La clave
Carlota se despertó con dolor de cabeza.
Había leído el cuento hasta tres veces antes de quedarse dormida, con la esperanza de encontrar alguna pista entre sus líneas; lo único que había logrado era una extraña sensación en el pecho y esa migraña.
Se suponía que era una simple leyenda. Sin embargo, si Le Nocturne Astronomique existía, ¿significaba que Auguste y Émilie Favre también eran reales?
Se levantó de la cama y se dirigió a la cocina para prepararse uno de esos anodinos cafés de cápsula que, en realidad, sabían todos a lo mismo.
Cerró los ojos mientras esperaba a que la cafeína recorriese sus venas y la despertase, pero no fue inmediato ni la hizo sentir mejor: el dolor en la sien era persistente, así que se tomó un ibuprofeno y se lo tragó junto a un vaso de agua.
Se preparó un par de tostadas y se sentó a la mesa de la cocina, no sin antes alcanzar una tablet que tenía a un lado para consultar las noticias y los correos electrónicos de buena mañana.
Abrió el buzón y casi saltó de la silla al ver un correo de Maxine.
para: [email protected]
Estimada Carlota,
Tal y como quedamos, he consultado los archivos que me faltaba revisar y por fin he encontrado una pista que puede sernos de utilidad. ¿Te iría bien reunirte conmigo en un par de días? Viajaré de nuevo a España y así podré mostrarte mis avances. ¿Has descubierto algo sobre el señor Blackmore?
Quedo atenta.
Max.
Carlota se quedó mirando la pantalla. Tras mucho pensarlo, apagó la tablet .
No iba a contestarle en esos momentos, porque no tenía ni idea de qué decirle.
¿Sería demasiado arriesgado explicarle que su bisabuela había conocido al señor Blackmore?
¿Qué sabía en realidad sobre él? Alana tan solo estaba por la mitad de su historia, y no quería presionarla.
Tampoco deseaba revelarle a Maxine ninguna información antes de tiempo, porque podía poner muchas cosas en juego.
Se vistió, cogió el cuento de encima de la mesa y se subió al coche en dirección a la Torre de Ravenshire.
Alana se encontraba de nuevo en la biblioteca, escuchando música en un viejo gramófono.
Sonaba Moonlight Serenade, de Glenn Miller, una de sus favoritas.
No era una canción especialmente conocida en la actualidad, pero en los días melancólicos solía escucharla.
Carlota entró sigilosa y se la encontró mirando por la ventana, como si estuviera esperando a alguien que nunca llegaría.
Antes de que pudiera decidirse a interrumpir ese momento de calma, Alana se volvió hacia ella.
Siempre había tenido la facultad de detectar cuándo alguien la miraba por la espalda.
Sonrió con suavidad y le hizo un gesto con la mano.
—Apaga el gramófono, querida.
Carlota se apresuró a obedecer y se acercó a su bisabuela. Se fijó en que no llevaba sus sempiternos tacones con ella; tampoco se había quitado el camisón de seda ni la bata de estar por casa. Lucía algo desmejorada.
—¿No te encuentras bien, Lalune ?
—Es un simple dolor de cabeza —dijo, llevándose una mano a la frente—, son estos malditos cambios de tiempo; y los años, que no pasan en valde.
La entendía muy bien. A pesar del ibuprofeno, la presión en las sienes no se había marchado del todo.
—¿Quieres que te deje tranquila? Igual es mejor que descanses.
Alana arrugó la nariz.
—Ya tendré tiempo de descansar cuando me muera.
—¡ Lalune !
—Vamos, no te escandalices tanto y dime, ¿has leído el cuento?
Carlota bajó la vista hacia su propio pecho, contra el que apretaba La hija del relojero . Se sentó junto a la butaca de su bisabuela y asintió.
—¿Qué te ha parecido?
—Inquietante. ¿Crees que es cierto todo lo que se dice allí?
—Unas partes sí; otras, me temo que son pura fantasía…
—Lo he leído tres veces, y no soy capaz de encontrar ninguna pista sobre el paradero de Le Nocturne Astronomique.
—Efectivamente, no encontrarás nada allí —le concedió Alana con una sonrisa rendida.
—Entonces, ¿por qué me lo diste?
—Porque es relevante para lo que te voy a contar y porque, aunque yo no supe verlo, entre esas palabras estaba la clave de todo.
—¿Pero vamos a hablar de lo que pasó en el hotel alpino? —quiso saber Carlota, sin ocultar su emoción porque siguiera con esa parte de la historia.
—Por supuesto, también hablaremos de eso. No soy de dejar las cosas a medias.