La medida del tiempo Madame Beatrice #2
23%

Madame Beatrice #2

Ella asintió y al fin me ofreció un trabajo como limpiadora.

Dijo que la última se había marchado unos días atrás, escandalizada.

Me advirtió de que ese no era un pub como los demás, que allí vería y escucharía cosas que no debían salir de esas cuatro paredes.

No comprendí la magnitud de la situación hasta mucho tiempo después.

Me pasé los siguientes días limpiando con la cabeza gacha.

No veía nada más que las motas de polvo, las manchas del suelo o las sábanas sucias.

No se me daba mal. Aunque nunca lo había hecho antes, detestaba la suciedad, como si desde esa temprana edad quisiera renegar de mis propios orígenes.

Había crecido en la calle, pero estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de no volver a ese lugar inmundo; con tal de olvidarlo.

Así que frotaba, barría y ahuecaba cojines como ninguna otra.

A cambio, madame Beatrice, que así se hacía llamar esa mujer, me alimentaba y me daba cobijo.

Incluso me prestó uno de los espléndidos vestidos que había en uno de los armarios.

Aunque era el más discreto de todos, no podía parar de mirarme al espejo.

Nunca había llevado algo tan distinguido y me daba pena limpiar con él puesto, así que cuando me tocaba fregar el suelo, volvía a ponerme el viejo vestido con el que había cruzado el océano Atlántico.

Esa mañana me encontraba frotando con ahínco un resto de cerveza que se había incrustado en el suelo de madera cuando unos tacones se detuvieron frente a mí.

Supe al instante que se trataba de ella y me puse en pie de un salto.

No me atrevía a mirarla, por si de pronto me creía indigna de estar bajo su techo.

— Dov'è il vestito? —Asumí que me preguntaba por el espléndido modelo de seda azul que me había entregado un par de días atrás.

—No quiero ensuciarlo —balbuceé, porque en aquel entonces balbuceaba a veces.

Me atreví a alzar la vista un instante y me encontré con los ojos furibundos de madame Beatrice. Me gritó algo que no entendí y me encogí de miedo. ¿Iba a echarme? Soltó unas cuantas cosas más y se marchó a su despacho, que estaba en el piso de arriba.

Me quedé sola, con el trapo mustio colgando de mis dedos.

Estaba a punto de ponerme a llorar cuando una muchacha unos cuantos años mayor que yo entró en el salón y se acercó a mí.

Ya la había visto alguna vez. Yo no era la única que vivía en el local: seis chicas más se alojaban allí permanentemente.

No tenía muy claro los términos de su trato y no sabía qué le daban a madame Beatrice a cambio de su hospitalidad; por supuesto, no podía preguntárselo con mi pésimo inglés.

—Te llamas Alana, ¿no? —Casi me eché a llorar cuando me habló en un perfecto español—. Soy Astrid.

Me tendió la mano. Era suave y blanca y se la estreché con cierta vergüenza. Ella era todo lo que yo nunca alcanzaría a ser: refinada, delicada y muy hermosa. Tenía los ojos verdes y el cabello negro azabache, en un contraste que te llevaba unos segundos procesar.

—¿De dónde eres? —continuó.

—De Barcelona.

Sonrió con unos dientes blancos y perfectos.

—Yo soy del sur, aunque ya casi ni me acuerdo de esa vida. Vine muy joven y, por suerte, madame Beatrice me encontró a tiempo: estaba a punto de morirme de hambre en la calle.

La miré con atención. Su piel irradiaba vida, tenía buenas curvas y los pechos abundantes; vestía de manera impecable. Saltaba a la vista que hacía tiempo que había dejado la miseria atrás. Quise ser como ella algún día.

—Me parece que la he cabreado —me lamenté.

Astrid miró hacia las escaleras por las que madame Beatrice había desaparecido y negó para restarle importancia.

—No le gusta que vayamos sucias ni mal peinadas —me explicó.

