La medida del tiempo Un secreto, o dos
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Un secreto, o dos

—No vuelvas a decir eso. —Lawrence clavó su mirada en mí con la misma intensidad del acero que yo le había clavado a madame Beatrice.

—¿Qué…? ¿No lo entiendes? Yo…

Lawrence me cerró la boca con el dedo índice.

—Te he entendido perfectamente, pero no todo el mundo va a ser tan comprensivo, Alana. No le confíes este secreto a nadie más. ¿Lo sabe Arthur?

Negué, horrorizada ante la idea de que mi marido se enterase de la clase de mujer que era en realidad. Lawrence pareció aliviado y asintió.

—Debe seguir siendo así.

—Pareces muy tranquilo, pero lo que te acabo de decir… ¿Es que nada te altera?

Estaba incluso molesta por su pasividad, como si acabara de confesarle que me había roto una uña y no que era una asesina.

Tomó aire y luego suspiró.

—Ya lo sabía.

—¿Qué? —repetí. Ningún hombre ha logrado dejarme sin palabras del mismo modo en que lo hacía él.

—Tengo muchos contactos en los bajos fondos de Londres y, por supuesto, algo así no pasó inadvertido —me contó—. Madame Beatrice también era conocida en los círculos en los que yo me movía, así que me avisaron de su muerte y acudí a la escena del crimen. Enseguida reconocí el puñal.

Me cubrí la boca. Por supuesto, esa pequeña daga era suya, aunque yo no lo sabía cuando la había usado contra Beatrice. Me horroricé ante la idea de que pudieran haberlo incriminado por mi culpa.

—No llevaba mis iniciales —comentó, adivinando el curso de mis pensamientos—, pero sí que podrían haber sacado tus huellas dactilares, así que limpié el arma cuando todavía era de noche.

—La policía dijo que la lluvia…

Lawrence se rio por lo bajo.

—Fue una feliz coincidencia, pero ni siquiera una tormenta hubiera sido tan efectiva.

Abrí los ojos desmesuradamente al descubrir que incluso le debía mi libertad.

—Soy una asesina… —dije en voz alta por primera vez—, ¿por qué me cubriste?

—Te he dicho que no digas eso, alguien podría escucharte —me reprendió.

—¿Por qué me cubriste? —insistí.

—Esa mujer se lo merecía.

Él acercó la mano hacia mi mejilla y me secó unas lágrimas que ni siquiera sabía que estaban allí. Luego se inclinó hacia mí y me besó en la frente con mucho cuidado.

—No eres ninguna asesina —murmuró muy bajo—. Ya te lo dije, eres una superviviente.

Luego se apartó y me ayudó a tumbarme. Me costó relajarme, pero él se quedó a mi lado, acariciando mi pelo hasta que me dormí. Como aquella noche en Southampton.

A la mañana siguiente, el cielo amaneció despejado, como si la misma tormenta que me había encerrado en mis propios recuerdos se hubiera desvanecido.

Miré por la ventana, aliviada, y me di cuenta de que no me encontraba sola en mi habitación.

Lawrence se había quedado dormido a mi lado en la cama, medio sentado.

Tenía un brazo alrededor de mi cabeza y el tronco apoyado de malas maneras en el cabezal, tal vez hubiera temido tocarme; estaba segura de que, en cuanto se despertara, lo haría con un horrible dolor de espalda.

Me incorporé con cuidado y aproveché para observarlo.

Llevé la mano hasta su frente, donde el flequillo desmadejado cubría la cicatriz que le habían hecho por mi culpa.

¿Cuánto había intentado protegerme ese hombre desde las tinieblas de Londres?

Me percaté de que, relajado en los brazos de Morfeo, parecía mucho más joven.

La vida lo había obligado a crecer deprisa, pero no llegaba ni a los treinta.

Fue la primera vez que me di cuenta de que no solamente me sentía atraída por él, sino que en mi pecho se abría un sentimiento desconocido: uno que le daba calor a mi corazón pero que, al mismo tiempo, me aterraba.

No podía olvidar que yo era una mujer casada, una condesa con ciertas obligaciones morales.

Le debía demasiado a Arthur como para sumirme en una aventura con Lawrence.

Él, en cambio, no tenía cargas; era libre de hacer lo que quisiera.

Tampoco es que estuviera segura de lo que él deseaba, así que decidí que lo mejor sería mantener las distancias.

Me levanté de la cama y vi los rescoldos de la chimenea que él había encendido por mí.

Me acerqué al espejo y descubrí que tenía un aspecto horrible: llevaba varias capas de ropa sobre mi cuerpo y mi melena estaba enmarañada.

Observé mis ojeras, cómo mis labios se curvaban hacia abajo en una mueca de preocupación.

