La medida del tiempo El desamparo #2
34%

El desamparo #2

Era Arthur. Se arrodilló junto a mí y me colocó su fino abrigo de verano sobre los hombros.

Todo mi cuerpo temblaba y los movimientos se habían vuelto espasmódicos.

Él me rodeó con los brazos sin importarle que estuviera sucia y demacrada, que oliera a inmundicia o pudiera contagiarle mi enfermedad.

Me alzó como si fuese la princesa de cuento que nunca fui y caminó a toda prisa hacia un taxi.

Escuché que le daba la orden al conductor, pero no me soltó.

—A Wetherby Hall. Dese prisa.

Cerré los ojos y apoyé el rostro contra el pecho de tu bisabuelo. No recuerdo nada más de aquel momento.

Cuando desperté, lo hice en una cama incluso más cómoda que la de mi habitación en The Silver Swan.

Tenía la sensación de que el colchón me estaba abrazando y que las sábanas de seda acariciaban mi cuerpo.

Descubrí que mi cabeza se apoyaba sobre unos cuantos cojines de plumas, a cada cual más elegante.

Me percaté de que alguien me había quitado el vestido mugriento que había estado llevando los últimos días; lo habían sustituido por un delicado camisón.

Me incorporé con brusquedad y me aparté de la cara el cabello húmedo.

También se habían encargado de limpiarme.

La habitación se encontraba vacía. La recorrí con los ojos muy abiertos.

The Silver Swan me había parecido un lugar espléndido, pero entonces me di cuenta de que no había sido más que una casa decorada con cierta ostentación para fingir riqueza.

En cambio, Wetherby Hall era elegante sin pretenderlo: candelabros de oro macizo, suelo de madera de nogal cubierto por alfombras magníficas y ventanas con cortinas de terciopelo; incluso los muebles tenían molduras propias de un palacio.

Jamás había estado en un lugar tan lujoso.

Me sentí indigna, una intrusa que no merecía haber dormido entre tanto esplendor.

La puerta se abrió de repente y entró una doncella.

Traía una palangana con agua fresca y paños, con los que seguramente pretendía seguir bajándome la fiebre.

Cuando me vio incorporada en la cama, se detuvo en seco.

Abrió la boca y la cerró al momento. Dejó lo que llevaba en la mano sobre una cómoda y se apresuró a salir murmurando algo parecido a «voy a avisar al conde».

Me levanté de la cama y tuve que sostenerme en el colchón un segundo.

Todo me daba vueltas. Me acerqué a la ventana, corrí la cortina y entrecerré los ojos.

El sol todavía estaba alto y me pregunté si seguiría siendo el mismo día.

¿De verdad Arthur me había encontrado en la calle?

¿Me había llevado a su casa? Aunque nuestra amistad había sido intensa durante meses, me resultaba impensable que un conde se hubiese expuesto a eso.

Se abrió la puerta y me sobresalté. Quizá el tiempo sola en la calle me había vuelto asustadiza, o puede que fuese el hecho de creer que la policía me detendría de un momento a otro.

—Estás despierta… —Arthur me miraba desde el umbral de la puerta de la habitación, como si no se atreviese a entrar sin mi permiso.

Di un par de pasos hacia él y entonces se acercó. Me examinó con el ceño fruncido y, por un instante, temí que pudiera leer en mis ojos lo que le había hecho a madame Beatrice. Me convencí de que eso era imposible. Nadie lo sabía y nadie lo sabría jamás.

—¿Cómo estás? —No era la primera vez que me hacía esa pregunta, pero siempre le había mentido. Sin embargo, ya no tenía sentido fingir que todo iba bien.

Me eché a llorar y él se alarmó, como hacen la mayoría de hombres cuando ven llorar a una mujer.

Titubeó un segundo y, al final, me puso las manos en los brazos.

Mi cuerpo quiso rechazar el contacto. Me habían tocado en contra de mi voluntad demasiadas veces y era una respuesta instintiva.

No obstante, me obligué a no huir de él.

Tu bisabuelo era un buen hombre y me sabía segura bajo su techo, así que dejé que tratara de consolarme a su modo.

Cuando me abrazó, me puse tensa; al ver que no había ningún movimiento indecoroso, me relajé.

Cerré los ojos y continué llorando contra su pecho.