—Pero el vestido que me dio es demasiado bonito para limpiar con él.

Astrid se echó a reír.

—Cuando se estropeé te dará otro, y otro, y otro —dijo con acento cantarín—. Nunca dañes la imagen de The Silver Swan, y todo irá bien.

Asentí un poco más tranquila y ella dio media vuelta para marcharse a la cocina.

—¿Astrid? —Ella se volvió hacia mí—. ¿Crees que podrías enseñarme inglés?

Sonrió, como si hubiera estado deseando ayudarme.

—Por supuesto.

Tiré mi vestido harapiento aquella misma tarde.

Me aterrorizaba la idea de que madame Beatrice lo encontrara escondido bajo mi cama y me regañara.

Fue la primera vez en mi vida que tuve miedo de perder lo que había conseguido, y creo que esa sensación me ha perseguido desde entonces.

Incluso ahora me despierto a veces, pensando que me arrebatarán todo lo que tengo.

Supongo que nunca me he creído digna y esa fue la raíz del problema.

Sin embargo, no me vi capaz de tirar el abrigo de Lawrence y se quedó colgado en mi armario durante años, como si de esa manera él me hiciera compañía.

La cuestión es que no quería decepcionar a madame Beatrice, así que me propuse cuidar del pulcro aspecto de The Silver Swan para el resto de la eternidad. Me apliqué mucho con las clases que Astrid me daba después de comer y logré dominar el inglés en cuestión de un año.

No sé si fue el hecho de comprender el idioma o si fui perdiendo la inocencia infantil, pero para cuando cumplí los catorce años, comencé a entender lo que pasaba en aquel local.

A ti te habrá parecido evidente desde el principio, pero para mí tuvo un gran impacto.

No es que mi madre me hubiera criado bajo las estrictas normas del catolicismo —más bien al contrario—, pero averiguar lo que Astrid y las otras chicas hacían por las noches con aquellos caballeros adinerados fue un golpe.

—¿No te da asco? —le pregunté un día a la que ya consideraba mi amiga.

Hablábamos en inglés porque a madame Beatrice le incomodaba no enterarse de lo que decíamos, pero cuando estábamos solas, cambiábamos a nuestra lengua materna.

—No es tan malo —respondió Astrid encogiéndose de hombros—. Es peor pasar frío y hambre. Además, los clientes que vienen al club son bastante limpios.

La miré con una mezcla de escepticismo y horror.

Pronto me di cuenta de que The Silver Swan no era un pub , sino un club para caballeros.

En la zona de abajo bebían, charlaban y jugaban al póker y, si la noche se animaba, subían al piso de arriba.

La idea de venderse así me parecía espantosa, pero luego las veía bien vestidas y con una sonrisa en la boca y trataba de convencerme de que no eran tan infelices como yo pensaba.

Jamás había tenido una habitación para mí y, aunque ahora sé que no era más que un cuarto para las escobas, entonces me pareció un sueño poseer un espacio propio.

Nadie entraba allí y estaba convencida de que era un lugar seguro.

Solo me había sentido así entre los brazos de mi madre, y la sensación de tener un hogar al que pertenecer me calentaba el pecho.

Cuando me quedaba a solas pensaba a menudo en ella y en lo que la echaba de menos.

En el momento en que empecé a ver lo que es la vida, me di cuenta de lo mucho que me había protegido de la realidad; de su realidad.

Y es que en algún punto comprendí que los hombres que la visitaban por las noches lo hacían a cambio de un pago, que con ese dinero nos buscaba una habitación para pasar el invierno y que, quizá, mi padre había sido uno de sus clientes.

Supongo que mi afición por el espionaje viene de lejos, porque algunas noches, cuando los ruidos en las habitaciones contiguas eran demasiado fuertes, me escabullía por el pasillo para averiguar lo que ocurría.

