El libro de encargos
Carlota no podía quitarse de la cabeza la historia que le estaba contando Alana.
Mientras conducía, seguía dándole vueltas al asunto.
Al parecer, Lawrence Blackmore había tenido un peso importante en la vida de su bisabuela y, según lo que Maxine le había contado, había sido uno de los propietarios de Le Nocturne Astronomique.
¿Había conocido él su paradero? ¿Sabía su bisabuela que él lo había tenido en algún momento de su vida?
Lo peor era que no tenía nada que decirle a Maxine porque cada vez que había tratado de averiguar algo sobre el señor Blackmore, Alana la frenaba y le decía que primero escuchara bien su historia para sacar sus propias conclusiones, que no debían precipitarse. ¿Qué diablos significaba eso?
Llegó a su casa con el ánimo un tanto abatido. Habían pasado horas desde que le escribiera Maxine y ella seguía sin saber qué contestar. ¿Debía confesarle que Alana conocía al señor Blackmore pero que no tenía más información? ¿O era mejor mantenerlo en secreto por el momento?
Se sentó en el sofá y se puso el portátil sobre el regazo.
Abrió la aplicación de correo electrónico y paseó el ratón una y otra vez sobre el mensaje de Maxine, hasta que se decidió a contestarle.
Siempre era mejor mentir por escrito. No se le daba demasiado bien y temía que ella pudiera leerlo en su expresión si la tenía delante.
para: [email protected]
Estimada Maxine,
¡Qué buenas noticias! Por supuesto, podemos quedar de nuevo en La Carabela Azul si no tienes inconveniente. ¿Te iría bien el día 22 de enero sobre las doce del mediodía?
Me temo que, por mi parte, no he podido encontrar información sobre ese misterioso señor Blackmore. Al parecer, no hay nada sobre él ni en internet ni en los archivos que he consultado.
Un cordial saludo,
Carlota
Había dudado cómo cerrar el mensaje. «Un cordial saludo» sonaba demasiado formal, pero despedirse con «un abrazo» era demasiado amistoso. No tenían ese nivel de confianza y no deseaba abrazar a Maxine. Sus ojos dorados se aparecieron en su mente de repente y se puso nerviosa.
—Esto es culpa de Mina y de Alana… Me hacen desconfiar de todo el mundo —masculló para sí misma, y cerró la tapa del portátil de un golpe.
Maxine contestó al cabo de unas horas, cuando Carlota miraba Las tardes con Lucrecia en el sofá.
Era lo bueno —o lo malo— de trabajar desde casa en un negocio propio: que no tenía horarios y podía conectarse o desconectarse cuando creyera conveniente.
En cuanto escuchó la notificación se abalanzó sobre el teléfono y accedió a la aplicación del correo, con el pálpito de que tan solo podía ser Maxine.
Recorrió sus palabras con avidez, quizá no solo porque tuviera avances sobre su búsqueda de Le Nocturne Astronomique , sino porque le había despertado cierto interés.
Siempre había querido descubrir los secretos de la gente que parecía tan misteriosa y perfecta como aquella mujer.
La verdad es que había repasado mentalmente su cita anterior unas cuantas veces, en busca de indicios que pudieran aportarle información sobre su vida: no llevaba anillo de casada y no había consultado el móvil en todo el tiempo que habían compartido; era educada y, casi con total seguridad, no se trataba de una de esas estresadas —y estresantes— mujeres de negocios que no escuchaban nada de lo que se les decía.
Por el aspecto de la ropa que llevaba, sencilla pero con un ajuste y una calidad excelentes, podía decir, sin temor a equivocarse, que era cara; muy cara.
Cuando se descubría divagando sobre otros aspectos insignificantes de Maxine con tal de encontrar algo oculto en ella, se amonestaba: era una simple socia, y todavía ni eso.
Lo único que tenían en común era el deseo de encontrar ese reloj.
Pensar en cualquier otra cosa era un sinsentido para intentar adelantarse a unos acontecimientos que tal vez ni siquiera ocurrirían.
para: [email protected]
Estimada Carlota,
Te espero en La Carabela Azul el día 22 a las doce.
Un abrazo,
Max.
Un abrazo. Se echó a reír por lo infantil de su observación.
Puede que hubiera escrito esas dos palabras, pero no es que fueran amigas cercanas.
Quizá Mina tenía razón y debía volver a instalarse Tinder.
«Estás demasiado aburrida», se dijo, pensando en el patetismo de buscar en esos detalles un poco de la atención que ya nadie le daba.
Suspiró y volvió a sumirse en Las tardes con Lucrecia.
Había removido medio armario. Si ya le había costado decidirse cuando no sabía que Maxine era una diva, en esa ocasión la indecisión fue peor: se probó cinco vestidos, tres tejanos y un traje chaqueta con el que se sintió una señora mayor.
