La medida del tiempo Agua y jabón
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Agua y jabón

—Basta por hoy —dijo Alana con la voz rasposa—, me duele la cabeza.

Se levantó de la mesa con la intención de marcharse a su habitación para dormir.

Sin embargo, sus rodillas fallaron y a punto estuvo de caer al suelo.

Carlota la sostuvo y vio que su bisabuela esquivaba su mirada, parecía avergonzada.

Lo cierto es que Alana siempre había sido ágil y no la había visto trastabillar ni una sola vez, a pesar de sus habituales tacones.

Aquella fragilidad repentina la desconcertó.

—¿Estás bien?

—Sí, solo ando un poco cansada —se apresuró a contestar Alana, mientras se erguía de nuevo—. Necesito lavarme las manos.

Carlota la siguió por el pasillo en dirección al aseo más cercano. La vio meterse en el baño con determinación. No cerró la puerta, poco le importaba tener testigos. Abrió el grifo y puso el agua caliente, demasiado; el humo podía verse desde el umbral de la puerta.

—Te vas a quemar —le advirtió Carlota.

Alana metió las manos bajo el agua hirviendo, ignorando su advertencia, como si necesitase sentir el calor.

Se puso mucho jabón y empezó a frotar con más fuerza de la que le había visto emplear nunca, incluso se arañó con las uñas.

Carlota la observó, preocupada por su comportamiento errático.

Sabía que su bisabuela era una maniática del orden y de la limpieza y estaba acostumbrada a su necesidad casi constante de lavarse las manos.

No obstante, nunca la había visto hacerlo con tal intensidad.

Se acercó por la espalda y la agarró por los hombros.

Alana se sobresaltó, parecía haber olvidado que se encontraba allí. Tenía la mirada perdida.

—Ya es suficiente.

—Todavía están sucias.

Carlota puso la mano sobre sus dedos mojados y los apartó del chorro de agua. Tenía la piel escaldada. Le cubrió las manos con una toalla que olía a rosas y las envolvió con cuidado.

—Ya pasó, Lalune —susurró con la intención de sacarla del trance—. Ya pasó.

Alana apretó los labios y asintió. Tenía los ojos vidriosos y, antes de poder averiguar si estaba llorando, su bisabuela se apartó de ella con brusquedad.

—Me voy a dormir. Puedes quedarte en el cuarto de invitados, si quieres. —Se perdió por el pasillo antes de que dijese nada más.

Carlota decidió quedarse en la Torre de Ravenshire.

Pocas veces había visto a Alana tan afectada y temía dejarla sola: esa era una casa muy grande, poblada de fantasmas y de desgracias que ella misma arrastraba y arrastraría siempre.

De hecho, detestaba la idea de regresar a su piso y encontrarlo vacío. Al menos, allí estaba Alana.

Se dio una ducha, como si necesitara sacarse algún tipo de energía oscura de encima.

Cuando terminó, se percató de que se encontraba demasiado despejada como para dormir.

Se sentó de cualquier forma sobre la silla del escritorio y sacó el ordenador del bolso para colocarlo encima de la mesa.

Parecía un espectro más en esa torre, con la luz azulada de la pantalla cayendo sobre sus facciones afiladas y la habitación en penumbra.

Se puso un bolígrafo entre los dientes y resopló.

Tenía unos cuantos tratos inmobiliarios que cerrar, bastante aburridos, y además debía reunir la documentación: era una buena forma de que le entrara sueño.

Sin embargo, entre sus correos más bien burocráticos, descubrió uno distinto.

Lo abrió con cautela pensando que era spam , pero enseguida se dio cuenta de que se trataba de un aviso: alguien había contestado en uno de los foros donde había preguntado por el reloj.

Abrió la web a toda prisa y se acercó tanto a la pantalla que casi la rozó con la punta de la nariz.

@Max_von_eberhardt dice:

@buscandoeltiempo he visto el mensaje donde pregunta sobre Le Nocturne Astronomique. Tengo información que podría serle de interés.

Carlota comenzó a teclear una respuesta de inmediato.

@buscandoeltiempo dice :

@Max_von_eberhardt es una gran noticia, ya estaba perdiendo la esperanza. ¿Prefiere hablar en el foro o por privado?

Iba a cerrar el portátil aprovechando la calma de saber que había un nuevo hilo del que tirar; estaba segura de que el sueño sería mucho más reparador.

No obstante, antes de que pudiese bajar la tapa, vio que entraba otra notificación en el chat del foro.

Era un mensaje privado. Movió el ratón hacia esa zona de la pantalla con rapidez y se abrió una nueva conversación, en la que tan solo estaban ellos dos.

Volvió a acercarse, como si así pudiese leer más deprisa.

@Max_von_eberhardt: creo que es mejor hablarlo en privado. Es un tema delicado y prefiero la discreción, si no le importa.

Carlota se apresuró a darle la razón.

@buscandoeltiempo: por supuesto.

