El libro de encargos #2
—Eso significa que ocurrió de verdad —reflexionó Carlota en voz baja, dando un sorbo de la bebida, y se estremeció; la mezcla del frío y del sabor ácido del limón le picó en la lengua.
Maxine sonrió un poco y probó la suya. Entrecerró los ojos, pero disimuló a tiempo—. No es un simple cuento popular.
Maxine la miró como si no comprendiera el curso de sus pensamientos y Carlota decidió que no haría ningún mal compartir lo que sabía.
—¿Conoces la leyenda de La hija del relojero ?
Maxine se llevó la mano a la barbilla, interesada en sus palabras.
—He oído hablar de ella, pero no la he leído; no es que haya muchas copias. El relato es un misterio en sí mismo. Trata de una muchacha que se enamora de un noble o algo así. ¿No?
Carlota asintió y le contó la historia con todo lujo de detalles, tratando de no olvidar nada. En esos momentos era Maxine quien la observaba atenta mientras daba cuenta de su bebida sin apenas percatarse.
—Entonces, ¿lo has leído? —preguntó asombrada.
Ella asintió y se relajó cuando Maxine no indagó acerca de sus fuentes. Prefería no hablarle de Alana por el momento.
—Así que Auguste Favre fue de carne y hueso —concluyó Maxine unos segundos más tarde—. Aunque haya encontrado su libro de encargos, me cuesta de creer.
—Ya. ¿Piensas que todo lo demás es cierto? Lo de Émilie y ese noble, el desenlace tan trágico…
Maxine se encogió de hombros.
—Es difícil distinguir la realidad de la fantasía en este caso.
Carlota volvió su atención hacia la copia del libro de encargos de Auguste Favre, tratando de discernir algún nombre más.
—¿Y no dice quién hizo el pedido? —le preguntó, incapaz de leer nada.
Maxine negó.
—Debía ponerlo aquí —puso el dedo índice en una línea borrosa—, pero las polillas de los libros decidieron darse un festín con el nombre de ese noble y se comieron parte de la página.
—Qué oportunas.
Julián pasó cerca de su mesa con una bandeja cargada de platos combinados y Carlota se dio cuenta de que la terraza empezaba a llenarse.
Se escuchaba el murmullo de otras voces, sillas moviéndose y el tintinear de los cubiertos.
La gente estaba llegando para comer y ocupaba las mesas libres a su alrededor.
Volvió a mirar a Maxine. Parecía tranquila, el bullicio no le afectaba en lo más mínimo; quizá ni siquiera se había dado cuenta, tan enfrascada como ella en la historia.
—El restaurante se está llenando —apuntó Carlota.
Maxine ladeó la cabeza y observó el movimiento en torno a ellas; luego volvió a mirarla.
—Sí. —Hizo una breve pausa—. ¿Te apetece que comamos juntas?
Fue una pregunta sin más y tuvo la sensación de que su respuesta, fuera cual fuera, le parecería bien. Aun así, Carlota sintió una tensión inesperada en el pecho. ¿Qué le estaba pasando? Se obligó a encogerse de hombros, fingiendo que no tenía importancia.
—Sí, claro.
Maxine hizo un suave movimiento en dirección al camarero para que se acercara. Era una de esas personas que medía sus gestos, como si no quisiera romper nada en su paso por el mundo.
—¿Qué te apetece? —preguntó Maxine, volviendo a ella.
Carlota dudó un segundo.
—No lo sé. —A pesar de la cantidad de veces que había estado en La Carabela Azul con Mina, era incapaz de recordar nada de la carta—. ¿Algo ligero?
—¿Quieres que compartamos algunos platos? —propuso Maxine—. Así aprovecho que estoy aquí y pruebo varias cosas. Dicen que la cocina española es de las mejores.
—Vale, claro.
Mientras Maxine hablaba con el camarero, esforzándose por practicar el idioma, Carlota se permitió observarla sin que se diera cuenta: su forma de escuchar lo que Julián le decía, cómo asentía con una sonrisa tan suave como el oleaje que había tras ella.
No parecía tener ninguna necesidad de impresionar a nadie, pero lo hacía sin querer.
Cuando el camarero se fue, Maxine volvió a apoyarse en la silla, relajada.
—¿Te gusta vivir en Málaga? —preguntó de pronto.
Carlota alzó una ceja, casi divertida por su repentina curiosidad. Una muy similar a la suya.
—¿Eso nos va a ayudar a encontrar Le Nocturne Astronomique? —No le apetecía mucho hablar de sí misma y que se diera cuenta de que el único valor que tenía era el de haber nacido en una familia noble.
Maxine sonrió y ella comenzó a juguetear con los cubiertos.
—No, pero llevamos veinte minutos hablando de él.
—Y algo me dice que podríamos seguir charlando de ese reloj eternamente —replicó Carlota.
—Podríamos —concedió Maxine—. Pero no creo que se nos vaya a escapar por invertir un poco de tiempo en conocernos mejor.
Carlota paró de trastear con el tenedor y pasó a doblar la punta de la servilleta.
Julián trajo unas cuantas tapas y las dejó en el centro de la mesa.
Lo cierto es que compartir comida se le antojaba un acto bastante íntimo para dos desconocidas; sin embargo, se animó a probar un calamar a la andaluza para romper el hielo.
—Sí, me gusta Málaga —afirmó, llevándose un primer bocado a la boca—. Me relaja dar paseos al atardecer por la playa; me ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. Pero mi favorito, sin duda, es el sol, que siempre sale, aunque estés pasando por un mal momento.
