La medida del tiempo El desamparo
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El desamparo

Después de matar a madame Beatrice, volví a The Silver Swan.

Me temblaban tanto las manos que me llevó más de diez minutos escalar la misma pared que había bajado hacía ya un buen rato.

Cuando llegué a mi habitación, cerré la ventana y me quedé de pie mirando a la nada, demasiado aturdida como para reaccionar.

Tenía la respiración agitada y la sensación de tener todavía las garras de Beatrice en el cuello.

Estaba manchada de sangre y calada hasta los huesos; sin embargo, tardé bastante en acercarme a la tina para lavarme las manos.

Cuando al fin lo hice, la sangre se había secado.

La fregué con fuerza, pero no se iba de entre los dedos, ni de detrás de las uñas.

Su color acusador me miraba a la cara; me susurraba que era una asesina.

«Asesina, asesina, asesina». Gimoteé. El aire dejó de entrar en mis pulmones y me invadió el pánico.

Me froté las manos con más ahínco. «Agua y jabón, agua y jabón, agua y jabón».

No había forma de eliminar los restos rojizos.

Herví agua lo más discretamente que pude y metí las manos dentro, sin esperar a que se enfriara.

Quise chillar de dolor, pero me mordí las mejillas por dentro para continuar en silencio.

No quería alertar a nadie o, de lo contrario, estaría perdida.

Cuando saqué las manos de la tina, continué lavándolas con todo lo que estuvo a mi alcance: jabón, lejía, aguarrás; hasta que el único rastro que quedó de mi crimen fue la piel escaldada.

Me quité el vestido y lo lavé con el mismo ímpetu, hasta que quedó inmaculado. Lo tendí con cuidado de no despertar a nadie.

Cuando terminé, me metí en la cama y me quedé el resto de la noche mirando por la ventana, con los ojos muy abiertos y la imagen de madame Beatrice persiguiéndome.

«Asesina, asesina, asesina». Nunca me he deshecho de ella, ¿sabes?

A veces me despierto cubierta de sudor y sigo sintiendo su mano alrededor del cuello; cada noche me asfixia un poco desde el más allá.

A la mañana siguiente vino la policía. Para entonces, yo había logrado sosegarme lo suficiente como para mantener el rostro sereno, aunque me estuviera consumiendo por dentro.

Cuando bajé, el resto de chicas ya se encontraba en el salón.

No obstante, ninguna de ellas estaba desayunando como de costumbre; un par de hombres uniformados las escrutaba desde el otro lado de la estancia.

Mis compañeras se habían agrupado en un rincón, muy cerca las unas de las otras, quizá en un vago intento de sentirse más seguras.

Algunas se abrazaban a sí mismas, como si eso pudiera protegerlas.

Tal vez temían que las autoridades las acusaran de un crimen que ninguna de ellas había cometido.

Tomé aire y me acerqué al grupo, fingiendo desconcierto.

Maggie, la mayor de nosotras, me tomó por el hombro para conducirme hasta donde se encontraban; debió pensar que contar conmigo sería de gran ayuda.

Por norma general, yo era la más elocuente de todas, pero bajo aquellas circunstancias me sentía incapaz de argumentar nada.

Estaba tan asustada que incluso pensé en entregarme.

Aun así, ¿qué ganaría con ello? Pudrirme en una cárcel y vivir una vida miserable, en el mejor de los casos. El cadalso, en el peor.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, con la mayor inocencia de la que fui capaz, y miré a los dos policías con miedo.

— Madame Beatrice ha aparecido muerta —murmuró Clara, una muchacha silenciosa y con tendencia a asustarse con facilidad. Estaba temblando, puede que temiera que alguien la asesinase a ella también.

Me cubrí la boca con la mano, trémula. Era la adrenalina que corría por mis venas, lista para salir corriendo de mis depredadores si era necesario. Me llevé la otra mano al pecho para apaciguar los latidos de mi corazón. Por suerte, nadie se extrañó de mi reacción.

—Alguien le ha clavado un puñal en el cuello —susurró Maggie—. Y la dejaron ahí tirada, como si… como si fuera escoria.

—Qué infamia —apuntó otra.

Quise recordarles lo que esa mujer les obligaba a hacer cada noche, los sufrimientos a los que nos había expuesto a todas, pero me callé.

Quizá para ellas resultaba más fácil creerse esa mentira: que éramos una familia de cisnes.

Algunas lloraban, pero yo fui incapaz de derramar ni una lágrima de pena.

Solo sentía rabia por lo que había hecho, por la senda oscura que había tomado mi vida por culpa de madame Beatrice.

—Veamos… —Uno de los bobbies se acercó con las manos en los bolsillos, haciendo gala de esa seguridad que suelen dar los uniformes.

Nos repasó las caras y los cuerpos a cada una de nosotras, tal vez con la intención de encontrar algo más revelador que nuestras curvas o nuestros vestidos caros—.

¿Saben si madame Beatrice tenía enemigos?

—No, ¿cómo va a ser eso? —replicó Maggie—. Era una mujer muy querida.