Miró el icono del usuario y vio que se encontraba en línea.

Aparecían tres puntitos en el chat; Max, si es que así se llamaba en realidad, estaba escribiendo.

Carlota aprovechó la espera para ampliar su foto de perfil.

Se llevó una pequeña decepción cuando comprobó que se trataba de uno de los anodinos paisajes que el foro te proponía si no querías colgar tu foto.

Ella, por lo menos, había elegido la imagen de un reloj.

@Max_von_eberhardt: tengo unas cuantas imágenes de Le Nocturne Astronomique en las que se observan más detalles, aparte de los que ya colgó usted.

@buscandoeltiempo: ¿podría compartirlas?

@Max_von_eberhardt adjuntó tres imágenes .

Carlota pinchó sobre las fotografías que le habían enviado y las observó con ansia.

Tenían mejor nitidez que la que le había dado su bisabuela y, desde luego, estaban hechas desde varios ángulos; quien las hubiera tomado debía ser un coleccionista o alguien que sabía lo que hacía.

Las descargó por si ese tal Max se arrepentía de habérselas pasado, con la intención de mostrárselas a Mina en cuanto pudiera.

@buscandoeltiempo: son fabulosas, aunque me temo que no soy ninguna experta. ¿Sabe algo más sobre el reloj?

Se hizo una especie de silencio al otro lado. Los puntitos aparecían y desaparecían, como si el usuario estuviera escribiendo algo y lo borrase unos instantes después.

@Max_von_eberhardt: mi bisabuelo lo tuvo durante un tiempo, pero lo perdió.

Carlota frunció el ceño. Intuía que detrás de aquello había algo más que no le estaba contando, pero era normal. Ella tampoco iba a explicarle a un desconocido quién le había pedido recuperarlo ni por qué. Al ver que ella tardaba en contestar, Max siguió hablando.

@Max_von_eberhardt: quizá podamos colaborar en la búsqueda, si le parece bien.

@buscandoeltiempo: agradezco cualquier ayuda.

@Max_von_eberhardt: déjeme recopilar algo más de información y volveré a escribirle. ¿Prefiere un correo electrónico?

Carlota suspiró. Por supuesto que prefería el correo electrónico.

Ya no era ninguna adolescente como para andar chateando a medianoche.

Sería mucho más profesional y tal vez así conseguiría quitarse de encima el extraño sentimiento de que ese hombre exquisitamente educado era un maníaco con intención de asesinarla para conseguir Le Nocturne Astronomique.

@buscandoeltiempo: mi correo es [email protected]

@Max_von_eberhardt: me pondré en contacto con usted pronto, Carlota.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando escribió su nombre.

Estaba acostumbrada a las formalidades, vivía de ellas y se movía en círculos muy elitistas.

Sin embargo, había algo desconcertante en su forma de hablar en un foro cualquiera.

¿Quién era ese tipo? ¿Debía fiarse de él o estaba ante un psicópata obsesionado con los relojes?

Entonces sí, bajó la pantalla del portátil y resopló.

—Son las horas —se dijo en un susurro—, cualquiera me parecería rarito.

Quedó con Mina para comer. Se moría de ganas de mostrarle las fotografías y hablarle sobre ese misterioso hombre que había aparecido en internet con algo de información sobre Le Nocturne Astronomique.

Se vieron en uno de sus restaurantes favoritos, La Carabela Azul, que contaba con una bonita terraza repleta de tiestos, geranios y costillas de Adán. Una enorme buganvilla recorría uno de los muros y, en los días soleados, las temperaturas eran agradables incluso en invierno.

Le dio un bocado a la ensalada de burrata que acababa de pedir y devolvió su atención a Mina, que le estaba contando una de sus últimas aventuras de Tinder.

—Deberías volver a instalarte la app. Quizá no conozcas al hombre de tu vida, pero pasarías un buen rato y te quitarías a Yago de la cabeza.

Carlota la miró con fuego en los ojos.

—Yago está muerto y enterrado para mí. Lo sabes de sobra.

—Sí, sí. Lo tienes superadísimo —se burló Mina con un movimiento de cabeza—. Por eso llevas dos años sin quedar con un tío.

—No necesito un hombre para ser feliz.

—Pues aunque sea para darte una alegría, mujer… Va, no te enfades.

Carlota suspiró y le dedicó una sonrisa condescendiente.

—Sabes que no me interesa. En fin, quería enseñarte esto.

Metió la mano en su bolso y sacó tres imágenes que había imprimido en la copistería de al lado de casa y que tenían una calidad bastante precaria. Aun así, mostraban con bastante claridad detalles que se les habían pasado por alto en la que Alana les había proporcionado.

—¡No me digas que has encontrado algo sobre el reloj! —exclamó Mina abalanzándose emocionada sobre las instantáneas.

—Un hombre me las ha enviado esta noche. Dejé un mensaje en un foro de coleccionistas y voilà , me contestó.

