La salida
—Tienes una visita —anunció madame Beatrice unos días más tarde, como si nada hubiera pasado, como si no hubiese arrancado de mi vida a las dos únicas amigas que alguna vez había tenido.
Me subió una náusea y me incorporé en la cama para mirarla con dureza.
La odiaba. Odiaba a esa mujer con una fuerza que poca gente habrá sentido.
Sin embargo, me esforzaba por evitar que lo notara.
Había visto de lo que era capaz y le tenía más miedo aún, si es que eso era posible.
Fue en esa época cuando aprendí a fingir indiferencia y a esconder mis sentimientos, fuesen cuales fueran.
Allí nació la manipuladora, la farsante, la mujer capaz de todo por sobrevivir.
—Todavía no es la hora —me quejé.
Ella se encogió de hombros.
—Se trata del conde de Ravenshire.
Me quedé en silencio unos segundos. No había sabido nada de Arthur desde la subasta de mi virginidad.
Pensaba que, tras perder mi inocencia, ya no querría pintarme.
No me creía digna ni de eso, sucia como me sentía.
Tuve un terrible pensamiento: Arthur jamás había intentado nada indecente, pero quizá con el cambio en mis funciones quisiese yacer conmigo.
La idea me repugnó. No porque tu bisabuelo me desagradase, que no era el caso, sino porque lo creía un hombre íntegro.
Lo había idealizado. Algo aturdida, terminé asintiendo y madame Beatrice se marchó en busca del inesperado invitado.
Arthur entró en mi habitación unos segundos más tarde.
Vestía un traje de tweed y llevaba un lienzo en blanco bajo el brazo.
Nos quedamos el uno frente al otro unos segundos.
Me hice pequeña ante su escrutinio y bajé la mirada, avergonzada.
¿Qué pensaría de mí? Alargó la mano hasta mi hombro y pensé que tenía la intención de quitarme el camisón o algo por el estilo; llevaba demasiadas noches en manos de salvajes.
Sin embargo, se limitó a retirarme un mechón de pelo y me hizo alzar la barbilla.
—¿Cómo está, señorita?
Fue la primera persona, aparte de Astrid, que se preocupó sinceramente por mí. Se me humedecieron los ojos al pensar en ella, en Hannah, pero fui capaz de contener las lágrimas; me las tragué, como había aprendido a hacer a base de golpes.
—Bien.
Continuó observándome. Él sabía que mentía, aun así, le dediqué una sonrisa triste. Me la devolvió y me invitó a sentarme en la silla donde había posado para él cuando todavía tenía fe en la humanidad.
—¿Le importaría que la pintara de nuevo?
—Claro que no, adelante.
Tomé asiento con cierta timidez. Él se concentró en su faena y me adiviné mirándolo con otros ojos. Era un hombre amable, un caballero, y eso me generaba curiosidad. Deseé que todos fueran como él: que viesen en mí a alguien a quien cuidar, a quien admirar; y no solo un cuerpo al que usar. Suspiré.
—¿En qué piensa?
Decidí ser sincera.
—En lo bien que me trata, milord .
Arthur dejó el pincel en el caballete y dio unos pasos hacia mí.
—Es como debería ser siempre. No deje que nadie la convenza de lo contrario.
—Es difícil en un entorno como este… —dije en voz baja, pero me escuchó.
Volvió a mirarme con fijeza.
—¿Está aquí en contra de su voluntad? Madame Beatrice dice que son ustedes como una familia.
Se me hizo una bola de saliva espesa y amarga en la garganta.
Me acordé de mi madre, mi única y verdadera familia, y el corazón me dio una punzada.
¿Qué pensaría de mí si pudiera verme? Tan elegante, tan bien vestida…
Pero atrapada en la misma dinámica que había sufrido ella durante toda su vida.
Fui una cobarde. No me atreví a decirle a Arthur que a esas alturas prefería pasar hambre bajo la permanente lluvia londinense que prostituirme una noche más.
Sin embargo, Beatrice Bellamy no era la atenta mujer que aparentaba, y a esas alturas yo sabía muy bien lo que me haría si trataba de marcharme, así que decidí callarme, por la inercia de seguir viva en ese infierno.
Creo que tu bisabuelo sospechaba la verdad, porque comenzó a visitarme cada tarde con el falso pretexto de pintarme.
Muchas veces ni siquiera abría el maletín de pinturas.
Nos limitábamos a disfrutar de la compañía del otro.
Me encantaba oírle hablar sobre los poetas a los que ayudaba; me explicaba cosas interesantes sobre literatura, arte y cultura; me mostraba técnicas pictóricas…
Con el paso de los meses, incluso me enseñó a leer, y le estaré eternamente agradecida por ello, porque me abrió un mundo que hasta ese momento me había sido vetado.
