La medida del tiempo La esposa perfecta
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La esposa perfecta

Entenderás, entonces, por qué me puse tan nerviosa cuando el señor Blackmore me dijo que conocía todos mis secretos.

En mi idioma materno, nada más y nada menos, para que me quedase bien claro que no iba de farol.

La sola idea de que ese hombre se dedicase a difundir la verdad y destrozar la imagen que tanto me había costado construir no me dejó dormir durante muchas noches.

No sabía qué hacer. Podía acudir a Arthur, pero me avergonzaba tanto mi pasado que no quería sacarlo de nuevo a relucir delante del hombre que me lo había dado todo.

Para nosotros se había convertido en un tema tabú.

Nunca hablábamos de la extraña relación que habíamos mantenido antes de casarnos, ni sabía dónde guardaba los cuadros que pintó de mí en The Silver Swan.

Así que hice lo único que se me ocurrió: evitarlo a toda costa mientras trataba de convencer a Arthur de que deshiciera el trato que había firmado con él.

No quería volver a la miseria. Pero, al parecer, mi marido no deseaba discutir sobre el tema.

Cada vez que le sugería que revisara el contrato o que se planteara la cantidad de dinero que nos estábamos jugando, me miraba contrariado; y yo no soportaba molestar a Arthur.

Traté de seducirlo para ver si entre las sábanas accedía a escucharme, pero ni siquiera me sirvió.

De un tiempo a esa parte, tu bisabuelo había perdido el interés en los juegos de cama.

Fueron unas semanas muy estresantes para mí, porque no veía la forma de revertir la situación, y eso que siempre me he considerado una mujer resolutiva.

Si antes me había atrevido a increpar al señor Blackmore con toda la caballería, en esos momentos le temía.

Me daba la sensación de que ese hombre solo mostraba una fachada tras la que ocultaba muchas facetas, algunas incluso peligrosas.

¿Cómo, si no, sabía de mi pasado? Debía de ser de los que tenían oídos y ojos en todas partes y, en el fondo, me aterrorizaba que supiera que era yo quien había terminado con la vida de Beatrice Bellamy.

«Es imposible», me repetía. Nadie me había visto aquella noche.

Sin embargo, el miedo es poderoso y él supo jugar muy bien sus cartas.

En ese estado de nervios me encontraba cuando una mañana Arthur me mandó llamar para acompañarlo a tomar un té en el salón azul.

No era tan extraño, a menudo compartíamos ratos en pareja para hablar de literatura y pintura; eso era lo único que no había cambiado entre nosotros.

Él seguía siendo mi maestro de vida, y yo una avezada aprendiz.

No obstante, en cuanto entré en la estancia, me percaté de que no estaba solo.

Quise fundirme con el suelo de madera o con uno de los cortinajes de terciopelo: lo último que quería era toparme con el señor Blackmore.

Pero allí estaba él, sentado en uno de mis sillones, con el brazo apoyado en el reposacabezas y esa sonrisa condescendiente de quien sabe que ha ganado.

Cruzó una pierna por encima de la otra en una postura del todo relajada, como si Wetherby Hall ya le perteneciera; quizá ya lo habíamos perdido.

Traté de mantener la calma. Alcé la barbilla para mostrar un orgullo que no sentía y lo fulminé con la mirada, pero no dije nada y me limité a acercarme.

Mi marido se había acomodado frente a él, tomando té como si la cosa no fuera grave.

Últimamente andaba bastante distraído, centrado en obras pictóricas y en escritores emergentes.

Creo que el hecho de haber puesto nuestra fortuna en manos de un asesor lo había relajado y consideraba que así podía dedicarse en exclusiva a sus verdaderas pasiones. Cuán equivocado estaba.

—Querida, ya estás aquí —me dijo, alargando la mano hacia mí.

Agradecí la muestra de cariño y se la tomé. Era mejor que el señor Blackmore viera que éramos un matrimonio sólido al que no podría destruir con sus encantos. Me senté junto a Arthur y suspiré. Siempre que me encontraba a su lado conseguía sosegarme un poco.

—He estado pensando en algo y quería comentarlo contigo. —Tensé la comisura de mis labios en una sonrisa que nadie, ni siquiera él, se creyó. Sus ideas eran, la mayoría de las veces, extravagantes y desatinadas, pero asentí para que continuase—. ¿Recuerdas el refugio alpino que tenemos en Montreux?

No. Nunca había estado allí, pero conocía la existencia de ese pequeño hotelito en Suiza, del que me había hablado en alguna ocasión. Asentí para alentarlo a continuar, pero me puse las manos debajo de la falda y clavé las uñas en la tapicería; me temía que la idea no me iba a gustar en absoluto.

—He pensado que ahora que contamos con la asesoría del señor Blackmore podríamos viajar hasta Montreux para analizar el negocio y ver si de verdad nos es rentable.

Me temo que he descuidado sus cuentas últimamente y no tengo ni idea del estado en el que anda el edificio.

