La medida del tiempo El cuento
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El cuento

Alana se levantó de la butaca y se acercó a un secreter que se encontraba junto a la chimenea.

Abrió uno de los cajones con cierta reverencia y sacó un pequeño libro del tamaño de una cuartilla.

Se veía antiguo, amarillento y con motas marrones; era evidente que contaba con más de cien años.

Carlota estiró el cuello con la esperanza de distinguir algo, pero su bisabuela se tomó su tiempo.

Pasó su mano arrugada por encima de los papeles en una caricia. Suspiró y se acercó a ella.

—Toma.

Carlota aceptó el pequeño cuaderno y casi se le resbaló de la impresión.

La hija del relojero . Miró a su bisabuela con gesto interrogativo.

A pesar de que le estaba contando la historia de su vida, en ocasiones le daba la sensación de estar presenciando una película.

Pero ya dicen que la realidad a veces supera a la ficción, y ese cuento era la prueba de que lo que le estaba explicando tenía mucho de verdad.

—¿Existe?

—Claro que existe —replicó Alana un tanto ofendida—. Léelo y, cuando lo termines, seguiremos.

—Pero, ¿qué más pasó en el refugio alpino?

—Primero léelo.

Carlota no tuvo más remedio que aceptar sus condiciones. Se puso en pie dispuesta a marcharse, Alana se acercó a ella y le dio un breve beso en la mejilla, como si quisiera suavizar su dureza.

—Vuelve pronto.

Carlota asintió y la observó marcharse con una opresión en el pecho. Su bisabuela nunca necesitaba a nadie, y sus últimas palabras le habían sonado apremiantes; quizá eran imaginaciones suyas.

Carlota se preparó una ensalada y se dispuso a dar buena cuenta de ella mientras leía.

Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer bocado, llamaron al timbre de su apartamento.

Resopló y soltó el tenedor. Se levantó del sofá y corrió a abrir.

No recordaba haber pedido ningún paquete ni esperar ninguna carta, así que dedujo que se trataría de Mina.

Abrió sin demasiados preámbulos y se quedó congelada cuando se encontró con Yago en el recibidor.

Estaba tan guapo como siempre, incluso un poco más, con su cabello oscuro bien peinado y esos ojos castaños que un día lo habían sido todo para ella.

Tuvo la tentación de cerrarle la puerta en la cara y fingir que no estaba en casa.

Repasó mentalmente su indumentaria y agradeció estar vestida y arreglada; por lo menos, no pensaría que su ruptura seguía atormentándola cada noche.

—¿Puedo pasar?

Ella continuó mirándolo, incrédula, pero al final se retiró hacia un lado para dejarle entrar.

Carlota lo miró ahí plantado, en medio de un salón donde jamás lo habría imaginado.

Tras su separación, le había resultado imposible seguir viviendo en el ático que compartían o dormir en la cama que él había mancillado con otra, así que había preparado una maleta un tanto escueta y se había marchado.

Nunca había regresado a por sus cosas, y supuso que él las habría tirado a la basura, igual que sus seis años de relación.

No habían vuelto a hablar, ni siquiera para el divorcio, que habían gestionado a través de los abogados.

Carlota no le ofreció ni un vaso de agua. De hecho, no entendía a qué venía esa visita y pensó en echarlo en varias ocasiones.

—¿Qué quieres?

Yago suspiró y se frotó las manos.

—Voy a ser padre.

Carlota ladeó la cabeza, sorprendida. Habían hablado de eso muchas veces. Yago no quería tener hijos, y ella lo había respetado, a pesar de no tener claro en ese entonces lo que deseaba para sí misma.

—Haz lo que te dé la gana con tu vida —escupió ella—. ¿En serio vienes para contarme esto? ¿Quieres que te dé la enhorabuena?

Yago se pasó una mano por el pelo; era un tic nervioso que ella había adorado y que en esos momentos le pareció horrible. Le hubiera agarrado de su estúpido flequillo para echarlo de su casa. No pensaba darle más de dos minutos de su tiempo; ya le había hecho perder demasiados años.

—Vengo para disculparme —dijo al fin—. Esta nueva situación me ha hecho pensar mucho en la clase de hombre que soy, de lo que he sido. Quiero ser un buen padre…

—Y te has dado cuenta de que fuiste un cabrón y un egoísta.

—Sí.

—Pues felicidades, ya te has disculpado. Ahora puedes irte.

—Carlota… —Yago dio un par de pasos hacia ella y ella retrocedió uno.

—No quiero volver a verte. ¿Lo entiendes?

—Los dos necesitamos cerrar esta etapa —insistió él.

Carlota apretó las mandíbulas y negó casi imperceptiblemente.

—Pensaba que ya te habías encargado de cerrarla por los dos cuando te liaste con ella.

Él resopló.

—Fui un capullo, es verdad, pero el amor no se elige ni se puede controlar.

—¿El amor? Qué sabrás tú del amor…

—Tú y yo empezamos a salir muy jóvenes, Carlota. Solo teníamos dieciséis años, no sabíamos nada de la vida y, si quisieras, te darías cuenta de que nosotros no estábamos enamorados.

—Lárgate, Yago.

Carlota le señaló la puerta con rabia. Él suspiró una última vez y se dirigió a la salida. La miró de nuevo a los ojos.

—Te deseo lo mejor.

Ella cerró la puerta de un golpe y se tragó un grito de rabia. Agarró la ensalada de encima de la mesa del salón y la tiró a la basura.

