La medida del tiempo Fuego
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Fuego

Pasamos un par de días de engañosa calma.

El tiempo se apaciguó, como nuestros ánimos, y comencé a escuchar las posibilidades que el señor Blackmore me ofrecía para salvar el negocio: usar las dotes culinarias de la señora Friedrich como reclamo, precios bajos a cambio de estancias largas, ofrecer comida caliente, cama sencilla y refugio en vez de lujo…

Sin embargo, ninguna terminaba de convencerme y mi lado más analítico continuaba pensando que quizá una venta podría aportarnos los ingresos que necesitábamos para no perder liquidez.

Seguía sin fiarme del señor Blackmore ni de sus intenciones y tal vez por eso siempre tendía a oponerme a lo que sugería.

Llevaba un par de horas enfrascada en la lectura, y el frío había comenzado a inundar la estancia. Me arrebujé en mi bata, insuficiente para las noches heladas de los Alpes. Estaba temblando, pero no me apetecía volver a la cama.

—¿Otra vez leyendo, milady ?

Solté un grito bastante ridículo y lancé el libro por los aires. El señor Blackmore, en mangas de camisa y con pantalón de pijama, se acercó y lo recogió del suelo. Miró el título y me lo tendió con una sonrisa de suficiencia, pero no dijo nada. Se lo arrebaté de entre los dedos.

—Sí, aunque tiene la molesta costumbre de interrumpirme.

El señor Blackmore miró hacia la chimenea extinguida, cogió un par de troncos y se arrodilló frente a ella.

Observé anonadada cómo encendía el fuego sin ninguna dificultad.

Fruncí el ceño. No era lo más habitual que los hombres de su clase supieran hacerlo o, por lo menos, que se rebajaran a ello. Cada vez tenía más curiosidad.

—Está usted temblando —me dijo en tono acusatorio—. Acérquese al fuego.

En el fondo, estaba deseando ponerme frente a la chimenea y calentar mis manos y mis pies, entumecidos por el frío.

No obstante, lo miré con los ojos entrecerrados.

No me fiaba de él y en cada uno de sus actos veía una intención.

¿Qué querría ahora? Puede que pensara que iba a soltarle algún dato relevante a la luz de la luna, como haría cualquier mujer obnubilada por sus encantos, pero yo no era una presa fácil.

—No me había dado cuenta. —Me acerqué a un aparador donde la señora Friedrich guardaba el alcohol—. ¿Le apetece beber algo?

Por supuesto mi propuesta era tan poco inocente como la suya.

Quería saber quién era y qué perseguía. Lamentablemente, mis años en The Silver Swan me habían enseñado a engatusar a los hombres y a robarles hasta la última de sus pertenencias sin que se dieran cuenta.

En ese caso, pensaba sonsacarle toda la información sobre su vida a ese hombre.

Me sonrió y torció el gesto; pensé que iba a declinar mi oferta, así que presioné:

—¿ Brandy ? ¿O prefiere whisky ?

Cuando le das dos opciones a alguien, es más probable que elija una y termine aceptando tu propuesta. Mordió el anzuelo.

— Brandy .

Serví dos copas y me acerqué a él. En vez de sentarme en la butaca, puse un par de cojines en el suelo y me senté frente a la chimenea.

Así, lo obligué a situarse junto a mí y aceptar la bebida bajo mi atento escrutinio.

La estampa generaba una falsa sensación de intimidad y estaba dispuesta a aprovecharla.

—Tengo una idea para el hotel —comenté, moviéndome en un terreno seguro. Él me observó con atención—. Quizá podríamos atraer perfiles específicos: escritores, artistas, profesores, incluso refugiados políticos.

Me estudió muy fijamente y yo miré su copa, que seguía llena.

—¿No cree que es un tanto arriesgado? —replicó.

—Sí. Ya le he dicho unas cuantas veces que la mejor opción es vender.

Él negó y dijo algo imperceptible por lo bajo, probablemente relacionado con mi testarudez.

—Pero si insiste en realizar una inversión para salvar el establecimiento, debería ser algo por el estilo. Sería una buena forma de que Arthur se implicase en el asunto. Ya sabe que le gustan las causas perdidas, sobre todo si tienen que ver con el arte.

Asintió y pensé que daría el primer sorbo, pero continuó con el vaso inmóvil en la mano.

