Hôtel du Léman
No tenía muy claro cómo arreglar la situación, pero me resultaba evidente por qué ese lugar nos ocasionaba tantas pérdidas.
Estaba vacío y nuestro público prefería alojarse en cualquier otro sitio con mejores condiciones.
Resoplé y observé la lámpara de la mesita de noche, con la tulipa tan sucia que apenas dejaba pasar la luz; la cómoda de estilo Luis XVI, con las patas de pan de oro desconchadas; un par de butacas con una tapicería de damasco desgastada y unas cortinas que no habían visto el agua en años.
Se me revolvió el estómago y tuve la sensación de viajar al pasado, de ser de nuevo aquella muchacha desgraciada y solitaria.
Abrí las cortinas con un par de golpes bruscos, y las arandelas crujieron bajo mis embates; me dio igual y no me detuve hasta que la luz del atardecer entró en la estancia.
Había polvo en suspensión y lo cierto es que no gané demasiada luminosidad: la tormenta que había hecho que nuestro convoy se detuviera había llegado hasta Rochers de Naye, y lo llenaba todo de blanco y bruma.
Puse la mano en la ventana y me recorrió un escalofrío.
Estaba congelada. La señora Friedrich se ocupaba de mantener casi todas las chimeneas encendidas y el contraste con la temperatura exterior era enorme, como lo había sido en The Silver Swan.
Intenté dejar de compararlos, pero fracasaba una y otra vez.
Llevaba años diciéndome que lo había superado, que no tenía ningún trauma.
Me engañaba a mí misma, por supuesto. A veces hacemos eso, ¿sabes?
Nos convencemos de mentiras para poder sobrevivir, porque si no seríamos incapaces de seguir adelante.
Supongo que en el fondo soy más humana de lo que me he esforzado en mostrar.
La cuestión es que no quería permanecer en ese sitio ni un minuto más de lo necesario, así que me decidí a hablar con el señor Blackmore para indicarle mi intención de vender el lugar.
No tenía ningún sentido mantener a flote algo que se hundía bajo su propio peso.
Tampoco me hacía especial ilusión tener entre mis propiedades una que me recordaba tanto mi funesto pasado.
Así que salí a un pasillo digno de una película de terror y llamé a la puerta de enfrente.
La señora Friedrich había considerado que era una magnífica idea ponernos tan cerca el uno del otro, a pesar de mis intentos para que me colocara en la otra punta del hotel.
Ahí me arriesgaba a que el señor Blackmore me escuchara llorar o gritar alguna noche, presa de mis pesadillas.
«Estas son nuestras dos mejores habitaciones, milady ; no puedo permitir que se alojen en ninguna otra», me había dicho la buena mujer.
Había pensado en rechistar, pero cuando había visto el estado de los cuartos, no quise ni imaginarme cómo eran los otros, así que había accedido a regañadientes.
Y allí estaba, puerta con puerta con ese hombre al que detestaba.
Llamé a su habitación y tuve que esperar algunos minutos a que saliera.
Cuando abrió, comprendí que lo había pillado en mitad de un baño; llevaba la camisa un poco desabrochada y el cabello húmedo le caía sobre la frente.
A pesar de que se encontraba vestido, todavía sostenía una toalla en la mano y en su semblante no había esa sonrisa arrogante.
Tuve la sensación de que estaba viendo al verdadero hombre que se ocultaba bajo la máscara; debía haber olvidado ponérsela con las prisas.
—¿Ocurre algo? —Tenía el ceño fruncido.
—Deseo vender el hotel —solté, casi sin respirar.
Él alzó las cejas y miró a un lado y al otro del pasillo, como si temiera que la señora Friedrich nos escuchara.
Con toda seguridad, esa mujer habría dedicado su vida a mantener abierto el decrépito establecimiento, igual que sus padres y sus abuelos antes que ella.
Me sentí mal por un momento, pero luego me recordé que estaba en juego parte de la fortuna de Arthur; mi dinero, el que necesitaba para no volver a la calle, y se me pasó.
—¿No cree que es un poco precipitado? —replicó en un susurro, acercándose a mí para que nadie nos escuchara.
Olía a jabón y tuve que concentrarme para que mis inoportunos pensamientos no me traicionaran.
—No hace falta ver más —atajé—, es evidente que el lugar está en ruinas y que no hay nada que salvar. Lo mejor será deshacernos de ello e invertir el dinero en otra cosa.
Volvió a mirar por encima de mi hombro, me agarró de la muñeca y tiró de mí para que entrase en su habitación.
Cerró tras de sí y me miró como si fuese un ser malvado.
Su ventana daba a la calle e, igual que yo, había corrido las cortinas para que entrara la escasa luz que se adivinaba a través de la tormenta.
—La señora Friedrich podría escucharla.
—Me da igual —espeté, aunque no era del todo cierto—. Debería habernos informado de la situación del hotel; quizá Arthur podría haber invertido una buena suma de dinero hace tiempo y no estaría en un estado tan precario. Ahora es demasiado tarde y…
—¿De verdad cree que la señora Friedrich no le ha avisado?