El policía miró a su compañero y alzó una ceja. Carraspeó.

—Pero era… bueno, ustedes son prostitutas. —No era una pregunta. Algunos policías incluso eran clientes.

—¿Y qué importa eso? —preguntó Charlotte, que siempre había sido la más incendiaria.

El tipo la miró con una sonrisa condescendiente.

—Importa y mucho. Tal vez un cliente descontento con sus… —dudó sobre qué palabra utilizar— servicios haya decidido terminar la discusión en la calle.

Todas nos quedamos calladas.

—O quizá una de ustedes se cansó de esta vida, discutió con ella y la asesinó.

Seguimos en silencio, mientras ese hombre nos escrutaba de nuevo. Mantuve la mirada al frente, tratando de respirar con calma, pero apreté las manos con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas.

—Usted —dijo, y se paró frente a mí. Tragué saliva—. No parece inglesa.

—Soy tan inglesa como usted, señor —repliqué con una dicción perfecta.

El policía se calló y continuó mirándome, como si quisiera encontrar la verdad escondida en mis ojos demasiado oscuros o en mi piel dorada.

Las únicas personas que para ese entonces conocían mis orígenes estaban muertas o desaparecidas, así que seguí con la farsa.

Me temo que el racismo no es algo nuevo y en ese entonces tener la piel un poco morena era un estigma.

—El arma se encontraba clavada en el cuello de la víctima desde un ángulo inferior —siseó—, así que tuvo que ser una mujer, o alguien más bajo que ella. Y usted es bastante pequeña.

Cualquiera de nosotras encajaba en esa descripción, pero era más fácil acusarme a mí.

—No tienen pruebas —me defendió Charlotte, para mi sorpresa—. Los he oído decir que la lluvia ha borrado las huellas. No hay manera de demostrar nada.

—¿Quizá fue usted, entonces? —El policía se giró hacia ella.

Charlotte frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—O uno de los clientes, usted mismo lo ha dicho —insistió ella—. A la hora en que la asesinaron todas estábamos durmiendo. No pudimos hacerlo. Puede preguntarles a los guardias de seguridad, nunca dejan la puerta sin supervisión.

El policía se volvió hacia los dos hombres que custodiaban The Silver Swan. Estos asintieron en silencio, como si su palabra fuera suficiente. Y lo fue.

Los policías se marcharon con tanta facilidad como habían llegado. Por carambolas del destino, el crimen de madame Beatrice se quedó sin resolver, igual que el de Hannah. Nadie se preocupó por una proxeneta, por muy célebre que hubiera sido su negocio entre las clases altas de Londres.

The Silver Swan dejó de funcionar, evidentemente.

Ningún cliente quería que la policía sospechara, así que se quedó vacío de la noche a la mañana.

Tampoco es que ninguna de nosotras tuviera el ánimo de continuar con el negocio, así que nos fuimos dispersando.

Esperé unos cuantos días para marcharme, no quería que resultase tan evidente que quería alejarme de allí más que ninguna otra cosa en el mundo, pero cuando Charlotte nos dijo que iba a probar suerte en el campo, me apresuré a hacer las maletas.

Tanto tiempo queriendo escapar de esas cuatro paredes y, cuando por fin pude hacerlo, lo único que sentí fue un vacío inmenso.

Ya ni siquiera sabía quién era. Madame Beatrice me había entrenado para ser una farsante, para fingir ser la mujer que los demás quisieran que fuese, por noches, por horas.

Mi propio carácter se había desdibujado y lo único que sabía sobre mí misma era que me había convertido en una criminal y que no tenía nada ni a nadie.

Dormí una semana en la calle. Era verano, pero llovía igual.

Estaba desesperada y en las horas más oscuras pensé de nuevo en aquel chico, Lawrence.

Él hubiera sabido qué hacer. Sin embargo, no tenía ni idea de dónde encontrarlo, si es que seguía vivo.

La esperanza de vida en ese Londres inmundo no era muy alta para la gente como nosotros.

Tal vez hubiera muerto siendo tan solo un muchacho o se hubiese convertido en un hombre endurecido por la vida, casi irreconocible. Como yo. ¿Quién era yo?

Tenía hambre y me estaba poniendo enferma.

Una mañana mi cuerpo no pudo más y me desperté ardiendo de fiebre.

Me refugié en un rincón de la calle, temblando.

Sabía que no aguantaría mucho más y quizá fuese lo mejor.

Empecé a sumirme en un estado onírico: el sol me deslumbraba y las voces me llegaban lejanas.

Pensé que ese era el camino hacia la muerte, debía serlo.

Me pregunté si madame Beatrice estaría al otro lado para seguir atormentándome en el infierno.

De pronto, una cara se formó frente a mí y unos ojos azules me observaron con atención.

Por un momento pensé que se trataba de Lawrence, pero era imposible.

Claramente deliraba. Poco a poco, logré centrar la vista en ese rostro que se acercaba cada vez más a mí con la intención de que le prestara atención. Me estaba hablando.

—¿Alana?