La medida del tiempo La odisea #2
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La odisea #2

—¿Y quitarle toda la diversión? Qué aburrida…

—Usted no sabe nada de mí —dije deprisa, y enseguida me di cuenta de mi error.

Por supuesto que él sabía cosas sobre mí, y temía lo que pudiera hacer con esa información. Él arqueó una ceja.

—Quizá sé más de lo que cree.

—Ahórrese sus amenazas vacías —atajé—, y dígame de una vez lo que piensa que sabe de mí.

El señor Blackmore alargó la mano y me acarició la mejilla con tanta suavidad que hizo que me estremeciera.

—Mi querida condesa —ronroneó—, un mago nunca revela sus trucos.

Le di un zarpazo a su mano y soltó una pequeña carcajada. El muy sinvergüenza se lo estaba pasando en grande. Me crucé de nuevo de brazos y devolví mi atención al paisaje, que permanecía estático. Tras más de media hora de espera, el convoy retomó su camino.

Pronto logramos alcanzar Rochers de Naye.

El señor Blackmore bajó primero y miró hacia un lado y al otro del andén.

No había nadie más que se apease en esa estación.

El tiempo era del todo desapacible y, por un momento, deseé estar de vuelta en Wetherby Hall, frente a mi enorme chimenea, bajo una manta y con un té caliente delante.

Me dispuse a bajar, pero vi con cierta aprensión que el andén quedaba bastante lejos.

Mis piernas no eran lo suficientemente largas como para bajar con gracilidad.

Tomé aire y me propuse saltar. Por un absurdo instante, recordé cuando me había precipitado por la ventana en The Silver Swan y temí el aterrizaje.

El señor Blackmore tendió la mano frente a mí. Le devolví una mirada ceñuda.

—¿Confía en mí? —me preguntó alentándome a aceptar su ayuda.

—Ya sabe que no.

—Pues no tiene otro remedio, milady .

Suspiré y me agarré de su mano. Él me sostuvo con fuerza y me lancé al abismo; el señor Blackmore me atrajo por la cintura y se me cortó el aliento cuando me estampó contra su pecho.

Nos quedamos muy cerca. Fui incluso capaz de distinguir su olor bajo el suave perfume masculino: una mezcla de menta y sal.

Me aparté en cuanto mis pies llegaron al suelo.

—Vamos —dije entre dientes.

Él agarró mi equipaje y el suyo, como el caballero que supuestamente era, y me hizo un gesto para que pasase primero.

La nieve lo cubría todo y nos costó un buen rato alcanzar el hotel que, por suerte, no se encontraba demasiado lejos de esa inhóspita estación; por lo menos, se ubicaba en la zona más turística del pueblo.

No creas que es como ahora; era otro tipo de vacaciones, mucho más exclusivas, algo que solo podían permitirse las clases bienestantes.

Por eso, cuando vi la fachada del Hôtel du Léman, se me cayó el alma a los pies.

Ni un solo aristócrata querría alojarse allí.

Aunque en su día debía de haber sido un acogedor refugio alpino, las piedras de las paredes estaban comenzando a caerse y daba la impresión de que se sostenían más por suerte que por otra cosa.

El tejado de pizarra oscuro había sucumbido parcialmente a las inclemencias del tiempo y, aunque estaba entero, algunas alas se veían partidas.

Las ventanas se encontraban empañadas, como si trataran de recordar entre brumas la última vez que alguien las había limpiado.

Me acerqué a una de ellas con cara de estupor y traté de vislumbrar algo a través del cristal.

—Dudo que vaya a ver algo —aseguró el señor Blackmore con un carraspeo.

Me eché hacia atrás y me sacudí la falda, tenía la sensación de que la mugre se me había pegado al cuerpo; alcé la barbilla y lo miré con rabia.

Sabía que en el fondo estaba disfrutando con el impacto que me suponía ver ese antro en el que, según lo que me había contado Arthur, se había alojado la aristocracia europea a finales del siglo XIX .

Por supuesto, la entrada del nuevo siglo no le había sentado nada bien al edificio, que parecía querer derrumbarse bajo el peso de mis ojos.

—Qué horror —murmuré para mí misma mientras metía una enorme llave en la cerradura.

Empujé la puerta con un dedo, temía que mi mano se quedara pegada a la madera sucia.

No sé qué esperaba, quizá que estuviera completamente abandonado, que el interior lo hubiesen ocupado las ratas, las cobayas o los animales salvajes que vivieran en las montañas.

Cuál fue mi sorpresa cuando, nada más abrir, una señora oronda con las mejillas sonrosadas nos asaltó, como si nos hubiera estado aguardando en la recepción todo el tiempo.

Paseé la mirada por el lugar. No era tan decadente como el exterior, pero se me antojaba muy lejano al lujo al que me había acostumbrado.

Algunas paredes se encontraban revestidas de madera que se veía de buena calidad, aunque los listones comenzaban a separarse y agrietarse; saltaba a la vista que tenían problemas de humedad y que se comenzaban a pudrir en algunas zonas.

Las vigas del techo estaban corriendo la misma suerte.

A pesar de lo decadente del lugar, hacía mucho calor.

Me di cuenta de que había una enorme chimenea en un lateral cuyo tiro, por supuesto, no funcionaba bien y llenaba el ambiente de humo y de un olor a quemado que se pegaba a la ropa, al cabello y a la piel.

Debí de ser muy poco discreta, porque la señora me dedicó una sonrisa de disculpa.

—He llamado al deshollinador, vendrá los próximos días.

Volví mi atención a la mujer para no parecer del todo maleducada.

El señor Blackmore, a mi lado, debía de haber entrado en un estado de asombro similar al mío, porque había dejado caer las maletas a un lado y estaba estudiando hasta el último de los cochambrosos detalles del hotel: las telarañas que se aferraban a las vigas, las sospechosas manchas en la moqueta, el papel pintado que empezaba a despegarse de las paredes donde ya no había madera.

—¿Desean alojarse una temporada con nosotros? —continuó la mujer, con una sonrisa tan tensa que hacía que la papada le rebotara contra el cuerpo.

Si no hubiese estado tan impactada, probablemente me habría caído bien. Decidí presentarme de una vez y alargué la mano hacia ella tal y como indicaban las buenas maneras.

—Soy la condesa de Ravenshire.

La mujer alzó mucho las cejas y boqueó unas cuantas veces.

Me agarró la mano sin saber muy bien qué hacer con ella y noté que tenía las palmas sudadas.

A juzgar por el silencio del lugar, no había ni un solo huésped.

Cuando la solté, miró de inmediato al señor Blackmore y se tapó la boca como si estuviese ante Dios todopoderoso.

—Oh, entonces usted debe de ser el conde. Lo hacía más mayor y no tan… —Carraspeó para no decir guapo.

El aludido se adelantó un paso.

—No, soy el señor Blackmore —le extendió la mano también y la mujer se la aceptó del todo desconcertada—, su asesor.

Ella lo miró de pies a cabeza.

—¿Y vienen solos? —quiso saber con cierto tono de desaprobación.

—Son tiempos modernos —me apresuré a aclarar con una sonrisa estirada—. ¿Y usted es…?

La mujer se puso colorada, quizá por lo impertinente de mi tono. No iba a tolerar ninguna insinuación por parte del servicio; me había costado muchos años labrarme una reputación impecable.

—Por supuesto, qué desconsiderada. Soy la señora Friedrich —se apresuró a aclarar—, la regenta. Bienvenidos al Hôtel du Léman.