Manías
Carlota tenía los ojos hinchados. Había llorado en algunas partes del relato, pero Alana se había mantenido impasible; en cierto modo parecía que toda aquella historia la hubiese vivido otra persona.
Puede que, a pesar de los años que habían transcurrido, siguiera en shock .
Quizá se había preparado a conciencia para contarla y no mostrar la vulnerabilidad que sentía en realidad.
Carlota, sin embargo, se había dado cuenta de cómo le temblaban las manos, de que hacía rato que no había probado el té; se había enfriado sobre la mesa del salón.
Y Alana jamás se dejaba ni una pizca de su bebida favorita.
Carlota no estaba segura de si debía hablar o de si su bisabuela iba a continuar con su relato. Estaba a punto de pedirle que parase e insistir en que tal vez una pausa le vendría bien. No obstante, fue ella quien se detuvo. Soltó un suspiro.
—No quiero volver a hablar de esto —dijo al fin—. Eres la única persona que sabe la verdad, y así tiene que seguir siendo.
—Por supuesto —se apresuró a contestar.
No la juzgaba. No podía siquiera imaginarse lo duros que habrían sido esos comienzos. Su única preocupación con diecisiete años había sido conseguir colarse en una discoteca.
Volvió a mirar a su bisabuela, que se encontraba algo hundida en el sillón.
Entonces comprendió ciertas manías. Por qué se lavaba las manos con tanta asiduidad, como si todavía se sintiera sucia.
Por qué se sobresaltaba cuando alguien la tocaba sin permiso.
Por qué había sido siempre algo fría, incluso cínica. La vida no le había enseñado otra cosa.
—Quiero descansar —anunció Alana, levantándose del sillón.
Se tropezó y Carlota la sostuvo. Frunció el ceño. Ya era la segunda vez que la veía perder el equilibrio y no tenía muy claro que la causa solo fuera la historia que le acababa de contar.
—¿Estás bien? Quizá deberías quitarte esos tacones…
Su bisabuela la miró como si se hubiera vuelto loca.
—Estoy perfectamente.
Se marchó con la cabeza bien alta a su habitación, mientras Carlota la observaba desaparecer por el pasillo con el corazón encogido.
Le costó concentrarse aquella tarde. Se encerró en su despacho y revisó las propiedades de lujo con las que contaba en su cartera.
No eran muchas, pero lo prefería así. Trabajaba por placer.
Alana se había encargado de que fuese inmensamente rica, así que Carlota disfrutaba ocupando su tiempo en buscar compradores para las mansiones más lujosas de Marbella.
A veces tan solo vendía una al mes, pero le hacía ilusión entregar llaves a familias llenas de niños que ocuparían los jardines con sus risas.
Puede que fuese una forma de llenar el enorme vacío en su pecho.
Ella nunca había tenido eso y estaba casi segura de que nunca lo tendría.
Había perdido a sus padres en un accidente de tráfico cuando era muy pequeña y apenas conservaba de ellos un puñado de recuerdos borrosos.
La habían criado entre Alana y su abuelo Charles, que había asumido el papel de padre con la hija de su único heredero.
Aunque se esforzaba por aparentar alegría, en sus gestos siempre pudo ver una melancolía que lo acompañaba desde que enviudó muy joven.
Su abuelo Charles había sido el centro discreto de aquella pequeña familia: preparaba el desayuno antes de que amaneciera, arreglaba cualquier cosa que se rompiera en la Torre de Ravenshire y siempre encontraba las palabras adecuadas cuando el mundo se volvía demasiado complejo para su nieta.
Y Alana, endurecida por las pérdidas, pero incapaz de dejarlos caer, había dedicado su vida entera a mantenerlos unidos, aunque solo fuesen ellos tres.
Cuando Charles falleció unos años atrás, la casa se quedó extrañamente vacía.
Con él desapareció la sensación de refugio, la idea infantil de que todavía existía alguien capaz de protegerla.
Desde entonces, Carlota y su bisabuela habían permanecido aferradas la una a la otra por necesidad y costumbre.
Tal vez por eso siempre había deseado pertenecer a algo más grande: una mesa llena de voces el día de Navidad, una madre pesada que llamara cada día, un hermano que le tirase del pelo de vez en cuando.
Era un anhelo que nunca confesaba en voz alta porque, en el fondo, sabía que era un sueño imposible.
Decidió revisar su correo personal para distraerse un poco y casi dio un brinco en la butaca cuando vio un email de Max von Eberhardt. Lo abrió a toda velocidad. Ya pensaba que no le escribiría nunca y que la búsqueda de Le Nocturne Astronomique había llegado a un callejón sin salida.
para: [email protected]
Estimada Carlota,
Lamento no haberme puesto en contacto con usted hasta ahora, pero no quería darle pistas falsas.
