La medida del tiempo Infierno
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Infierno

No me equivoqué. Pasé a formar parte del harén de madame Beatrice y me obligó a prostituirme durante meses.

Es curioso, el tiempo. ¿No crees? Cuando uno es feliz, pasa muy deprisa; pero, en determinadas situaciones, los segundos se alargan como si fuesen elásticos, como si no fuesen a terminar jamás.

De eso hace décadas, pero una parte de mí sigue atrapada en The Silver Swan.

Qué gran mentira, esa de que el tiempo lo cura todo…

Te aseguro que hay cosas que no se superan por muchos años que pasen.

Cuando madame Beatrice me proclamó oficialmente uno de sus cisnes, hubo el furor de la novedad.

No recuerdo a todos los hombres. Al final, los rostros tenían fisonomías parecidas, se desdibujaban.

Ya ni los miraba: cerraba los ojos y pensaba en otra cosa; creo que se llama disociación.

Fue la única forma que encontré de no volverme loca.

Eso y el placer de robarles cuando estaban distraídos.

No es que sea una ladrona vocacional, entiéndeme: era una forma de vengarme por lo que me hacían.

Relojes, billeteras, colgantes de perlas para sus amantes, anillos de oro…

cualquier cosa me parecía poco pago por lo que me hacían pasar.

Quizá era la motivación de hacerles sufrir un poco lo que me llevó a convertirme en la mejor farsante de la historia de The Silver Swan.

Desarrollé la capacidad de comprender lo que quería cada hombre para distraerlo.

Los leía como un libro abierto; la gente y sus bajos instintos dejaron de ser un misterio para mí.

Sabía descifrar si serían violentos, vulnerables o excéntricos, y lo usaba en mi favor sin que se dieran cuenta.

Allí nació una parte de la condesa que ahora soy.

Una tarde, Astrid entró en mi habitación.

Sus visitas se habían ido espaciando, la verdad es que me había vuelto un tanto ermitaña y soy consciente de que no era una compañía agradable.

Solía contestar con monosílabos y apenas miraba a los ojos.

Detestaba estar rodeada de gente, que me observaran o que me tocaran, así que el poco tiempo que tenía libre lo pasaba en la cama sin hacer absolutamente nada, mirando al techo y preguntándome qué había hecho mal para merecer esa existencia.

Astrid había intentado sacarme de mi ostracismo en varias ocasiones, pero apenas le respondía cuando intentaba conversar conmigo.

Me había vuelto una carcasa, me habían arrancado el alma y ya ni siquiera era capaz de sentir.

Tal vez por eso me extrañó que acudiera a mí.

De todas las chicas era, con diferencia, la más arisca.

En cuanto le vi el gesto descompuesto, supe que algo malo le había ocurrido. Estaba pálida y un sudor frío perlaba su frente, como si acabase de ver a un fantasma.

—¿Qué ocurre? —pregunté con la intención de parecer un ser humano funcional.

No contestó. Cerró la puerta tras de sí y se sentó a mi lado en la cama, con el mismo gesto serio. Mantuvo los ojos un buen rato en el suelo de madera, tratando de leer en las vetas lo que debía hacer. Al fin, alzó la vista hacia mí.

—Estoy embarazada.

Me quedé en silencio con los labios apretados. Los remedios caseros de madame Beatrice no eran infalibles y, por muchas hierbas que tomáramos, era cuestión de tiempo que una de nosotras terminara así. Moví la mano hacia una de las suyas y se la cogí, porque no sabía muy bien qué otra cosa hacer.

—¿Se lo has dicho al señor Strauss?

La relación entre Astrid y ese caballero se había vuelto cada vez más estrecha y estaba segura que un día de esos se fugarían juntos a la campiña, para vivir en una de esas casitas de ensueño. Quizá no pudieran casarse, pero serían felices juntos.

Los hombros de Astrid comenzaron a convulsionarse en un vago intento por contener un llanto que explotó pocos segundos después. A pesar de las duras condiciones en las que vivíamos, nunca la había visto llorar y tardé unos instantes en procesarlo. La abracé.

—Dice que el niño no es suyo —balbuceó contra mi hombro—, que soy una fulana y que podría ser de cualquiera. Que para qué quiere una amante si no puede disfrutar de ella… Si tiene que compartirla con un crío…

Masculló unas cuantas cosas más, pero no logré entenderla. Estaba demasiado agitada y traté de calmarla con palabras amables que no surgieron el efecto esperado, así que terminé por levantarme y prepararle un té. A mí conseguía serenarme cuando me costaba respirar en esa prisión.

Se lo acerqué y Astrid dio unos cuantos sorbos. Me miró con los ojos rojos, como si esperase de mí una respuesta que no podía darle, y volví a sentarme junto a ella.

—¿Has hablado con madame Beatrice? —Asintió—. ¿Y qué te ha dicho?

—Me ha dado un mes para deshacerme de la criatura o me echará como a Jeannine.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No tenía ni idea de que ese fuera el motivo por el que nuestra antigua compañera se había marchado.

—¿Y tú? ¿Qué quieres hacer?

Volvió a llorar.