Mina se presentó en su casa en menos de media hora. Carlota estaba tan alterada que apenas había podido hacer otra cosa que dar vueltas alrededor del comedor; ni siquiera se había acordado de leer el cuento que le había entregado su bisabuela.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó su amiga al ver su cara desencajada.

Dejó una bandeja de donuts, que había comprado por el camino, sobre la mesita auxiliar. Siempre traía provisiones para ese tipo de crisis.

Carlota agarró uno bien cargado de chocolate y le dio un bocado furioso. Le contó lo ocurrido con la boca llena mientras Mina negaba, ofendida.

—Menudo imbécil —sentenció.

—Para eso podría haberse quedado en su casa, con Sara y su futuro bebé.

Para colmo, sus últimas palabras no paraban de repetirse en bucle en su cabeza, como una penitencia. «Si quisieras, te darías cuenta de que nosotros no estábamos enamorados». ¿Acaso él era capaz de saber lo que sentía? ¿Lo que esa traición había supuesto para ella?

—Hablemos de otra cosa —le pidió Carlota—, porque cada vez que lo pienso me hierve la sangre.

Mina asintió. Tomó un donut de azúcar y le dio un par de bocados comedidos.

—¿Viste a ese hombre? ¿Max von…? ¿Von…?

—Max von Eberhardt, que en realidad es Maxine —contestó Carlota con una carcajada.

—¿Es una mujer?

—Efectivamente.

—Pues menudo chasco. ¿Y qué? ¿Es una estirada? Tiene nombre de reina de Prusia que va con taca-taca y abrigos de piel. —Se rio su amiga.

—Para nada, es bastante joven, como mucho tendrá treinta años.

Mina suspiró decepcionada.

—Ya que Max no es el hombre con el que habíamos fantaseado, ¿esa mujer es maja, por lo menos?

—Sí, fue muy amable. Tendrías que haberla visto, parece una actriz salida de Dinastía .

—¿Lo ves? Una estirada.

—¡Que no!

Carlota le dio otro bocado al donut de chocolate, entre risas, mucho más calmada. Por lo menos se había quitado el regusto amargo que le había dejado la visita de Yago. Mina le dio una pequeña palmada en la espalda y cruzó las piernas sobre el sofá para colocarse mejor.

—Venga, cuéntamelo todo. ¿Qué te dijo esa tal Maxine?

—No hay mucho que contar. Nos sentamos en la terraza de La Carabela Azul y me explicó lo que había averiguado sobre Le Nocturne Astronomique.

Al parecer, se tomaron varias fotografías en Montreux alrededor de 1939 y 1942, y luego se le perdió la pista.

Tuvo un par de propietarios, el primero es el bisabuelo de Maxine y el segundo un tal señor Blackmore.

—¿Blackmore? —repitió Mina.

—¿Te suena de algo?

—No.

—Y con ese dato tan escueto te puedes imaginar lo que me aparece en internet —se quejó Carlota, que había hecho una pequeña búsqueda la noche anterior por si averiguaba algo sobre el misterioso hombre del que su bisabuela no paraba de hablarle—.

Un cantante, una película… Poca cosa que tenga que ver con un reloj.

Espero que Maxine tenga más éxito que yo, me dijo que buscaría en algunos archivos, aunque no tengo muchas esperanzas…

—Verás que sí —la animó Mina—, ya tienes más información que al principio. Además, tengo una pequeña pista.

Carlota la miró con interés y Mina le sonrió crípticamente.

—No sé si es muy útil, pero buscando en la biblioteca de la casa de subastas, encontré una mención a Le Nocturne Astronomique en una fábula.

—¿Una fábula?

—Una fábula, un cuento, una leyenda, como se diga… No he encontrado ninguna copia, pero podría ser interesante dar con ella.

Carlota sintió una extraña anticipación en el pecho.

—¿Cómo se llama ese cuento?

— La hija del relojero .

Carlota se levantó del sofá como un resorte y casi fue corriendo a la mesa del salón, en busca del pequeño cuaderno que Alana le había entregado. Se lo mostró a Mina, que abrió mucho los ojos.

—¿Tienes una copia?

—Me lo acaba de dar mi bisabuela.

—Te lo podría haber dado antes —se quejó su amiga—, quizá podríamos haber tirado del hilo.

—No creo que haya nada en el cuento que nos ayude en la búsqueda —anticipó Carlota—, si no, ella misma lo habría encontrado ya.

—También es verdad.

—Lo leeré esta misma noche. Si doy con algo interesante, te lo haré saber.

—Genial, ¿vemos una peli?

Esa noche le costó conciliar el sueño. Aunque pasar la tarde con Mina la había distraído, todavía estaba enfadada por la visita de Yago, así que decidió que sería un buen momento para enfrascarse en la lectura del cuento. Tal vez la ayudara a dejar de pensar.

Se puso un par de cojines a la espalda y se arrebujó bajo las mantas, todavía frías.

Miró hacia su lado, vacío, y se preguntó si algún día tendría compañía.

¿Estaba condenada a quedarse sola para siempre?

Quizá debía seguir adelante, pero tenía miedo de que alguien volviese a arrancarle el corazón del pecho, como había hecho él. Negó para sí misma y abrió el cuaderno.

La letra, mecanografiada, era más bien pequeña y la imprenta no debía de haber sido de gran calidad.

Aun así, las ilustraciones eran preciosas.

Le llamó la atención una en la que aparecía Le Nocturne Astronomique en las manos de una joven.

Era exactamente como el que se mostraba en las fotografías, ¿acaso significaba que aquella historia era real?

¿O solo era un cuento inventado para llenar los vacíos de la misteriosa historia de ese reloj?