Me quedé muda. No había barajado esa opción y dejaba muy mal a mi marido. Si esa mujer le había hablado con anterioridad de las penurias por las que estaba pasando su negocio, ¿por qué no había hecho nada?
—Yo… no lo sé… —murmuré con la boca pequeña.
—Mientras usted se dedicaba a analizar cada detalle decadente de este sitio, he estado hablando con ella.
Era cierto que me había pasado la tarde encerrada en la habitación, pero no era precisamente por lo que él creía. Su insinuación me enfureció todavía más.
—Usted no me conoce, no se atreva a juzgarme.
Resopló y me miró como si mis palabras le dolieran de algún modo; tal vez simplemente estaba logrando sacarlo de quicio. ¿Iba por fin a quitarse el disfraz? Las ventanas tintineaban bajo las inclemencias del temporal. La nieve también parecía rabiosa.
—La señora Friedrich le escribió al conde hace diez años, hace cinco, hace tres y, por última vez, hace dos meses. Pero él le decía que no sería para tanto, que podía ocuparse de todo sin más inversión, como habían hecho sus familiares antes.
Apreté los labios y traté de no enfadarme con Arthur, pero me resultó difícil en esa ocasión. Es cierto que tu bisabuelo no era ningún genio de las finanzas ni un gran propietario; de hecho, tenía tendencia al descuido y a obsesionarse por el arte y nada más. Tomé aire.
—Quizá la regenta le quitó importancia en sus escritos.
—No lo hizo, milady —insistió—. Espero que por fin vea el valor de tener un asesor.
Me dolían las muelas de la fuerza que hacía con las mandíbulas. Lo miré como si él fuese el responsable de todas mis desgracias. El viento del exterior se colaba entre los resquicios del vidrio, siseando como una serpiente.
—¿Y qué sugiere? —repliqué a la defensiva—. ¿Gastar el poco dinero que nos queda gracias a usted en reflotar un lugar que dudo que pueda salvarse?
—Su dinero está bien invertido en los ferrocarriles y en…
—Ahórrese la cantinela —lo corté—. No pienso gastar ni un céntimo en esto.
El brillo que detecté en sus ojos de color añil me indicó que se estaba enfadando, así que me regodeé en haberlo conseguido.
—Usted no tiene la última palabra —replicó.
—Usted tampoco —gruñí acercándome más a él y clavando mi dedo índice en su hombro.
Todo pasó muy deprisa. De pronto, la ventana estalló en pedazos y un estruendo terrible interrumpió nuestra discusión.
El señor Blackmore se abalanzó hacia mí con tanta fuerza que me tiró de espaldas al suelo.
Se desplomó con todo su peso sobre mi cuerpo y se me cortó la respiración.
Me protegió la cabeza con los brazos y sus labios quedaron a escasos centímetros de los míos.
Una gota de su pelo cayó sobre mi piel antes de que una fina lluvia de cristales nos cubriera.
Después, una enorme ventisca nos sacudió sin piedad.
Me aferré a él, tal vez por miedo a salir volando o a congelarme bajo ese aire helado.
El señor Blackmore tenía cara de dolor, y enseguida me di cuenta de que los cristales le habían provocado cortes en varias zonas del cuerpo.
Al final, salió de encima de mí y se arrodilló a un lado.
La visión de la sangre me paralizó por un instante.
Desde la muerte de madame Beatrice, hasta un simple corte podía hacer que me desvaneciera; sin embargo, algo me hizo reaccionar.
Lo agarré por debajo del hombro y lo ayudé a ponerse en pie, a pesar de que el viento nos impedía caminar en línea recta.
Tras varios intentos, logré cruzar el umbral y cerrar la puerta de su habitación.
El silencio del pasillo y el calor que aún desprendían las paredes fue un contraste desolador.
La señora Friedrich apareció por el pasillo con cara de horror y se cubrió la boca al ver la estampa.
—Oh, Dios mío. —Se llevó la mano a la frente—. ¿Llamo al médico? ¿Es grave?
Supongo que la buena mujer pensaba que si alguien moría en su establecimiento sería el golpe de gracia que le faltaba a su hotel para terminar de hundirse.
—Estoy bien —atinó a decir el señor Blackmore, que seguía apoyado en mí de una forma bastante absurda, con lo grande que era él y lo pequeña que era yo—. Son cortes superficiales.
Alcé la mirada para asegurarme de que no mentía y vi que no tenía la tez cetrina que le había visto a madame Beatrice aquella aciaga noche.
Puede que no fuera a morir después de todo.
Aliviada, abrí la puerta de mi habitación y lo acompañé hasta la cama.
Retiré las sábanas y aguanté su peso contra mi cuerpo para que se sentara, aunque daba la sensación de que no necesitaba mi ayuda.
—Traiga paños con agua para desinfectar y unas pinzas —le ordené a la señora Friedrich usando mi versión más pragmática.