Maxine tuvo el buen gusto de no preguntarle por esos malos momentos. Miró hacia el paisaje, como si quisiera imaginarse a sí misma pisando la arena dorada.
—Podría quedarme aquí horas mirando el mar —confesó.
—¿Y no te cansarías? —preguntó Carlota.
Maxine pinchó un calamar y lo degustó con delicadeza, mientras devolvía su atención hacia ella. El color miel de sus ojos reflejaba el sol que las iluminaba.
—No. El mar nunca es el mismo. Un día es suave, amable; otro, feroz, revuelto, sin sentido. Incluso cambia de color según la estación, el viento o las olas. ¿Cómo iba a cansarme?
Nadie a su alrededor hacía reflexiones tan profundas, a excepción de Alana. Su bisabuela era la única que entendía y compartía su vena filosófica, y se emocionó al comprobar que existía alguien más en el mundo con sus mismas inquietudes.
—¿Y tú qué haces cuando no estás buscando relojes legendarios? —quiso saber, incapaz de contener más la curiosidad.
—Soy historiadora. —Carlota torció la cabeza, interesada. Le pegaba bastante. Podía imaginarla con la cabeza enterrada entre viejos archivos—. Estoy especializada en relojes antiguos.
Ella no pudo evitar una carcajada.
—¿De verdad? Me siento abrumada ante tanto conocimiento —replicó—. Lo cierto es que lo único que sé sobre relojes me lo ha tenido que contar una amiga.
Maxine se echó a reír y luego la miró con interés.
—¿Y tú?
Carlota tragó saliva. Ella no necesitaba trabajar y la mayor parte de su día consistía en gestionar las propiedades de su aristocrática familia. Aunque también estaba lo de su inmobiliaria de lujo, claro.
—Tengo una inmobiliaria.
—¿Puedo hacerte una pregunta nada discreta? —Ella se puso más nerviosa todavía, pero asintió—. No he podido dejar de notar que te apellidas Ravenshire, al menos a juzgar por tu correo electrónico. ¿Eres la condesa de Ravenshire?
Se puso roja.
—¡No!
Maxine se echó a reír, nerviosa, y dio un sorbo de la copa de vino blanco que había pedido, como para tragarse la vergüenza.
—La condesa es mi bisabuela y, en realidad, Ravenshire es solo el título. Mi apellido es Montrose. —No es que hubiera muchos Ravenshire en Málaga y no tenía sentido mentirle.
Maxine estuvo a punto de escupir el líquido ante la confirmación. Eso la divirtió. Detestaba que la gente supiera de su linaje y ella había sido demasiado lista; lo había averiguado enseguida.
—Nunca he hablado con alguien de la nobleza —confesó.
—Soy una persona normal y corriente —replicó, encogiéndose de hombros.
—No tienes nada de corriente, Carlota.
Fue la seguridad con la que lo dijo lo que la dejó sin aliento.
Después de eso, la conversación se volvió muy fácil entre ellas.
Parecían dos amigas que se reencuentran después de mucho tiempo y desean contarse sus vidas.
Maxine hablaba sin prisa, saltando de un tema a otro con naturalidad.
En algún momento empezó a contarle cosas sobre Suiza —no las típicas postales de montañas y lagos, sino detalles más pequeños, más curiosos—: historias de pueblos donde el tiempo parecía detenerse; de archivos olvidados en regiones como Neuchâtel; y de cómo, durante la guerra, aquel país neutral había sido, en realidad, un hervidero silencioso de espías, mensajes cifrados y lealtades ambiguas.
—La neutralidad no es tan limpia como la gente cree —comentó—. A veces solo significa que todos pasan por tu casa y tú decides a quién dejas entrar y a quién no.
Carlota la escuchaba casi sin interrumpir, apoyada ligeramente hacia delante.
De vez en cuando, debía recordarse a sí misma comer un poco para disimular.
Había algo cautivador en su forma de explicar las cosas que hacía que todo sonara más cercano, como si aquellas historias fueran fragmentos de su propia vida.
Le sorprendió darse cuenta de que estaba fascinada.
Cuando se despidieron, Maxine no le tendió la mano. Se acercó un poco y la miró con ese deje tímido que le aparecía a veces.
—En España dais dos besos para despediros, ¿no es cierto?
Carlota se sorprendió con una risa nerviosa.
—Sí. Así.
Puso una mano en el hombro de Maxine y colocó su mejilla contra la de ella. Lanzó un beso al aire y luego hizo lo mismo al otro lado. Volvió a notar el suave aroma de su colonia, algo desdibujado por el olor del mar.
—Nos vemos pronto —le dijo Maxine cuando se separaron—. Seguiré investigando, y si tú descubres algo…
Carlota asintió y trató de no sentirse culpable por haber omitido lo que sabía acerca del señor Blackmore.
—Por supuesto. Estaremos en contacto.
Carlota tan solo tardó unos días en ir a ver a Alana, deseosa de saber más sobre la historia.
Quizá así podría encontrar Le Nocturne Astronomique.
En esa ocasión, su bisabuela la esperaba en el salón rosado, su favorito, y se había acomodado en una de las butacas de damasco de color fucsia.
Frente a ella había un par de tazas de té humeante y unas cuantas pastas que Alana horneaba en ocasiones especiales.
Llevaba tiempo sin prepararlas. Carlota miró hacia el pequeño festín con una sonrisa.
—¿Hoy tiramos la casa por la ventana?
—Te voy a entretener un buen rato —replicó—. Qué menos que mantenerte bien alimentada.