Hôtel du Léman #2
Nos quedamos a solas. Estaba de pie frente a él, así que me incliné para ver mejor las heridas. Tenía un corte un poco más grande en la mejilla y fruncí el ceño mientras analizaba si había algún cristal dentro de la carne.
—Qué excusa más barata ha usado para meterme en su cama —comentó el señor Blackmore, mirándome a través del flequillo.
Se lo aparté sin saber por qué, quizá en busca de alguna herida más, y me perdí en sus ojos un instante.
—No diga estupideces —solté, devolviendo mi atención a su mejilla—. ¿Le duele?
—No más que los puñales que suelta usted por la boca.
No pude evitar reírme. La señora Friedrich regresó con lo que le había pedido y me apresuré a limpiar el corte de su rostro con el paño. La mujer cambiaba su peso de un lado al otro de los pies. Podía escuchar sus pensamientos impacientes, aunque no dijera nada.
—No sabe cuánto lo siento, señor. Hace tiempo que deberíamos haber cambiado las ventanas, pero el conde dijo que… —Carraspeó, como si hubiese pensado que no era el momento para tener esa conversación. Se quedó callada.
—No es nada —insistió él—. De verdad.
Ella suspiró algo más tranquila.
—Le prepararé un buen estofado de res —le prometió, buscando el modo de sentirse útil—. Estaré en la cocina si me necesitan.
Escuché a la señora Friedrich alejarse escaleras abajo. Mojé un paño en la palangana que me había traído y lo puse con cuidado sobre la herida del señor Blackmore. Arrugó la nariz; debía escocer, por mucho que se hiciera el valiente.
—Dejará cicatriz —susurré concentrada en limpiar los bordes.
—Una más. —Enseguida apretó la mandíbula; había hablado demasiado.
No solía tener ese tipo de descuidos, así que aproveche la fisura.
—¿Tiene muchas?
Me sonrió de lado.
—Lo sabe perfectamente.
Me sonrojé al recordar su cuerpo desnudo, que había visto a través de los agujeros en las paredes de Wetherby Hall. Apreté demasiado el paño y una gota de agua se deslizó por su barbilla hasta perderse entre el cuello de su camisa. Me obligué a no mirar bajo la tela.
—¿Cómo se las hizo?
—Usted tiene sus secretos; y yo, los míos.
Me aparté de inmediato, por temor a que escuchara los latidos desbocados de mi corazón.
Volví a meter el paño en el agua y cerré los ojos para serenarme.
Me di de nuevo la vuelta hacia él y analicé los otros cortes.
Un par en cada mano, varios en los antebrazos y un cristal que seguía clavado en su hombro.
Ese sería el peor, así que lo dejé para el final.
Le sostuve la mano e intenté no pensar en su piel caliente contra la mía mientras me encargaba de desinfectar y vendar las heridas. Procedí con la misma minuciosidad con las de los antebrazos. Cuando terminé, me quedé mirando fijamente el vidrio que sobresalía de su ropa.
—¿Cree que deberíamos llamar al médico para este último?
—No. Quítemelo usted.
—Pero…
—Se le da bien, me gustan más sus manos que las de cualquier matasanos achacoso.
Tragué saliva y me sonrojé. Debía reconocer que el señor Blackmore no se andaba con rodeos.
Cogí las pinzas y puse la otra mano en su pecho.
Noté los latidos de su corazón contra la palma; no eran tan lentos como esperaba.
Tal vez porque sabía que iba a dolerle, o puede que yo le hiciera sentir así.
—¿Listo? —Le arranqué el pedazo de cristal antes de que pudiera responderme.
Soltó un gruñido y cerró los ojos. Me apresuré a taponar la herida con un paño limpio y me puse nerviosa al ver que salía más sangre.
—Lo siento, lo siento —dije, olvidando el papel de condesa que me esforzaba por mantener frente a él—. ¿Le he hecho daño? ¿Llamamos al médico?
Él puso una mano sobre mi muñeca y me miró calmado.
—Tranquilícese. Simplemente presione contra la herida; en unos minutos se cortará la hemorragia.
—Pero, ¿y si no?
—Lo hará.
Me mordí el labio y apreté su hombro con tanto ímpetu que casi me senté a horcajadas sobre él. Cuando quise darme cuenta, mis puños estaban blancos de tanta fuerza que hacía. El señor Blackmore, en cambio, parecía tranquilo.
—Tengo la tentación de decirle que siga presionando —susurró contra mi oído unos minutos más tarde y subió una mano por mi cadera hacia mi cintura—, pero soy un hombre decente.
Me percaté entonces de la indecorosa postura que había adoptado. Me aparté de inmediato y vi que, efectivamente, la hemorragia ya era muy leve. Le tiré el paño de malas formas.
—Podría haberme avisado antes.
—Me gusta tenerla cerca.
—Atribuiré toda esta indecencia a la falta de riego sanguíneo.