Tal vez hubiera sido mejor no verlo. Todas aquellas chicas a las que les tenía aprecio e incluso admiraba hacían cosas que se me antojaban horribles con hombres que me parecían aún peores.

No obstante, mi curiosidad era más fuerte y una parte de mí quería saber qué hacían y por qué se reunían cada vez que terminaban su jornada.

Una noche en la que me sentía más osada de lo habitual, me quedé despierta hasta el cierre del local.

Sabía que a las cuatro de la mañana se marchaban los últimos clientes y que era entonces cuando madame Beatrice hacía la reunión con las chicas.

Quería saber qué les contaba. Así que me escabullí por la escalera y las observé desde detrás de la balaustrada, con la cabeza apoyada contra la barandilla y mi camisón, todavía infantil, recogiéndome las piernas.

Todas estaban en bata y con el cabello alborotado.

No quedaba ni rastro del carmín que había decorado sus labios al inicio de la noche y algunas mostraban unas profundas ojeras; tuve la sensación de que la luminosidad que presentaban cuando el local se encontraba abierto se había esfumado entre las sábanas, como si los clientes se la hubieran robado.

Tan solo Astrid parecía contenta y sospechaba el porqué.

De un tiempo a esa parte la visitaba el señor Strauss, un caballero de buena familia que se había encaprichado de ella y que le reservaba todas las noches.

Me constaba que era la envidia de sus compañeras, pero yo me alegraba por ella.

Cuando una es joven, todavía cree en el poder del amor.

—¿Cuánto habéis recaudado hoy? —quiso saber madame Beatrice.

No comprendí la pregunta y, por un momento, pensé que era debido a mi inglés, aunque a esas alturas lo dominaba a la perfección y solo se me notaba un leve acento.

Una de las chicas, la más callada de todas, sacó un par de joyas de su bolsillo y una billetera y las depositó sobre una de las mesas del local.

La observé con el ceño fruncido; no sabía lo que estaba presenciando.

Pronto las demás comenzaron a hacer lo mismo: diamantes, monedas, relojes…

Toda clase de objetos valiosos terminaron apilados en medio del salón.

Madame Beatrice miró a Astrid con resignación.

—Tú quedas dispensada.

Ella sonrió, como si eso le produjera un gran alivio.

Fue así cómo me enteré de que mis compañeras no solamente se prostituían, sino que aprovechaban el despiste de los clientes para engatusarlos con sus artes y robarles. Todo coordinado bajo el mandato de madame Beatrice, que ejercía como directora de orquesta.

La madera del escalón sobre el que yo me encontraba arrodillada crujió y madame Beatrice se giró con brusquedad.

Me escondí corriendo para que no me descubriera y, al ver que no me seguía, imaginé que había logrado despistarla.

Me refugié en mi habitación con rapidez, cerré la puerta y me escondí bajo las mantas para fingir que estaba profundamente dormida.

Pasó bastante rato y casi había logrado conciliar el sueño cuando alguien llamó a la puerta. Me planteé no contestar, pero la voz de madame Beatrice al otro lado no admitía discusión.

—Sé que estás despierta.

Apreté los labios y salí de la cama con el corazón bombeando en el pecho. A pesar de llevar ya casi dos años en esa casa, temía enfurecerla y que, con la misma facilidad que me había acogido, me devolviera a la calle.

Abrí la puerta con vacilación y entró en mi cuarto. Me di cuenta de que el techo era demasiado bajo y el espacio, demasiado reducido. Madame Beatrice tuvo que inclinar la cabeza. Lo ocupaba todo con su presencia poderosa, y yo me sentí diminuta. Me froté las manos.

—Si eres capaz de espiar, eres capaz de jugar —me soltó. Tragué saliva y la miré con el ceño fruncido de puro desconcierto—. Mañana mismo comenzaremos tu entrenamiento.

—¿Entrenamiento? —logré repetir la palabra sin atascarme.

—Por supuesto. Tendrás que pagar por mi hospitalidad, ¿no?