A raíz de la imagen que me envió y de las que yo poseo, he descubierto un dato curioso y me gustaría compartirlo con usted, porque no sé qué puede significar exactamente, y querría conocer su punto de vista.
Es complicado de explicar por correo y he pensado que quizá podríamos vernos en persona para comentarlo.
Aunque vivo en Suiza, a menudo viajo por motivos laborales y en breve debo visitar España.
¿Se sentiría cómoda tomando un café conmigo?
Saludos cordiales,
Max.
Frunció el ceño. Le habían propuesto cosas mucho peores por Tinder, pero ese tipo le resultaba extraño. Hablaba con demasiada formalidad, como si lo hubieran sacado de una película de época. No terminaba de fiarse de él, así que no le contestó.
Se puso en pie y se colocó el abrigo. Había quedado con Mina para tomar un café y estaba segura de que, después de eso, aún sería menos capaz de ponerse a trabajar. De todos modos, el día se anticipaba muy tranquilo.
Llegó enseguida a La Carabela Azul, donde solían disfrutar del mar y las temperaturas suaves de Málaga.
Mina ya se encontraba allí, esperándola mientras trabajaba.
Solía llevar con ella el ordenador portátil, decía que así podía revisar en cualquier momento si alguna antigüedad interesante entraba en el mercado.
Lo cierto es que no envidiaba su adicción al trabajo y a veces le insistía en que respetara más sus horarios, pero ella se reía y se encogía de hombros.
«Es que me apasiona, qué le vamos a hacer», aseguraba su amiga, con una sonrisa.
Carlota creía que esa necesidad de andar siempre conectada no era solo vocacional, sino más bien una necesidad de validación externa, pero no se lo decía; no quería incomodarla por nada del mundo.
—Llegas pronto. —Mina estaba más que acostumbrada a su impuntualidad.
Carlota le hizo una mueca. Lo cierto es que no se debía a una falta de respeto, sino a una mala percepción del tiempo que tan solo conseguía arreglar poniéndose las reuniones media hora antes en el calendario. Y, aun así, a veces fallaba.
Su amiga bajó la tapa del portátil, se levantó de una mesa que había ocupado en la terraza y le dio un par de sonoros besos. La miró de arriba abajo.
—Estás guapa hoy —le dijo—, ¿has quedado con alguien?
—Contigo, tonta —replicó riendo.
Se sentaron a la mesa y Carlota pidió un café espresso . No le gustaba con leche ni con azúcar, lo endulzaba demasiado.
—Me ha escrito Max.
—¡Lo sabía! ¿Tenéis una cita?
Carlota se pasó una mano por la cara.
—Mina, por favor… Simplemente me ha escrito un correo para preguntarme si podemos tomar un café. Al parecer, tiene novedades sobre Le Nocturne Astronomique.
A Mina se le iluminaron los ojos.
—¿Ves como iba a escribirte? Y tú toda preocupada. —Hacía un par de días, Carlota le había comentado lo decepcionada que estaba por no tener noticias de Max—. ¿Y qué le has dicho?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—No lo sé. No me fío del todo. Si lo piensas fríamente, ha aparecido en un foro a las dos de la mañana. ¿Quién anda escribiendo sobre relojes a esa hora?
—Tú.
—Lo mismo es un desequilibrado —insistió—. ¿Y si es un psicópata que solo busca a una ingenua a la que asesinar?
—No te emparanoies —la atajó su amiga—. Te ha pedido tomar un café, no que vayas a su casa. No creo que tenga intención de descuartizarte. A lo sumo, querrá meterte en su cama.
—Ya te dije que tiene pinta de ser un señor jubilado —cortó Carlota—. Por Dios, usa un correo electrónico de Yahoo…
—¿Y si es guapo y joven? No te pongas siempre en lo peor, ya va siendo hora de que dejes atrás al imbécil de tu ex.
—No quiero volver a saber nada de los hombres. —Resopló.
—No todos son infieles.
Carlota cerró los ojos, como si le doliera físicamente la traición de Yago.
Habían pasado dos años, pero la imagen de esa mujer en su propia cama, en brazos de su marido, todavía la perseguía cada noche.
A veces se preguntaba si, cuando ella había estado de viaje, habrían dormido con total impunidad entre sus sábanas; si él se habría molestado en cambiarlas antes de que volviese.
Lo más seguro es que no. ¿Cómo no había notado nada?
Se le revolvía el estómago solo de pensarlo.