Me asemejaba más a una muerta viviente que a una condesa y parecía que mis ojos se estuvieran apagando ante una vida demasiado difícil.

De pronto, Lawrence se acercó por detrás y me sobresalté.

Te aseguro que gozaba de muy buen oído —no como ahora— y él siempre se las ingeniaba para que no lo descubriera.

Me puso las manos sobre los hombros, me retiró el cabello hacia un lado y dejó mi cuello al descubierto.

Me dio un suave beso y solté un suspiro entrecortado.

Podría haberme dejado llevar por lo que sentía; él tenía la facultad de hacerme olvidar que el mundo seguía girando, que yo no era más que un ser humano.

Apoyé mi espalda contra su pecho, cubrió mi vientre con una mano para atraerme hacia él y puso la otra en mi mandíbula; alzó mi rostro y se inclinó hasta que su boca se encontró con la mía.

Puede que fueran las brasas del fuego o, simplemente, un calor que salía de mi interior, pero no me importó.

—Sigues siendo hermosa —susurró contra mis labios—; siempre lo has sido.

Tragué saliva porque sabía que no se refería a mi aspecto. Fue su forma de decirme que no era una criminal.

Cerré los ojos y me rendí a su beso. Al principio fue suave, como si con su boca quisiera borrar todo el dolor, todo lo que habíamos sufrido.

Sin embargo, pronto perdimos el control.

Me di la vuelta y me abracé a su pecho, ancho y cálido.

Él se inclinó para tener mejor acceso a mi boca y puso las manos a ambos lados de mi rostro, quizá temía que fuese a escaparme.

Me aferré a las mangas de su jersey; yo también tenía miedo de que me abandonase.

Mis sentimientos eran un torbellino confuso por aquel entonces.

Me alzó en brazos y rodeé sus caderas con las piernas.

Aunque mis pantalones de esquí no me permitieron sentir demasiado, no me cabía duda de que él me deseaba tanto como yo a él.

Me apreté más contra su cuerpo. Lawrence puso las manos en mis muslos, en mis caderas, y solté un gemido de deseo contra su boca; él me llevó de nuevo a la cama y nos dejamos caer sobre el colchón sin mucha reverencia.

Notar su peso sobre mí me enloqueció. No sabía dónde poner mis manos, porque lo quería todo de él.

Lo despeiné, le rocé los labios con la lengua y enterré la cabeza en su cuello.

Su olor me hizo perder el poco sentido que me quedaba.

Colé mis dedos bajo su jersey y toqué la piel caliente de su abdomen; él aprovechó para quitarme el montón de ropa que llevaba: un par de mantas, una chaqueta de esquí, una blusa y, cuando me quedé con apenas una fina camisa de interior, se detuvo.

Como si de pronto hubiera recuperado la cordura.

—No soy como ellos —murmuró contra mi boca; tal vez creyó que había ido demasiado deprisa. Tragué saliva—. No quiero que te sientas obligada… Jamás le diría a nadie quién eres. Lo sabes, ¿no?

Se sentó sobre el colchón y se pasó la mano por el pelo, quizá aturdido por la deriva de sus propios pensamientos. Me quedé callada, sorprendida porque me dijera todo eso. Jamás me había sentido así antes. ¿Acaso no se daba cuenta del deseo que ardía en mi mirada?

—Confío en ti —le dije para tratar de apaciguarlo. Tomé su rostro entre mis manos y sus ojos me miraron atormentados. Le acaricié las mejillas con cuidado y lo besé con suavidad—, y no me siento obligada a nada.

Él suspiró, aliviado. No obstante, ese momento de pausa también me ayudó a calmarme. Me mordí el labio inferior.

—Deberíamos parar —logré decir, haciendo acopio de todo mi autocontrol—. Si Arthur se entera…

Él apretó las mandíbulas.

—Por supuesto, Arthur. —Fue la primera vez que detecté rabia en su voz al pronunciar su nombre.

—Lo siento, pero no puedo olvidar mi posición y tú tampoco deberías: eres su asesor. Sería un error para ambos.

Lawrence resopló, molesto; sabía que tenía razón. No dijo nada.

—Creo que en este punto ambos estamos de acuerdo en que lo mejor será reflotar el Hôtel du Léman y darle un nuevo propósito como refugio para personas en riesgo dentro de esta Europa convulsa —continué; cuando me pongo nerviosa, da la sensación de que sé muy bien lo que digo, pero te aseguro que no podía estar más confundida—.

Deberíamos regresar a Wetherby Hall y darle nuestro veredicto al conde.

Lo que ha ocurrido entre nosotros no debe repetirse.

Él se tomó unos segundos para contestar y me pareció que apretaba los nudillos contra la colcha de mi cama.

—Como desee, milady .

Se levantó y salió de mi habitación, llevándose consigo el último rastro de calor de la chimenea.