La medida del tiempo El pasado siempre vuelve
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El pasado siempre vuelve

Aquellas semanas en el Hôtel du Léman me las arreglé bastante bien para que ni la señora Friedrich ni Blackmore se enterasen de mis episodios nocturnos.

Cerraba la puerta con llave para no salir sonámbula al pasillo, retiraba todo el mobiliario susceptible de caer al suelo —lámparas, candelabros, plumas— y me tapaba la boca con las mantas para aplacar los gritos cuando tenía pesadillas.

Incluso había puesto cojines en el cabezal de mi cama por si me daba por arañar o golpear las paredes en uno de mis arrebatos inconscientes.

Sin embargo, tras aquel apasionado intercambio en el despacho del refugio, cometí un gran error: olvidé echar la llave.

No fue con la intención de que Blackmore se escabullera en mis aposentos en plena madrugada, sino por puro descuido.

Tenía la cabeza en otra parte, en sus labios, en la forma en que me había abrazado y, por supuesto, en todo lo que me había hecho sentir.

Jamás había deseado a un hombre y estaba completamente descolocada.

A pesar de la gran cantidad de vueltas que di en la cama, conseguí dormirme alrededor de las tres de la mañana.

Estaba agotada y perdí la conciencia de todo cuanto me envolvía.

Cuando me sumí en el mundo onírico, empecé a escuchar un siseo en el oído, como si alguien me estuviera maldiciendo entre susurros.

Me levanté a trompicones y comencé a correr en una oscuridad tan absoluta que podría haber sido el mismo abismo.

Abría una puerta tras otra, pero no encontraba luz por ningún lado, parecía que la tierra se me hubiese tragado y no quisiera liberarme nunca más.

De pronto, un frío aún más agudo que el que llevaba sintiendo esos últimos días se apoderó de mí y comencé a notar agujas sobre mi piel.

Me estaba congelando, podía sentirlo en el fondo de mi alma.

Escuché más susurros. Era ella. Madame Beatrice me había alcanzado y estaba dispuesta a arrastrarme con ella al inframundo del que había salido.

—No, ¡no! —comencé a gritar, presa del pánico.

Corrí. Corrí más deprisa. Mis pies descalzos se hundían en una manta helada y sentía unas manos frías subiéndome por los tobillos. Tenía que ser ella. Miré hacia abajo y vi sus ojos del color del ámbar fundido. Me sonrió como un diablo.

—¡No! —chillé más fuerte.

Nadie me oía. Estaba sola.

—Por favor, por favor —le supliqué a esos dedos congelados que subían por mis piernas para hundirme en el hielo de la muerte.

Empecé a llorar, pero las lágrimas se escarcharon en mis mejillas, como si madame Beatrice las estuviera besando con su aliento.

Caí de rodillas cuando me fallaron las piernas bajo esas manos que querían arrastrarme al más allá.

El frío me subió por todo el cuerpo: las caderas, el vientre, el pecho.

—No. No… —Apenas tenía fuerzas ya para gritar.

Me abandoné a mi suerte, con la esperanza de que fuese una muerte rápida. Entonces escuché una voz muy lejos, alguien me llamaba desde el otro lado de la vida.

—Alana, ¡Alana! Por Dios.

Sentí un peso sobre los hombros que me hundió más en el hielo. Pero, de pronto, dejé de sentir tanto frío. Unas manos me agarraron del rostro, para obligarme a mirar. A ver. Tenía miedo de encontrarme con ella, así que cerré los ojos con fuerza.

—Alana. ¡Mírame! —Me percaté de que la voz que me llamaba era más grave.

No podía ser la de madame Beatrice. Entreabrí los ojos, pero estaba tan aterrada que apenas pude distinguir el rostro de la figura que se hallaba frente a mí.

—Mírame… —repitió muy cerca de mi cara.

Me obligué a hacer lo que me pedía. Alcé la mirada y me topé con unos ojos del mismo azul que la noche que me envolvía.

—Blackmore —logré articular sin comprender cómo se había colado en mis pesadillas.

—Estás helada —dijo—. ¿Cómo has salido así?

Me alzó en brazos antes de que yo comprendiera nada.

Me costaba volver de esa pesadilla al mundo real.

Cuando me levantó del suelo, me di cuenta de que mis pies descalzos habían estado hundiéndose en la nieve y que el frío que había sentido no era más que la tormenta de nieve que seguía asolando Rochers de Naye.

El peso sobre mis hombros había sido el de su abrigo, que en esos momentos cubría mi triste camisón y mis piernas desnudas. ¿Cuándo había salido a la calle?

Blackmore se apresuró a volver al interior del hotel y, conmigo todavía en brazos, subió las escaleras como si lo estuviera persiguiendo alguien con un arma. Me dejó en la cama y me miró unos instantes, estudiando la situación.

—Voy a quitarte la ropa.

Yo estaba temblando y me costaba coordinar mis pensamientos.

Por suerte, él sabía qué hacer. Agarró el camisón por la parte de abajo y me lo quitó de un rápido movimiento.

Tuvo la delicadeza de apartar la mirada y cubrirme con una toalla enseguida.

