Infierno #2
Entonces comprendí que su expresión consternada cuando había visto la desgracia que había provocado se debía, únicamente, a que tendría que arreglar papeles para enterrarla y buscarle una sustituta. Seguro que incluso pensó en quién limpiaría las sábanas y el suelo manchados de sangre.
—No tiene corazón —espeté en español, y me marché.
Enterraron a Astrid fuera de las murallas del cementerio.
El sacerdote no la consideró digna de yacer junto a los decentes cristianos del suelo sagrado de Highgate, ni de darle un sepelio como ella merecía.
Solo acudimos a despedirnos Hannah y yo.
Las demás tenían miedo de las represalias de madame Beatrice. No las culpé.
Los días que siguieron fueron devastadores.
Madame Beatrice no se molestó en darme ningún día libre, pese a saber lo mucho que Astrid había significado para mí.
Hizo como si nada hubiese pasado y mandó a Hannah que se deshiciera de todas sus cosas.
«Hay que dejar espacio para el siguiente cisne», escuché que le decía con una sonrisa críptica.
No me enteré de sus intenciones hasta la noche después, cuando escuché a algunos de los clientes hablar entre ellos: madame Beatrice planeaba subastar la virginidad de Hannah, igual que había hecho conmigo.
No podía siquiera imaginar cómo esa noticia iba a afectar a la muchacha, que era ya de por sí tímida y circunspecta.
Su reacción no se hizo esperar:
—No pienso hacerlo —escuché que le decía a madame Beatrice a la mañana siguiente.
Los gritos se oían por toda la casa y no me costó dar con ellas en el salón. Aun así, no entré. Me quedé observando la escena desde la balaustrada de la escalera. Admiré la valentía de Hannah. En su día yo no había puesto objeciones y había cumplido con el que había creído mi cometido.
—Por supuesto que lo harás —replicó madame Beatrice con sequedad.
—Me niego.
La bofetada retumbó en las paredes y estuve a punto de intervenir. Quizá hubiera permitido que me pegase a mí, pero no iba a presenciar un maltrato similar sin hacer nada. Sin embargo, Hannah no necesitaba mi pobre ayuda. De un rápido movimiento, golpeó a madame Beatrice con la misma fuerza.
—Es usted una mujer despreciable —gruñó entre dientes—, y no pienso formar parte de este circo.
—Vivirás en la calle como una miserable —siseó la mujer entre dientes—, te harán lo mismo que aquí y encima no te pagarán. Eres una imbécil.
—Me marcho —insistió Hannah.
—De eso nada. — Madame Beatrice agarró una fusta que siempre tenía junto a la chimenea, por si alguien se revolvía demasiado, y le atizó con ella. Una, dos veces.
Hannah cayó al suelo y se llevó la mano al brazo donde la había golpeado. Se encogió sobre sí misma, esperando al siguiente golpe. Madame Beatrice alzó la fusta de nuevo.
—¡Basta! —Entonces sí que salí de mi escondite. Miré a Hannah, que me observaba con los ojos muy abiertos por una osadía que no acostumbraba a mostrar—. Estamos afectadas por la muerte de Astrid. Disculpe su atrevimiento, madame .
Me acerqué y ayudé a Hannah a levantarse. Ella me miró contrariada; no le gustaba la excusa que acababa de poner.
—Estoy segura de que lo lamenta —insistí. La miré con los ojos muy abiertos, pero la chica no asintió. Desvió la mirada hacia la ventana, con la cabeza bien alta.
—Apartaos de mi vista —ordenó madame Beatrice.
Me apresuré a conducir a Hannah al piso de arriba y traté de sosegarla.
La veía capaz de cometer una locura. Tal vez esa noche intentaría escapar y, por un segundo, deseé haber tenido la misma fuerza de voluntad que ella.
No obstante, a una pequeña parte de mí le seguía dando miedo vivir en la calle.
Sabía del frío, de la soledad y de la miseria. No quería volver a eso.
Al final, Hannah se calmó y pasó el resto de la tarde encerrada en el altillo que un día había sido mi habitación.
Se negó a ocupar el cuarto de Astrid, porque decía que no iba a ser una puta, que prefería morir antes que convertirse en uno de los cisnes de madame Beatrice.
Sus palabras se me clavaron como agujas en la piel.
No me gustaba que nos llamase así, pero era la verdad.
Yo no había elegido esa vida y, aunque soñaba escapar de ella algún día, no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Esa noche no vinieron demasiados clientes y tuve la esperanza de poder relajarme un poco, de llorar a Astrid en paz.
Sin embargo, la calma no solía entrar en The Silver Swan.
Escuché los gritos de Hannah en el salón y me alarmé.
Ella solía hacer de camarera y, hasta la fecha, no se habían producido altercados.
Los clientes comprendían que la función de las muchachas que servían las mesas no era la misma que las que aguardábamos en el piso superior, y lo respetaban.
