El pasado siempre vuelve #2
—Quería saber si la Alana a la que conocí seguía dentro de ti, en alguna parte —murmuró—. No estaba seguro de que fuera una buena idea revelarte la verdad. Temía que le contaras a Arthur mis orígenes humildes y no el portentoso hombre de negocios que cree que soy.
Suspiré y le dediqué una sonrisa desdeñosa.
—Entonces, ¿admites que todo es una farsa?
Se echó a reír.
—De eso nada. Puede que no haya estado en América, pero soy el mejor reflotando fortunas. ¿Cómo crees que he levantado la mía, en primer lugar?
Lo miré de arriba abajo y me costaba creer que lo tuviera delante.
Pensé en el viejo abrigo del adolescente que un día fue, que todavía guardaba en uno de los armarios de Wetherby Hall.
Arthur me había insistido en que me deshiciera de él en un montón de ocasiones, pero siempre le decía lo mismo: «tú tienes tus rarezas; y yo, las mías». Al final, dejó de pedírmelo.
—Cuando te acercaste a Arthur, ¿sabías que yo era su esposa?
Lawrence negó.
—No. Me quedé tan impactado como tú cuando entraste en el salón. Me miraste durante tanto tiempo que pensé que me habías reconocido. Al principio, creía que tu actitud distante se debía, precisamente, a que sabías quién era y me querías lejos de tu marido por mis orígenes.
—Unos orígenes tan humildes como los míos —repliqué.
—En efecto —admitió—. Pero, a medida que hablaba más contigo, me di cuenta de que desconocías quién era.
—De lo único que estaba segura era de que escondías algo.
—Tienes buen ojo.
Sonreí y volví a mirarlo. Ahora que sabía que era él, no podía dejar de hacerlo.
—Llevo años preguntándome qué habría sido de ti —le confesé—. ¿Qué pasó cuando te detuvieron?
Se encogió de hombros.
—Me llevaron a la cárcel, pero me soltaron al cabo de una semana y, para celebrar mi libertad, me dieron una paliza que no podré olvidar por mucho que quiera. —Se señaló la pequeña cicatriz de la frente y se la acaricié con cuidado.
—Lo siento.
Se encogió de hombros.
—Me han dado otras peores.
Recordé su torso lleno de cicatrices. Llevé la mano a su pecho y él contuvo la respiración, como si el contacto hubiera sido demasiado inesperado; puede que él también tuviera sus fantasmas, del mismo modo que yo tenía los míos.
—Como se me daba bien pasar desapercibido, me metí en una organización criminal que se dedicaba a robarle a los viajeros en el puerto de Londres y en la estación de Waterloo.
Las peleas eran mi día a día, incluso me dispararon en más de una ocasión.
No era el hombre que soy ahora, Alana. Era salvaje, un bruto.
A medida que pasaron los meses, me habían detenido tantas veces que la policía me conocía y, si no me metieron en prisión, fue porque no tenían pruebas contra mí. Por lo menos, era listo.
»Transcurrieron un par de años y estaba cansado.
Había visto morir a demasiados compañeros y amigos.
Me estaba planteando meterme en una de esas fábricas llenas de humo y miseria para tener un trabajo que no me matara de forma directa, cuando apareció el señor Black.
Me dijo que tenía un talento especial y supongo que le creí.
Él me enseñó todo lo que sé: a moverme como un caballero, a hablar como alguien importante, incluso economía y finanzas.
En el fondo, era un farsante, como lo soy yo. Pero era el mejor.
—¿Qué pasó con él?
—Lo detuvieron y lo colgaron por ladrón hace cuatro años.
—¿Y desde entonces has estado solo?
Lawrence asintió.
—Me he labrado una reputación. Falsa, quizá, pero ahora tengo un buen nombre y la mayoría de los caballeros de Londres me conocen.
Igual que tú, he logrado que se crean lo que ven y confíen en mí para sacar sus negocios adelante.
He salido de esa vida llena de estafas y me considero un hombre honrado.
