Max von Eberhardt
—Sí que era inocente el bisabuelo Arthur —comentó Carlota.
Alana le dedicó una sonrisa triste y se balanceó de nuevo en la mecedora; el jardín siempre le había resultado acogedor.
—Mucho, pero era parte de su encanto.
—¿Y ese señor Blackmore? ¿Qué pasó en el viaje?
—Otro día te lo cuento, empiezo a estar cansada.
Carlota suspiró, quería saber más. Tenía la sensación de que empezaba la parte más interesante de la historia.
—Solo dime una cosa más. —No pudo contenerse—. ¿Era guapo?
Alana se echó a reír y, por un instante, le pareció ver a la joven que un día fue.
—Ya lo creo. Como uno de esos actores de cine que hacían suspirar a las jovencitas. Lo peor es que él lo sabía.
Carlota suspiró. Yago también era atractivo y además era consciente de ello. Como si su bisabuela hubiera sospechado lo que andaba pensando, puso una mano sobre la suya.
—Eres muy joven, Carlota, no deberías desaprovechar tu vida por culpa de un imbécil que nunca te mereció.
A Alana nunca le había gustado Yago y a punto había estado de no acudir a su boda.
«Es tu primer novio, sois demasiado jóvenes para dar este paso», había comentado, oponiéndose desde el principio.
Carlota solo tenía veinte años entonces y estaba enamorada.
Indignada, le había contestado que no sabía nada sobre ellos, que su historia de amor era como las de las novelas, que se trataba del hombre de su vida.
Alana había negado con la cabeza, pero al final había asistido al enlace.
Cuando se habían divorciado dos años después, Alana había tenido el buen gusto de no echárselo en cara.
Se había limitado a acariciarle el pelo mientras lloraba en su falda; le había ofrecido palabras de consuelo y le había asegurado que no se acababa el mundo.
«Incluso un corazón roto puede seguir latiendo».
Las palabras de Alana la acompañaron durante todo el viaje de vuelta a Málaga.
Tal vez ella y Mina tuvieran razón. Solo tenía veinticuatro años y parecía que hubiera abandonado cualquier perspectiva de rehacer su vida.
Ya hacía dos años de su divorcio y Yago se había emparejado enseguida, como si sus casi seis años juntos no hubieran significado nada.
Había pasado página. En cambio, ella seguía estancada en una relación que ya no existía y no estaba dejando la posibilidad a empezar nada nuevo con nadie.
Suspiró y puso la música muy alta en el coche para animarse. Cada vez que pensaba en Yago terminaba llorando, pero estaba decidida a no hacerlo nunca más. Se tragó las lágrimas y comenzó a tararear la melodía pegadiza que sonaba en la radio.
No le costó trasladar sus pensamientos hacia otra parte.
Esa misma tarde había quedado con Max von Eberhardt y se sentía bastante nerviosa.
No es que fuese una cita, para nada. Ni siquiera sabía qué pinta tenía el tipo, quizá de verdad era un jubilado o un hombre de mediana edad con familia.
Por culpa de Mina había comenzado a imaginar escenarios de lo más dispares y se dijo que no había nada fuera de lo normal.
Eran dos personas con un objetivo común: encontrar Le Nocturne Astronomique, y solo habían quedado para intercambiar impresiones.
Él no había viajado expresamente desde Suiza ni ella iba a hacer un esfuerzo enorme para verlo.
Era una conveniencia que se había dado así.
Cuando llegó a casa, se comió un sándwich a toda prisa; el tiempo se le había echado encima y no quería llegar tarde.
Seguro que Max era de lo más puntual, como un reloj suizo.
Se rio de su chiste fácil mientras seleccionaba uno de sus vestidos más discretos, uno negro que combinó con unas medias oscuras y unas botas altas.
Se peinó la melena corta y se maquilló un poco, solo lo justo.
No quería que él pensase que se había arreglado demasiado, pero tampoco deseaba parecer un adefesio.
De pronto, comenzaron a asaltarla las dudas: ¿cómo iban a reconocerse?
¿Y si era guapo? ¿Y si era un psicópata?
Llegó a La Carabela Azul a las cinco de la tarde, cuando el sol ya estaba acercándose al horizonte.
Los anocheceres en el puerto tenían un encanto especial y, por un instante, logró sosegarse.
A medida que se había ido acercando la hora de su cita —que no era una cita— se había ido poniendo nerviosa, hasta tal punto que había estado a punto de escribirle a Max para decirle que cambiasen el día.
Al final, había pensado en su bisabuela, que había puesto en ella todas las esperanzas de dar con ese misterioso reloj, y decidió que lo haría por ella.
El bar no estaba muy concurrido y la mayoría de la gente se encontraba en el interior, porque en la terraza corría un aire demasiado frío a esas horas.
Había cuatro señoras charlando en una mesa frente a un café caliente, un par de jubilados en la barra tomando una copa que probablemente el médico les habría desaconsejado y, por último, dos hombres solos.
Tenía que ser uno de ellos. El de la derecha, un señor de mediana edad, estaba algo encorvado mientras leía un libro de filosofía.