Incluso ahora, cuando a veces los veía por la calle de la mano, como una pareja normal, le entraban ganas de tirarles piedras.
Estaban juntos, felices, y a ella le habían destrozado la vida.
Hasta tal punto que solo confiaba en tres personas: en sí misma, en Alana y en Mina.
No creía que nadie más pudiera entrar en ese club tan exclusivo.
—No podría dejar de compararlos.
Eso era lo peor, que seguía enamorada. Era incapaz de olvidar los seis años que habían pasado juntos: sus ojos, tan oscuros y cálidos; esos brazos que siempre habían sido su hogar; su voz, que era como un ronroneo cuando estaban en la cama; los labios con los que le había dedicado tantas palabras amables y cariñosas.
Los te quiero que la habían colmado de felicidad.
Todo había sido una mentira. Y ahora era otra la que ocupaba su lugar.
El divorcio, evidentemente, no había sido amistoso. Carlota le había gritado, le había dicho todo lo que se le había pasado por la cabeza y él se había limitado a asentir, sabiendo que lo merecía. Que no se defendiera la había frustrado más.
—Vamos, no te pongas triste. —Mina puso una mano sobre la suya en la mesa—. Volvamos al señor von Eberhardt.
Carlota sonrió a pesar de todo.
—¿Y si lo buscamos en Google?
—Buena idea.
Mina comenzó a teclear su nombre con rapidez, y Carlota se inclinó sobre ella para tener acceso a la pantalla, pero no lograba verla bien desde su posición. Su amiga frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó impaciente.
—No hay nada.
—¿Nada de nada?
Mina negó. Carlota le arrebató el teléfono y probó algunas variantes, pero no dio con nada más que el perfil de Linkedin de una mujer.
—¿Lo ves? —Se rindió y le devolvió el teléfono a su amiga—. Debe de ser un nombre falso y es un tarado.
—Eso o de verdad es un jubilado sin huella digital —se lamentó Mina—. Igualmente, deberías acceder a tomar ese café. Busca un lugar atestado de gente si vas a sentirte más segura, tal vez tenga una buena pista sobre el reloj.
Carlota torció el gesto, pero sacó su teléfono del bolsillo y escribió un breve correo electrónico.
para: [email protected]
Hola, Max. ¿Le iría bien que nos viéramos en La Carabela Azul? Está en el puerto de Málaga. Dígame el día y la hora y allí estaré.
Saludos,
Carlota
Mina la observaba con una sonrisa satisfecha.
—Esa es mi chica.
Estaba guardando de nuevo el teléfono en su bolso cuando sonó una notificación. Lo sacó extrañada y parpadeó unas cuantas veces frente a la pantalla.
para: [email protected]
Hola, Carlota:
La espero en La Carabela Azul el 10 de enero a las cinco de la tarde.
Saludos,
Max.
—Es él. —Carlota le pasó el teléfono a Mina.
—Ha respondido muy deprisa —apuntó—. Parece impaciente por verte.
—Cállate. —Pero no pudo evitar soltar una risa nerviosa.
Carlota regresó a la Torre de Ravenshire una semana después.
Había visto a Alana tan afectada que se había preguntado en varias ocasiones si valía la pena que reviviera toda su historia.
Quizá le hiciera más mal que bien. Al fin y al cabo, por muy orgullosa que fuera, no tenía ya edad para emociones fuertes y su vida, desde luego, había sido demasiado difícil.
Se había ido tan preocupada de allí que la había estado llamando todos los días para comprobar que estaba bien. Alana, sin embargo, actuaba como si nada y le había asegurado en todas las ocasiones que se encontraba perfectamente.
Esta vez encontró a su bisabuela en el jardín. Hacía frío, pero el sol brillaba con fuerza y le calentaba a uno el alma. Alana se balanceaba en una mecedora y tenía los ojos cerrados en dirección al cielo con una leve sonrisa, daba la impresión de que estuviera viendo a alguien.
— Lalune —la llamó.
Su bisabuela abrió los ojos y la miró. Se cubrió la frente con la mano para no deslumbrarse y comprobar que quien le hablaba era su bisnieta y no un fantasma.
—Ya estás aquí. Pensaba que después del otro día no desearías verme —le dijo—. No quería parecer brusca, pero me resulta duro recordar esa época de mi vida. Son muchos años fingiendo ser alguien que no soy…
—No te preocupes. No voy a juzgarte por nada —le aclaró.
Se sentó a su lado en la mecedora, dispuesta a acompañarla esa tarde soleada. Alana sonrió y soltó un suspiro.
—¿Qué hiciste después de…?