No quería ser menos que ella. Resopló y, al final, se puso unos pantalones negros con un jersey de cuello alto de color azul eléctrico que, aunque no era nada del otro mundo, resaltaba el tono azabache de su cabello.
Se sintió un poco más segura, pero no terminó de dar con un maquillaje que la convenciera y terminó lavándose la cara, frustrada.
Alana siempre le decía que lo más bonito que tenía eran sus ojos, de un tono azul tan oscuro que casi parecían negros.
Ella no terminaba de estar de acuerdo, los consideraba demasiado grandes y creía que se asemejaban a los de un sapo.
Llegó cinco minutos tarde porque se entretuvo poniéndose y quitándose un pintalabios de color carmín en el retrovisor del coche. Después, decidió que estaba mejor sin él. ¿Qué más le daba lo que pensara esa mujer?
El letrero de La Carabela Azul tenía la pintura desgastada por la sal, pero era parte de su encanto.
Más allá, el mar se abría limpio y brillante bajo el sol de invierno.
Carlota trató de calmar su respiración y entró en el local; sin embargo, no buscó a Maxine en el interior.
Imaginó que estaría en la terraza y no podía culparla: el enero en Málaga tenía esa luz engañosa que hacía olvidar el frío por un instante, aunque el aire, si te descuidabas, aún mordía.
No se encontraba sentada, sino de pie, apoyada en la barandilla que daba al mar, como si quisiera estar más cerca del agua.
Carlota carraspeó para delatar su presencia y ella se volvió.
Se acercó y la saludó con un amistoso apretón de manos.
En esa ocasión, Maxine venía más preparada y, en vez de una gabardina, llevaba un abrigo elegante sobre la camisa.
A Carlota no le costó reconocer la marca y se preguntó de nuevo a qué se dedicaría.
Puede que procediera también de una familia insultantemente rica como la suya, o quizá blanqueara capitales; era difícil de adivinar.
Se fijó en un maletín que llevaba al hombro en el que, sin duda, cabrían un portátil y unos cuantos fajos de billetes.
—¿Tienes frío? —preguntó Maxine—. Podemos entrar, si quieres.
Carlota negó, avergonzada por la deriva de sus pensamientos.
—Aquí se está muy bien. —Dejó el bolso en una de las sillas antes de sentarse.
El sol radiante le templaba los hombros y el rumor constante del mar amortiguaba ese nerviosismo que llevaba consigo desde hacía un par de días. Su compañera asintió y apartó una silla para sentarse frente a ella.
Maxine no se entretuvo en conversaciones banales y eso le dio un poco de rabia porque no podría sacar ninguna información interesante sobre ella; quería saber con quién estaba tratando.
—He estado revisando los archivos de La Chaux-de-Fonds, una ciudad del cantón de Neuchâtel —dijo Maxine, entrando en materia—. ¿La conoces?
—No —replicó, un poco avergonzada por su falta de cultura.
—Es considerada el corazón de la industria relojera suiza y la localidad natal de Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier.
—Agradeció la charla que Mina le había dado sobre relojes unos días atrás para seguir el discurso de Maxine sin parecer idiota—.
Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La cuestión es que no había tenido tiempo todavía de revisar los archivos del Musée International d'Horlogerie.
Lo cierto es que no esperaba encontrar gran cosa, pero…
Maxine se inclinó hacia delante, apoyando los brazos en la mesa, y Carlota se vio acercándose hacia ella como hipnotizada para escuchar sus hazañas.
Justo en ese momento apareció Julián y Carlota le pidió una limonada.
Su acompañante, quizá por cortesía o por no conocer otra palabra en español, quiso lo mismo.
Carlota sonrió para sus adentros; le provocaba ternura que estuviera intentando aprender el idioma. En cuanto el camarero se marchó con el pedido, volvieron a la conversación con rapidez.
—Encontré el nombre de Le Nocturne Astronomique en el libro de encargos de Auguste Favre, un legendario relojero —soltó Maxine.
Carlota abrió la boca. ¿Qué sabía ella de Favre?
¿Conocía el cuento que le había entregado Alana?
Maxine, ajena a su inquietud, se giró hacia el maletín que había dejado en la silla de al lado y sacó una carpeta.
Después, rebuscó en ella hasta dar con unos folios y se los tendió con una sonrisa tímida.
¿Era tímida? Carlota se centró y miró los papeles.
Se trataba de un par de fotocopias de un viejo libro manuscrito que, a juzgar por la caligrafía, podría haber sido el de un médico.
—No entiendo nada.
Maxine rio.
—Está en francés, aunque igualmente me ha llevado un tiempo descifrarlo —confesó, señalando la cuarta línea del documento. Carlota se fijó en lo cuidada que tenía la manicura—. Aquí. Le Nocturne Astronomique fue encargado en 1906 en la misma ciudad de La Chaux-de-Fonds.
Julián trajo un par de limonadas y las dejó frente a ellas, que le dieron las gracias con gesto ausente, demasiado enfrascadas en la conversación .