Su camino parecía tortuoso, pero no había vendido su cuerpo. De pronto, me sentí sucia y me dio vergüenza contarle lo que había sufrido. Él no era un asesino y yo me había convertido en una con tal de escapar de madame Beatrice. Bajé la mirada.
—Cuando salí del cuartelillo tras colarnos en el tren, te busqué —susurró y puso una mano en mi barbilla para que volviera a mirarlo—. Fui a The Silver Swan a buscarte.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué? —Me entraron ganas de llorar. Ojalá me hubiera salvado de las garras de esa mujer antes de que me destrozara la vida.
—Me dijeron que no estabas allí —me explicó con el ceño fruncido—. Recorrí medio Londres con la esperanza de encontrarte: hospitales, posadas, pubs , incluso orfanatos. No apareciste. Convencido de que no te podías haber esfumado, volví a The Silver Swan.
Una lágrima, todavía fría, cayó por mi mejilla, y él la recogió.
—Te vi. —Me tembló el labio—. Llevabas puesto un vestido nuevo, verde, y estabas limpiando. Canturreabas, parecías feliz. Me dije que habías encontrado un lugar mejor de lo que yo podía ofrecerte, así que me marché.
»De vez en cuando, me acercaba y te espiaba por la ventana, solo para comprobar que seguías bien.
Te escuchaba reírte con tus amigas, por lo que me convencí de que no podía ser tan malo.
Una noche, cuando ya era mayor de edad, pregunté por ti a uno de los porteros.
Me dijeron que solamente eras la camarera y que, si quería estar con uno de los cisnes, una tal madame Beatrice me daría las tarifas.
—¿Sabías lo que era The Silver Swan? —murmuré.
Él asintió. Tragué saliva y quise colarme bajo los montones de mantas para esconder mi humillación.
—Iba a explicártelo justo cuando los revisores entraron en el tren… Por eso fui a buscarte, me resultaba impensable que tú… que…
Suspiré.
—No podías hacer nada —le dije—, tan solo eras un niño, como yo.
Él parecía contrariado.
—Me enteré de lo de la subasta —me confesó, y entonces sí me quise morir—.
Me presenté de nuevo en ese maldito sitio, pero los porteros no me dejaron entrar.
Me peleé con ellos y llamaron a la policía.
Tuve que salir corriendo. Lo único que pude hacer fue dejarte una nota que el señor Black me ayudó a escribir.
Te pedía que te reunieras conmigo. Pensaba ayudarte a escapar, por eso puse un arma en el alféizar de tu ventana.
No salía de mi asombro.
—¿Fuiste tú? —logré decir con un hilo de voz.
Lawrence había luchado por mí. Lo había intentado. Y yo había quemado sus palabras en la chimenea.
—No sabía leer.
Él cerró los ojos.
—Pensaba que se la enseñarías a alguien, que… No lo sé. Lo siento tanto, Alana.
Me cubrí la cara con las manos, incapaz de contener las lágrimas.
—Qué bochorno… —mascullé.
Lawrence me abrazó con cuidado, quizá temía que lo empujara, pero no lo hice. Dejé que me estrechara entre sus brazos.
—No tienes de qué avergonzarte —murmuró contra mi pelo—. A veces las cartas que nos tocan no son buenas y hay que saber jugarlas; y a ti te tocaron las peores.
—Esa mujer me obligó… Me obligó. —Continué llorando. Todo ese dolor necesitaba salir de mi cuerpo, como en un exorcismo—. Tanto tiempo… Y Astrid… Y Hannah…
¿Cómo había podido vivir con toda esa vergüenza dentro? Arthur y yo nunca hablábamos del tema, fingíamos que jamás había pasado. Sin embargo, Lawrence me sostuvo contra su pecho hasta que me calmé y escuchó mis lamentos con atención. Le importaba.
—Esa mujer se merecía lo que le pasó —gruñó sin soltarme—. Espero que esté ardiendo en el infierno.
—Fui yo… —confesé contra su pecho.
—¿Qué? —Lawrence se echó ligeramente hacia atrás para observarme mejor, como si dudara de lo que acababa de escuchar.
—Yo la maté.