En las novelas encontré el refugio que necesitaba en las noches más difíciles; me proporcionó un consuelo, un nuevo hogar, aunque fuese en mundos imaginarios.
Una de esas tardes, descubrí a Arthur mirándome los labios.
Hasta ese día no había dado muestras de sentirse atraído por mí y siempre había guardado las distancias.
Era tan correcto, tan cuidadoso, que incluso me había llegado a plantear que no le gustaran las mujeres.
O, por lo menos, que no le gustase yo. Recuerdo lo contenta que me puse al pillarlo en ese momento de debilidad.
Él me gustaba mucho. Como te he dicho, lo tenía en un pedestal.
Era todo lo que una mujer como yo podía soñar: uno de esos príncipes de las novelas románticas a las que me había aficionado; un príncipe que tal vez pudiese salvarme de un destino cruel.
Así que no dudé y me incliné hacia adelante.
Lo besé con cautela; no quería estropearlo todo. Él respondió, pero se separó enseguida.
—No estoy aquí por esto —me dijo con el ceño fruncido.
—Lo sé.
Continuó mirándome, buscando en mis ojos si ese contacto estaba siendo sincero.
Debió de pensar en la cantidad ingente de dinero que pagaba por sus visitas, en la presión que suponía para mí estar bajo el techo de madame Beatrice; o simplemente creyó que era demasiado joven y veía en él un amor idealizado.
Quizá tenía razón en todo. La cuestión es que se alejó de mí y se puso el abrigo para marcharse.
Me levanté como un resorte y lo seguí hasta la puerta de mi habitación, aterrada ante la idea de no volver a verlo.
Me tomó la mano y me besó el dorso con cariño.
—Quiero hacer las cosas bien, Alana —me dijo—. No quiero ser uno más.
Se marchó con una sonrisa y me pasé el resto de la tarde fantaseando con sus palabras. ¿Qué significaban exactamente? ¿Iba a ayudarme a salir de ahí? ¿Empezaríamos algo?
Creo que madame Beatrice se dio cuenta de lo que nacía entre nosotros.
Tal vez temiera que pasase lo mismo que había ocurrido con Astrid, y yo era una inestimable fuente de dinero para ella: mis rasgos tenían cierto exotismo en Londres, con mi cabello oscuro y mi tez olivácea.
A los clientes les gustaban mis ojos negros, el misterio que entrañaban, cuando en realidad lo único que emitían eran las marcas de una profunda tristeza.
La cuestión es que madame Beatrice comenzó a martirizarme: me daba los peores clientes, los más violentos, los más desagradables.
Su intención era que le llorase a Arthur, que le pidiera bloquear todas mis noches por una fortuna.
Pero no lo hice. No quería depender de él, ni repetir la historia de mi amiga con el señor Strauss.
Así que lo soporté todo, a pesar de las pesadillas que comenzaron a acecharme por las noches y que, a día de hoy, siguen haciéndolo.
—¿Sabes quién vendrá mañana a The Silver Swan? —me dijo madame Beatrice en tono sibilino una tarde.
Le devolví la mirada con una calma que no sentía. Por nada del mundo quería que percibiera mi miedo, la agonía a la que me estaba sometiendo con su maldad.
—El Holandés Errante. Quiere la noche entera contigo. Qué recuerdos, ¿verdad?
Apreté los labios para contener el grito de rabia, o de miedo.
No le supliqué ni le pedí clemencia; sería inútil.
Así que me limité a asentir. Sin embargo, en cuanto cerró la puerta, me eché a llorar.
Ese hombre había sido despiadado y ninguno me había tratado tan mal como él.
No lo soportaría otra vez. Prefería la muerte.
Me dio algo similar a un ataque de pánico.
Me costaba respirar y no podía gritar, aunque era lo único que deseaba hacer.
Madame Beatrice me había llevado al límite.
Me había acorralado tanto que la idea de quedarme se me antojaba insoportable, incluso peor que vivir en la calle.
Así que lo hice. Saqué un petate de debajo de mi cama.
Abrí el armario y me quedé parada unos instantes frente a él.
Miré el abrigo de Lawrence. Había pensado en él en más de una ocasión.
¿Habría corrido mejor suerte que yo? ¿O habría terminado en la cárcel por ayudarme a colarme en el tren?
¿Seguiría vivo? Me puse su abrigo. Todavía olía a él, o quizá me lo estaba imaginando.
Era imposible después de tantos años. Metí un par de vestidos en el petate y algunas monedas que los clientes me habían dado como propina; las había guardado a escondidas de madame Beatrice para que no me las quitase.
Recordé el pequeño cuchillo, del tamaño de un abrecartas, que alguien me había dejado en el alfeizar de mi ventana hacía casi un año y lo guardé en el bolsillo de mi vestido.
Sería mi única defensa en las peligrosas calles de Londres.
