La medida del tiempo Una pequeña obsesión #2
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Una pequeña obsesión #2

Me pasé buena parte de la mañana siguiente mirando por la ventana de mi habitación.

Los copos de nieve parecían reírse de mí cada vez que golpeaban con virulencia los cristales, anunciando que me dejarían sin leña durante unos días más.

No pude hacer otra cosa que abrocharme el abrigo de Blackmore y bajar al salón con la vergüenza de saber que había dormido muy a gusto con él puesto.

Fue como si me hubiera apoyado en su pecho cálido y me hubiese acunado hasta sumirme en unos sueños bastante indignos de reproducir.

Por eso me sobresalté cuando me lo encontré en el salón con el mismo jersey que llevaba la noche anterior.

Recordé que la ventana de su habitación estaba tapiada con un precario tablón e imaginé el frío que debía hacer allí; deduje que había dormido en el sofá por su cabello enmarañado y el montón de cojines que se apilaban en un rincón.

En cuanto me vio, se pasó la mano por el pelo y carraspeó.

Me gustaba cuando lo pillaba sin la máscara puesta.

— Milady —dijo a modo de saludo.

—¿Has dormido aquí? —me burlé.

—Te queda muy bien mi abrigo —contratacó.

—Te lo puedo devolver. —Me desabroché el primer botón, pero él puso una mano sobre la mía.

—No.

Clavó sus ojos en los míos y me quedé quieta, casi hipnotizada. Se me escapó un suspiro entrecortado.

—¡Buenos días!

La señora Friedrich apareció con unas gachas y di un brusco paso atrás, deshaciéndome de su agarre. Ambos la saludamos como si no estuviera pasando nada y me convencí de que, efectivamente, no ocurría nada.

Permanecí toda la mañana encerrada en el despacho, revisando las cuentas y los archivos que tanto Blackmore como yo habíamos repasado en innumerables ocasiones.

Lo cierto es que ya no teníamos nada más que hacer allí, pero las tormentas nos impedían regresar a Wetherby Hall con el veredicto sobre el Hôtel du Léman.

El aburrimiento comenzaba a ser horroroso y no podía entretenerme con la compañía de Blackmore porque me aterrorizaba lo que sentía cuando estábamos juntos.

En las infructuosas horas de esos días, pensé en él en más ocasiones de lo que era saludable e incluso me imaginaba cosas que jamás había querido hacer con ningún otro hombre.

La verdad es que, debido a mis circunstancias, siempre había visto las relaciones como un medio para llegar a un fin: dinero, clase, supervivencia.

Sin embargo, no dejaba de imaginarme cómo sería un beso suyo y había rememorado unas cuantas veces aquel escueto contacto en la biblioteca.

¿Cómo habría sido si yo no me hubiera retirado?

¿Dulce? ¿Impetuoso? Cuando la situación era superior a mí, me planteaba salir a revolcarme en la nieve para apagar aquel extraño fuego imposible de controlar, que me incendiaba por dentro.

Lo peor era llevar su dichoso abrigo puesto; se me hacía aún más difícil no imaginarme entre sus brazos.

Una tarde, hastiada de mis propios pensamientos, rebusqué algo útil en el despacho: una nueva novela, un informe, cualquier cosa que no hubiera leído todavía.

Así fue como encontré una radio en el fondo de uno de los cajones.

Casi salté de alegría. Podría escuchar el noticiero, cualquier programa, lo que fuese para apagar mi voz interior.

La enchufé y busqué un dial girando la rueda. No obstante, mis ilusiones se evaporaron pronto. Los presentadores eran suizos y retransmitían en francés, italiano o alemán; por suerte, entendía bien el francés porque Arthur se había empeñado en que asistiera a algunas clases intensivas.

Aun así, las noticias que escuché, lejos de tranquilizarme, me pusieron aún más nerviosa.

Los locutores hablaban de la creciente tensión entre Alemania y Polonia sobre Danzig, mencionaban una posible alianza entre Hitler y Mussolini y cómo esto obligaría a Francia y Gran Bretaña a prepararse.

Aunque Suiza era neutral, el presentador resaltó la necesidad de asegurar las fronteras.

Me llevé la mano al pecho con un mal presentimiento.

¿Significaba todo aquello que íbamos de cabeza a una guerra?

Ojalá hubiera sabido cómo aquello nos cambiaría la vida.

Pero lo creí lejano, tan solo una posibilidad.

Pensé que los medios amarillistas siempre se empeñaban en ponerse en lo peor.

Cambié de emisora y di con una cadena musical.

Eran canciones bastante tranquilas y logré apaciguar mis ánimos.

