La travesía #2
—No, pero dejará de sentir dolor. Es morfina.
Apreté los labios y asentí, agradecida de poder ofrecerle cierto alivio.
—¿Cómo la has conseguido?
—¿Importa?
Me resigné y negué con la cabeza.
—No sé cómo se pincha. Tal vez el médico…
—El médico es un imbécil, como todos los que tienen dinero —replicó cortante. Lo miré con desesperación, y él volvió a coger la inyección de entre mis dedos—. Puedo hacerlo yo, si quieres.
Asentí de nuevo, agradecida. Me pidió que inmovilizara el brazo de mi madre y procedió a pincharla con bastante destreza.
Cuando terminó, ella se relajó un poco y por fin respiré.
No me había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento desde que había enfermado, como si me estuviera ahogando en su agonía.
El joven se dispuso a marcharse, pero alargué la mano hasta él y lo agarré de la manga de la camisa.
Se volvió y me miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo te llamas?
Me estudió unos segundos. Parecía estar analizando si valía la pena decirme su nombre, quizá era algo muy valioso para él.
—Lawrence.
—¿Por qué me ayudas, Lawrence?
—Es lo que hacemos los huérfanos —replicó—, apoyarnos entre nosotros.
Sus palabras se me clavaron en el pecho como un puñal más doloroso que la muerte misma, que había entrado en ese camarote dispuesta a llevarse lo que más quería; lo único que tenía.
Lo solté, aturdida, y él se marchó.
Mi madre murió cuando Southampton se perfilaba en el horizonte.
El capitán decretó que su cuerpo debía lanzarse al mar para no infectar a otros pasajeros con su mal.
Ahora sé que solo se trataba de una apendicitis que se complicó por falta de atención médica.
Me dio igual contagiarme de su supuesta enfermedad.
Lloré aferrada a su cuerpo, pero un par de marineros me arrancaron de su lado, a pesar de mis gritos.
—No, no —les supliqué con desesperación mientras bajaban a mi madre al océano en un precario tablón, atada con un par de cuerdas.
No les importó. Cuando soltaron las amarras y la vi perderse entre las aguas, intenté lanzarme tras ella, dispuesta a que el mar me engullera a mí también.
Sin embargo, alguien me agarró del brazo con fuerza para que no cayera por la borda.
Me revolví. No quería vivir sin ella. El mundo era demasiado cruel y, sin el prisma de color que le ponía mi madre, sabía que me hundiría.
No sobreviviría. ¿Para qué alargarlo? Pero esa mano no me soltó y me devolvió a la cubierta, pese a mis protestas y a mis llantos desesperados.
—No, no —gruñí, furiosa.
Ese cuerpo me abrazó para contener mi rabia. Recuerdo mis gritos rotos y golpear un pecho delgado durante mucho rato. Y, aun así, Lawrence no me soltó. Me di cuenta de que era él horas después, cuando el barco atracó en el puerto y las fuerzas me abandonaron al fin.
—Lo siento —me repetía él al oído una y otra vez, pero eso no me consolaba.
Estaba devastada y, cuando desembarqué, apenas era capaz de tenerme en pie.
Lawrence me ayudó a bajar y me tomó de la mano; caminamos juntos a través del puerto.
No sabía adónde me llevaba, pero me dejé guiar.
En realidad, no me importaba. Al cabo de un rato me percaté de que se estaba dirigiendo a Southampton Terminus, la estación de tren más cercana.
—Vas a Londres, ¿verdad? —me preguntó.
Lo miré desorientada. No sabía qué hacer: solo era una niña y acababa de perder a mi madre.
¿Cómo iba a marcharme a una ciudad desconocida de la que ni siquiera sabía el idioma?
Miré a mi alrededor. El puerto estaba lleno de marineros rudos, con un aspecto fiero y hostil.
Sin darme cuenta, me arrimé al cuerpo de Lawrence, como si ese muchacho raquítico al que apenas conocía pudiese protegerme del mundo.
—Supongo —terminé diciendo.
—Yo también. Podemos ir juntos en el tren.
Sentí un alivio inmenso al saber que no iría sola.
Nos dirigimos a la taquilla donde se vendían los billetes y miré los precios con los ojos desorbitados.
Mi madre me había enseñado a contar cuando había tenido uso de razón, y no tardé en darme cuenta de que incluso el billete más barato costaba la mitad de la pequeña cantidad de monedas que ocultaba bajo mi falda.
Lawrence, a mi lado, debió de pensar lo mismo, porque lo escuché resoplar.
Fui a sacar mi zurrón para pagar, pero él me detuvo.
—No vale la pena —me dijo—, guárdalo para cuando lo necesites de verdad.
—¿Qué? —balbuceé.
—Nos colaremos en el tren. Confía en mí. —Me tendió la mano con seguridad y se la cogí—. Es más fácil hacerlo en el primer convoy de la mañana. Hay menos guardias y encontraremos la forma de que no nos vean.