Será una buena oportunidad para considerar si lo mantenemos entre nuestras propiedades o si es mejor venderlo para sacarle rentabilidad y tener algo de cash . ¿Se dice cash, no, señor Blackmore?

El tipo asintió y me di cuenta de que, en vez de atender a su interlocutor, se había dedicado a observarme a mí.

Debía de estar disfrutando de cada una de mis microexpresiones: desde el horror inicial de viajar a un país que desconocía hasta la idea de vender y permitir que ese hombre decidiera más sobre nuestras finanzas.

—¿Qué opinas?

—No lo sé, Arthur. Suiza está muy lejos y la situación en Europa está un poco tensa. Quizá es mejor quedarse en casa, ese hotel no es una prioridad ahora mismo y…

—El refugio alpino que poseen está teniendo grandes pérdidas —soltó el señor Blackmore que, al parecer, se consideraba con potestad para opinar de todo—. Considero que deben prestarle la atención adecuada cuanto antes.

Fruncí el ceño. ¿Y si lo único que quería era sacarnos a Arthur y a mí de Wetherby Hall para terminar de arrebatárnoslo y que, al regresar, no nos quedase nada? Puede que fuera desconfiada, pero era lo que la vida me había enseñado.

—Yo iría con ustedes, por supuesto —dijo el hombre, como si me hubiera leído la mente.

La idea me horrorizó todavía más que verme desahuciada de Wetherby Hall. ¿Qué diablos pintaba el señor Blackmore con nosotros en medio de las montañas suizas? Si no hubiera estado tan tensa por lo que sabía de mí, la idea me hubiera resultado casi hilarante.

—No será necesario —lo dispensé enseguida con la mejor de mis sonrisas.

—Ya lo creo que sí —me contradijo Arthur—. Él, mejor que nadie, será capaz de ver cómo están las cuentas y el estado del inmueble.

Me puse roja de rabia, pero me mantuve callada para no explotar. No quería molestarlo con ese temperamento que me ocupaba de ocultarle a toda costa. Sin embargo, el descarado del señor Blackmore me dedicó otra sonrisa; sabía muy bien que era como una olla a presión a punto de estallar.

—Y bien, ¿cuándo nos vamos? —remató el muy sinvergüenza.

—Una semana será suficiente para preparar nuestro equipaje, ¿no crees, querida?

—Sí —contesté con los labios fruncidos.

Había tenido que comprar bastante ropa de abrigo.

Aunque en Londres hacía frío, me constaba que en Suiza era incluso peor, así que me hice con unos curiosos trajes de esquí.

Montreux, igual que otras zonas de los Alpes suizos, se había vuelto un lugar turístico donde los nobles y la gente adinerada pasaban algunas temporadas vacacionales.

Estaba en auge, por eso me sorprendió que nuestro refugio alpino se encontrara en números rojos.

En cualquier caso, traté de no darle vueltas al mes infernal que tenía por delante.

Por lo que Arthur me había contado, el hotel no era excesivamente grande y estaba segura de que no me sería tan sencillo esquivar al indeseable señor Blackmore.

Por supuesto, él estaría encantado de poder martirizarme.

Para olvidarme de eso, me centré en meter todo cuanto pudiéramos necesitar en un par de maletas: abrigos gruesos, pantalones de esquí, libros, incluso víveres.

No tenía ni idea de lo que me iba a encontrar allí, y no soportaba pasar hambre.

La mañana en la que debíamos partir, no vi a Arthur por ninguna parte.

Me di cuenta cuando dejé de pulular por Wetherby Hall en busca de cualquier cosa que me hubiera olvidado de meter en el equipaje.

La pobre Maisie me seguía insistiendo en que estaba todo dentro y en que me marchara tranquila.

En el fondo, no sabía qué haría sin ella, pero no se lo dije y me limité a ser seca, como siempre.

Al fin, cansada de no saber dónde andaba Arthur, lo busqué en su despacho, en la biblioteca y en los salones. Cuando concluí que no estaba en ninguno de sus lugares habituales, probé en su habitación. Efectivamente, se encontraba entre las sábanas, revolviéndose incómodo.

—¡Arthur! —Me acerqué a la cama y puse una mano en su frente. Estaba algo caliente, pero nada alarmante—. ¿Qué te pasa?

Él abrió los ojos y resopló.

—Me encuentro como si me hubiera arrollado un convoy.

—Voy a por paños fríos —avisé, poniéndome en pie con rapidez.

—No será necesario. Es un simple resfriado, enseguida me recuperaré.

Lo miré contrariada. Entonces, alguien llamó a la puerta principal y observé por la ventana. Por supuesto, era el inoportuno señor Blackmore, que ya había llegado a casa en su lujoso Bentley. Resoplé.

—¿Es el señor Blackmore? —quiso saber Arthur.

—Sí, ahora bajo para decirle que cancelamos el viaje.

Él soltó un suspiro.

—No lo cancelaremos. Ese refugio alpino necesita atención inmediata.

