La medida del tiempo Madame Beatrice
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Madame Beatrice

Recuerdo la primera vez que pisé el suelo mojado y embarrado de Londres, tras salir de la estación.

Llevaba unos zapatos demasiado ligeros —o quizá demasiado viejos— para ese clima frío y húmedo, y apenas podía levantar la vista de mis pies.

Tenía miedo de descubrir un mundo para el que no estaba preparada, así que paseé cabizbaja por las calles atestadas de ciudadanos, tratando de discernir algo entre esas voces que hablaban tan extraño.

Todavía me encontraba aturdida por la brusca detención de Lawrence y por la muerte de mi madre.

Tenía ganas de llorar, pero no me quedaban lágrimas. Tal vez estaba en shock .

Me pasé varias horas deambulando por el centro de la ciudad, buscando la taberna que me había dicho mi madre, pero The Silver Swan parecía no existir.

Me salieron ampollas en los pies por culpa del mal estado de mis zapatos y me rugía la barriga; me sentía incluso mareada.

Sabía que no aguantaría mucho sin comer y, cuando el sol comenzó a ponerse en el horizonte gris, creí que moriría de frío e inanición.

Puede que fuera lo mejor. No veía el propósito de vivir, ¿para qué sufrir?

Pronto me di cuenta de que quedarme en la calle no era una buena idea.

No hubiera sido la primera vez que dormía al raso; mi madre y yo habíamos pasado muchas noches a la intemperie y esa experiencia me había enseñado a anticiparme a los maleantes.

Me bastó un vistazo a mi alrededor para darme cuenta de que ese lugar era incluso más peligroso que el Raval.

Algunos hombres comenzaron a decirme cosas en un idioma que no entendía, aunque sus miradas lascivas no me dejaron lugar a dudas.

Mi madre se había ocupado de contarme lo básico sobre las relaciones entre hombres y mujeres para que me anduviera con cuidado.

Estaba buscando desesperadamente un lugar en el que cobijarme, quizá una iglesia o un convento, cuando un par de borrachos me interceptó.

Me quedé congelada ante sus ojos vidriosos y sus sonrisas desdentadas.

Me preguntaron algo en inglés. Negué con la cabeza y les dediqué una mirada suplicante, como si mi mensaje silencioso les fuera a importar algo.

Se rieron. El que estaba más cerca de mí me agarró del brazo y me estampó contra su pecho.

Apestaba a alcohol y mugre. Grité. Se rieron más y el otro metió sus sucias zarpas bajo mi falda.

Me moví deprisa para evitar sus manos pegajosas y saqué mi zurrón de debajo de la tela. Se lo ofrecí. Abrieron mucho los ojos.

—Cogedlo, pero dejadme en paz. Es dinero. Money . Please .

Miraron hacia mis dedos, que sostenían un tesoro. Debieron pensar en lo bien que se lo pasarían en una taberna o en un prostíbulo con semejante fortuna, por muy nimia que fuese en realidad.

Lancé la bolsa con fuerza hacia un callejón y me miraron contrariados. Luego corrieron hacia el botín y aproveché para huir.

No me detuve hasta un buen rato después; me dolía el pecho por el esfuerzo y apenas podía respirar.

Me quemaban los ojos de las ganas de llorar.

Alcé la vista hacia el cielo en una absurda búsqueda de esperanza, como si Dios fuera a asistirme.

Lo único que logré fue que un par de gotas de agua me cayeran en la punta de la nariz.

Empezó a llover con fuerza. Miré a mi alrededor en busca de refugio.

Entonces, vi lo que tanto había estado buscando.

The Silver Swan.

No sabía leer, pero el cisne plateado que brillaba en un cartel reluciente no me dejó lugar a dudas.

Era uno de los pocos locales con las luces encendidas a esas horas.

Se escuchaba el barullo y las risas desde la calle, y me pareció un oasis en medio de ese lugar tenebroso y solitario, así que me acerqué con cautela.

Cuando llegué, me asomé a una de las ventanas.

Los cristales estaban empañados; deduje que el interior debía de ser mucho más cálido que la fría noche a la que me encontraba expuesta.

Inspiré con anhelo tan solo de imaginarme mis manos y mis pies entumecidos acercándose al fuego que se adivinaba en un lateral.

No es que fuese un lugar demasiado grande, quizá por eso daba la sensación de estar atestado.

Una nube de humo sobrevolaba por encima de los clientes y, aun así, a nadie parecía importarle; la gente seguía fumando con copas en las manos.

Apreté los dedos contra el cristal, escurridizo por la condensación y la lluvia, y abracé mi propio cuerpo; ya ni siquiera el abrigo de Lawrence, que todavía llevaba puesto, me servía contra el terrible frío del exterior.

«Mi madre quería trabajar aquí, no puede ser tan malo», me dije.

Tomé aire y empujé la puerta, que estaba abierta.

Cerré los ojos con satisfacción cuando una oleada de calor me golpeó; sentí un escalofrío por la diferencia de temperatura y suspiré aliviada.