Lo miré un poco asustada. Pese a mis pobres condiciones de vida, jamás había hecho nada ilegal. Mi madre nunca había robado y me había educado para ser una buena persona. No pude evitar pensar en que quizá se avergonzaría de mí si me colaba, allá donde estuviera.
—Dormiremos cerca de la estación. Hay varios puentes bajo los que cobijarnos —continuó Lawrence. Me tomó por los hombros para que lo mirase a los ojos; se había percatado de que yo andaba con la mente en otra parte—. No te separes de mí. Es importante.
Asentí y me acerqué un poco más a él. Con doce años era incluso más menuda que ahora y él, a pesar de estar muy delgado, me parecía un gigante en comparación. Imaginé que podría protegerme mejor de los peligros, así que al final accedí a pasar la noche en la calle donde él creyera mejor.
Resultó que no fuimos los únicos en buscar refugio del frío y de la lluvia bajo los puentes de Southampton. Había marineros borrachos, vagabundos con muy mala pinta y prostitutas. Yo estaba asustada. En el Raval, por lo menos, contaba con mi madre para velar por mi seguridad.
Son curiosos los vínculos que uno forma en los momentos de mayor desesperación.
Tan solo conocía a Lawrence desde hacía unos días, pero era todo cuanto tenía en ese momento y algo me decía que podía confiar en él.
Aun así, cada vez que uno de esos borrachos me hacía comentarios obscenos, temía que él no saliera en mi defensa y me dejase a mi suerte.
Pero Lawrence no me abandonó.
Increpó a cualquiera que intentó acercarse a mí durante toda la noche.
—Duerme —me dijo cuando comenzaron a pesarme los párpados de puro agotamiento.
No había descansado en todo el viaje y el sueño se acumulaba en cada célula de mi cuerpo, como una enfermedad a la que ya no podía combatir.
Negué con la cabeza. Se me antojaba imposible descansar en un entorno tan hostil.
Temblaba de frío y de miedo. Estaba segura de que no resistiría toda la noche y mi escuálido cuerpo terminaría por colapsar.
Lawrence se movió a mi lado y se quitó el abrigo para cubrirme con él. Me quedaba enorme y tenía varios rotos y descosidos, pero conservaba el calor de su cuerpo.
—Duerme —repitió—. Yo vigilo. Te prometo que no voy a dejarte sola.
No me quedó más remedio que creerle, así que me arrebujé bajo la tela. Como seguía tiritando, él me pasó un brazo por los hombros y me atrajo hacia su costado. Dejé de notar el fiero viento de la noche. Debía de estar helado sin su chaqueta, pero no dio muestras de tener frío.
—¿Mejor?
Asentí y cerré los ojos. Me dormí sintiendo su respiración cálida y serena contra mi pelo. Me desperté en varias ocasiones por culpa de los gritos de algún borracho, pero Lawrence me dedicaba palabras de sosiego y, al ver que él seguía despierto y vigilante, volvía a sumirme en el sueño.
Un poco antes del amanecer, en ese punto en el que el cielo despertaba con colores púrpuras, escuché que me llamaba con suavidad.
—Alana. Alana. —Abrí los ojos y él me dedicó una sonrisa cansada.
Me sentí mal cuando percibí sus manos heladas contra mi brazo. Tenía ojeras, el cabello húmedo y aspecto de estar a punto de caerse redondo. Aun así, se puso en pie y me ayudó a levantarme. Me noté las piernas entumecidas. Comencé a quitarme el abrigo para devolvérselo, pero él me detuvo.
—Ya conseguiré otro. Vamos, el tren está a punto de salir.
Nunca me había subido a un tren en marcha y grité cuando Lawrence tiró de mí.
Por un instante pensé que sus brazos enclenques no podrían sostener mi peso y que caería a la vía, quizá arrastrándolo conmigo en mi desgracia.
Sin embargo, dio un fuerte tirón y me subió con éxito al balcón del último vagón.
Nos quedamos apoyados el uno en el otro unos instantes, con las respiraciones agitadas por el esfuerzo.
—¿Y ahora qué? —le pregunté, alzando mis ojos hasta los suyos.
—Pues ahora tenemos que escondernos del revisor.
Lo seguí hasta el interior del vagón de tercera clase; habríamos llamado demasiado la atención en cualquier otro lugar.
Lawrence se paseó con cautela entre los pasajeros de segunda clase y, cuando se encontró con un par de caballeros distraídos, alargó la mano hasta uno de sus abrigos, guardado en el portaequipajes superior.
Tiró de él con sigilo y maestría. Antes de que pudiera decir algo, me agarró de la mano y continuó su camino hasta uno de los vagones donde viajaba la gente más modesta.
Se puso la chaqueta deprisa y me sonrió.
—Lo has robado.
—Lo he tomado prestado. Si quieres sobrevivir, Alana, debes aprender a recoger lo que la vida te ofrece.
Nos sentamos en un par de asientos vacíos y traté de dejar mis remordimientos a un lado. Esos hombres, con toda probabilidad, tenían más dinero de lo que yo tendría nunca. Podían permitirse un nuevo abrigo.
