La medida del tiempo La odisea
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La odisea

El viaje fue una odisea. No solo por la cantidad de transportes y días que nos llevó alcanzar Suiza, sino por todos los recuerdos que me despertó.

Creía que había superado mi pasado, que la Alana adulta se había convertido en una condesa digna y sin mácula.

Sin embargo, cuando el señor Blackmore aparcó el vehículo frente a la estación de Londres Waterloo, se me removió algo en el interior.

Volví a sentirme esa niña huérfana y asustada, pequeña frente a un mundo que iba a engullirla.

Lo reviví todo: la detención de Lawrence, mis noches en la calle; ese primer encuentro con madame Beatrice.

Cuando llegamos al puerto de Dover, las cosas no fueron a mejor.

En cuanto me subí al barco, pensé en mi madre, en que quizá su cuerpo siguiera bajo esas aguas, en algún lugar del océano.

Y lloré a escondidas del señor Blackmore para que no me viera.

No hubiera soportado que se burlara de mí, así que me pasé el resto de la travesía refugiada en mi camarote de primera clase, que nada tenía que ver con las piojosas literas que había ocupado antaño.

Me resultó irónico que, ahora que yo era una de esas mujeres que paseaban por la cubierta de primera con carísimos vestidos, me sintiera igual de infeliz que entonces.

Tras cruzar el Canal de la Mancha hasta Calais, tomamos un tren que iba directamente hacia Ginebra. El señor Blackmore pidió un coche cama y yo lo miré como si se hubiera vuelto loco.

—Es un viaje largo —dijo encogiéndose de hombros—, y tiene pinta de estar agotada.

—No pienso dormir con usted.

A pesar de lo que pudiera parecer, no era el decoro lo que me hacía querer evitarlo a toda costa.

Desde lo ocurrido con madame Beatrice, tengo pesadillas.

Con los años se han ido aplacando, pero por aquel entonces eran terribles: si me olvidaba de echar el cerrojo de mi habitación, me despertaba en medio de los pasillos de Wetherby Hall o donde estuviera, desorientada y sudorosa, creyendo verla en cada esquina.

Corría huyendo de espectros que solo habitaban en mi imaginación; era espantoso.

El insomnio me acechaba porque temía cerrar los ojos y que se me apareciese.

Las sombras tras las cortinas, el ulular del viento, incluso el crujir de la madera me provocaban escalofríos; reminiscencias de un pasado que me perseguía sin que yo pudiera evitarlo.

Por nada del mundo quería que el señor Blackmore fuera testigo de mi sonambulismo, ni de mis traumas más profundos.

—Hay dos literas, milady —replicó en tono divertido, creyendo que mi tensión se debía a otra cosa.

Cuando descubrimos el coche que nos habían adjudicado, me horroricé.

Era elegante, con unas amplias ventanas y un mobiliario bien cuidado, como correspondía a su categoría; no obstante, el espacio era reducido y, aunque no tendríamos que compartir la cabina con nadie más, me inquietaba sobremanera dormir en presencia de ese hombre en un lugar tan diminuto.

Si me daba una de mis crisis nocturnas, no habría forma de disimular.

Me vería. Y, para colmo, no me fiaba de él.

¿Y si me robaba todas mis pertenencias y me dejaba tirada en Suiza?

—¿Prefiere arriba o abajo? —me preguntó con una sonrisa traviesa.

Me puse roja y guardé mis maletas de malas maneras en el portaequipajes. No le contesté y me limité a dejar algunas cosas en la litera inferior a modo de respuesta.

—Deje de intentar lo que sea que pretende conmigo —espeté, alzando un dedo acusador hacia su rostro.

Él me tomó la mano para apartarla de su cara y no me soltó. Me puse nerviosa por el simple hecho de estar en contacto con él.

—No sé qué quiere decir —replicó en un susurro, acercándose más a mí.

—Lo sabe muy bien. —Me zafé de un tirón.

El señor Blackmore se echó a reír, como si le divirtiera mi actitud.

Se dio media vuelta y subió a su cama con la agilidad de un lince, que es lo que era, y yo me quedé ahí plantada con ganas de tirarlo a la vía.

Resoplé y al final me tumbé en mi cama, con el firme propósito de no cerrar los ojos y pasar lo que quedase de viaje en vela. No podía arriesgarme.

Quizá fue por el vaivén del tren o por el hecho de que no me molestó en todo el tiempo que duró el trayecto, pero por desgracia sucumbí al sueño.

—Condesa —la voz del señor Blackmore me llamó desde lejos—, milady .

Sentía los párpados pesados. Lo cierto es que estaba cansada, tal y como él se había tomado la libertad de observar.

Apenas había logrado dormir desde que habíamos salido de Wetherby Hall, asaltada por demasiados recuerdos dolorosos y por mi temor a que me descubriese.

Me costaba volver en mí, coordinar mis pensamientos.

¿Habría hablado en sueños? ¿Y si había deambulado por el vagón como un fantasma?

—¡Alana! —insistió. Jamás me había llamado por mi nombre de pila, y era del todo inadmisible.