Esperé a que el local cerrase sus puertas y, en vez de descansar, abrí la ventana de mi habitación.
Miré hacia abajo. Era un primer piso, pero nunca me han gustado las alturas.
El tiempo era desapacible: llovía y no se veía la luna a través de las nubes.
A pesar de estar casi en verano, el aire frío se coló a través de la ventana y estuve a punto de echarme atrás.
Pensé en el Holandés Errante y logré el impulso que necesitaba para saltar.
No fue una caída bonita; me torcí el tobillo.
Mi petate se abrió y mis vestidos cayeron sobre un charco.
Los recogí atropelladamente, mojados y sucios, tratando de ignorar el dolor en el pie.
Me levanté lo más rápido que pude y comencé a avanzar, renqueante, en mitad de la noche.
A pesar de mi aparatoso aterrizaje, tuve la sensación de que nadie me había visto.
Había recorrido apenas unos metros cuando alguien me interceptó. Tuve que detenerme con brusquedad para no chocar.
—¿Adónde te crees que vas?
Madame Beatrice estaba plantada frente a mí.
La lluvia mojaba su cabello dorado y parecía un ángel caído, infernal, dispuesto a arrastrarme al inframundo.
Me aferré a mi petate como si pudiese protegerme de algo.
Antes de que tuviera ocasión de responderle, me agarró del pelo con tanta fuerza que me clavó las uñas en el cuero cabelludo.
Grité, pero no había nadie alrededor para ayudarme.
—He invertido mucho dinero en ti. ¿Te crees que los vestidos, la comida y el alojamiento son gratis? Tienes que pagarme tu deuda.
—Sabe que no tengo dinero —dije, tratando de colocarme más cerca para que no me tirase tanto del cabello, pero ella apretó su agarre.
—Mañana le darás al Holandés Errante todo lo que quiere, ¿me oyes?
No vas a ir a ninguna parte. —Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero la noche y la lluvia se encargaron de ocultarlas.
Tampoco le hubiera importado mi pánico a encontrarme de nuevo frente a ese hombre.
Era igual de despiadada que él; quizá más—. Entra en casa ahora mismo.
Por fin me soltó. Me quedé quieta con la respiración agitada.
—Esa no es mi casa —repliqué. Supongo que la desesperación me volvió osada, igual que a Hannah—. No pienso volver. ¿Para qué? ¿Para que me venda al mejor postor y acabe muerta en un callejón?
—Aún estás a tiempo de recapacitar —me advirtió con un tono que en otro momento me hubiera hecho amilanarme.
Sin embargo, la perspectiva de pasar la noche con ese animal me parecía aún peor. Me puse la mano en el bolsillo y la apreté, temblorosa, contra el pequeño cuchillo, como si necesitase tocar el metal para sentirme valiente. El frío y la lluvia se habían colado bajo mi ropa; un beso de la muerte.
—No soy su esclava —atiné a decir. Me castañeteaban los dientes.
Me dio una bofetada con todas sus fuerzas y trastabillé.
El tobillo no me sostuvo y terminé cayendo sobre el suelo fangoso.
El petate salió despedido hacia un lado.
El vestido rosado se encontraba ya lleno de mugre y el beige había quedado inservible.
La miré con rabia. Madame Beatrice se agachó y me agarró del cuello con tanta fuerza que me dejó sin aire.
Esa fue la primera vez que temí por mi vida.
Pensé que iba a matarme si no la obedecía y probablemente estaba en lo cierto.
—Vas a venir conmigo —siseó entre dientes, cerniéndose sobre mí como una diosa del mal—, o mandaré que te maten en un callejón. Le harás compañía a tus amigas muy pronto.
No sé qué me pasó. Tal vez la vida había sido demasiado dura conmigo, puede que hubiera alcanzado mi umbral máximo de sufrimiento; sin embargo, ya no estaba dispuesta a pasar por nada más por culpa de esa mujer.
Puede que solo fuese mi instinto de supervivencia.
Me asfixiaba y apenas era capaz de percibir la realidad.
Iba a matarme. Mi mano se movió sola y le clavé el puñal en el cuello.
Con determinación.
Con odio.
Ella me miró con los ojos muy abiertos. Podría mentirte y decirte que fue un accidente, que no quería hacerlo.
Pero me aferré con fuerza al cuchillo y, cuando la sangre comenzó a brotar de su cuello, me quedé quieta de nuevo.
La observé mientras se arrodillaba frente a mí, tratando de taponar la herida en balde.
No salí corriendo. Mi corazón retumbaba en mis oídos y me había olvidado de respirar.
Solo podía mirarla a los ojos mientras su vida se extinguía.
No me acerqué ni traté de recuperar la daga. No hice nada. Tampoco la ayudé.
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero en un punto me di cuenta de que estaba muerta. Solo tenía diecisiete años y había asesinado a una mujer.