Max von Eberhardt #2
Por un instante pensó que quizá estaba siendo descortés. Ni siquiera le había preguntado si su viaje había ido bien ni cuántos días se quedaría en Málaga.
—Me fijé en algo curioso —apuntó, y sacó del bolsillo de su pantalón tres copias de sus fotografías y una de la que Alana le había cedido a Carlota, impresas en buena calidad.
Las puso sobre la mesa—. A veces una obra tan magnífica como esta nos distrae de los detalles que la rodean…
Mira, ¿ves las baldosas que se observan tras el reloj?
Se acercó un poco y descubrió que olía a colonia cara.
Trató de no pensar en lo agradable que era tener a alguien cerca y observó lo que le indicaba.
Efectivamente, aunque en todas las fotografías el elemento central era el reloj, en el fondo —y algo desenfocadas— se veían unas peculiares baldosas con formas geométricas que se asemejaban a flores de lis.
—Me resultaron familiares y, por supuesto, me llamó la atención que las imágenes, a pesar de estar separadas por años de diferencia, fueran tomadas en el mismo lugar.
—¿Cómo sabes que se hicieron en momentos distintos?
—La carta celeste del reloj —explicó, señalando la posición de los elementos—. Con un poco de investigación y observación astronómica, he podido deducir el día concreto en el que se tomaron las fotografías.
Carlota la miró fascinada. Además de guapa, parecía inteligente. Ojalá fuera como ella. El camarero apareció con un par de cortados, que dejó sobre la mesa que tenían delante.
—¿Y qué crees que significa la casualidad de ese mismo suelo? —Carlota retomó el tema.
—Pues eso no lo sé, pero desde el principio tuve la sensación de que había visto esas baldosas en alguna parte, así que recurrí a la persona más sabia que conozco: mi padre.
En cuanto las vio se echó a reír y me dijo que por supuesto que las conocía.
Se trataba del Grand Café Léman, una de las cafeterías más populares del centro de Ginebra durante el siglo XX , a la que yo había ido bastantes veces de pequeña.
Al parecer, la llegada del turismo en masa y de las franquicias terminó por arruinar el negocio; sus dueños ya no se sintieron con fuerzas para seguir y cerraron en el 2004.
Carlota la miraba absorta en la historia que le contaba. Le parecía increíble que alguien fuera capaz de hablar con tanto conocimiento y elegancia al mismo tiempo.
—La cuestión es que le dije a mi padre si sabía quiénes habían sido los dueños del café entre 1939 y 1942 —continuó Maxine, ajena a los pensamientos intrusivos de Carlota—, los años en los que se hicieron las fotografías.
Es el típico relaciones públicas que conoce a casi todo el mundo, pese a lo grande que es la ciudad.
No me decepcionó y me confirmó que la familia Lupin había estado al frente del negocio durante casi cien años.
»Mi padre se las ingenió para llevarme hasta casa de los Lupin, que ahora están jubilados.
Louis Lupin, que debe de rondar los setenta años, se encogió de hombros cuando le mostré las imágenes y me dijo que era su abuelo quien había regentado el lugar por ese entonces.
Ya está muerto, así que mi única esperanza era el padre de Louis, un nonagenario que padece alzhéimer y que en 1939 apenas tenía siete años.
Carlota dejó caer los hombros. La historia no pintaba nada bien. Dio un sorbo de café sin apartar los ojos de Maxine. La mujer carraspeó un poco y no supo si era porque llevaba un buen rato hablando o porque su mirada la había intimidado. Debía ser lo primero.
—Estuve a punto de tirar la toalla —prosiguió Maxine tras dar un par de tragos más—, pero cuando le mostré la imagen me miró como si estuviera en pleno uso de sus facultades y asintió con solemnidad.
«Le Nocturne Astronomique», dijo casi en un susurro.
Lo cierto es que aluciné de lo cuerdo que parecía de repente.
Me explicó que siempre le había gustado esa joya de la relojería suiza y que se había fijado muy bien cada vez que lo había visto en el local.
Al parecer, el objeto tuvo algo que ver con el espionaje durante la Segunda Guerra Mundial, pero no supo concretarme mucho más, aunque me reveló que lo había visto en manos de dos hombres muy distintos.
Uno fue mi bisabuelo, pero ya te comenté que alguien se lo robó al terminar la guerra.
La única pista que me dio el padre de Louis de la que podemos tirar es el nombre del otro propietario.
—¿Cómo se llamaba? —quiso saber Carlota, absorbida por la historia.
—Era un tal señor Blackmore.
Carlota palideció y casi se atragantó con el cortado. Maxine debió darse cuenta de su incomodidad porque torció el gesto.
—¿Lo conoces? —Su mirada dorada la intimidó.
Carlota carraspeó para tragarse el líquido, que parecía haberse espesado en su garganta.
—No. Para nada.
No sabía por qué le había mentido. Se dijo que quizá tan solo era prudencia. Alana le estaba contando su historia, y todavía no tenía muy clara cuál era la implicación del señor Blackmore en toda esa trama.
—Entonces, ¿crees que podríamos descubrir algo sobre él? —preguntó Maxine.
Carlota asintió.
—Yo me encargo. —Ya pensaría qué hacer más tarde.
—Perfecto, por mi parte buscaré más información sobre Le Nocturne Astronomique. Me dejé algunos archivos sin revisar.
—¿Cuándo vuelves a Suiza?
Maxine movió su muñeca ligeramente para consultar un reloj que asomaba por debajo de la camisa y de la manta naranja. Tal vez no costara tanto como la joya que andaban buscando, pero estaba segura de que un Rolex así valía una buena fortuna. ¿Quién era esa mujer?
—Mi vuelo sale en un par de horas.
Carlota arqueó las cejas.
—¿No habrás venido a propósito por esto?
Maxine le dedicó una leve sonrisa.
—Claro que no. —Y supo que estaba mintiendo para no hacerla sentir mal.
Maxine se puso en pie, se sacó la manta de encima y dejó un billete sobre la mesa.
—Será mejor que me marche al aeropuerto.
Carlota se levantó de forma atropellada y Maxine le tendió la mano de nuevo.
—Estaremos en contacto. Cualquier novedad, no dudes en llamarme. —Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó.
Carlota rebuscó en su bolso e hizo lo mismo. Era la del trabajo, pero poco importaba. Tampoco es que tuviera mucha vida personal. Maxine se despidió con un asentimiento y se marchó de La Carabela Azul.
Cuando fue a ver a su bisabuela al día siguiente, Carlota omitió que habían encontrado una pista que los llevaba hasta ese misterioso señor Blackmore del que tanto le estaba hablando.
Aunque se moría de ganas de preguntarle qué tenía que ver ese hombre con Le Nocturne Astronomique, no quería generarle más estrés a Alana por el momento.
Por lo menos hasta que no avanzase un poco más en la historia y supiera a qué atenerse y por qué, al parecer, ese hombre había sido uno de sus propietarios.
Se sentó en la butaca frente a ella y se inclinó hacia adelante.
—Entonces, ¿te fuiste al hotel alpino con el señor Blackmore?
Alana le sonrió y dio un sorbo del té que siempre preparaba para sus visitas.
—Ya lo creo.