéndome tan deprisa que, por un instante, creí que despertaría a todo el servicio. ¿Qué acababa de presenciar?

Me pasé todo el día siguiente en el jardín, a pesar de la fina lluvia que lo regaba.

No quería escuchar más sobre esa guerra que nos acechaba; pero, sobre todo, no deseaba ver a Arthur.

Me inquietaba que notase en mi rostro que conocía la existencia de su misterioso cuarto enterrado entre las viejas piedras de Wetherby Hall.

Tampoco quería encontrarme con Lawrence tras nuestra tensa interacción en la cocina.

Me resultó evidente que mi mejor compañía serían los rosales y las hortensias que crecían en uno de mis rincones favoritos del jardín.

Por la noche esquivé a Arthur y me fui a mi cuarto para fingir que dormía.

Incluso cabeceé un poco; sin embargo, a las dos de la mañana me puse en pie con el único objetivo de descubrir lo que mi marido me estaba ocultando.

La impaciencia es uno de mis peores defectos y la curiosidad también; así que en cuanto tuve oportunidad me colé en la biblioteca y en los pasadizos secretos aferrada a una lámpara de gas.

Recorrí el mismo camino que le había visto hacer la noche anterior y, cuando llegué a la altura donde habían aparecido las escaleras, tuve que trastear un buen rato en la pared hasta dar con una palanca muy bien escondida; no me extrañaba que la hubiera pasado por alto en mis excursiones.

La pared se movió a un lado y me quedé mirando las escaleras con cierto temor. Tomé el candil con más fuerza y bajé con cuidado de no resbalar; no quería que tu bisabuelo encontrase mi cadáver allí abajo.

En cuanto llegué al final de la escalera, me apresuré a dejar la lámpara sobre la mesa con la esperanza de que iluminara mejor la estancia; no obstante, parecía que los muros se tragaran cualquier atisbo de luz.

Sentía una presencia, como si el tesoro que allí se escondía latiera con un corazón propio.

Sé que son tonterías, tal vez era el simple miedo de saberme sola en un lugar tan lóbrego.

Tomé la caja que había estado mirando Arthur y la abrí sin más dilación.

No me lo esperaba.

Había imaginado un diamante, un lingote de oro o una reliquia familiar.

Pero lo que había en su interior no era nada semejante.

Me incliné hacia delante, lo observé con curiosidad y alargué la mano hacia un reloj de bolsillo, que descansaba sobre una cama de terciopelo rojo.

Un peculiar tictac retumbaba en las paredes que me rodeaban.

¿Cómo no lo había escuchado la noche anterior?

Quizá el llanto de Arthur lo había aplacado.

Lo sopesé entre las manos y lo observé con atención.

Era hermoso y gozaba de un montón de mecanismos que ni siquiera era capaz de comprender.

Me pregunté qué tendría de especial para que mi marido llorase con semejante desconsuelo.

Miré alrededor de esa extraña estancia, esperando encontrar la respuesta a mis preguntas en algún rincón.

Entonces descubrí un bulto de tamaño considerable a un lado.

Dejé el reloj en su caja y me acerqué con pasos dubitativos.

Lo que fuera aquello estaba cubierto por una manta apolillada.

Dudé un instante, temiendo toparme con los restos de un cuerpo ahí debajo, pero me dije que era imposible.

Arthur era un hombre pacífico y, en cualquier caso, el objeto parecía tener forma cuadrada.

Reuniendo todo mi valor, tiré de la tela con resolución.

Una nube de polvo me envolvió con furia y a punto estuve de estornudar y dar al traste con mi silenciosa investigación.

Lancé la manta a un lado y me rasqué la nariz para calmar el picor.

Me incliné sobre mi nuevo hallazgo y abrí la boca unas cuantas veces, incapaz de creer lo que Arthur había escondido allí abajo.

Los lienzos.

Las pinturas que Arthur me había hecho cuando vivía en The Silver Swan.

Alargué la mano hacia los cuadros y comencé a observarlos con el corazón encogido.

Él nunca me los había querido mostrar, así que no pude contener la curiosidad.

Ya te he dicho que tu bisabuelo no era un gran pintor, pero saltaba a la vista que los había hecho con suma delicadeza.

El cuerpo estaba bastante logrado, pero me llamó la atención que el rostro se encontrara desdibujado en todas las obras: los rasgos eran algo distintos a los míos, la piel más blanca, los ojos ligeramente más pequeños.

Estaba claro que nuestro pasado era un tema tabú, pero jamás hubiera imaginado que mi marido lo hubiera enterrado en una sala húmeda. Había querido escondernos. Y eso me molestó; se avergonzaba de lo que habíamos sido, de cómo nos habíamos conocido.

Solté los cuadros y los cubrí de nuevo con la tela, como si la imagen de mí misma ardiera en mis pupilas. Volví de nuevo al altar para observar otra vez el reloj que había encontrado y calmar la desazón que sentía en el pecho. Trasteé con los curiosos mecanismos durante un buen rato.

Escuché un par de pasos a mi espalda. No me dio tiempo a girarme.

Una mano me tapó la boca con fuerza y amortiguó con eficacia el grito que escapó de mis labios.

¿Arthur me había descubierto? Era difícil saber en qué estaba pensando sin verle la cara.

Cerré el puño alrededor del reloj por puro reflejo y puse mi otra mano sobre la de mi captor con la intención de aflojar su agarre, pero no flaqueó.

Al contrario, me agarró de la cintura con fiereza y me hizo retroceder un par de pasos; al final, solté el reloj sobre la caja y me tropecé con una piedra, pero el cuerpo que se había adueñado del mío me sostuvo.

—Shhh —me susurró al oído.

Miré por encima de mi hombro, con la esperanza de averiguar quién me había apresado; mi marido no era tan corpulento. Emití un segundo chillido —tan bien aplacado como el anterior— cuando descubrí que se trataba de Lawrence.

—No grites —me advirtió, con sus dedos todavía sobre mis labios, y asentí.

Entonces retiró la mano. Me giré para corroborar que de verdad era él. Sus ojos se habían oscurecido de un modo que me asustó y, por primera vez, me pregunté si sería peligroso. En Rochers de Naye me había confesado que había estado en organizaciones criminales. ¿Qué significaba eso en realidad?

—¿Qué haces aquí? —inquirí con la voz ahogada.

—Últimamente siempre me preguntas lo mismo —se quejó—, ¿acaso te molesta mi presencia?

—No evadas la cuestión —repliqué—. ¿Por qué estás aquí?

—No tienes ni idea, ¿verdad?

Un escalofrío me recorrió la espalda y terminé negando, avergonzada por haber sido más lenta que él en esa ocasión.

—El reloj que acabas de tener en tus manos es Le Nocturne Astronomique.