El conde de Ravenshire #2
Astrid entró en mi habitación una noche, con el gesto descompuesto.
No entendía muy bien qué podía haberle pasado.
Por norma general, siempre se mostraba alegre, sobre todo desde que su relación con el señor Strauss se había afianzado; iba a convertirla oficialmente en su amante.
Eso significaba que la sacaría de las garras de madame Beatrice y que por fin tendría la vida que todas soñábamos: una posición privilegiada, riquezas y un poco de amor sincero.
—¿Qué pasa? —le pregunté, temiendo que algo se hubiera torcido en su idilio.
Me tomó de las manos y se sentó junto a mí en el tocador donde estaba acicalándome para servir las mesas esa noche.
— Madame Beatrice ha decidido subastar tu virginidad.
Abrí mucho los ojos y moví la boca unas cuantas veces, pero no logré articular ni una sola palabra.
Era algo que se me había pasado por la cabeza en algún momento, pero me había convencido a mí misma de que todas esas enseñanzas de madame Beatrice eran para hacer de mí una ladrona mejor; no pensaba que esos juegos de despiste y seducción tuvieran el fin de convertirme en uno más de sus cisnes, como le gustaba llamar a las chicas.
Por eso quería que ocupase la habitación de Jeannine; lo tenía todo planeado y yo había vivido en mi nube, creyendo que mi servicio se reduciría a las bondadosas e inocentes visitas de Arthur.
—No puede hacer eso.
—Ya lo ha hecho —me confesó—. Lo está haciendo ahora mismo.
—No, no… —Me levanté y di unas cuantas vueltas sobre mí misma en la habitación—. Tengo que hablar con Arthur. Él me ayudará.
Astrid me miró con lástima.
—¿Te crees que no ha hablado con él primero?
—Me tomó de los hombros y me llevó hasta la cama para hacer que me sentara, como si supiera que mis piernas iban a dejar de responder de un momento a otro—.
Los escuché ayer en el salón, pero el conde se negó en redondo.
Dijo que una cosa era pagar por pintarte y una muy distinta obligarte a acostarte con él.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por un instante deseé que Arthur tuviera menos principios y me rescatara de ese terrible destino. Si había alguien con quien no me importaría hacer todas esas cosas que hacían las demás, era con él.
—Pero él, quizá con él…
Me cubrí la boca y Astrid negó.
—No quiere, Alana. No quiere tomar parte en esto, dice que es una abominación. Se marchó bastante enfadado.
Mi amiga me abrazó y me desahogué en su hombro.
Esa misma noche me encontré una nota en la repisa de mi ventana.
Había pasado muchas horas llorando y, por un instante, pensé que era una alucinación.
No obstante, cuando sentí el papel rugoso entre mis dedos, tuve la seguridad de que era real.
Miré las letras con impotencia. No sabía leer.
Pensé que tal vez fuese una nota de Arthur, que me pedía que me fugase con él. Era mi única esperanza.
Entonces me percaté de que tras el papel había una especie de abrecartas, una daga muy pequeña.
Fruncí el ceño, desconcertada por completo.
Arthur era un hombre pacífico, jamás me dejaría un cuchillo.
¿Quién, entonces? Miré de nuevo esas letras que parecían burlarse de mí desde el papel.
No podía preguntarle a Astrid ni a ninguna de las chicas, sabían tan poco de ciencia o literatura como yo.
Todas éramos analfabetas. La única que sabía leer era madame Beatrice y, por supuesto, no podía preguntarle a ella.
Tal vez podría haber recurrido a Arthur, pero desde la subasta, no había aparecido por The Silver Swan.
Arrugué el papel con rabia y lo lancé al fuego con un gruñido de impotencia.
Madame Beatrice se llevó una cifra astronómica por esa noche.
Mi virginidad era, al parecer, un bien muy codiciado en el local.
Se había encargado de hacerme irresistible durante dos años, entonces lo vi con claridad.
Me había puesto los mejores vestidos, me había enseñado modales y había colocado en mi rostro los maquillajes más exquisitos.
Me había vuelto inalcanzable para la mayoría de ellos. Hasta ese momento.
Estuve a punto de escapar por la ventana de la habitación de Jeannine —de mi habitación— con tal de no acatar el terrible plan de madame Beatrice.
Sin embargo, me quedé. The Silver Swan era el único lugar que conocía en Londres y sabía las penurias que se pasaban en la calle.
Me convencí de que no podía ser tan terrible; todas lo hacían cada noche y seguían vivas, ¿no? Incluso sonreían.
Astrid vino a verme antes de que el ganador tuviera acceso a mi alcoba. Estaba más seria de lo habitual y tuve la sensación de que entendía por lo que estaba pasando.
—¿Tú…? ¿A ti te hizo lo mismo?
Asintió y me abrazó. Quise echarme a llorar de nuevo, pero sabía que destrozaría mi maquillaje y no quería que la furia de madame Beatrice recayera sobre mí.
No solía enfadarse con nosotras, pero una vez encerró a Martha tres días en la despensa por llevarle la contraria y había tenido a Cathy una semana a base de pan y agua.
Astrid cogió mi cara entre sus manos y me miró a los ojos.
—No te resistas o será peor —me aconsejó.
Apreté los labios y asentí.
—¿Quién…? ¿Quién ha ganado?
—El Holandés Errante.
Era un marinero al que le habían puesto ese apodo por lo temible de su carácter. A pesar de sus orígenes humildes, se había hecho con una enorme flota y era uno de los hombres más ricos de Londres. Se me humedecieron los ojos. Ese tipo daba mucho miedo.
—Déjale hacer y piensa en otra cosa; imagínate al conde si te ayuda, a quien quieras.
Te voy a ahorrar los detalles de cómo fue mi primera vez.
Cuando todo terminó, madame Beatrice entró en la alcoba. Quizá tan solo quería asegurarse de que seguía viva después de dejarme a solas con ese bruto. No dijo nada cuando me vio desmadejada en la cama. Tan solo me dejó una infusión en la mesilla de noche.
—Tómate esto cuanto antes.
Obedecí como un autómata y el líquido caliente me quemó la garganta. Sabía lo que eran: unas hierbas anticonceptivas que hasta ese día había preparado cada noche yo misma para las chicas. A partir de entonces alguien las prepararía para mí.
Cuando logré levantarme del catre, le pedí a Hannah que me llenara una tina de agua hasta arriba. Puse el pie en su interior y la noté tibia.
—¡Está fría! —grité.
Hannah, que era un poco más joven que yo, balbuceó.
—Está como siempre…
—Más caliente, la quiero más caliente.
—Pero te quemarás…
—¡Me da igual! Hazme caso de una vez.
Hannah dejó de discutir e hizo lo que le pedí. El agua estaba hirviendo y, aun así, me metí dentro. Quería arrancarme la piel del cuerpo, limpiar de mí todo lo que había pasado en esa alcoba. Pero, por mucho que froté, la sensación no desapareció.
Astrid entró en el baño, alarmada. Seguramente Hannah la había avisado.
—Por Dios, Alana. Estás roja. ¡Para!
Seguí apretando la esponja contra mi piel con movimientos histéricos. Me la arrebató de un manotazo y, aun así, seguí arañándome con las uñas.
—Por favor, para —insistió—. Vas a hacerte daño.
—Me da igual, me da igual…
A pesar de que iba vestida, se metió conmigo en la tina y me abrazó. Entonces comencé a llorar contra su ropa mojada y grité contra su hombro.
—Ya pasó, Alana. Ya pasó.
La miré a los ojos.
—No, Astrid. Tan solo acaba de empezar.