—Así que has estado chateando con un hombre a altas horas de la madrugada. Por un foro, qué sexy. ¿Nostalgia milenial?

—¡Mina! Probablemente Max sea un jubilado que colecciona relojes y necesita la ayuda de un taca-taca para caminar. Nada más inofensivo. —En cuanto había amanecido, le había parecido absurda su desconfianza de la noche anterior.

—Pues si vas a hablar con un avezado coleccionista, deberías saber un mínimo sobre la historia de los relojes.

—No me vayas a meter una chapa de una hora…

—No es eso, pero es que Le Nocturne Astronomique es uno de los relojes más buscados de la historia, y el más misterioso.

Poco se sabe sobre el hombre que lo hizo, ni a petición de quién.

Apenas se menciona en los libros de subastas, porque se cree que pueda ser una leyenda.

¿Sabes cuántos millones de euros valdría algo así en el mercado?

Carlota tragó saliva. En su mensaje había dicho que estaba dispuesta a pagarlo, pero ¿y si toda su fortuna no alcanzaba para comprarlo?

—Sería el reloj más caro de la historia y quizá supere a The Supercomplication en cuanto a nivel de complejidad.

—¿The Supercomplication?

—A comienzos del siglo XX , Henry Graves Jr., un banquero de Nueva York, entró en una rivalidad silenciosa con otro millonario, James Ward Packard, fundador de Packard Motor.

No competían en coches ni en mansiones, sino en algo más sutil: quién poseería el reloj más complicado jamás construido.

Graves encargó a Patek Philippe un reloj de bolsillo sin límite de presupuesto.

El resultado, terminado en 1933 tras ocho años de trabajo, incluía calendario perpetuo, fases lunares, carta celeste exacta del cielo de Nueva York, repetición de minutos, horas de salida y puesta del sol… Una locura.

»Durante más de cincuenta años fue el reloj más complejo del mundo y en 2014 se subastó por veinticuatro millones de dólares, un récord absoluto.

¿Qué crees que pasaría si Le Nocturne Astronomique no solo existiese, sino que lo pudieses comprar o vender?

¿Y si superase a la creación de Patek Philippe?

Carlota se quedó en silencio unos instantes.

—Aunque lo encontrase, no podría permitírmelo… —se lamentó.

—Pocos podrían. Venga, no te desanimes. Tal vez ese Max te dé información relevante y lo encuentres antes que nadie.

Carlota asintió, pero siguió con el peso de la realidad a sus espaldas. Quería concederle ese favor a Alana. Su bisabuela nunca pedía ayuda y, si lo había hecho, era porque de verdad le importaba.

—¡Un coulant ! —pidió Mina a un camarero que pasaba por allí—. Antes de que mi amiga languidezca de pena.

Carlota tuvo que echarse a reír.

Tardó cuatro días en volver a casa de Alana.

Había tenido la esperanza de poder contarle algo sobre Le Nocturne Astronomique, pero Max se había esfumado.

Había revisado su conversación del foro un millón de veces, con la esperanza de vislumbrar algo nuevo, pero todo había sido muy ambiguo y, para colmo, Carlota no le había pedido su correo electrónico; ni siquiera sabía su verdadero nombre.

Se sentía estúpida, porque lo único que podía hacer era esperar a que él le escribiera un email , si es que llegaba a hacerlo alguna vez.

¿Y si había decidido buscar el reloj por su cuenta?

Si era tan caro como Mina le había dicho, quizá no le valía la pena tener una socia como ella, que no tenía ni idea de nada.

Al ver que ese camino tal vez se quedaba sin explorar, Carlota decidió ir a ver a su bisabuela y mantener esa diminuta pista en secreto, por el momento. No quería disgustarla si su investigación no llevaba a ninguna parte.

Cuando entró, la Torre de Ravenshire estaba en completa calma.

Casi parecía que se encontrara vacía. Sin embargo, a medida que avanzaba, notó la temperatura caldeada de los salones y supo que su bisabuela debía de estar por allí.

En efecto, se la encontró en la biblioteca. Era uno de sus lugares favoritos.

—Dichosos los ojos —soltó.

—Lo siento, he estado bastante ocupada —se disculpó Carlota.

Alana la perdonó con un asentimiento y le hizo un gesto para que se sentase en la butaca frente a la que ella ocupaba.

—¿Quieres un té?

—No. Estoy bien. —Se había tomado un café hacía poco, nada más levantarse.

Su bisabuela la miró un largo rato, como si estuviera convencida de que, en realidad, no estaba tan bien. Pero no insistió.

—Me había quedado en madame Beatrice… —murmuró, retomando la historia que había dejado a medias. Carlota asintió—. Sí, fue una época intensa, por decirlo de una forma suave. Pero así conocí a tu bisabuelo Arthur.

—¿En un prostíbulo? —trató de no sonar prejuiciosa.

—Es una larga historia.