La medida del tiempo El conde de Ravenshire
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El conde de Ravenshire

Hacía unos días que había cumplido los dieciséis años.

Ya poco quedaba de esa niña hambrienta que había llegado a The Silver Swan.

Con la ayuda de Astrid y las incisivas enseñanzas de madame Beatrice me había convertido en toda una dama.

Mis movimientos se habían vuelto más delicados, mi acento se había refinado hasta tal punto que nadie podría haber descubierto que no era inglesa y mis rasgos se habían afilado lo justo para mostrar una versión adulta de mí misma, aunque en realidad sabía muy poco de la vida por aquel entonces.

Cuando me miraba al espejo ya no sentía repulsión, sino una especie de orgullo.

Mi tez seguía siendo más oscura que las pálidas pieles inglesas; sin embargo, según madame Beatrice, eso era una ventaja.

«Los clientes te perciben como una criatura exótica, pero no excesivamente; eres perfecta», me repetía cada noche cuando elegía el vestido que iba a llevar.

De un tiempo a esa parte, la mujer me prestaba más atención y yo estaba muy feliz con ello: me sentía importante.

Se pasaba horas enseñándome juegos de seducción y técnicas para sustraer joyas o carteras de los bolsillos de nuestros clientes.

Ponía mis conocimientos en práctica cuando servía las mesas en el pub , y cada vez se me daba mejor.

Esos hombres se quedaban embelesados con mi sonrisa, con un escote exuberante y con las formas de mis caderas, que se habían desarrollado deprisa.

Mi cuerpo seguía siendo menudo, pero ya no era el de una niña.

Ingenua de mí, pensaba que mi aportación como camarera y ladrona era suficiente para la economía de madame Beatrice, pero pronto descubrí que la avaricia de esa mujer no conocía límites.

Fruncí el ceño.

—¿Pintarme?

—Es un filántropo, ya sabes, le gusta ver y comprar cosas bonitas. —Supongo que vio mi cara de horror—. Pero no te preocupes, tiene instrucciones claras de no tocarte.

Tragué saliva y me acerqué un poco a ella. Era bastante más alta que yo y siempre conseguía que me sintiera diminuta. Negué.

—No soy modelo, yo no sé…

—No te preocupes. —Le restó importancia con un movimiento de mano—. Lo único que tienes que hacer es quitarte la ropa.

Todavía recuerdo el calor que me subió por las mejillas. Era muy joven y, aunque estaba en un ambiente del todo libertino, jamás había estado desnuda frente a un hombre. La idea me pareció una aberración.

—Pagará una fortuna por ello, Alana —me dijo con firmeza, quizá al ver que iba a negarme—, y necesitamos el dinero. ¿Acaso no quieres una habitación mejor? Jeannine se ha marchado y la suya ha quedado libre. Podríamos redecorarla y darte el espacio que mereces en esta casa…

Apreté los labios para no decirle que estaba muy bien en mi caja de cerillas, aunque no fuera cierto. La verdad es que anhelaba tener una de esas alcobas coloridas, con cortinas de terciopelo y butacas de damasco para mí.

Me puso una mano sobre el hombro y asintió.

—Vendrá a las siete. Le pediré a Hannah que te prepare una tina con agua caliente.

Me quedé en silencio, incapaz de negarme o aceptar aquella propuesta. Estaba paralizada y, antes de que pudiera tomar el control de mi voz o de mi cuerpo, madame Beatrice desapareció.

El conde se presentó puntual a la cita. Hannah, una chica a la que madame Beatrice había contratado hacía poco para ayudarme con las tareas, me había preparado un vestido fino con transparencias y una bata que no tapaba mucho más.

Mi cabello oscuro, que solía llevar recogido, caía por mi espalda, libre y con ondas.

Hannah incluso me había puesto algo de carmín en los labios.

Lo esperé en la antigua habitación de Jeannine. Recuerdo que el corazón quería salírseme del pecho; tenía mucho miedo. Aunque madame Beatrice me había asegurado que el conde no me tocaría, había visto demasiadas cosas en esa casa como para fiarme de la palabra de un hombre.

Aguardé de pie con las manos aferradas a la bata, a la altura de mi pecho. Lo escuché subir las escaleras, la madera crujía bajo su peso. Cerré los ojos y solté el aire muy lentamente como Astrid me había enseñado a hacer cuando estaba nerviosa. La manilla de la puerta se movió y entonces entró él.

Lo miré con fijeza y fui incapaz de ocultar mi temor.

No llegaste a conocerlo, pero tu bisabuelo Arthur era de todo menos terrorífico.

Se trataba de un hombre más bien delgado, con una barba cuidada y unos ojos azules tan cristalinos como el cielo de verano.

Tenía una sonrisa amable y una voz cadenciosa que lograba calmar a cualquiera.

En cuanto me vio en un rincón, temblando, entró poco a poco.

Llevaba un lienzo en la mano y un maletín con pinturas, que dejó apoyados en un tocador.