Me frotó la piel con ella, en un intento de hacerme entrar en calor, pero me costaba seguir consciente.

Ese sueño quería arrastrarme de nuevo a mi infierno de hielo.

—Mírame —me repitió, tomando mi cara entre sus manos para que fijase la vista en él—. No te duermas. Quédate conmigo, ¿puedes hacer eso?

Asentí muy lento. Él se mostró satisfecho con mi respuesta y procedió a taparme con todas las mantas que encontró a su paso.

Las puso sobre mí una tras otra, pero nada parecía suficiente.

No sé cuánto tiempo estuve en la calle a temperaturas bajo cero y en mitad de esa tempestad, pero lo que sí sé es que tenía una hipotermia severa y que, de no haber sido por él, no lo habría contado.

—Joder, Alana. ¿Qué diablos hacías ahí? —espetó Blackmore, perdiendo cualquier atisbo de refinamiento.

Seguía moviéndose a mi alrededor, ahuecando cojines, poniendo más ropa sobre mi cuerpo, incluso unos pantalones de esquí.

Al ver que mi estado no mejoraba demasiado, soltó un gruñido de impotencia y desapareció.

Corrió a su habitación, frente a la mía, y no se molestó en cerrar ninguna puerta.

La señora Friedrich debía de haber tomado un poderoso somnífero, porque no me explico cómo mis gritos no la alertaron y cómo siguió durmiendo cuando Blackmore arrancó los maderos que cubrían su ventana con tres o cuatro movimientos bruscos que casi hicieron temblar las paredes del hotel.

—¿Qué… qué haces? —logré articular cuando la ventisca entró por su ventana y cruzó el pasillo.

Él cerró la puerta de una patada por toda respuesta con tal de mantener el frío a raya y corrió hacia la chimenea.

Metió los tablones en el hueco sin demasiados miramientos y les prendió fuego.

Era la única madera que nos quedaba. Fui a protestar, pero no tuve fuerzas y, cuando el calor de las llamas comenzó a llenar la estancia, cerré los ojos de puro alivio.

—No te duermas —me repitió, con un tono más suave.

Se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Cogió otra toalla seca y me la comenzó a pasar por el cabello con mucho cuidado, sin dejar de mirarme a los ojos.

—¿Por qué has salido? —quiso saber, más calmado al ver que respondía bien al calor.

Tragué saliva y bajé la mirada. Él me alzó la cara por la barbilla mientras colocaba la toalla alrededor de mi pelo.

—¿Qué ha pasado?

—Soy sonámbula —confesé.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué no cerraste la puerta?

—¡La cierro siempre! —me quejé, volviendo en mí—. Pero hoy… Tú…

—¿Querías que viniese a tu habitación esta noche? —preguntó alzando las cejas, sorprendido.

—¿Qué? ¡No! —Me di cuenta enseguida de mi brusquedad y seguí con más calma—. Quiero decir que después de lo que ha pasado entre nosotros… Bueno, me he despistado.

Blackmore negó con la cabeza y me sonrió.

—Yo también ando despistado.

Me acarició la mejilla y me perdí en sus ojos, que me miraban como si no existiese nada más en el mundo. Incluso en ese momento, llegué a pensar que tal vez seguía siendo un farsante. Pero, si lo era, debía ser el mejor. Empezaba a confiar en él.

—¿Por qué me ayudas?

Se quedó en silencio unos segundos.

—Es lo que hacemos los huérfanos, apoyarnos entre nosotros —susurró, muy cerca de mi rostro.

Me quedé tan blanca como la nieve que rodeaba el Hôtel du Léman.

No era la primera vez que alguien me daba esa respuesta; las mismas palabras exactas.

Me di cuenta entonces de que ya había visto esos ojos azules antes.

Comprendí que la familiaridad que sentía tenía un sentido, que mi obsesión con ese hombre no era tan simple como había pensado.

¿Era posible que…? Nunca me había dicho su nombre, lo había evitado activamente, incluso cuando se lo había preguntado.

Examiné su rostro con cuidado. Pasé una mano por su mejilla, donde la barba que un día había sido una leve sombra se había convertido en la de un hombre adulto.

Mis dedos viajaron hasta su nariz recta, pero con una ligera desviación en el tabique que no había tenido antes; debía habérsela roto hacía tiempo.

Dibujé con el índice una pequeña cicatriz en su frente, que tampoco había estado allí años atrás.

Acaricié su cabello, corto y pulido, que nada tenía que ver ya con la melena enmarañada de aquel adolescente.

Y, aun así, a pesar de las diferencias, de los cambios y de los tortuosos caminos de la vida, fui capaz de reconocerlo.

—¿Lawrence?

Él sonrió de lado y asintió tan levemente que, por un instante, pensé que lo estaba imaginando todo. ¿De verdad lo había tenido delante todo el tiempo? ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

—¿Tú lo sabías? —inquirí—. ¿Sabías quién era yo?

—Desde el principio.

—¿Y por qué no me dijiste nada? —le pregunté molesta porque me hubiera hecho sentir tanto desconcierto durante todo ese tiempo, ¡incluso me había hablado en español para confundirme!