El otro, cuyo cabello comenzaba a clarear, miraba embobado un partido de fútbol en la enorme pantalla de plasma.
Se decidió por el lector. No se imaginaba a alguien interesado en relojes míticos gritando «gol» a pleno pulmón.
Se acercó algo dudosa, a pesar de que se había quedado más tranquila. Ese hombre afable no parecía ningún loco y además tenía pinta de ser un padre de familia, lo que haría la conversación mucho más sencilla. Se plantó a su lado.
—¿Max? —dijo con timidez. Él alzó la mirada del libro y la miró desconcertado. Se sintió incómoda, como si lo hubiese interrumpido—. Soy Carlota, del foro…
El hombre continuaba mirándola sin comprender.
—Me llamo Andrés, creo que se está confundiendo.
Carlota se puso roja.
—Oh, claro, disculpe, disculpe… —Quiso salir a la carrera.
Para soportar la vergüenza, se refugió en la terraza.
—Joder, joder —masculló mientras sacaba el móvil de su bolso sin saber muy bien para qué. Quizá para enviarle un correo electrónico a su supuesta cita y preguntarle dónde demonios estaba.
—¿Carlota? —Casi lanzó el móvil por los aires al escuchar que una voz femenina pronunciaba su nombre marcando mucho la erre.
Alzó la vista de la pantalla del teléfono y se percató entonces de que una mujer con gafas de sol se encontraba sentada en una de las mesas de la terraza, sola.
Carlota frunció el ceño, confundida, y se apartó el pelo de la cara.
El maldito viento debía estar haciendo que pareciese un mocho; trató de peinarse sin mucho éxito y se acercó a ella.
—¿Eres Carlota? —insistió la mujer.
—Sí.
—Soy Maxine von Eberhardt. Es un placer conocerla en persona —dijo en un español bastante rudimentario.
Carlota parpadeó unas cuantas veces y casi se echó a reír.
Max era una mujer. Y, desde luego, ni necesitaba taca-taca para andar ni tenía aspecto de psicópata.
La joven se puso de pie, se acercó a su encuentro y se quitó las gafas de sol.
Tenía los ojos de color miel y su cabello era rubio, de un dorado similar al de sus iris; lo llevaba perfectamente acicalado en una coleta que no se despeinaba a pesar del viento.
Su piel era muy clara y una constelación de pecas adornaba su nariz recta.
Lucía una camisa bastante formal, unos pantalones chinos y una gabardina demasiado fina para el mes de enero, que ondeaba bajo la brisa dotándola de un aire etéreo, casi de ninfa.
Su estatura era similar a la suya, pero Carlota se sintió poca cosa al lado de una belleza así.
Maxine parecía casi tan sorprendida como ella de que su cita no fuese una viejecita nostálgica, tal vez por eso tardó unos segundos en tenderle la mano.
Carlota se la estrechó; esa mujer se las había apañado para mantener el calor corporal a pesar de las finas mangas de camisa que vestía bajo la gabardina.
—Igualmente. —Carlota se encogió bajo su abrigo.
—¿Tiene frío? Podemos ir dentro.
Carlota pensó en el lector de filosofía y prefirió no encontrárselo.
—No. Aquí está bien, el atardecer es precioso. —Maxine asintió y entonces vio las mantas que había en un rincón de la terraza para valientes como ellas. Cogió un par y le tendió una a Carlota—. Gracias.
Tanto cuidar su outfit y había terminado envuelta en una manta naranja con bolitas. La consoló que Maxine tuviera la misma pinta que ella; incluso le pareció tierno.
Julián, el camarero, se acercó en ese momento para preguntarles qué querían tomar. Carlota lo agradeció, porque así tendría tiempo de reponerse de la primera impresión que le había causado la mujer. Pidió un cortado. Maxine frunció el ceño, desconcertada, y le preguntó por lo bajo:
—¿Qué es un cortado?
—Café con un poco de leche.
Ella asintió.
—Lo mismo —le dijo a Julián en su complicado español.
Cuando él se marchó, se volvió de nuevo hacia Carlota con una sonrisa de disculpa.
—Estoy aprendiendo el idioma, pero no se me da muy bien. ¿Le importaría que habláramos en inglés? Si se siente cómoda, claro.
Carlota asintió. Ella tampoco era buena con las lenguas; tan solo dominaba el inglés porque Alana se lo había inculcado desde pequeña.
Le dijo que no había ningún problema y Maxine se mostró aliviada.
En cuanto comenzó a hablar, Carlota se dio cuenta de que lo hacía con mucha fluidez, como si también fuera su segundo idioma.
Lo único que la delataba era el leve arrastrar de las erres: probablemente era de la parte francófona de Suiza, por muy alemán que sonara su nombre.
—Me alegro de que hayamos podido vernos en persona —comenzó Maxine—, lo cierto es que me parecía complicado explicarte todo lo que he descubierto por correo electrónico o a través del foro.
Carlota agradeció que dejaran de tratarse de usted. No le gustaban tantas formalidades.
—¿Qué has averiguado? —quiso saber, ansiosa.