Abrí los ojos y lo miré irritada, pero fui incapaz de hablar todavía.

El señor Blackmore estaba inclinado sobre mí con el ceño fruncido, tan cerca que pude ver el color de sus iris como si se tratase de una noche estrellada.

El cabello, que llevaba ligeramente despeinado para ser él, le caía sobre la frente.

Me incorporé tan deprisa que mi cabeza chocó con la litera superior.

Mascullé una maldición nada propia de una dama y puse cara de sufrimiento.

Él colocó su mano sobre mi cabello, justo donde me había golpeado, en un intento de aliviar el dolor.

—Esto es culpa suya —me quejé, y me apresuré a salir de la cama con tal de alejarme de él.

Me mareé un poco y tuve que agarrarme de una de las barras, para mi propia vergüenza. Él me dejó espacio, pero continuó observándome con atención. Me puse más nerviosa todavía. ¿Ese escrutinio se debía a algo que hubiera hecho mientras dormía?

—¿Qué quiere ahora? —le pregunté de malos modos.

—Ya hemos llegado. Bienvenida a Suiza, milady .

Por su tono, parecía que no hubiese ocurrido nada extraño.

Me relajé un poco. Miré por la ventana y distinguí varios carteles que anunciaban la estación de Ginebra.

A pesar de que me las daba de dama distinguida, la verdad es que no había salido de Londres ni de la campiña inglesa en todos esos años, y estar en un país extranjero se me antojó como entrar en otra dimensión.

Me esforcé para que el señor Blackmore no notara cuánto me sobrepasaba la situación, pero sospecho que se daba cuenta de todo.

Hicimos transbordo y subimos a otro tren que nos llevó a Rochers de Naye, el pueblo de montaña donde Arthur y yo poseíamos ese dichoso hotel.

A medida que íbamos avanzando, el paisaje comenzó a llenarse de nieve y tuve la sensación de que las montañas se nos tragarían, diminutos como éramos.

Apoyé las manos en la ventana, como si quisiera meterme en los bosques de abetos frondosos o ver mejor las distintas tonalidades de blanco y verde que rasgaban las agrestes montañas.

Jamás había visto una naturaleza igual y, si te digo la verdad, con todos mis años, pocos paisajes me han impactado como lo hicieron los Alpes suizos en aquel entonces; supongo que habían sido demasiados años entre calles mugrientas y palacetes de ciudad.

Incluso Wetherby Hall parecía un lugar civilizado al lado de tanta frondosidad.

El señor Blackmore se sentó a mi lado en silencio y, de vez en cuando, sentía su mirada sobre mi piel como si me quemase.

No tenía ni idea de qué estaba buscando en mi rostro, pero no iba a darle el placer de devolverle la mirada, así que me limité a fijarme con más ahínco en las sendas que surcaba el tren.

—Una naturaleza salvaje —dijo de pronto.

Me volví hacia él, casi de acuerdo en lo sobrecogedor de la escena; sin embargo, en vez de mirar los bosques de coníferas y alerces, me estaba observando a mí. Le sostuve la mirada con dureza; no iba a darle la satisfacción de que supiera cuánto me afectaba su cercanía.

El convoy ralentizó la marcha cuando ya apenas se podía vislumbrar nada alrededor: una enorme tormenta de nieve había detenido nuestro avance y un revisor nos avisó de que tendríamos que esperar a que amainase para continuar nuestro camino.

Chasqueé la lengua y me puse a leer una novela con la esperanza de dejar de pensar en la molesta presencia del señor Blackmore a mi lado.

Llevaba apenas un párrafo cuando sentí que se inclinaba ligeramente sobre mi hombro, con la clara intención de cotillear mi lectura.

Me sentí muy invadida y cerré el libro de un golpe. Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Está leyendo Frankenstein o el moderno prometeo ? —Me sonrojé. En efecto, no había podido contener mi curiosidad y había empezado a leer la novela que me había recomendado hacía un tiempo—. Me alegro de que, por una vez, se haya fiado de mi criterio.

—Iba a leerlo de todos modos —repliqué—, hacía tiempo que lo tenía pendiente en mi estantería. No fue por usted.

Sonrió por lo bajo.

—Por supuesto que no.

—Escuche —dije con la intención de poner orden entre nosotros—, me temo que vamos a tener que pasar mucho tiempo juntos los próximos días…

—...o semanas —me corrigió.

Puse los ojos en blanco.

—De acuerdo, semanas, así que le pediría que pusiera un poco de su parte para que nuestra relación deje de ser tan tensa y podamos conversar con normalidad.

—Es usted la que se pone tensa cada vez que me ve.

—Porque está intentando seducirme a cada momento —espeté—. Aunque soy joven, no me confunda con una de esas muchachas mojigatas de la alta sociedad con las que está acostumbrado a tratar.

—Jamás la insultaría tomándola por una de ellas.

—¿Siempre tiene respuesta para todo?

—Casi siempre.

—Sus juegos no le van a funcionar conmigo —insistí—, así que déjelo estar. Vayamos al hotel, comprobemos en qué estado está y decidamos. Una transacción sin más; un negocio.

Él me dedicó una mirada traviesa.