—Pero no puedes viajar en este estado —me quejé.

Habíamos descuidado el hotel durante años, no pasaría nada por un par de semanas más.

—Yo no —me confirmó—, pero tú sí.

Abrí mucho los ojos, confundida.

—No pienso ir sola.

—El señor Blackmore te acompañará.

Balbuceé palabras que ni siquiera tenían sentido, aturdida como estaba. No podía estar diciéndolo en serio.

—Querido, no pienso ir con ese hombre a ninguna parte.

—Sé que no te gusta. —Por lo menos era consciente de mi animadversión hacia ese tipo—.

Pero te lo pido por favor. Confío plenamente en tu criterio y en el del señor Blackmore.

En el fondo sois bastante parecidos, ¿sabes?

Estoy seguro de que haríais un gran equipo si dejarais vuestras rencillas a un lado.

Cerré los ojos. Por supuesto, no podía negarle nada después de todo lo que él me había dado.

—Pero ¿y si empeoras? —repliqué preocupada y aterrada a partes iguales—. No quiero marcharme mientras estás enfermo.

—No empeoraré. Si te quedas más tranquila, podéis esperar hasta mañana. Seguro que con una buena noche de descanso tendré menos fiebre.

Asentí. Eso me daba tiempo. Quizá incluso se repusiera y pudiese viajar con nosotros. Evidentemente, era imposible. Tu bisabuelo era un hombre fuerte, pero no hasta tal punto.

—Discúlpame con él y ve a avisarle del cambio de planes, por favor. Podéis salir mañana a la misma hora si así te convences de que no me voy a morir de un simple enfriamiento.

Me eché a reír, tal vez de los nervios. Me incliné sobre él y le di un beso en la frente.

El señor Blackmore esperaba recostado sobre su reluciente automóvil con los brazos cruzados mientras miraba con atención Wetherby Hall; quizá estaba tasando la fortuna que se embolsaría cuando nos arruinara.

En cuanto me vio salir se incorporó y frunció el ceño, como si le extrañara verme sin la compañía de mi marido.

Tomé aire y me acerqué a él. No habíamos estado a solas desde la noche de la biblioteca y, aunque me avergonzaba de ello, había rememorado aquel brusco beso en muchas ocasiones.

Él me desconcertaba porque, de todos los hombres con los que me había cruzado alguna vez, era el único que había despertado deseo en mí, una atracción que no sabía ni que era capaz de sentir.

Pensaba que mi experiencia en The Silver Swan había erradicado mi capacidad de tener ese tipo de sentimientos.

Era irónico que me pasase con un hombre con intenciones tan turbias y al que en teoría detestaba.

— Milady . —Inclinó la cabeza en un supuesto gesto de reverencia, pero sus ojos brillaban con ese tono pícaro que comenzaba a conocer muy bien.

Carraspeé e ignoré la incómoda sensación en el estómago que me provocaba tenerlo delante.

—Me temo que nuestro viaje debe posponerse hasta mañana —le dije de corrido—. Arthur está indispuesto.

Él pareció algo disgustado, pero fingió que no le importaba. Me percaté de que tenía el maletero lleno de equipaje y casi sonreí al imaginarlo cargando todos esos enseres para nada.

—Espero que no sea grave. Ya sabe que, si necesitan cualquier cosa de mi parte, estoy a su entera disposición.

Apreté los dientes ante su fingida amabilidad.

—No necesitamos nada, gracias.

—Entonces, mañana les vengo a buscar. —Dio media vuelta en dirección a la puerta del conductor, dispuesto a marcharse.

Tomé aire.

—Iremos solos usted y yo.

Él detuvo sus pasos y se volvió de nuevo hacia mí. Arqueó una ceja, casi divertido.

—¿Cómo dice?

Tragué saliva cuando se acercó.

—Retrasamos la salida porque quiero asegurarme de que mi esposo —recalqué la palabra para que le quedase claro— se encuentra fuera de peligro, pero no estará en condiciones de viajar hasta dentro de unas semanas y no quiere retrasar el viaje tanto tiempo.

Se mordió el labio inferior y lo miré. Me puse más nerviosa cuando él sonrió.

—¿No tiene miedo de dejarla a solas con otro hombre? —siseó acercándose a mí.

—Sabe que yo jamás lo engañaría —solté—, y menos con un rufián como usted.

Se llevó una mano al pecho en un gesto exagerado.

—Eso ha dolido, condesa —respondió en español.

Me quedé paralizada. Su voz sonaba incluso más grave en mi idioma materno, más sensual. Quizá llevaba demasiado tiempo sin escuchar a nadie hablar con esa cadencia.

—Mañana a la misma hora —contesté en inglés, ignorándolo.

Si algo bueno me ofrecía ese viaje era la oportunidad de averiguar qué sabía exactamente de mí y, sobre todo, cuáles eran sus intenciones. Me prometí que lo iba a desenmascarar de una vez por todas.