Se echó a reír y puso cara de dolor de inmediato. Imaginé que la herida, aunque superficial, le seguía escociendo.
—Quítese la camisa —le ordené con tal de vendarle el hombro.
—Una mujer decidida, como a mí me gu…
—Cállese o la venda se la pondrá la señora Friedrich.
Él sonrió de nuevo y me hizo caso. Contuve el aliento al ver tanta carne descubierta y me apresuré a hacer mi trabajo sin desviar mis ojos del lugar del corte. Creo que nadie ha vendado una herida tan deprisa como lo hice yo. En cuanto terminé, me di media vuelta para dejar de verlo.
—Ya está. Tápese.
Volvió a reírse y, en cuanto escuché que se ponía la camisa, me giré de nuevo hacía él. Me miró expectante, quizá preparándose para otro de mis dardos.
—Gracias —dije con tirantez. Me había protegido con su cuerpo, después de todo.
Parpadeó un par de veces, como si me creyera incapaz de pronunciar esa palabra.
Terminó asintiendo—. Puede quedarse en esta habitación.
Le pediré otra a la señora Friedrich. Descanse e intente dormir, será lo mejor para sus heridas.
Me fui en busca de la regenta del local antes de que el señor Blackmore pudiera discutir mi decisión.
Me encontré a la señora Friedrich preparando un potaje que, a decir verdad, olía de maravilla. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que entré en la cocina; al contrario que el resto del local, estaba impoluta. Imaginé que allí se iban todos los esfuerzos de esa mujer.
En cuanto me vio entrar, dejó la cuchara en la olla y se secó las manos en el delantal. Me observó preocupada.
—¿Cómo está el señor Blackmore?
—Perfectamente —le aseguré con una sonrisa—, pero necesitaré otra habitación.
—Claro, aunque esas dos eran las mejores…
—No importa —le aseguré—. Mi marido… ¿usted le pidió ayuda?
Ella bajó la mirada y asintió.
—Le he escrito unas cuantas cartas —dijo minimizando la cantidad y el dramatismo de la situación—, pero nunca he obtenido respuesta. Tal vez no era la dirección adecuada.
Me di cuenta de que intentaba justificar a Arthur: después de todo, no dejaba de ser su jefe. Suspiré.
—Lo lamento —me disculpé por su negligencia—. Buscaremos la mejor solución.
La señora Friedrich asintió y me sentí culpable por lo que había dicho de ella nada más llegar, así que me ofrecí a poner la mesa en su lugar.
—¡Faltaría más! —Se escandalizó—. Una condesa sirviendo bajo mi techo. ¡No lo permitiré, no señor!
Sonreí. De pronto, escuché unos golpes en el piso de arriba. Me extrañó porque, hasta donde sabía, no había ningún huésped más.
—¿Qué pasa ahora? —gimió la pobre mujer, que debía temer que hubiera estallado una ventana más.
—Voy a ver —propuse. Ella dudó, quizá temía que saliera herida—. Usted nos está haciendo la cena; es lo menos que puedo hacer.
Al final estuvo de acuerdo y subí las escaleras hasta el ala donde se ubicaba mi habitación.
Imaginé que los golpes habrían despertado al señor Blackmore, si es que había logrado dormirse.
Me di cuenta de que se trataba de martillazos y de que venían de la habitación en la que había estallado la ventana.
Se me subió el miedo a la garganta. ¿Habría maleantes en las montañas?
Siempre los había; tal vez eran bandidos.
Abrí la puerta, preparada para cualquier cosa, pero no para encontrarme al señor Blackmore subido a una silla y fijando clavos a una tabla de madera con la que había tapiado la ventana.
—¿Qué diablos hace?
Se sobresaltó y a punto estuvo de caerse de la silla. Se bajó.
—Arreglar este desastre.
—Pero…
—No voy a quedarme con la mejor habitación —concluyó con decisión—, seguiré en esta.
Lo observé atónita. No lograba comprender cuál era el motor que lo movía, quizá era esa incógnita lo que tanto me atraía, ese magnetismo que tiene el misterio.
La cuestión es que me pareció sacado de una novela, allí con el martillo en la mano, medio despeinado y con la venda todavía sobre el hombro.
—Está herido, haga el favor de dejar eso.
Se volvió hacia la madera y la aporreó de nuevo.
—Solo queda un clavo —insistió.
—¡Se va a hacer daño!
Cuando terminó, se volvió hacia mí con una sonrisa socarrona.
—¿Y le importa?
—Por supuesto. Sería muy difícil explicarle a Arthur por qué su asesor ha pasado a mejor vida cuando estaba bajo mi supervisión.
Soltó una carcajada y el sonido hizo que mi estómago se contrajera de una forma incómoda.
—Vayamos abajo. La señora Friedrich ha preparado un potaje que lo revivirá, en caso de que insista en seguir atentando contra su propia vida.
Me marché antes de escucharlo reírse de nuevo.