Así pasé el resto de la tarde. Cuando llegó la hora de cenar, decidí seguir allí encerrada porque era un lugar pequeño y algo más cálido que el salón.

La verdad era que no me apetecía encontrarme con Blackmore: necesitaba distancia para extinguir la llama de un deseo que me consumía.

La señora Friedrich, muy solícita, me trajo un potaje caliente al despacho y se lo agradecí.

Cené en silencio y aproveché que estaba sola para leer una novela romántica.

Detestaba la idea de que Blackmore me viera y se burlara de mí y de mis absurdas ilusiones.

La vida me había demostrado que lo que predominaba eran el odio y el egoísmo, así que me costaba creer en el amor.

Aun así, una pequeña parte de mí fantaseaba con que algún día alguien me mirase como el señor Darcy a Elizabeth.

Me dieron las tantas de la noche, pero no tenía nada de sueño con ese frío. Me puse la radio un rato para acompañar mi lectura y noté que de vez en cuando sonreía con el tira y afloja de los protagonistas.

Alguien llamó a la puerta y creí que era la señora Friedrich que venía a pedirme que bajase el volumen. Aunque la había puesto al mínimo para no molestar, quizá se escuchaba a través de las paredes.

Por supuesto, no era ella.

Blackmore me miró primero a mí y luego por encima de mi hombro, hacia la mesa.

—¿Eso es una radio?

Tuve que hacerme a un lado porque si no me habría arrollado. Se fue directo hacia el aparato y lo examinó con interés.

—¿Dónde la has encontrado?

—En un cajón. —Carraspeé, incómoda por estar a solas en un sitio tan pequeño en mitad de la noche—. ¿Quieres algo?

—Tengo frío —me confesó.

Las temperaturas habían seguido bajando. Asentí y me dispuse a devolverle el abrigo; sin embargo, él se acercó y me detuvo. Aunque debería haber estado helado, su mano estaba bastante más caliente que la mía y me provocó un estremecimiento.

—Se me ocurren otras formas de entrar en calor —susurró.

—¡Señor Blackmore! —Se me pusieron coloradas hasta las orejas.

Él soltó una carcajada.

—Me refería a bailar, milady . Siempre piensas mal de mí.

Era un provocador. Me mordí el labio.

—Sabes que no me gusta bailar.

—Eso es porque no lo has probado conmigo.

—Ya te concedí un baile.

—Uno bastante insustancial. —Continuó acercándose y puso una mano donde supuso que debía estar mi cintura porque, bajo tantas capas de ropa, era difícil adivinarlo—. Pero ahora que no nos ve nadie…

Tragué saliva cuando se acercó más a mí.

De pronto, se alejó y me dejó con el aliento contenido; era su forma de hacerme sufrir y creo que la disfrutaba.

Se inclinó sobre la radio y fue cambiando los diales hasta que dio con Moonlight Serenade .

Volvió hacia mí y puso la otra mano en mi cintura. Yo no me atrevía a tocarlo.

—Se supone que tienes que poner los brazos alrededor de mi cuello.

—No.

—¿Quieres que me vaya?

Me lo pensé bastante. Bajé la mirada, avergonzada de mis propios sentimientos.

—No.

Él me dedicó una sonrisa de lado y torció la cabeza, divertido.

Antes de que pudiera meterse más conmigo, alcé las manos hacia su cuello y lo rodeé con cuidado.

Blackmore empezó a moverse muy lento para que no me perdiera.

Yo ni siquiera sabía lo que hacía, pero mi cuerpo se acercó al suyo y me deslicé al ritmo del mismo compás, tal vez en una irremediable búsqueda de calor. Puede que por puro deseo.

Me agarró una de las manos que tenía cerca de su nuca y me la puso contra su pecho sin soltarme; quizá solo quería calentar mis dedos helados.

Elevé la mirada hasta la suya y me pregunté si escucharía los latidos desbocados de mi corazón.

A través de su jersey, yo podía sentir los suyos.

Agachó ligeramente la cabeza hacia mi cuello y la dejó allí; nuestras mejillas casi se rozaban mientras nos movíamos al son de esa lenta melodía.

Cerré los ojos y me dejé llevar, porque lo que sentía era demasiado fuerte como para fingir indiferencia.

Acercó más su mejilla, hasta tocar la mía; sentí su aliento cálido contra la curva de mi cuello.

Se me erizó la piel y giré el rostro hacia él, incapaz de contenerme.

Se me escapó un suspiro entrecortado cuando se movió hacia mi boca.

—¿Quieres que pare? —susurró contra mis labios.

Debería haberme apartado, pero no pude resistirme más.

—No.

Le llevó un instante terminar de decidirse; él también estaba intentando medir sus actos.

