La medida del tiempo El tesoro escondido
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El tesoro escondido

Tras nuestro regreso a Wetherby Hall, Lawrence y yo nos dedicamos a esquivarnos.

Ahí fue cuando me di cuenta de que, antes de nuestro viaje a Suiza, él se había esforzado por cruzarse conmigo a la más mínima oportunidad: ahora lograba evitarme con una maestría digna de admiración.

No es que yo quisiera toparme con él —o eso me repetía a mí misma cada vez que me parecía escuchar su voz a través de las paredes—, pero la verdad es que lo echaba de menos de una forma casi dolorosa.

Me había acostumbrado a su presencia, a sus miradas provocadoras, a esa sonrisa descarada y, por supuesto, a nuestros encontronazos.

Aunque lo que más anhelaba era que volviera a estrecharme entre sus brazos como si no existiera nada más en el mundo, como había hecho aquella noche en Rochers de Naye.

Él había visto mi lado más vulnerable y, en vez de aprovecharse o alejarse de mí, me había tendido la mano, había compartido parte de su pasado, aun a riesgo de que yo saliese corriendo o le contase a Arthur quién era él en realidad.

Por supuesto, no tenía ninguna intención de hacerlo.

Lo peor era cuando se alojaba en Wetherby Hall ante la insistencia de Arthur de organizar fines de semana de tiro al plato o cualquier otro absurdo entretenimiento de los suyos.

Entonces yo mantenía el tipo, atormentaba a Maisie con las preparaciones pertinentes y luego, cuando llegaba la hora de la verdad, alegaba una horrible migraña o una indisposición con tal de no verlo.

Y así pasaron dos meses en los que perdí el apetito, el poco humor que me quedaba e incluso las ganas de leer: la biblioteca me recordaba a él.

A veces me entretenía observando, a través de fotografías y documentos, los avances de la reforma que habíamos iniciado en el Hôtel du Léman.

La señora Friedrich debía de estar encantada con las nuevas ventanas —mucho más gruesas para mantener el calor—, con el reluciente mobiliario y con la instalación de un sistema de calefacción que evitaría que el espacio se llenara del humo de las chimeneas.

Sin embargo, a la que llevaba un rato mirando los informes que Arthur compartía conmigo, tenía que dejarlo.

No podía evitar que mis recuerdos vagaran hasta los besos que le había dado a un hombre que no era mi marido en ese encantador refugio.

Qué horrible es el sentido de culpabilidad.

La verdad es que me costaba mirar a Arthur a la cara después de tal infidelidad.

No es que fuera una aventura pasajera, precisamente.

Muy en el fondo, seguía soñando con Lawrence; deseaba toparme con él al volver una esquina de la casa y que me confesara que tampoco había podido dejar de pensar en mí.

Ese momento llegó, claro. Pero ni él me dijo nada parecido, ni yo le revelé cuánto lo necesitaba.

Fue una noche de finales de septiembre, cuando las noticias sobre una segunda guerra en Europa comenzaban a llenar los pasillos de mi casa.

El tema me tenía bastante preocupada e incluso Arthur, que nunca se metía en política, estaba inquieto.

Había servido en la Primera Guerra Mundial y a menudo lo oía refunfuñar por lo bajo que no entendía cómo alguien quería repetir semejante majadería.

La cuestión es que esa noche el insomnio hizo acto de presencia; dormir no ha sido nunca uno de mis pasatiempos favoritos y no tenía ningún sentido quedarme en una cama que no iba a disfrutar, así que me fui a la cocina.

Preparar pastas para el té siempre me ha relajado, ya lo sabes.

Maisie y la cocinera se llevaban las manos a la cabeza cuando me pillaban horneando, por eso solía hacerlo de noche, así no me regañaban.

Ser condesa tiene sus desventajas y es que, aunque parezca que gozas de total libertad de movimientos, no es más que una falacia: todo el mundo observa qué haces y qué dejas de hacer.

Aproveché para escabullirme en la cocina.

A esas horas no habría nadie por allí. Me recogí el pelo con un par de pasadores, me puse un delantal que tenía escondido en uno de los cajones y comencé a amasar la mezcla de harina, azúcar y huevo con bastante ansiedad, para descargar allí mis nervios.

Cuando terminé, abrí el horno, que había calentado previamente, y metí la bandeja con las pastas.

Me senté en uno de los taburetes y me quedé con la mirada fija en el fuego.

Noté que tenía las manos pegajosas, así que corrí al fregadero y comencé a frotarlas con el agua demasiado caliente.

Cogí un estropajo y seguí, a pesar de que hacía rato que ya no quedaba ni rastro de harina.

Estaba tan absorta en intentar limpiar mis impurezas que no escuché los pasos. Alguien cerró el grifo de un manotazo.

—Te estás quemando.

