La medida del tiempo Una pequeña obsesión
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Una pequeña obsesión

Me obsesioné con esa leyenda y perdí la cuenta de las veces que la había leído.

Era como si mi intuición me estuviera avisando de que había algo importante entre sus palabras, pero no era capaz de encontrarlo; así que repetía el proceso una y otra vez.

Ojeaba sus pasajes junto al fuego del salón, en mi habitación, en la biblioteca.

Siempre a solas. Sentía una extraña intimidad con la historia de Émilie; supongo que me recordaba a la pobre Astrid, que había corrido una suerte similar por culpa del señor Strauss y de una sociedad que parecía empeñada en destruir a las mujeres.

Tal vez ese era el verdadero motivo por el que no soltaba el cuento: era una forma de reencontrarme con mi amiga muerta, de sentirme un poco más cerca de ella; menos sola.

Porque en esa época, Carlota, me sentía muy sola.

Aunque Arthur me había proporcionado todo tipo de riquezas, se había alejado de mí.

No había sido algo repentino; me daba la sensación de que había perdido su antiguo interés por enseñarme cosas.

Con el tiempo, he entendido que por aquel entonces yo ya me había cultivado tanto que lo incomodaba.

Ya no me hablaba como un maestro, sino que debía hacerlo como un igual, y eso, aunque ahora te parezca de lo más normal, no lo era en los años treinta.

Una mujer tenía que ser sumisa, recatada e inocente.

Y yo ya no era ninguna de esas tres cosas.

Mis circunstancias me habían hecho perder el miedo a vivir, incluso a morir, y ese es el mayor impulso que alguien puede tener.

Por supuesto, Arthur no estaba embelesado con mi evolución y, aunque se regodeaba de ser un hombre moderno, no lo era tanto como para divorciarse ni abandonarme.

Si te digo la verdad, creo que él seguía enamorado de la muchacha que un día había sido, y quizá tenía la esperanza de que volviera a ser ella en algún momento.

Me encontraba en la sala de estar del Hôtel du Léman una vez más, tan enfrascada en mi lectura que apenas me di cuenta del frío que reinaba en el ambiente.

Miré por la ventana. De nuevo nos había rodeado una de esas aciagas tormentas de nieve que amenazaban con engullir el refugio cualquier día.

Resoplé. Echaba de menos dar paseos; ni siquiera había podido visitar el pueblo por culpa del mal tiempo.

Miré hacia la chimenea apagada. Me extrañó que la señora Friedrich hubiera dejado que se extinguiera el fuego.

Me levanté en busca de la mujer para comentárselo, porque la verdad es que yo no tenía ni idea de cómo encender una chimenea y, por supuesto, no iba a pedírselo al señor Blackmore, a quien evitaba deliberadamente.

Di con la señora Friedrich en la cocina, bastante concentrada en una sopa de pollo. Carraspeé para hacerle notar mi presencia. Alzó la cabeza de la olla y me miró algo sorprendida de verme por esos lares, a los que no solía acercarme.

—¿Ocurre algo, milady ?

Nunca me había gustado que me llamasen así, pero iba con el cargo y, tras años de entrenamiento, ya me había acostumbrado.

—No, solo quería saber si hay algún problema con el fuego —hablé sin querer sonar demasiado exigente. Aunque lo era con Maisie, era consciente de que la señora Friedrich estaba sola al frente de ese alojamiento que, aunque era pequeño, la mantenía ocupada todo el día—. ¿Puedo ayudarla en algo?

La señora Friedrich se puso roja, quizá de vergüenza.

—De eso nada, una condesa sirviendo… Habrase visto. No, no —se negó en rotundo, como la otra vez.

Iba a insistir cuando el señor Blackmore apareció tras de mí. No me volví hacia él, pero sentí el calor de su presencia a mi espalda y contuve la respiración. Pensé que si no lo miraba, no se me aceleraría el pulso.

—La chimenea está apagada —dijo, mucho más directo que yo—. ¿Quiere que la encienda por usted, señora Friedrich?

La pobre mujer se aturulló todavía más.

—Ah, eso… —murmuró, sin levantar la vista de la sopa—. Nos hemos quedado sin leña.

El señor Blackmore la miró como si no comprendiera cómo había podido ocurrir algo así.

—Si es una cuestión de dinero, puedo…

—No es eso, señor —se apresuró a aclarar, mortificada—. Me temo que los leñadores no están trabajando estos días por culpa de las tormentas. Hay metros de nieve y nadie se arriesga a salir. Si lo hubiera sabido, habría racionado su uso, pero no quería que pasasen frío y…

Detesto pasar frío. Creo que me viene de mi infancia, pero es algo que ha perdurado a lo largo de toda mi vida, así que, en ese momento, las palabras de la señora Friedrich me parecieron la peor de las noticias.

—He guardado la poca que quedaba para cocinar.

Puse cara de martirio, pero asentí aprobando su decisión. Me di media vuelta, dispuesta a marcharme a mi habitación en busca de ropa de abrigo. Me topé con el pecho del señor Blackmore, que no se había movido ni un ápice.