—Tranquila. Todo saldrá bien.

Me susurraba palabras amables mientras mis lágrimas corrían desbocadas por mis mejillas.

Fueron muchos años fingiendo. Cada noche, cada día. Mi vida había sido un infierno y ni siquiera se me había permitido quebrarme. En ese momento, por fin, pude hacerlo sin que nadie me juzgara.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó Arthur cuando me calmé.

Me separé de él e intenté no dejarme llevar por el pánico. «No te está acusando de nada, tan solo está preguntado por el suceso que ha llevado a la ruina y cierre de The Silver Swan, como haría cualquier persona normal», me dije. Tomé aire.

—No lo sé. Vinieron unos investigadores al pub y nos dijeron que madame Beatrice había aparecido muerta a unos metros del local… Al parecer, alguien le había clavado un puñal en el cuello —se me quebró la voz y él lo interpretó como sensibilidad. Pero era culpa. La maldita culpa.

Volvió a ponerme una mano en el brazo para mostrarme que me escuchaba.

—Después de eso, me marché de allí. Todas lo hicimos. No quedaba nada para nosotras y no quería seguir en esa vida de… —callé y apreté los labios con fuerza para contener una palabra que odiaba con todas mis fuerzas.

Él me dedicó una mueca.

—Cuando me enteré de todo, fui a buscarte —me confesó—, pero ya no había nadie. El lugar se encontraba desierto, y he tardado casi una semana en dar contigo.

Suspiré, agradecida porque se hubiese preocupado por mí. Con toda seguridad, Arthur me salvó la vida al recogerme de la calle.

—No estabas en The Silver Swan por voluntad propia, ¿verdad?

—Se me llenaron los ojos de lágrimas otra vez, y esa fue toda mi respuesta.

Él me miró con pena. Siempre he odiado que me miren con pena, pero que lo hiciera él no me molestó—.

Lo sabía… Tendría que haberte sacado de allí, tendría que haberlo sabido…

—No podías.

—Por supuesto que hubiera podido. Pero siempre decías que estabas bien, se te veía tan entera que… Lo siento, Alana. Lo siento mucho.

Me abrazó de nuevo y me sentí bien entre sus brazos. No me provocaba rechazo como el resto de hombres, sino más bien al contrario. No lo llamaría una atracción arrolladora, pero Arthur era un caballero y eso siempre me gustó de él.

Las fuerzas comenzaron a flaquearme, quizá por la intensidad de la conversación, o simplemente por la enfermedad que todavía me acechaba.

Arthur me sostuvo del brazo y me acompañó de nuevo hasta la cama.

Hizo que me sentara y me quedé quieta, con los hombros hundidos y una tremenda sensación de cansancio. Él tomó asiento a mi lado.

—Ayer hice venir a un médico —me explicó—. Tienes neumonía.

Lo miré horrorizada. En aquella época, algo así podía ser mortal, y más en un cuerpo débil y castigado como el mío. Sin embargo, él me sonrió.

—Dijo que lo peor ya ha pasado. Te cuidaré, Alana. No volverás a la calle ni a una vida de miseria.

Tragué saliva y lo miré a los ojos.

—¿A cambio de qué? —Estaba demasiado acostumbrada a ofrecer algo por lo que recibía.

Él me miró con expresión triste.

—A cambio de nada, querida. —Me apartó el pelo de la cara y se levantó.

Salió de la habitación y me dejó a solas. Cuando me tumbé, cerré los ojos y me arrebujé entre las sábanas. Antes de quedarme dormida, pensé que sería fácil acostumbrarse a una vida como esa.

Tardé más de un mes en recuperarme del todo y en ningún momento tuve la sensación de ser una carga para Arthur.

Al contrario, venía a verme a menudo para conversar sobre literatura, pintura o movimientos culturales.

También le apasionaba la historia y a mí se me pasaban las horas volando mientras lo escuchaba hablar.

Sin embargo, cuando me encontré en mis plenas facultades, empecé a preguntarme cuánto tiempo más podría alargar mi estancia.

Había vivido en un limbo de ilusiones durante semanas.

Wetherby Hall se encontraba alejado de la ciudad, en plena campiña inglesa, por lo que era poco probable que nadie allí conociera mi pasado.