Me volví enfurruñada y me topé con la mirada inquisitiva de Lawrence. Intenté que mi rostro no reflejase el azoramiento que me provocaba que me hubiera descubierto en una de mis crisis. Tragué saliva y llevé mis manos escaldadas hasta mi falda, donde las sequé con disimulo.

—¿Qué haces aquí?

—No puedo dormir, así que iba a la biblioteca a por un libro. El olor del horno me ha llamado la atención, pensaba que alguien se lo había dejado encendido.

—Pues ya ves que no —repliqué. Era difícil decir cuál de los dos estaba más tenso—, puedes seguir con tu camino.

Él asintió y se marchó. Cuando desapareció de mi vista, mis hombros se hundieron.

Me senté en uno de los taburetes y me llevé las manos a la cara, desesperada por una situación que yo misma había provocado.

Pero era mejor así. Me lo repetía constantemente.

No podía permitirme tener un amante y, mucho menos, uno por el que sentía demasiadas cosas.

Me había costado años labrarme una reputación impecable; no tenía ninguna intención de que Arthur me repudiara ni que Lawrence viera su vida arruinada por mi culpa.

Cuando las pastas estuvieron listas, las dejé reposar sobre la encimera, pero no me quedé a probarlas.

Decidí regresar a mi habitación para dar unas cuantas infructuosas vueltas más en la cama.

Enfilaba el pasillo que daba a mi cuarto cuando de pronto vi una sombra.

Contuve la respiración. Debía de ser Lawrence que, fiel a su costumbre, había decidido pasearse por mi casa sin permiso de nadie.

Refunfuñé y estuve a punto de dejarlo en paz; sin embargo, me pudo el deseo de verlo una vez más y, quizá, seguir discutiendo por cualquier nimiedad, así que avancé por el corredor con el mayor sigilo del que fui capaz.

Su figura se dirigía hacia la biblioteca y avanzaba en la penumbra con una confianza digna de admirar, como si se conociese la casa como la palma de su mano.

Entré en la estancia con mucho cuidado de que no me viera, amparada por la oscuridad.

Me refugié tras uno de los sillones de damasco y asomé la cabeza para tratar de discernir lo que hacía, aunque los rayos plateados de la luna no estaban de mi parte esa noche; apenas fui capaz de verlo acercarse a la chimenea.

Tuve la sensación de que toqueteaba la repisa a tientas y entonces encendió un candil; uno como los que yo usaba para colarme en los pasadizos.

Siguió trasteando y abrí mucho los ojos cuando una de las paredes se deslizó hacia un lado para darle acceso a esa parte secreta de la casa de la que me creía única y exclusiva conocedora.

Debía haber deducido su existencia a raíz de mi infantil espionaje a través de los cuadros.

Mascullé entre dientes y aproveché para colarme tras él antes de que se cerrase la puerta secreta.

Esperé unos segundos para empezar a caminar hasta que el sonido de sus pasos se alejó lo suficiente.

El eco de las paredes era traicionero y, si no iba con cuidado, Lawrence me descubriría.

Cuando lo creí prudencial, comencé a moverme siguiendo el murmullo de su avance y la leve luz de su candil.

¿Adónde demonios estaba yendo? Según lo que me había dicho, se había convertido en un hombre honrado, un asesor que ayudaba a caballeros en apuros, como Arthur.

Atrás había dejado su reprobable vida de delincuente.

¿Qué sentido tenía que se inmiscuyera así en mi propiedad?

Continué avanzando hasta que sus pasos se detuvieron en seco.

Contuve el aliento, temiendo que me hubiera detectado.

No obstante, lo que escuché fue otra puerta que se abría, más pesada, como si fuese de piedra y le costara mostrar las entrañas de lo que escondía.

Fui hasta el final del corredor, en dirección al ruido, y asomé la cabeza.

Arqueé las cejas cuando me topé con una abertura nueva tras la que asomaban unas viejas escaleras de piedra que jamás había visto.

Al parecer, Lawrence había descubierto más secretos de Wetherby Hall de lo que había hecho yo en cinco años.

Dejé a un lado mi orgullo herido y me apresuré a escabullirme por el hueco, con cuidado de no resbalar por las angostas escaleras.

Tuve que detenerme con brusquedad en el último escalón, porque no iba a ninguna parte.

Al final de la escalera tan solo había una pequeña estancia y una especie de altar en el medio.

Él dejó el candil sobre esa extraña mesa y, por un instante, temí que fuera a ejecutar algún tipo de sacrificio ritual, pero enseguida se acercó a una caja que había a un lado.

La puso encima y movió sus dedos con maestría de prestidigitador hasta que la abrió.

Tocó algo que había en el interior y me puse de puntillas para tratar de discernir lo que manipulaba.

Escuché un ruido extraño, una especie de llanto ahogado, y entonces me di cuenta de que estaba llorando.

Me sobresalté, sin saber qué hacer. Era un momento demasiado íntimo y yo me encontraba allí espiándolo.