Cuando bajé la escalera, me encontré una escena del todo inusual.
Tres o cuatro marineros, que seguramente se encontraban de paso, estaban molestando a Hannah.
Uno de ellos le dio un pellizco en el trasero y ella dio un respingo.
Se giró con impulso y le dio un guantazo al hombre, que se echó a reír.
Tenía un diente de oro y le faltaban unas cuantas piezas.
—Es fiera, como a mí me gustan. Lo pasaremos bien.
Hannah frunció el ceño y trató de alejarse, pero otro la agarró de la cintura y la estampó contra él. Aunque mi compañera era más corpulenta que yo, nada podría haber hecho ante semejante bruto.
Otros marineros, que tenían una pinta tan o más terrible que los dos que la estaban increpando, se acercaron también a Hannah. A pesar de la distancia a la que estaba, noté que apestaban a salitre. Lucían con orgullo numerosas cicatrices.
—Déjenme —gruñó Hannah, lanzando un puntapié a uno de ellos.
Me acerqué con rapidez, justo para ver cómo otro se la cargaba al hombro, como si fuese uno más de los sacos que movían en sus barcos mercantes.
—¿Qué hacen? ¡Suéltenla! —les ordené.
Recuerdo el silencio que se formó en el salón.
Por norma general, los clientes nos respetaban.
Miré a madame Beatrice en busca de auxilio.
En las pocas ocasiones en las que había ocurrido algo parecido, se había encargado de cortar la situación en un santiamén.
Ordenaba a los guardias que custodiaban el local que echaran a los borrachos que pretendían propasarse con alguna de sus chicas y, una vez eran expulsados, no podían volver a entrar.
La calma enseguida se restablecía en The Silver Swan .
Pero en esa ocasión no movió ni un dedo.
Uno de esos marineros me miró de arriba abajo, barajando qué podía hacer una mujer tan pequeña como yo contra ellos.
—Nos la llevamos —gruñó con resolución el que todavía cargaba a mi compañera sobre su hombro, dándole una cachetada en el trasero.
—¿Qué tontería es esa? Hannah trabaja aquí y…
—Ya no. — Madame Beatrice apareció a mi lado y me dedicó una sonrisa satisfecha—. Se la he vendido a estos caballeros.
La miré horrorizada y escuché los gritos de la muchacha al escuchar la noticia, tratando de zafarse del agarre de aquel animal.
—Llévensela de una vez, sus chillidos me están provocando migraña —concluyó, conduciendo los dedos a sus sienes como si de verdad le afectase.
—No puede —exclamé—. ¡No puede hacer eso! No somos esclavas…
Ella me miró con condescendencia.
—Claro que puedo, querida. Ya lo he hecho.
Se marchó y me dejó allí, aterrada frente a la escena.
No sé qué me impulsó a correr hacia uno de los marineros con una botella en la mano, pero una fuerza inesperada me hizo abalanzarme sobre él.
Sin embargo, antes de que pudiera golpearlo, me empujó y me lanzó hacia una de las mesas.
Choqué contra ella y terminé en el suelo.
—¡No! —grité mientras trataba de levantarme con más lentitud de la que pretendía. Me dolía la cadera y un brazo.
Salieron del local con Hannah sobre el hombro. Logré ponerme en pie y corrí a trompicones en dirección a la salida para perseguirlos. No obstante, los porteros me impidieron el paso.
—¿Qué hacéis? —les espeté—. Dejadme pasar.
Los dos negaron y, aun así, me lancé hacia la puerta. Me retuvieron mientras pataleaba, les mordía y les tiraba del pelo. Al final, uno de ellos se cansó y me dio tal puñetazo que de nuevo caí despedida hacia atrás.
No me desperté hasta un buen rato después, aturdida por el golpe.
Tardé unos segundos en reaccionar y recordar lo ocurrido.
Me levanté como un resorte y miré hacia la puerta.
Los dos cancerberos de Beatrice seguían allí, cruzados de brazos.
Miré el reloj del salón. Eran las siete de la mañana y en breve empezaría a amanecer.
—No merece la pena. —Di un brinco al percatarme de que esa maldita mujer estaba a mi lado—. Hace horas que se la han llevado.
—Es usted una… —gruñí entre dientes, poniéndome en pie para mirarla a la cara.
—No sigas —me interrumpió—. Solamente espero que hayas aprendido la lección. No vuelvas a contrariarme.
Comprendí que ella lo había orquestado todo. Se marchó y me dejó en medio de ese salón lleno de botellines de cerveza rancia, cartas de póker desparramadas sobre la mesa y un suelo pegajoso que ya nadie limpiaría.
Hannah apareció muerta dos días más tarde en el puerto. No hubo ninguna investigación, por supuesto. Era una huérfana más, pobre y con un final funesto que no le importaba a nadie más que a mí.