—Aparte —mascullé entre dientes, furiosa con una situación que escapaba a nuestro control.

Se hizo a un lado y subí las escaleras, embravecida. Me pondría un traje de esquí si era necesario.

Me pasé el resto del día tiritando por los rincones.

Descubrí que mi habitación era una de las más frías del establecimiento, algo que no había percibido gracias al exhaustivo trabajo de la señora Friedrich avivando fuegos.

Evidentemente las temperaturas no eran tan bajas como en el exterior, pero estaba segura de que, si abría la boca para respirar, saldría una nube de vaho.

Por la noche me fue imposible conciliar el sueño, así que bajé al salón con el cuento de La hija del relojero bajo el brazo.

Tenía la sensación de que ahí la temperatura era más agradable, quizá uno o dos grados superior.

Me senté frente a la chimenea apagada, bajo una manta, y me quedé con la vista fijada en ella, imaginando las lenguas de un fuego inexistente.

Me castañeteaban los dientes. Decidí zambullirme en una nueva lectura de esa extraña leyenda, como si Le Nocturne Astronomique me hubiera capturado bajo su embrujo.

—¿Tampoco puede dormir?

Me sobresalté y escondí el libro de inmediato bajo la manta. Me volví hacia la voz del señor Blackmore que había salido de la nada, como de costumbre.

—¿Siempre tiene que aparecer como un espectro?

—Me gusta observarla cuando piensa que no estoy; así no tiene ese odio en la mirada —soltó.

Se sentó junto a mí, pero en esa ocasión no me quejé. Era un hombre grande y pude notar de inmediato el calor que emanaba de su cuerpo. No llevaba más que un abrigo puesto, inmune a un frío que a mí me tenía devastada.

—No lo odio —aseguré, y me di cuenta por primera vez de que era cierto—, pero sé que está mintiendo.

—¿Y no le gustan los mentirosos?

Escondí mi sonrisa bajo la manta. Muy a mí pesar y, aunque entonces no quería reconocerlo, él me gustaba.

—No, si me engañan a mí.

Me dedicó una sonrisa críptica y alargó la mano hacia mi manta. Me tensé, pero lo único que hizo fue alcanzar el cuento, que ni siquiera sabía por qué había escondido.

—¿Leyendo Frankenstein otra vez? —preguntó mientras sacaba el pequeño cuaderno de debajo de mi precario escondite.

Sin embargo, cuando lo tuvo entre las manos, se le borró de inmediato la sonrisa sardónica de los labios. Se quedó mirando el título como si lo estuviera insultando y, al fin, alzó la vista hacia mí, descolocado. En sus ojos había un brillo extraño.

—¿Qué es esto? —Su voz sonó dura.

—Un cuento. —Se lo arrebaté de las manos.

—¿De dónde lo ha sacado?

—Estaba en el despacho, ¿por qué?

Me pareció que hacía un esfuerzo por calmarse. Miró a la chimenea apagada con fijeza y terminó encogiéndose de hombros.

—Por nada.

Me recorrió un escalofrío y me abracé el cuerpo. El ambiente helado me acariciaba los pies y las manos, y me envolvía como una manta gélida. Ni mi ropa de esquí servía. Apreté los labios.

El señor Blackmore se movió a mi lado y se quitó el abrigo. Me lo colocó sobre los hombros y él se quedó con un jersey que no tenía pinta de ser demasiado grueso.

—¿Qué hace?

—Evitar que se congele.

Lo miré a los ojos y cerré su enorme abrigo en torno a mi cuerpo. Fue como si me abrazase y me puse nerviosa al reconocer su olor. Por algún absurdo motivo recordé a aquel muchacho que había tenido ese mismo gesto bajo un puente de Southampton y volví a preguntarme qué habría sido de él.

—¿Y no le sería más cómodo que yo desapareciese del mapa? —espeté.

Él negó.

—Tendría que darle muchas explicaciones a Arthur.

Me sorprendió que lo llamara por su nombre de pila.

—¿Lo tutea?

—Hay cierta confianza.

—Puede tutearme a mí también.

—Me gusta llamarte milady .

Resoplé. Tenía la sensación de que él era incluso más testarudo que yo.

—¿Y tú? —solté, dejando a un lado los formalismos—. ¿Cómo te llamas?

—Blackmore.

—Eso es solo un apellido.

—Me encanta mi apellido.

Negué y le permití evadir la pregunta. Tal vez no quería que investigase sobre él. Sabía que toda esa historia de América no era más que una patraña, así que si me decía su nombre completo tenía más posibilidades de desenmascararlo, y él lo sabía.

—Gracias por la chaqueta, Blackmore.

—Puedes dormir con ella, quizá así te sientas acompañada…

Le di un fuerte codazo y me puse en pie para alejarme de él y de su maldito olor, aunque no le devolví el abrigo.

—Que pases una buena y gélida noche —concluí, tratando de no sonrojarme.

Subí las escaleras en dirección a mi habitación y tuve que contenerme para no pisar las escaleras con demasiada fuerza. No quería despertar a la señora Friedrich y que se hiciera ideas equivocadas sobre nosotros.