Miré el paisaje rural que comenzó a rodearnos en cuanto salimos de la ciudad.
La Southern Railway había optimizado el tiempo de viaje por aquel entonces y, en apenas un par de horas, cruzamos Hampshire y Surrey, con sus caminos rurales y sus casas de campo tan típicamente inglesas, que me dejaron boquiabierta.
Sentí curiosidad por saber quién viviría en un lugar así. ¿Príncipes? ¿Nobles?
Miré a Lawrence de reojo. Parecía tranquilo y me pregunté cuántas veces se habría colado en un tren. Había estado tan aturdida por la muerte de mi madre que no había pensado en quién era ese muchacho en realidad.
—¿Eres de aquí?
Lawrence me miró con una sonrisa amarga.
—No soy de ninguna parte —replicó—. He crecido en un orfanato de Londres, si eso responde a tu pregunta. Nada reseñable. He pasado frío, hambre y he tenido que aprender a buscarme la vida, como cualquiera de nosotros.
Asentí, algo avergonzada por la curiosidad que me provocaba. Lo cierto es que no había conocido a muchos chicos en mi vida; mi madre siempre me había dicho que me mantuviera alejada de los hombres. «Solo quieren una cosa de nosotras», me aseguraba.
—Hablas muy bien mi idioma —comenté.
Afirmó con la cabeza, pero no me dio más explicación.
—¿Qué vas a hacer cuando lleguemos a Londres? —me preguntó un rato después.
Me encogí de hombros.
—Mi madre… —Se me rompió la voz al hablar de ella. Lawrence debió de darse cuenta, porque puso su mano sobre la mía. Era cálida, y quise que la dejase allí siempre; me ofrecía consuelo—. Mi madre me habló sobre una posición en The Silver Swan como limpiadora.
Lawrence frunció el ceño. Quitó la mano y sentí frío.
—¿The Silver Swan?
Entonces la puerta del vagón se abrió. Era un revisor. Se me detuvo el corazón un instante y miré a Lawrence en busca de socorro. Él hizo una mueca de dolor, reprochándose a sí mismo por haberse distraído. Yo pensé que era por mi culpa; tal vez, de haber dormido, habría estado más alerta.
No nos dio tiempo a escondernos ni a salir corriendo.
Me removí incómoda en el asiento y mi expresión de terror debió alertar al revisor desde la lejanía, porque vino directo hacia nosotros.
Escrutó la cara sucia de Lawrence y las greñas que llevaba.
Luego observó mi aspecto desaliñado, mi tez olivácea.
Me mordí el labio porque ni siquiera iba a ser capaz de defenderme.
Por aquel entonces no hablaba ni una palabra de inglés.
El revisor dijo algo; imagino que nos pidió los billetes.
Lawrence le respondió, pero no le entregó ningún tique, claro.
El hombre frunció el ceño y se puso rojo, parecía muy enfadado y comenzaron a discutir; se me congelaba la sangre en las venas cada vez que el revisor me miraba como a una delincuente.
Quizá era en lo que me había convertido.
No entendía nada de lo que decían, pero hay cosas que se transmiten en cualquier idioma: estábamos en problemas.
Mientras seguían discutiendo, el tren entró en la estación de Londres Waterloo.
Los pasajeros comenzaron a bajar, pero el revisor nos retenía.
Había agarrado a Lawrence del brazo con la fuerza de un cepo y no parecía dispuesto a soltarlo.
Yo no me moví del asiento, dispuesta a quedarme a su lado por muy feas que se estuvieran poniendo las cosas.
—Vete —me ordenó él en español. Me negué a moverme. Yo era un polizonte, igual que él—. Disimula y vete. Alana, por favor…
Tragué saliva cuando entraron dos policías en el vagón, ya vacío.
Miré a Lawrence con pavor. ¿Qué iban a hacernos?
¿Era tan grave colarse en un tren? No tenía ni idea de las leyes de Inglaterra, ni de lo que podía pasarnos.
Uno de los bobbies me miró, como si de pronto hubiera reparado en que no había un único culpable; no obstante, Lawrence habló enseguida, en un último intento de que yo pudiera salir de allí sin consecuencias:
— She’s my little sister! She’s done nothing, it’s all my fault …
El policía me examinó, comprobando lo que Lawrence le había dicho, seguramente una mentira.
Una que yo no entendí. El tipo frunció el ceño, pero asintió y me dejó en paz; puede que fuese demasiado joven para que me metieran en la cárcel.
Me puse en pie de un salto cuando vi que cogían a Lawrence por los brazos para sacarlo de allí.
—¡No! —grité.
Sin embargo, todos me ignoraron y Lawrence me dedicó un movimiento de cabeza para que me mantuviera callada. Había súplica en su mirada, así que guardé silencio para no perjudicarlo más, si es que eso era posible.
Corrí tras ellos, pero los policías eran mucho más rápidos que yo y terminé perdiéndolos entre la multitud, con la respiración agitada y los ojos llorosos.
Entonces sí. Estaba sola.