Si me dejaban trabajar allí, tal vez no moriría congelada.

Di un único paso al frente cuando un hombre, en evidente estado de embriaguez, me miró de arriba abajo.

No sé lo que vio; me sentía sucia, miserable y hambrienta, pero debí de gustarle, porque se lanzó a por mí.

Empezó una conversación en inglés, pero por supuesto yo seguía sin entender nada.

Me agarró del brazo y me hizo avanzar un poco hacia el interior del local.

Tenía miedo y la cabeza abotargada por el barullo.

Apenas podía mantener los ojos abiertos bajo la intensa luz de las lámparas de araña que se abrían paso a través del humo.

Era un lugar luminoso y lleno de colores, parecía que una especie de hechizo lo gobernara.

Había cachimbas y candelabros dorados sobre unas mesas eclécticas, cada una de un color; las paredes estaban forradas de papel pintado con flores rojas y rosas; el suelo, a pesar de estar algo pegajoso, lo cubrían alfombras persas.

Me recordó al palacio de Sherezade. Tienes que entender que para alguien que había vivido toda su infancia en la calle y en la pobreza más absoluta, cualquier cosa podía resultar deslumbrante, así que The Silver Swan me robó el aliento durante unos segundos.

Tanto que apenas me percaté de que ese tipo seguía tirando de mí hacia un rincón.

Se detuvo cerca de una escalinata con la barandilla forrada en oro —probablemente falso— y me hizo un gesto con la cabeza hacia arriba.

Alcé la mirada y escuché pasos en la parte superior del local, también risas y algunos sonidos que me inquietaron.

No sabía mucho de la vida, pero los había escuchado antes en la calle.

Me puse nerviosa y negué, abochornada. El hombre pareció molesto por mi negativa y me mostró una bolsa llena de dinero.

Nunca había visto tantas monedas juntas.

Me fijé más en él. Saltaba a la vista que no era pobre, más bien al contrario.

Volví a mirar a mi alrededor y enseguida me di cuenta de que me había metido en un pub para gente pudiente.

Desentonaba allí. Apreté los puños y negué de nuevo. Insistió, algo crispado.

Entonces apareció una mujer. Era alta y esbelta como una diosa.

Tenía el cabello rubio, pero no de ese tono pálido y desanimado que se ve a menudo, sino más bien dorado, reluciente, a conjunto con todo lo que había bajo ese techo.

Sus ojos parecían del color del ámbar fundido y, por un instante, creí que se trataban de piedras preciosas.

Si las hechiceras existían, tenían que ser como ella.

Llevaba un vestido rojo con flores blancas y un escote pronunciado.

Tuve la sensación de que hasta sus movimientos estaban pensados para destacar por encima de los demás: lentos y elegantes, pero con un toque pícaro.

Me estudió un instante de arriba abajo, como si tratara de adivinar lo que escondía bajo mis ropas harapientas y mojadas; quizá estaba valorando si valía la pena que siguiera respirando el humo de su local o si lo mejor era echarme a patadas.

Por suerte —o por desgracia—, optó por la primera alternativa.

Se acercó a mí e hizo ademán de rodearme la espalda con el brazo.

Imagino que la mugre de mi vestido la hizo reflexionar y detuvo el movimiento; se limitó a situarse a mi lado y le dijo algo a ese señor.

El hombre frunció el ceño y me miró de nuevo, contrariado, pero al final asintió, le dio las monedas a la mujer y subió a una de las habitaciones.

Suspiré aliviada cuando no me envió tras él.

La mujer se volvió hacia mí y continuó estudiándome sin ninguna vergüenza. Me puso un dedo en la barbilla y me obligó a alzar la mirada del suelo. Tragué saliva. Ella torció el gesto y me preguntó algo. Me encogí de hombros.

—No sé hablar inglés —me disculpé, aunque lo más probable fuese que no entendiera ni una sola palabra de lo que le decía—. Mi madre me dijo que tal vez aquí tuvieran trabajo para mí. Sé limpiar.

La mujer parpadeó unas cuantas veces y me miró con renovada curiosidad, como si algo le estuviera rondando la cabeza. Lo interpreté como una oportunidad, así que cogí un trapo que había sobre la barra del bar y lo pasé sobre la superficie.

—Sé limpiar —insistí—. Please .

No podía hacer mucho más que repetir las únicas dos palabras que conocía en ese idioma. Fue bastante patético, y esa señora se limitó a observarme con media sonrisa.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, aunque me resultó evidente que no era española.

—Alana —respondí con alivio de poder comunicarme con alguien.

—Alana. Mi piace .

La miré de nuevo. Me habló en italiano, muy lento para que pudiera entender lo que me decía. Creo que me contó algo sobre lo difíciles que son los inicios, que ella también había pasado por muchas penurias para llegar hasta allí.

— Quanti anni hai? —Fruncí el ceño y resopló—. Tú. ¿Años?

—Doce.