Desvié la mirada a propósito para comprobar qué hacía y me quedé unos cuantos segundos observando el fuego.

Por el rabillo del ojo, vi cómo regaba una planta con el brandy .

Había perdido la cuenta de las veces que yo había hecho lo mismo en The Silver Swan para que el alcohol no nublara mi entendimiento; para no perder el control de mis mentiras.

Me volví hacia él y miré su copa vacía.

—Vaya, sí que tenía sed —apunté—. ¿Quiere otra copa?

—Qué solícita está hoy —siseó, y me tendió el vaso—. Por favor.

Le rellené la copa y aproveché para vaciar un poco de la mía dentro de la botella sin que me viera. Volví a su lado y le tendí el vaso. Me señaló con él.

—Un brindis —me dijo—, por su gran idea.

Choqué mi copa contra la suya y nos miramos a los ojos mientras ambos dábamos un sorbo que ninguno de los dos deseaba. Estábamos jugando a lo mismo.

—No sé nada sobre usted —dije, llevando la conversación a un terreno más personal—. ¿Dónde nació?

Tuve la sensación de que se removía incómodo en el cojín.

—Aquí.

—¿Es usted suizo? —pregunté sin poder creerlo.

—Sí, aunque crecí en Londres —replicó.

—¿Sabe hablar alemán entonces?

—Nací en la parte francesa —me explicó—, pero apenas lo he practicado desde niño.

—Pero su apellido es inglés.

—Hace muchas preguntas, milady .

Lo miré enfurruñada, porque apenas le había arrancado los datos más básicos.

—Me gusta saber con quién hago tratos.

—Los hace su marido.

—¿Y Arthur lo sabe todo sobre usted?

Resopló por encima del vaso, y fingió beber.

—Sabe lo que tiene que saber.

—¿Y eso es…?

—Que viví diez años en Nueva York y que lo aprendí todo sobre la bolsa y los negocios. Tiene montones de referencias al respecto.

Entrecerré los ojos, porque no me creía ninguna de esas referencias.

Conocía un montón de formas para labrarse una fama que en realidad no existía.

Era justo lo que había hecho yo cuando me había convertido en condesa: soltar rumores falsos sobre mi procedencia, cada cual más rocambolesco, para generar un halo de misterio; moverme y hablar con el único propósito de encajar en mi papel; y usar a los demás en mi beneficio para redondear la historia.

—¿Es por eso que marca tanto el acento británico? —apunté—. ¿Para que no se note que pasó tanto tiempo moviéndose entre americanos?

Hacía tiempo que me había dado cuenta de que el señor Blackmore hablaba un tanto extraño, como si se esforzara por sonar aristocrático.

Apretó los labios. Imagino que nunca nadie se había dado cuenta, pero madame Beatrice me había enseñado a fijarme en los detalles, y me había esmerado en observar hasta la forma de respirar de ese hombre.

—No lo fuerzo más que usted —me atacó, y clavó su mirada en la mía.

Sentí que me ahogaba y entonces fui yo la que fingió beber para ganar unos segundos. Me quedé mirando hacia la chimenea. Nuestros brazos se rozaban y la tela me provocaba un cosquilleo incómodo, igual que sus palabras.

—No soy tan malo como piensa, milady —dijo de pronto; parecía igual de exhausto que yo de mantener la compostura—. He estado solo la mayor parte de mi vida, como usted.

Me atreví a mirarle y vi un dolor genuino en el fondo de sus pupilas.

—Solo soy un superviviente. ¿Sabe por qué me detesta tanto? —Sus palabras eran como un ronroneo y me quedé atrapada en ellas—. Porque somos más parecidos de lo que le gustaría.

Alargó la mano hasta mi rostro. Se me entrecortó la respiración cuando me acarició la mejilla.

—Se ve reflejada en mí y yo me veo reflejado en usted: somos un espejo incómodo del otro.

No podía moverme. Tan solo era capaz de sentir sus dedos sobre mi piel. Cerré los ojos y me rendí a lo que él me provocaba. Cuando los abrí de nuevo, el señor Blackmore estaba mucho más cerca, a un suspiro de distancia. Me mordí el labio y él pasó el pulgar por mi boca.

Estuve a punto de sucumbir, pero la suerte quiso que la señora Friedrich hiciera acto de presencia en ese preciso instante.

Encendió la luz y me devolvió a la realidad.