—No lo sé. Si él no me hubiera rechazado… —Se puso una mano en el vientre—. Estaba tan feliz, Alana. Pensé que sería el impulso que necesitaba para pedirme que me marchara con él, para iniciar una vida juntos… Que formaríamos una familia, que compartiríamos tantas cosas… Pero… Pero…

Cerré los ojos al ver cómo su ilusión se resquebrajaba por momentos. Cuando vives en un lugar tan cruel como era aquel, lo único que te queda es la esperanza de salir de él. Y Astrid lo había apostado todo por el señor Strauss, me atrevería a decir que incluso se había enamorado.

—Si lo tengo, nos condenaré a vivir en la calle —se lamentó. Pensé en mi madre, en mí misma—. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Me quedé en silencio. No podía darle ninguna alternativa, no la teníamos. La abracé de nuevo y le acaricié el cabello, tan oscuro, tan suave, mientras se calmaba. Se separó de mí al cabo de un rato. Ya no le quedaban lágrimas que derramar.

—He pedido hora mañana con el doctor Murdock. ¿Estarás conmigo?

No conocía a ese médico. Por fortuna, no había necesitado sus servicios, pero alguna de mis compañeras lo había visitado para tratarse de infecciones y me constaba que no era precisamente amable. Pero no hacía preguntas y ejecutaba lo que madame Beatrice le mandaba.

—Claro, estaré contigo.

Mientras el doctor Murdock se deshacía de la vida que crecía en el interior de Astrid, yo miré hacia otro lado.

Ese podía ser también mi futuro, era muy consciente de los riesgos a los que me exponía cada noche.

Me limité a apretarle la mano mientras ella lloraba en silencio.

Cuando todo terminó, la ayudé a ponerse un camisón y a meterse en la cama.

—Estás bien —murmuré en español—. Estarás bien.

La arrullé como solía hacer mi madre conmigo, hasta que se quedó dormida.

Madame Beatrice nos observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados. Cuando pasé por su lado un rato después, la miré con odio. No me molesté en ocultarlo, y ella me devolvió una mirada tan afilada como la mía.

—Ya sabes que no me gusta que habléis en español.

La insulté por lo bajo en mi idioma y me metí en mi habitación el resto de la tarde.

Me quedé mirando a la nada, reflexionando sobre lo poco que importaban nuestras vidas, a pesar de las riquezas de las que estábamos rodeadas: eran tan solo un espejismo; en el fondo, seguíamos siendo niñas huérfanas y pobres que no habían encontrado otra forma de sobrevivir en un mundo despiadado.

Escuché los gritos un rato más tarde.

—¡Ayuda!, ¡ayuda! —Era Hannah.

Salí al pasillo y me la encontré pálida, con los ojos llorosos y las manos manchadas de sangre. Tenía una manta en la mano, rosa y amarilla, con flores de lis. Era la colcha de Astrid. Aparté a Hannah de en medio y entré en la habitación de mi amiga con un terrible presentimiento.

—Astrid, ¿qué…? —Me quedé muda cuando vi a mi querida amiga en medio de un charco de sangre.

Me acerqué a su cama corriendo y la zarandeé. Estaba inconsciente y, a pesar de mi insistencia, no respondía a mis llamadas. Me temblaban las manos, el cuerpo.

—Llamad a un médico. ¡Un médico! —grité cuando atiné a hablar.

Madame Beatrice debía haber escuchado nuestros gritos y apareció de inmediato en la estancia.

En ese momento pensé que quizá no era tan despiadada como creía, porque se quedó paralizada en la puerta, con el semblante descompuesto.

Se acercó y alargó la mano hasta Astrid.

Me entraron ganas de darle un manotazo, de prohibirle que tocara a mi amiga, de que le hiciese más daño.

Sin embargo, no supe encontrar las fuerzas y dejé que pusiera sus dedos índice y corazón en su cuello.

Frunció el ceño y estiró los labios en una mueca.

—Está muerta.

No sé si alguna vez has sentido que el mundo se mueve a tu alrededor con una luz blanca, parpadeante, como si la realidad fuese demasiado grotesca para asumirla.

Ya tenía experiencia con las muertes repentinas, pero no estaba segura de que mi cuerpo pudiese digerir una más.

Astrid había llenado un vacío en mi vida, había ocupado el espacio de la hermana mayor que nunca tuve.

Me había enseñado todo lo que necesitaba saber para sobrevivir en The Silver Swan, para no volverme loca cuando me tocaba un cliente desagradable.

Y volvía a quedarme sola por culpa de esa maldita mujer.

Miré a madame Beatrice con los ojos inyectados en sangre.

—No, no puede… ¡llame a un médico, por Dios!

La mujer me miró con frialdad.

—Está muerta, Alana —repitió, creyendo que no la había escuchado.

—¡No! —grité. Me negaba a que mi existencia se redujera a una espiral de dolor y pérdida—. ¡No! ¡No!

Madame Beatrice me dio una bofetada. Me llevé la mano a la mejilla y la miré con los ojos muy abiertos; las lágrimas me caían por las mejillas, calientes y desesperadas.

—Cállate de una vez, niña —gruñó—, me estás dando dolor de cabeza y tengo muchas cosas de las que preocuparme ahora.