—Tranquila —me dijo, cerrando la puerta tras de sí. No se acercó, tan solo torció ligeramente la cabeza para observarme. Sonrió—. No voy a hacerle daño, señorita.

Asentí, más por hacerle saber que lo había escuchado que porque lo creyera. Sin embargo, él cogió una silla y la puso en mitad de la habitación. Después, me hizo un gesto elegante.

—Siéntese, por favor. —Creo que fue la primera persona que me trató de usted, como si yo fuese alguien importante.

Le hice caso y me senté. Traté de cubrirme las piernas con la escueta tela de organza que dejaba poco a la imaginación.

Él ocultó una sonrisa y dio un par de pasos hacia mí.

Me tensé, así que se movió muy lento cuando llegó a mí.

Contuve el aliento cuando alargó la mano hacia mi rostro, puso los dedos en mi barbilla y me alzó el rostro hacia la luz oblicua del ocaso, que se colaba por la ventana.

—Así. —Me colocó unos mechones de cabello sobre el hombro y retiró el resto hacia atrás—. Eres hermosa.

Me miró unos instantes y yo me quedé inmóvil, esperando el avance que creía inevitable.

No obstante, él se alejó y colocó el lienzo sobre un caballete que madame Beatrice había dejado preparado a un lado de la estancia.

Abrió el maletín de pinturas y comenzó a hacer alguna mezcla de colores.

Lo observé con curiosidad, desconcertada porque estuviera haciendo exactamente lo que había dicho que haría: pintarme.

No te mentiré. Tu bisabuelo Arthur no tenía ningún don para el arte, pero parecía disfrutar del proceso y, con el transcurso de los minutos, comencé a sentirme cómoda bajo su escrutinio.

Me observaba concentrado, analizando la forma de mis labios, de mi nariz, de mi cuello.

No daba la sensación de que lo hiciera con lascivia, como había percibido que hacían algunos hombres en el pub , así que me relajé.

—Eres muy joven —dijo en un momento—, siento haberte incomodado.

No levantó los ojos de su lienzo, tal vez avergonzado de haberme pedido algo así.

—No importa…

Arthur se acercó a la cama que había detrás de nosotros y me envaré. Quizá me fuese a proponer algo indecente. Sin embargo, agarró la colcha y me cubrió con ella.

—Mejor así.

Asentí con agradecimiento y me aferré a la manta con un suspiro de alivio.

Pasaron un par de horas y, aunque la luz natural había dejado de iluminar la estancia, Arthur encendió la lámpara de araña y continuó pintándome hasta que empezó a escucharse barullo en la zona de abajo.

The Silver Swan había abierto sus puertas.

Guardó el pincel en el maletín y se miró las manos manchadas de pintura.

—Puede lavarse en la tina —sugerí, y me levanté para ayudarlo.

Él esperó a que le preparase una palangana con jabón.

Le tomé las manos con cuidado y me resultó natural tocarlo.

Le froté las manchas de pintura con jabón mientras notaba que él seguía mirándome, como si quisiera memorizar mis rasgos.

Alcé la vista hacia él y me sonrojé. Sonrió.

Le envolví las manos con una toalla y se las sequé.

—Mucho mejor —afirmó cuando vio que tan solo quedaban unos ligeros restos de pintura bajo sus uñas.

Asentí y Arthur se dispuso a guardar sus enseres de nuevo en el maletín. Aun así, no recogió el lienzo.

—¿Le importaría seguir posando para mí en otra ocasión? No me ha dado tiempo a terminar…

—Como desee.

—Hablaré con madame Beatrice.

Le sonreí antes de que se marchase.

Nuestra relación comenzó de forma inusual.

No era el mejor lugar para charlar, la diferencia de edad era importante y además había un interés económico de por medio.

Tal vez por eso Arthur nunca me tocó. Siempre se mostraba respetuoso conmigo, me pintaba en silencio y, de vez en cuando, intercambiábamos algunas palabras. Así fue cómo empecé a conocerlo.

Era un hombre tímido y solitario. A sus cuarenta años nunca se había casado ni parecía tener intención de hacerlo; me decía que prefería dedicar su vida al arte: la pintura, la escritura, la filosofía…

Esos eran sus verdaderos intereses y no el patrimonio que se veía obligado a cuidar por culpa de su título nobiliario.

Me di cuenta de que él se sentía tan atrapado en su vida como yo en la mía, aunque las circunstancias fueran distintas.

Empecé a anhelar sus visitas y, aunque no estaba enamorada de él, me sentía cómoda cada vez que conversábamos.

No me tocaba con las manos, pero el hecho de que conociera cada rincón de mi rostro gracias a su pincel, generaba cierta intimidad entre nosotros.

Jamás me pedía que me quitase la ropa ni que hiciese ningún gesto.

A veces simplemente me miraba a los ojos, como si allí buscase una parte de sí mismo; era una relación platónica.

Sin embargo, como te he dicho antes, la ambición de madame Beatrice era desmedida y, a pesar de las ingentes cantidades de dinero que Arthur le pagaba por visitarme, encontró una forma de sacarle mucho más provecho a mi belleza.