Me aparté del señor Blackmore como si estuviera prendida en las mismas llamas de la chimenea y me puse en pie.

Lancé el cojín a un lado para que nuestro encuentro fortuito no pareciese una cita.

—¿Qué diantres…? —La señora Friedrich nos observaba con ojos adormecidos.

Llevaba un pijama de franela y el cabello recogido en un precario moño.

—Qué susto me han dado —exclamó en cuanto nos reconoció—. He olido el humo y pensaba que había fuego en el hotel.

—Lo siento —balbuceé una disculpa—. Tenía frío y el señor Blackmore, que pasaba por aquí, ha tenido la bondad de encender la chimenea.

—¿Ambos tienen problemas para conciliar el sueño? —Había cierto tono de sospecha en su voz.

—Eso parece —repliqué con una sonrisa nerviosa.

—Les prepararé un par de valerianas, entonces.

—Gracias, no será necesario… —me apresuré a contestar—. Ya nos retirábamos, ¿verdad?

El señor Blackmore me dedicó una mirada tan intensa como las llamas que había tras él.

—Sí. No queríamos despertarla, señora Friedrich. Vuelvan a la cama, yo me quedaré hasta que se extinga la llama —se ofreció él, sin quitarme los ojos de encima.

Contuve el aliento, porque algo me decía que esa llama no se apagaría nunca.

Me pasé los días siguientes evitándolo, como hacía siempre que me acercaba demasiado a él.

Así conseguía recuperar una falsa sensación de control.

Temía que la señora Friedrich nos hubiera visto.

¿Y si le decía algo a Arthur? Si mi atracción hacia el señor Blackmore trascendía, estaría perdida.

Sería el mayor error de mi vida y no había cometido pocos.

No podía permitirme el lujo de perder la reputación que tanto me había costado conseguir ni arruinar mi posición por una aventura con un hombre al que apenas conocía.

Me refugié en la estructura del hotel. Comencé a anotar en una libreta todas las reparaciones que necesitaría para rehabilitarse y alzarse como el refugio para artistas y exiliados que quería proponerle a Arthur: convendría construir una biblioteca para los literatos, un salón de pintura para los artistas, incluso una zona con vistas al exterior desde la que pudieran verse los Alpes.

Las ventanas, las paredes, el suelo… todo necesitaba una reforma, y la cuantía a la que ascendía no era poca.

Mientras hacía las cuentas, no dejaba de preguntarme si no sería mejor venderlo.

Solía pasear por el hotel en busca de una respuesta definitiva que no lograba encontrar. Hubiera deseado salir a tomar el aire, pero las tormentas eran cada vez peores y estaba segura de que, aunque quisiera regresar a casa, nos sería imposible hacerlo con ese tiempo.

Me gustaba trabajar desde un pequeño despacho, donde la señora Friedrich tenía los deficientes libros de cuentas.

Estaba lleno de archivos antiguos y fotografías en las que se observaba el viejo esplendor del hotel, que había perdido algunas décadas atrás, supongo que cuando el condado había pasado a manos de Arthur y su mala gestión.

Una de las tardes en las que me encerré para revisar documentos, me topé con un cajón que no se abría.

Lo atribuí al mal estado de las guías, que probablemente se habrían oxidado, o a la madera dilatada del escritorio.

Sin embargo, cuando me fijé bien, me di cuenta de que el problema era que se encontraba cerrado con llave.

Pensé en pedirle a la señora Friedrich que lo abriese, pero eso implicaba darle demasiadas explicaciones y no quería que supiera que estábamos analizando hasta el último detalle de su establecimiento para decidir qué hacer con él, así que usé mis malas artes para abrirlo.

Por supuesto, una de las enseñanzas básicas en mi paso por The Silver Swan había sido la de forzar cerraduras y cajas fuertes.

No fue difícil. Lo cierto es que la seguridad de ese lugar brillaba por su ausencia.

Abrí el cajón llena de curiosidad. La señora Friedrich no parecía de las que escondían secretos, quizá era de sus padres o incluso del conde anterior. Tampoco me imaginaba a Arthur ocultándome algo.

Parpadeé unas cuantas veces cuando me topé con una especie de cuento, bastante escueto y con unas cuantas ilustraciones, de un estilo similar a las que solían acompañar a los cuentos de los hermanos Grimm. Se titulaba La hija del relojero .