Aun así, me martirizaba la idea de que alguien pudiera reconocerme.

Me corté el pelo en una melena corta que he llevado desde entonces y una de las doncellas me enseñó a hacerme ondas al agua.

Aprendí a maquillarme con delicadeza, con colores mucho más discretos.

Incluso me empolvaba la piel para no parecer tan morena.

Comencé a llevar ropa elegante que no tenía nada que ver con los exuberantes vestidos que había lucido en The Silver Swan.

Me convencía de que sería imposible que ninguno de mis clientes me reconociera, aunque me tuviese delante.

En ocasiones me descubría fantaseando en cómo sería pertenecer a ese mundo, pero me obligaba a mantener los pies en la tierra.

Por mucho que Arthur me hubiera dicho que no volvería a la calle, no significaba que pudiese quedarme en su casa de manera permanente.

Ya resultaba suficientemente difícil aguantar las miradas de desconfianza del servicio.

No eran tontos. Sabían que yo no era una dama respetable como Arthur les quería hacer creer, pero nadie se atrevía a desafiarlo. Solo callaban para no contrariarlo.

Un día no pude soportar más esa sensación de no pertenecer a ninguna parte y me acerqué a él cuando estaba en su despacho.

Nunca era yo quien iba en su busca. Temía importunarlo con mi presencia y siempre era él quien venía a mí.

Quizá por eso me abrió con cara de sorpresa cuando llamé a su puerta.

Me hizo pasar y me horrorizó el caos que tenía allí dentro, pero no dije nada.

Cada uno podía vivir como quisiera y si él disfrutaba del desorden, que así fuera.

Me miró unos segundos en silencio, se sentó en su butaca y me hizo un gesto para que tomara asiento frente a él, pero me quedé de pie.

—Debería marcharme, milord .

Una arruga apareció entre sus cejas. Sabía que prefería que le llamase Arthur, pero debía obligarme a mantener las distancias o no sería capaz de seguir adelante con mi decisión.

—¿Quieres marcharte?

Eché la cabeza hacia atrás; esa no era la respuesta que esperaba. Decidí ser sincera.

—No, pero…

—Entonces, quédate. —Se levantó del sillón y se acercó a mí.

Alcé la mirada hasta la suya, tan cálida y amable.

—El servicio habla y tienen razón en pensar mal de mí. Hay rumores de todo tipo sobre mi procedencia y, por supuesto, no puedo contradecirlos y…

—No me importa, Alana, sabes que para mí eres especial. Quédate.

Me mordí el labio, porque no tenía muy claro cuánto de especial era eso.

¿Una amiga? ¿Una amante a la que colmar de riquezas?

Me había planteado volver a besarlo, ver si podía compensar de algún modo todo lo que había hecho por mí.

Sin embargo, algo me decía que no hubiera aceptado el acercamiento y me habría vuelto a rechazar.

—No es adecuado, milord .

Él se acercó y tomó mis manos entre las suyas, se las llevó al pecho y dijo:

—Entonces, cásate conmigo.

—¿Qué?

—Cásate conmigo, Alana.

Abrí la boca unas cuantas veces para responder a su inesperada petición de matrimonio, pero la voz no acudía a mi garganta. Jamás me había atrevido a imaginar ese escenario. Amiga. Amante, quizá. Pero nunca la esposa legítima de un conde.

—La sociedad no lo aceptaría.

Sonrió con seguridad, o tal vez con ingenuidad. Él era así.

—Lo harán.

Fui a besarlo, pero me detuvo agarrándome por los hombros.

—Solo si eres mi esposa.

Sonreí con sinceridad por primera vez en años.

—Lo seré.

Entonces se inclinó sobre mis labios. Fue delicado, suave. Un beso que recordaré siempre, porque fue el primero que me dieron con amor.

Nos casamos al cabo de un mes, a pesar del revuelo que se armó con nuestra boda.

Arthur se ocupó de borrar cualquier rastro de la mujer que un día había sido y, si alguien me recordaba, me olvidó por conveniencia.

Con el tiempo lo llegué a conocer muy bien, casi tanto como a mí misma, y sé que disfrutó del escándalo.

En el fondo, detestaba las apariencias de la sociedad tanto como yo, y tal vez por eso fuimos un matrimonio relativamente feliz, pese a todas las cosas que pasaron después.