Desde luego, su forma de acercarse no tenía nada que ver con la brusquedad de aquel día en la biblioteca.

Me puse más nerviosa al recordarlo. Me lamí los labios de forma inconsciente y entonces fue él quien respiró agitado.

—Alana… —La mano que había estado sosteniendo la mía viajó hasta mi mejilla.

Me besó antes de que yo pudiera recordar que no conocía su verdadero nombre, que no confiaba en sus intenciones.

En cualquier caso, se me olvidó todo en cuanto sus labios tocaron los míos.

Fue apenas un roce suave, dubitativo, como si temiera hacerme daño.

Yo entreabrí la boca para darle acceso y entonces dejó de contenerse.

Llevó la mano hasta mi nuca y me atrajo hacia él con fuerza.

Yo gemí contra sus labios cuando sentí su lengua en mi boca.

Él soltó un gruñido y me agarró por la cintura para conducirme hasta el escritorio.

Me alzó sin demasiado esfuerzo y me sentó sobre la pila de documentos.

Continuó besándome y yo perdí el control de mis actos.

Pasé las manos por su pecho, por sus hombros, y las llevé hasta su cabello, tan oscuro como la atracción que sentía por él.

Enredé los dedos en su pelo y lo atraje más hacia mí; el escaso espacio que nos separaba me resultaba insoportable.

Se apretó contra mi cuerpo y me desató su abrigo sin apartar la boca de la mía.

Escuché cómo la pesada tela caía sobre la mesa con un ruido seco.

Blackmore bajó sus labios por mi rostro en dirección a mis clavículas y enterró la cabeza en mi cuello.

Abrí la boca para tomar un aire que comenzaba a faltarme mientras él besaba la piel sensible de esa zona.

Solté un jadeo y él se ocupó de contenerlo con la mano.

Tenía la respiración incluso más agitada que yo y, cuando me miró, sus ojos estaban inundados de un deseo tan abrasador como el mío.

De pronto se escucharon unos pasos en la escalera.

—La señora Friedrich… —me advirtió con la voz ronca.

Sus palabras me devolvieron a la realidad. Me pasé las manos por la cara, horrorizada por lo que había estado a punto de hacer.

—Dios mío, nos va a ver.

Él volvió a ponerme una mano contra la boca para que callase y miró en dirección a la puerta.

Casi pude escucharlo pensar. Los pasos de la gobernanta se acercaban.

Entonces, me agarró del brazo y me escondió bajo el escritorio.

Se puso un dedo sobre los labios, hinchados por mis besos, para que guardase silencio.

Él se sentó en la butaca como si nada, mientras yo permanecía bajo la mesa tal y como me había indicado.

Cerré los ojos con fuerza un segundo, tal vez así pudiese volverme invisible.

Se escucharon tres golpes suaves en la puerta y luego la señora Friedrich asomó la cabeza. A través de una rendija vi que se llevaba una mano al pecho, era evidente que había bajado en tensión desde sus aposentos.

—Es usted, señor Blackmore —dijo con un suspiro de alivio—. He oído ruidos y me he asustado.

Él soltó una carcajada despreocupada. Me fascinó su sangre fría y sus grandes dotes de actuación, que incluso superaban las mías.

—¿Cree que algún ladrón se aventuraría a venir con esta tormenta?

La mujer se rio ante su ocurrencia.

—Claro, no. Tiene razón. Es que me había parecido escuchar voces.

Blackmore alargó la mano hasta la radio y la apagó de un golpe.

—Debe de haber sido el locutor. Lamento haberla molestado. —Ella asintió y se arrebujó en el chal, el frío también debía resultarle insoportable—. Vuelva a la cama y no se preocupe.

La mujer se despidió con un leve gesto de cabeza y cerró la puerta.

No salí de debajo del escritorio hasta unos minutos después, temía que la señora Friedrich volviera sobre sus pasos. También me daba un poco de vergüenza mirar a Blackmore a la cara después de haber perdido el control de esa forma.

Él me tendió una mano y me ayudó a salir de mi escondite. Me recoloqué el cabello, a sabiendas de que estaba tan despeinada como él. Carraspeé y me pasé la mano por la ropa, que se me había arrugado en nuestro peligroso intercambio. Él me miró fijamente. Sabía que me estaba dejando decidir.

—Lo siento —me disculpé con la voz un tanto aguda—, no puedo… No puedo.

Blackmore no protestó, pero me pareció entrever un rastro de decepción en su mirada, como si me hubiera creído más temeraria. Más valiente. Salí corriendo del despacho, sin su abrigo y sin saber qué iba a hacer con el sentimiento que acababa de alojarse en mi pecho.